Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Un súbito caballo de Troya
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Un súbito caballo de Troya

Roma, inicios de enero

Claudio había finalizado el año en su mejor momento. Su Antistia campaba con el vigor de su maléfica inteligencia. Sus cuatro nietos, tres de Claudilla y uno del sinsorgo de su hijo Apio, crecían sanos y fuertes. Su otra hija, Claudia la vestal, seguía velando por el fuego eterno de Roma como el perro Cerbero cuidaba de las bocas del Hades. El prometedor Cayo había puesto a medio senado patas arriba con su indescriptible intervención en el foro con ocasión de la rogatio de Carbón. Y Emiliano caminaba por Roma con su soberbia innata, pero herido, tragándose como podía su desmedido orgullo. Lo olía. Lo sentía. Emiliano sufría.

Claudio, en consecuencia, vivía en la dicha, o eso creía hasta que los dioses, envidiosos, decidieron cruzarle la cara en plenas Saturnalia con un portentoso bofetón de esos que quitan años de vida.

La desgracia acaeció cuando cuatro días antes de las calendas de enero moría su nieto pequeño, el menor de los hijos del malogrado Tiberio y de Claudilla, de nombre Publio Sempronio Graco.

Lo que parecía el comienzo de un simple resfriado de un niño mocoso, pasó en pocos días a una tos con flemas verdes y sanguinolentas y a una fiebre altísima que ni los paños de agua fría podían calmar.

Después la criatura puso los ojos del revés, su cara se amorató y perdió el conocimiento hasta que se ahogó en sus propias secreciones y ruidos pulmonares, una catástrofe por mucho que no hubiera familia que perdiera a uno, dos, tres o hasta cuatro hijos en la infancia. Cornelia minor había perdido nueve de doce.

Claudio se lo tomó muy a mal y sufrió hasta lo indecible, sobre todo al ver el llanto desgarrador de su Claudilla o incluso las lágrimas espesas y silenciosas de Antistia, una mujer que nunca lloraba.

Por si lo anterior fuera poco, alimentado por la pena o por el ánimo de los dioses en ir dando sopapos uno detrás del otro, sus dolores de espalda pasaron a mayores. Sus malditos huesos le atormentaban cada vez más, un dolor hueco y sordo que se extendía por el cuerpo y que en ocasiones ya no le dejaba dormir, o incluso andar, viéndose obligado a ayudarse por la casa de un bastón que reconcomía su vanidosa inmodestia. Al menos, todavía no le había visto nadie en la calle.

—¡Antistia, parezco un viejo! —ladraba ya sin consuelo el último día del año, yendo de un lado al otro de la domus con el dichoso báculo.

—Mejor cojo que ciego —espetaba ella en recuerdo del famoso antepasado Apio Claudio el Ciego, que, aun siéndolo, había sido un hombre de gran preeminencia, famosísimo por muchas cosas, pero entre ellas por haberse opuesto a una paz deshonrosa con el invasor Pirro.

Claudio, pese a ello, había sonreído con la ocurrencia. Su Antistia, con sus despechos y zarpazos, mucho más ponzoñosos que los del ya mítico Catón, unas veces podía sumirlo en la depresión, pero en otras lo estimulaba en extremo. En este caso, el recuerdo de Claudio el Ciego le provocó lo segundo en su grácil carácter.

—¿Pues sabes qué te digo? —le dijo a su esposa.

—No —escupió ella mientras intentaba leer. Las idas y venidas de Apio con el maldito cayado la ponían de los nervios.

—Que no pensaba hacerlo, pero que mañana acudiré a la toma de posesión de los dos nuevos cónsules y a la primera sesión anual del Senado. Me da igual que me vean con el bastón. Que vean todos que ni enfermo me perderán de vista —se jactó como un chiquillo venido arriba.

—Pues que sepan todos que yo sí que te perderé un rato de vista. ¡Qué alivio! —exclamó Antistia, iracunda.

A Claudio la réplica le entró por un oído y le salió por el otro, amaneciendo al día siguiente muy temprano para acudir al Senado.

Cuando estuvo preparado, caminó a pasitos hasta el umbral del portón de su domus, siempre ayudado por el bastón. Allí se detuvo y respiró muy hondo. Volvió a respirar. Necesitaba decisión. Él la tenía sobradamente. Agarró la muleta y se arrancó con fuerza, irrumpiendo en la vía pública.

Estaba hecho.

Todos lo veían lisiado, pero las caras de admiración ante su simple presencia eran las mismas de siempre. No podía ser de otro modo siendo él un Claudio patricio.

Qué alivio.

