Ya no le aman
Roma, en los días siguientes
Emiliano abandonó el templo de Júpiter Capitolino con una enorme y vanidosa sonrisa, bien escoltado por los suyos, todos ellos cacareando como felices gallinas cluecas. ¿A quién iba a elegir el pueblo para una guerra? La respuesta era obvia: al triunfador de Cartago y de Numantia; al que nunca les había defraudado en la batalla; al héroe militar popular. En suma, al mejor, o sea, él. Todos lo daban por hecho. Su propuesta era sublime e inteligente.
Precisamente por ello Claudio se dirigió a su casa como una sombra errante, sin ganas de pelea, envejecido, volcado sobre su bastón.
Nada de lo que pergeñara era suficiente. De un modo u otro, Emiliano siempre encontraba el modo de alzarse, bien por sus propios méritos, bien por las idioteces de los demás.
Emiliano era, como le había advertido su Antistia, un obelisco egipcio, una masa de piedra imposible de derrumbar. Por mucho que lo arrastrasen hasta la tumba de los Escipiones, no había forma humana de meterlo dentro. Era desquiciante.
Cuando llegó a su domus, libre de miradas, preso de su teatrero carácter claudiano, no se le ocurrió mejor cosa que creer que debía representar un drama. ¡Qué mejor ocasión!
Por ello, magnánimo y artificial, lanzó el báculo por los aires, se quedó como paralizado por un rayo divino y cuando le pareció que ya era suficiente se dejó caer al suelo de manera efectista en beneficio de su propio desahogo. Y allí pataleó con pies y manos, gritó exageradamente, lloró con lágrimas forzadas y se tiró de los pelos. Su hogar tenía que ser testigo de su inmenso dolor, levantando la vista en ocasiones, eso sí, para comprobar que todos lo vieran y sufrieran su congoja.
No obstante, nadie le hizo el menor caso.
Los esclavos, que habían corrido al principio creyendo que su amo sufría de un nuevo ataque de dolor de huesos, desaparecieron de la vista al descubrir la verdad y no fuera a ser que Claudio los obligara a compartir tanta pena.
Sus nietos, que por casualidad pasaban allí la tarde, corretearon en sus juegos sin prestarle la más mínima atención.
Después, de las oscuridades del hogar, caminando como una larva errante con las manos cruzadas sobre el vientre, surgió Antistia, quedándose a pocos pasos.
—Apio, cada día eres más idiota —le espetó entre dientes.
Claudio cesó en su griterío y elevó la cabeza.
—¡Antistia! ¿No ves que muero de dolor y de ofensa? —se defendió, infantil, provocando que ella lo escrutara con cara de asco.
—Estás gordo —le increpó a bocajarro.
—¿Cómo? —balbució Claudio, patidifuso.
—Que estás gordo y fofo.
Era lo que a Claudio le faltaba por oír.
—Tú en cambio conservas en las arrugas de tu rostro y en la flacidez de tu cuello toda tu belleza —escupió lleno de su más mordaz ironía—. Sal de mi vista, víbora —añadió todo digno.
Antistia se limitó a poner una mueca de aversión, giró en redondo y se perdió en la intimidad de la casa para no adolecer de espasmos por vergüenza ajena, no sin refunfuñar al alejarse.
—Por todos los dioses, ¿por qué me habéis dado este esposo?
A falta de aplausos, Claudio no tuvo otro remedio que finalizar su esmerada interpretación, pero nada le privó de deambular por la casa durante días como un alma atormentada hasta que sus polluelos, es decir, Cayo, Flaco y Carbón, irrumpieron una mañana en su atrio.
Claudio, con nuevo público, tuvo la tentación de volver a derrumbarse, mostrando sus dotes melodramáticas de pésimo actor. No lo hizo, pero sí exhibió su teatrera aflicción.
—¡Vencerá Emiliano! ¡Es el mejor militar! —graznó, agónico, y esperó de soslayo la reacción de los retoños.
Pero los semblantes de ellos no eran tristes ni rabiosos. Podía engañar a Roma entera, pero al parecer no a Cayo, Flaco y Carbón, cuyos pelajes políticos se iban haciendo frondosos, no todavía como el suyo, pero sí prometedores.
—Por vuestras caras veo que traéis buenas nuevas, ¡hablad! —les instó con pueril enfado.
Fue Carbón el primero que tomó la palabra, luciendo una enorme sonrisa.
—Apio Claudio, nosotros no solo frecuentamos el foro, donde uno escucha únicamente lo que se desea con oídos vanidosos —aseveró, luciendo sus pupilas negras—. Si se quiere saber qué piensa de verdad el pueblo, hay que bajar al barro de la Roma profunda, a la inmundicia, a la oscuridad, allí donde se dice verdaderamente lo que se piensa.
—Pero no solo hay que prestar oídos en las cloacas —añadió Flaco con su permanente negativa a sonreír—. También hay que transitar por los campos en los que malviven los campesinos empobrecidos que veían a Tiberio como a su salvador.
—Entiendo… —barbotó Claudio—. ¿Entonces?
Flaco continuó con la palabra.
—Sabes tan bien como nosotros que Emiliano no va a vencer en la asamblea. Los ciudadanos no le van a premiar con el mando.
—¡Continúa! —le apremió Claudio. Así lo hizo Flaco.
—Emiliano cree que, si el pueblo debe decidir el mando de una guerra, le votarán a él y a nadie más que a él, porque a su juicio los ciudadanos no son idiotas y saben que Craso y Valerio no tienen ninguna experiencia.
—¡Es de lo más razonable! —saltó Claudio.
—Lo es, pero aun así, Apio Claudio, es evidente que no ha calculado bien su propuesta —siseó Flaco—, porque esta no es una guerra como Cartago o Numantia. Es una guerra lejana contra un simple bastardo real. El orgullo de Roma no está en juego. Nadie le teme a Aristónico, no como para verse en la necesidad de enviar al mejor.
—Y además… —exhaló Carbón con deseo.
—¿Además qué? —le interrumpió Claudio con ansia.
—Es obvio…
—¿Qué es obvio?
Carbón dibujó una sonrisa imposible y lo soltó a bocajarro.
—Que los ciudadanos ya no le aman.
Claudio sintió que un escalofrío de placer orgiástico ascendía desde sus entrañas y sacudía todo su cuerpo. Los huesos ya no le dolían.
—Apio Claudio —tomó el testigo Cayo—, mi suegro Craso ganará la votación, lo que nos llenará, me llenará, de alegría. Un Emiliano débil es un Senado aún más débil que no podrá demoler la reforma agraria ni oponerse a lo que ha de venir. Emiliano será…
—¿Qué será Emiliano? —se adelantó de nuevo Claudio. Deseaba oírlo y deseaba que fuera en boca de Cayo, porque el muchacho era capaz de expresar las realidades de un modo apabullantemente especial. Flaco podía sonar austeramente vengativo; Carbón, maligno y destructivo; pero Cayo… Cayo cantaba como un Héctor serio, valiente e irresistible. En aquella terna de revoltosos, siendo el más joven con diferencia, podía alzarse con una majestuosidad tan serena como afilada. El joven Graco crecía y engordaba.
—Emiliano será derrotado —oyó entonces que sentenciaba Cayo con su juvenil naturalidad.
Claudio respiró felicidad. No sabía cuánto tiempo le quedaba. Su dolencia avanzaba inexorable y cada vez estaba más impedido. Pero seguía respirando con la tranquilidad de saber que unos muchachos impetuosos le sucederían en su lucha.
—¡A mis brazos! —celebró, achuchándolos sin mesura.