Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) El voto de las tribus
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El voto de las tribus

Roma, mediados de enero

Como no había tiempo que perder —el vencedor debía partir sin demora con el ejército a Pérgamo—, el Senado dispuso que los cónsules convocaran a las tribus a la mayor celeridad, y así lo hicieron, emplazando a los ciudadanos justo tras la finalización de las Carmentalia.

Solo Carbón se puso en pie en una de las sesiones previas para decidir los detalles y escupir a su manera rebelde:

—O la votación se hace por voto secreto o vetaré la celebración de la asamblea tributa hasta que los bueyes de Apulia lean a Eurípides.

Obviamente, no estaba dispuesto a permitir que se coaccionara nuevamente a los ciudadanos en los puentes de votación.

Emiliano, de todas formas, no se opuso.

—Sea, Carbón, votación por tablillas, no vaya a ser que seas tú quien leas antes a Eurípides y adquieras algo de inteligencia —aceptó con buenas dosis de humor.

El pueblo se reunió esta vez en el Campo de Marte, como si de comicios por centurias se tratase. Y lo hizo en masa, porque la expectación era enorme y astronómicas las cifras de las subastas que proliferaban por toda la ciudad acerca de quién se iba a llevar el triunfo.

Fue el propio Claudio el que llevó a cabo la toma de auspicios, y dado que Júpiter tuvo a bien estar de acuerdo, se llamó a las tribus.

Como siempre, el engranaje electoral se puso ruidosa y caóticamente en movimiento, pero poco después los miles de ciudadanos congregados, bien juntitos cada uno de ellos en su propia tribu, surcaban alegremente los treinta y cinco cercados de madera de los saepta.

Emiliano y Lelio, ambos censados en la misma tribu, la Cornelia, tras depositar su tablilla, se alejaron un poco de los cercados a la espera de ir conociendo el escrutinio de los votos, acercándose hasta un murete próximo a los campos de la Villa Pública.

Para su desdicha, allí se encontraron con Metelo Macedónico y sus cuatro hijos, que habían tenido justo la misma idea, y cuya tribu, la Aniense, había sido de las más rápidas en el sufragio.

Emiliano y Lelio, al verlos, quisieron desviar su camino, pero era demasiado tarde. En su torpeza, Metelo ya los había visto.

—¡Sentaos! ¡Sentaos junto a mí y aguardemos los designios de la asamblea! ¡Para mí es un honor compartir este momento con uno de los hombres que puede ser el elegido del pueblo! —barritó con una enorme sonrisa que provocó que su nariz pareciera aún más grande y rústica—. Alejaos un poco —les exigió a continuación y sin contemplaciones a sus hijotes, que en obediente formación se marcharon a otro sitio.

Lo último que deseaba Emiliano era la compañía de Metelo en aquellos momentos tan trascendentales, pero no tuvo otra que tragarse el sapo, uno más de tantos en su vida.

Justo en ese instante un pregonero de estridente voz comenzó a cantar los resultados conforme las tribus terminaban de votar.

—¡La tribu Fabia da su voto a Escipión Emiliano! —entonó con tal afectación que parecía que anunciaba la victoria de Zama.

—No hay quien no ansíe su momento de gloria —rio Metelo, elevando sus pobladas cejas y agitando su corpachón.

—En ello radica el poder de Roma —contestó Emiliano visiblemente satisfecho, más aún cuando el pregonero se hizo oír de nuevo.

—¡La tribu Cornelia da su voto a Escipión Emiliano!

Emiliano apretó los puños y miró a Lelio lleno de alegre complicidad. Solo Metelo enturbiaba lo que iba a ser un enorme éxito.

—Emiliano, ya que hablamos de grandeza —dijo de pronto Metelo con fingida cara reflexiva—, hablemos de las villas, y más concretamente de esta Villa Pública que tenemos a nuestra espalda y de esa villa tuya que te has hecho construir junto a la vía Lata.

Emiliano lo miró como si estuviera loco.

Naturalmente, Metelo no lo estaba.

Simplemente era él, en su más pura esencia y con sus habituales ganas de divertirse poniendo a prueba la paciencia de propios y extraños, ya fuese con pedos, eructos o conversaciones absurdas.

—¡La tribu Aniense da su voto a Craso! —gritó el pregonero.

—¡Vaya, mi tribu no te apoya! —exclamó Metelo, encogiendo los hombros al tiempo que Emiliano lo fulminaba con la mirada.

—¡La tribu Horatia vota a Craso! —chilló el vocero oficial.

—Te decía lo de las villas, Emiliano —continuó Metelo como si tal cosa—, porque, ¿acaso no es la Villa Pública, que edificaron nuestros mayores, más austera que la tuya? ¿O es que ves aquí madera de cedro, oro, minio, azul celeste o bermellón, o algún mosaico, como en la tuya?

Emiliano lo contemplaba estupefacto, atento a aquel patán, pero más aún a los escrutinios.

—¡La tribu Lemonia vota a Craso! —anunció el pregonero.

—¡Tres tribus a Craso y dos a ti, se pone interesante! —exclamó Metelo con malicia y añadió de nuevo pensativo—: Resulta que esta Villa Pública es de todo el pueblo, pero la otra, solo tuya…

—¡Las tribus Esquilina y Clustumina votan a Craso!

—… y la Villa Pública es para que vengan aquí desde el Campo de Marte los ciudadanos, y la otra, solo para tus amigos…

—¡Las tribus Poblilia y Galeria votan a Craso!

—… y la Villa Pública es útil para la cosa pública…

—¡Las tribus Velina y Romilia votan a Craso!

—… pues aquí se pasa revista a las tropas…

—¡Las tribus Voturia y Scaptia votan a Craso!

—… y los censores hacen entrar al pueblo en censo…

—¡Las tribus Teretina y Sergia votan a Craso!

—… y los ciudadanos se presentan orgullosos…

—¡Basta! —explotó al fin Emiliano.

Metelo, sentado en el murete, ni se inmutó.

—Doce tribus a dos, aún puedes remontar —dijo maledicente.

—¡Las tribus Quirina y Sabatina votan a Craso!

—¡Por Hércules! ¡Catorce a dos! —se asombró un teatrero Metelo—. ¡Cuatro tribus más a favor de Craso y habrá ganado!

—¡Las tribus Arnensis, Camilia y Claudia votan a Craso!

Emiliano, con humillada devastación en su semblante, no esperó a que el pregonero y el pueblo mismo dictaran otra vez sentencia desfavorable. Sin mirar a Metelo —aquel bufón de burdel que no merecía su atención—, abrasado en su fuero interno, alimentado por la furia del mismísimo Marte, tomó el camino de su domus, sintiendo que el orbe entero eructaba una carcajada cuando, poco después, se anunciaba bajo el clamor popular que otra tribu más, la decimoctava, daba también su voto a Craso, alcanzando en la asamblea tributa la mayoría absoluta. Estaba derrotado. Brutal y severamente derrotado, o humillado. El pueblo seguía ejecutando su sentencia.

—Dejadme solo —les exigió en un letal susurro a su hermano y a Lelio cuando quisieron entrar en la casa para darle apoyo—. ¡Fuera! —gritó al advertir que aún le seguían, dejándolos petrificados bajo el vano de un portón que se cerró violentamente delante de sus mismas narices.