Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Templo de Júpiter
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Templo de Júpiter

Emiliano se sentó en su silla y se dispuso a seguir la sesión.

Como era invariablemente tradicional, el Senado escuchó los prodigios que se habían sucedido recientemente, ya fuesen rayos cayendo sobre templos, estatuas que manaban sangre, animalillos que hablaban o niños que nacían con varias piernas o deformes, decretándose las rogativas oportunas, con intervención de los arúspices en los casos más llamativos y graves.

Después se decidió la fecha de las Ferias Latinas, se asignaron recursos y legiones a los pretores provinciales y, por último, en cuanto a los destinos consulares, Lenas dijo alto y claro:

—Si este Senado lo consiente de este modo, y no hay razones para lo contrario, el cónsul Craso tomará el mando del ejército consular que se dirigirá a Pérgamo para acabar con la rebelión de Aristónico y organizar la nueva provincia de Asia.

Al oír estas reverberantes palabras, Emiliano vio sonreír a Claudio sin mesura, pero mucho más a Craso, que no solo se limitó a dar cabezadas de agradecimiento y falsa modestia, sino que se puso en pie y giró cual peonza para obsequiar con su sonrisa al resto de los mortales.

Pero, simplemente, volvió a ocurrir.

Así era Roma y los padres de la patria.

Así eran los juegos del Senado.

El colega consular de Craso, el venerable flamen Martialis Lucio Valerio Flaco, hombre normalmente tranquilo, se puso en pie y carraspeó. Todos lo miraron con extrañeza.

—¿Tienes algo que decir? —graznó Lenas desde la presidencia.

Valerio volvió a aclararse la garganta antes de hablar.

—No estoy de acuerdo. Solicito al Senado que celebre un sorteo para decidir el mando en Asia. Yo también soy cónsul. Yo también tengo derecho a la guerra. Yo también quiero ir a Pérgamo —dijo, y se sentó con cara de inocentón, como si tal cosa.

Y el día se hizo de noche.

Incluso la estatua de Júpiter se llevó la mano a la cabeza.

La trifulca era épica.

El griterío rebotaba violento en las paredes del templo de Júpiter, llevándose el premio el más gritón, el propio Craso.

Puesto en pie con desmedida furia, señalando sin piedad a su colega Valerio, echaba espuma por la boca.

—¡Tú no vas a ninguna parte! ¡Eres el sacerdote de Marte! ¡No puedes salir de Roma! ¡No, no y no! —bramaba hecho un basilisco.

Pero Valerio no se achicaba.

—Y tú, Craso, eres el pontífice máximo. Si nos ponemos quisquillosos, tú tampoco puedes abandonar la ciudad —espetaba una y otra vez con tranquila flema.

Emiliano, como todos los demás, absolutamente atónito, giraba su cuello alternativamente en busca de las réplicas.

—¡Tú lo has dicho, Valerio, yo soy el pontífice máximo, lo que significa que debes someterte a mis órdenes! ¿Has oído bien o tengo que limpiarte las bolas de cera incrustadas en tus enormes orejas?

—No, Craso, no cumplo tus órdenes. Aquí somos cónsules.

—¡Ni lo sueñes! ¡Te quedarás para blandir las lanzas sagradas de Marte, hacer libaciones a Aca Larentia y presidir el Caballo de Octubre!

—No.

—¡Que sí!

—Que no.

—¡Te lo ordeno!

—Pido que se celebre el sorteo.

—¡Noooooooo! —aulló Craso histérico.

—El sorteo —zanjó Valerio con indiferencia.

La bulla seguía siendo, no ya simplemente épica, sino homérica. Craso y Valerio resistían cada uno dentro de su particular Troya. El resto de los senadores seguían con vivo interés el partido de réplicas y contrarréplicas. Claudio, desquiciado, estaba de todos los colores. Emiliano pergeñaba cómo aprovechar tanta estulticia. Y los partidarios de unos y otros gritaban y pataleaban cuando se aburrían.

Pero se estaba haciendo de noche, y cuando tal cosa ocurriera Lenas tendría que aplazar la sesión salvo que una novedad rompiera aquel griterío de besugos. Era por lo tanto totalmente ineludible un caballo de Troya, y había en la sala alguien dispuesto a construirlo y a metérselo en el gaznate a Craso y a Valerio. De hecho, ese hombre reunía ya en su mente todos los listones de madera y los clavos oportunos.

—Tengo una idea —le dijo Emiliano por lo bajo a su hermano.

Fabio, abstrayéndose por un instante de la escandalera y de las infantiles réplicas y contrarréplicas de Craso y Valerio, miró a Emiliano, faltándole tiempo para advertir que le brillaban poderosamente los ojos y que su rostro estaba dominado por una autocomplacencia vanidosa.

—¿Detenemos la sesión? —le preguntó para el caso de que fuese oportuno idear un plan más elaborado a lo largo de la noche.

Emiliano negó con la cabeza muy pausadamente, contenido y jerárquico en su fuero externo, pero agitado en el interno. Era su oportunidad. Y las oportunidades ni avisaban ni se dejaban pasar. Se cogían, se aferraban y se placaban por muy súbitas y absurdas que fuesen. Si la mediocridad y la envidia imperaban en el campo de batalla de la curia Hostilia, no sucedería lo mismo en la guerra y en el campo de batalla real, donde Roma no se mostraba tan estúpida. Allí donde volaban los pila y los gladios quitaban vidas, el pueblo elegía siempre al mejor para dirigirlos. Y el mejor era él. No había tiempo que perder. Nada había que reflexionar ni podía permitirse la paciencia. El caballo de Troya galopaba en su mente. El pueblo no le daría esta vez la espalda. No lo haría por nada del mundo.