Liberado, avanzó por media Roma sin que le importara ya en absoluto que el resto de los senadores le vieran subiendo la cuesta del Capitolio con el bastoncito, o que hiciera lo propio para ascender con cierta penosidad las escaleras del templo de Júpiter para asistir tras los sacrificios a la sesión del Senado.

Ya en su sitio, vio entrar a gran parte de los padres de la patria, entre ellos, siempre desde su objetiva óptica, a un prepotente Emiliano, a un Pompeyo siempre sibilino, a un Metelo que solo daba voces y repartía manotazos en las espaldas, a un Opimio embaucador y, finalmente, a los dos nuevos cónsules del año, Craso y Valerio.

Se fijó especialmente en el primero, en Craso.

Flamante pontífice máximo, suegro de Cayo, hombre risueño, alto, de juguetones cabellos rubios y bien proporcionado, Craso en todo era aplastante —más ahora cuando al fin era cónsul—, ya fuese en sus gestos altaneros y en su vanidad, pero también en su belleza, simpatía, atractivo, cultura y elegancia, una que regalaba en cada uno de sus armoniosos movimientos, en todos y cada uno de ellos, sin olvidar ninguno ni aun cuando pasara junto a personajes como Emiliano, al que odiaba. En aquellos casos era capaz de exhibir una sonrisa tan amable como aniquiladora. Porque así era Craso, el hombre que podía rajar tripas desde el esternón hasta los genitales mientras sus víctimas le agradecían su gusto y distinción. Craso no era su amigo, pero, por fortuna, sí su aliado. Uno de los importantes.

Sin embargo, no todo eran favores para aquella potencia andante. Craso también adolecía de un gran defecto. En realidad, de dos.

Al recordarlos, chasqueó la lengua.

—¿Qué te incomoda? —oyó que le preguntaba Flaco, que acababa de sentarse a su lado. No es que Flaco pudiera estar allí, porque era un simple senador pedario, pero nadie se lo iba a discutir. Sumido en su patricia observación y en su metódico análisis de Craso, se limitó a arrugar su rostro como para decirle: «No me importunes». Y Flaco, que las pillaba al vuelo, encogió los hombros y saludó a Carbón, sentado este en el banco tribunicio.

Claudio centró de nuevo sus pensamientos en Craso.

El primero de sus defectos era que perdía la cabeza cada vez que veía un solo denario, y eso que era rico hasta la grosería. Habilísimo en la administración de su inmenso patrimonio, el oro, la plata y las joyas le hacían perder la razón. Era superior a sus fuerzas.

El segundo defecto era que carecía de experiencia en la dirección de las legiones. En su pretura le había tocado en suerte el cargo de pretor peregrino en lugar de un gobierno en las provincias, lo que habría sido lo deseable para que cogiera aires militares, fundamentalmente porque en breve el Senado iba a tener que echar mano de un cónsul para poner fin de una vez por todas a la guerra contra el pulgoso Aristónico, el bastardo pelma hasta la extenuación que seguía reclamando sin descaso la corona atálida a la par que rechazaba el testamento de su hermano Atalo, aquel por el que legaba el reino a Roma, que tildaba de falso.

Desde los tiempos de la muerte de Nasica los fuegos de la rebelión se habían elevado tan poderosos que el Senado había tomado la decisión de enviar un ejército, ecuación esta en la debía entrar en escena Craso, precisamente para asumir el mando de la guerra.

Que esto iba a ser así no lo dudaba nadie, y por una sencilla razón, porque el otro cónsul, su colega Valerio, era el flamen Martialis, cuyas funciones religiosas le impedían abandonar Roma.

Solo Craso, por lo tanto, podía marchar a Pérgamo, eso sí, previo decreto del Senado, en este caso una simple formalidad.

También lo entendía así el beneficiado de la situación, el propio Craso, que acababa de entrar a la curia triunfalmente, surcando los suelos cual quinquerreme majestuosa navegando los mares de su propiedad.

—Por ahí viene el Rey de Reyes —ironizó Flaco.

—No seas tan prudente, ¿no ves cómo luce también las coronas del alto y bajo Egipto? —se mofó también Claudio al ver su avance.

—¿Todo va bien en esas perversas mentes? —contraatacó el propio Craso con igual sarcasmo al llegar a la altura de ambos.

Claudio adoptó una expresión autosuficiente.

—No podría ir mejor.

—¡Por Hércules, comencemos entonces, tengo una guerra en Asia que dirigir y debo partir cuanto antes! —celebró Craso, y con un leve gesto de la cabeza le indicó al presidente de la cámara de aquel día, el cónsul saliente Lenas, que diera comienzo a la sesión. Iba a ser un simple trámite.