Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) En el presente
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En el presente

Emiliano dejó de leer, esbozando él mismo una gran sonrisa al recordar el semblante tranquilo y seguro de su padre, tanto como su forma de andar, siempre aristocrática pero natural, como quien sabe quién es y no necesita mostrar a los demás quién es.

Confortado, se dirigió a su biblioteca. Si los recuerdos de la guerra macedónica podían elevar su convicción, una obra maestra del mundo griego, una que conocía a la perfección, reunía también la capacidad de catapultarlo a los cielos, allí donde volaban las águilas.

Lo que buscaba era una obra que parecía contener todos los principios del ser humano, sus virtudes, recovecos y miserias, como si el autor conociera el alma y las profundidades de todos los hombres y encontrase la frase perfecta para cada trance de la existencia.

Examinó los cientos de rollos que componían su enorme colección, la mayoría volúmenes de autores griegos. En esta ocasión, no buscaba sin embargo una obra en lengua griega, sino latina.

Pronto la encontró. Se trataba en realidad de varios rollos guardados cada uno de ellos en un estuche de cuero. Sabía cuál quería. Lo cogió, sacó el rollo del estuche y desenrolló el papiro justo donde se encontraba aquello que quería leer. Lo había hecho cientos de veces. Era el canto XVIII. Tenía en sus manos la edición original de la primera Odisea traducida al latín un siglo antes por Livio Andrónico, una joya de la literatura romana. Y leyó:

… no ha criado la tierra animal más endeble que el hombre entre cuantos respiran y sobre la tierra se mueven. No imagina que habrá de sufrir infortunios en tanto las deidades le otorgan la dicha y sus piernas se mueven. Pero, cuando los dioses dichosos le dan la desgracia, quiera o no, la soporta con un corazón resignado.

Emiliano elevó la vista con un poderoso brillo en los ojos. Por muchos sinsabores con los que los dioses lo estuvieran castigando, por muchas derrotas electorales que sufriera, por mucho que el pueblo le diera la espalda e incluso le mostrara su desprecio, lo soportaría, sí, con corazón resignado, pero soportándolo. La vida siempre deparaba nuevas oportunidades, siempre. Jamás abandonaría sus convicciones ni, sobre todo, la verdad. No podía entender Roma sin aquellos valores. Y su padre era un ejemplo pétreo y poderoso.

Pidió que le sirvieran la cena. Solo deseaba volver a pisar el foro y gritar a los cuatro vientos que Escipión Emiliano estaba allí, defendiendo una Roma intemporal, tuviera o no el favor del pueblo.