Sin contestar a su hermano se puso lentamente en pie.

—Pido la palabra —dijo sin estridencias.

—Concedida —autorizó Lenas—. ¡Concedida! —bramó como un titán para frenar a un Craso que seguía subiéndose por las paredes.

Hecho un precario silencio, Emiliano habló con confianza y determinación, yendo directamente el grano. El pueblo podía negarle temporalmente su cariño, pero el Senado, ¡ay del Senado!, era suyo.

—Ya que uno de los cónsules no quiere el sorteo y el otro sí, siendo esta una situación delicada porque uno es sacerdote de los ritos públicos y el otro también, solicito al Senado que votemos aquí y ahora una propuesta para resolver este problema y pueda asumir el mando quien tenga la debida capacidad religiosa y militar. No podemos perder el tiempo en estériles discusiones. Urge la guerra de Asia.

—¿Una propuesta? —se elevó un encrespado Craso.

Emiliano, haciendo caso omiso, continuó:

—Como este Senado es y será incapaz de llegar a un consenso, propongo que se convoque al pueblo en asamblea y que decidan las tribus quién asumirá el mando de la guerra, si Craso, Valerio o quien quiera postularse. Yo, desde luego, me postulo a ello. Yo sí reúno los requisitos sagrados y castrenses, sin que sea necesario que recuerde mis méritos en el campo de batalla.

Nuevamente se hizo de noche.

—¡No, no y no! —brincó Craso como un saltamontes.

—Eso es un absurdo —añadió Valerio con su pausa.

—¡No, no y no! —continuó Craso a lo suyo.

—¡Eso no se ha hecho nunca! —protestó Claudio.

—¡Por todos los dioses! —refutó Emiliano con firmeza—. ¡Hay tantas cosas que no se han hecho antes! Por ejemplo, en tu caso, Apio Claudio, celebrar un triunfo con tu propio patrimonio y sin la autorización del Senado. Pero lo hiciste, ¿verdad?

—¡No manipules a esta cámara! —voceó Claudio.

—¿Manipular? ¿Y me lo dice Apio Claudio? —repuso Emiliano sin poder evitar que se le escapara una carcajada, a él y a tres cuartas partes del Senado, iniciándose otra magnífica serie de chillidos.

—¡Orden! ¡Orden! —se desgañitó Lenas.

—¡No lo admitiré! —chillaba Craso.

—Esto es un absurdo —insistía Valerio.

—¡Jamás! —daba alaridos Claudio.

—¡Pues explicadle al pueblo que no somos capaces de ponernos de acuerdo en una guerra! —se elevaba Emiliano.

—¡Orden! —gritó Lenas de nuevo, puesto en pie y dando botes, pero esta vez de un modo tan colosal que todos, absolutamente todos, callaron en una transitoria e inexplicable tregua—. ¡Tiene la palabra todavía Escipión Emiliano! ¡Las fasces de mis lictores caerán sobre la cabeza del que se atreva a mover su lengua! ¡Habla, Escipión!

Emiliano, estirado y perfecto en su toga, zanjó su propuesta.

—No me atañe saber por qué han ganado las elecciones consulares dos padres conscriptos que no pueden abandonar Roma, pero o se acepta mi propuesta o estaremos aquí hasta que el cielo caiga sobre nuestras cabezas. Mi propuesta no solo es razonable, es necesaria. Que hable el pueblo. No creo que mis estimados colegas Craso y Valerio, amantes ambos del pueblo, se opongan. Que decida el pueblo. —Y se sentó en la bancada aplaudido a rabiar por casi todos y vituperado hasta la extenuación por unos pocos muy ruidosos comandados por Claudio, Craso y Flaco.

Nada se calmaba. En el embravecido oleaje de aullidos, Craso se retorcía como un árbol al que le había caído un rayo; Valerio repetía incansablemente «pido el sorteo»; a Claudio se le salían los ojos de las órbitas recordando en su fuero interno que tamaña estupidez ya la habían protagonizado Galba y Cotta trece años antes, permitiendo que Fabio continuara la guerra contra Viriato; Emiliano permanecía impasible aguardando a que los troyanos se descolgaran del caballo y arrasaran la ciudad. Pero a un hombre de cara cuadrada marcada por las marcas de viruela se le estaban hinchando las gónadas y quería irse ya a su casa y dejar la República en manos de otros, aunque más en las de su aliado y protector Emiliano, evidentemente.

Alzó su cuerpo, levantó los brazos cual augur poseído y dijo:

—¡Los que estén a favor de la propuesta que se agrupen alrededor de Escipión Emiliano! —dispuso, rugiendo como una bestia para ser oído—. ¡Que se agrupen he dicho! ¡Lictores! —añadió para asustar a los niños senatoriales.

Su amenaza surtió efecto. El Senado calló y los senadores, exhaustos y afónicos, cual ovejitas obedientes, elevaron sus nalgas de los asientos y, en aplastante mayoría, rodearon a Emiliano.

—¡La propuesta se acepta! ¡Que decida el pueblo allí donde el Senado no llega! —auspició Lenas en modo gutural.