Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Tiempos de Pidna
21%

Tiempos de Pidna

Roma, treinta y cinco años antes. Marzo del año 168 a. C.

Según su estilo, Lucio Emilio Paulo se arregló coquetamente la toga praetexta antes de abandonar la curia Hostilia. La sesión senatorial acababa de finalizar y tenía un gran interés en hablar a los ciudadanos.

Descendió la escalinata de la curia con su permanente e innata elegancia, dejó atrás la estatua de Pitágoras, cruzó la plaza circular de los comicios por en medio de un pasillo de gigantesco respeto, se encaramó a los rostra y se giró a la muchedumbre congregada para conocer de boca del cónsul las últimas noticias de la guerra que se libraba en Macedonia.

Paulo oteó a los ciudadanos como siempre lo hacía, sin aspavientos, sin prisas, con gesto sereno, lo que le confería el tiempo suficiente para crear una perfecta simbiosis entre su tranquilidad y las emociones de aquellos que le observaban, incluso cuando fuese una masa de ciudadanos expectante. Y en esa asociación lo que veía no era otra cosa que miedo y rabia, pero también esperanza.

Rabia porque la guerra duraba ya demasiado tiempo.

Miedo porque solo se habían cosechado derrotas.

Y esperanza porque se le había elegido cónsul para que, con su austeridad y exigencia, a sus casi sesenta años, dirigiera las legiones y terminara de una vez por todas la guerra contra el rey Perseo de Macedonia, aquel ser depravado, tacaño y ambicioso que, capaz de urdir la muerte de su propio hermano para alcanzar la corona de los argéadas, había ofendido y vilipendiado a Roma durante demasiado tiempo.

Para desesperación de todos, tres cónsules habían sido enviados durante tres años consecutivos al teatro de operaciones, y tres cónsules habían regresado con el rabo entre las piernas, ya fuese por las derrotas, por la abrupta orografía del reino —protegido por la mole del monte Olimpo—, o por la molicie de las tropas legionarias, una banda desmotivada y mal dirigida a la que no entusiasmaba la idea de enfrentarse a la magnífica y temible arma principal del ejército macedónico, la falange, esa erizada bestia de picas que arrasaba los campos de batalla con su simple peso y avance.

Por ello, hartos de tanta incompetencia y de un Perseo que se les meaba a la cara mientras silbaba tonadas irritantes, todos habían puesto sus ojos en la experiencia de un viejo cónsul e imperator.

Aun así, pese a ello y el honor de sentir que Roma le buscaba en el peor de los trances, no le había resultado sencillo asumir el mando. Catorce años habían transcurrido desde el último de sus dos triunfos, años dedicados a su vida privada y a cuidar metódicamente, sin improvisaciones, como lo hacía todo en su vida, la educación de sus dos hijos mayores, Emiliano y Fabio, su máximo orgullo y mejor empresa.

Pero hecho estaba.

Era el cónsul de Roma para Macedonia.

Su obligación ya no era otra que borrar de los rostros de los ciudadanos el miedo y la rabia, así como corresponder a su esperanza, pero todo ello con un requisito irrenunciable: cercenar de cuajo un defecto ciudadano que no le gustaba en absoluto. O todos remaban en la misma dirección o él abandonaría la nave.

No podía ser de otro modo teniendo en cuenta que, desde que se le había asignado el mando de la guerra, él se había entregado en cuerpo y alma a preparar la campaña con su particular empeño, informándose de las necesidades de las fuerzas terrestres y navales; de las tropas del rey; de qué zona era controlada por Roma y cuál por Perseo; si las legiones tenían sus campamento en desfiladeros o en el llano y dónde estaban los macedónicos; quiénes eran los aliados seguros y quiénes los indecisos; quiénes parecían enemigos indudables; de cuántas provisiones se contaba y si estaban listas para ser transportadas y por dónde; o cuáles habían sido las últimas operaciones militares emprendidas.

De todo ello se había instruido hasta la extenuación, pero sin dejar de escuchar al mismo tiempo un desagradable zumbido que no estaba dispuesto a tolerar; un rumor incansable que nacía de las bocas de sus propios compatriotas, propietarios de unas lenguas demasiado afiladas, algo inasumible. Si él asumía aquella responsabilidad tan peligrosa por voluntad de otros, lo sería con sus condiciones. No era hombre que ansiase las alabanzas, pero tampoco lo contrario.

Respiró y habló con sencillez majestuosa.

—No me cabe duda, quirites, de que me habéis dado grandes parabienes al proclamarme cónsul y asignarme Macedonia. La única explicación de esto radica en que pensáis que puedo dar al conflicto un desenlace acorde con la majestad de Roma. Espero que los dioses propicien este resultado, pero lo que sí me atrevo a afirmar es que pondré todo mi ahínco para que no resulten fallidas las ilusiones que sobre mí habéis depositado. ¡Esto os lo aseguro! —retumbó, a su manera distinguida y de alta prosa. Los ciudadanos asentían satisfechos—. En cuanto a lo que se necesita para la guerra, el Senado ha adoptado sus resoluciones y, además, como se requiere mi partida inmediata, mi colega consular va a hacer los preparativos y reclutamientos con tanto celo como si fuera él mismo quien dirigiese la campaña. ¡Esto os lo aseguro también! —reiteró, firme—. Pero hechas todas estas cosas, quirites —peroró ahora con perceptible y creciente autoridad—, también debo deciros… —Dejó la frase en suspenso, tanto que los ciudadanos, alertados, estiraron los cuellos—. También debo deciros…

Una nueva pausa en la que Emilio Paulo se agigantaba y el pueblo, sin saber por qué, se empequeñecía, hasta que el cónsul derramó de golpe un torrente de imperio que despeinó a todo ser viviente.

—¡Debo deciros que lo único que os corresponde ahora es dar crédito a lo que yo comunique por escrito, nada más, guardándoos de dar tanto pábulo a los rumores de los que nadie se hace responsable! ¡Dejad vuestras ganas de hablar a un lado! ¡Dejadlas! —retumbó expeditivo, haciendo retroceder al populacho—. ¿Y por qué el cónsul os abronca? —interpeló, soberano y sin solución de continuidad. Ni él respiraba ni lo hacían los demás—. Pues porque sé bien que en todos los corrillos, e incluso ¡en los banquetes!, hay alguien capaz de llevar los ejércitos a Macedonia. ¡Alguien que sabe dónde se debe emplazar el campamento, qué posiciones se deben ocupar, por qué desfiladero se debe penetrar en Macedonia, en qué momento procede entrar en combate o cuándo es mejor quedarse quieto! Y no solo dictaminan qué debe hacerse tumbados en su triclinio —arrasó, inmisericorde—, sino que acusan al cónsul de aquello que ha hecho de modo distinto a lo que opinan—. ¿Y os parece bueno para mí y para la guerra? ¡Pues sabed que yo ya tengo quien me haga recomendaciones, que no son otros que los expertos en cuestiones militares y los que han aprendido de la experiencia! ¡Que son aquellos que intervienen en el curso de las operaciones, que ven el terreno, el enemigo y las circunstancias! —tronó como si el suelo se abriera ante un populacho indefenso que no se atrevía a levantar la mirada.

Paulo relajó de pronto el rostro, como el padre que respira magnánimo después de la mayor severidad, provocando que la masa apiñada en el comitium le mirara con ojos vidriosos.

—Por consiguiente —continuó ahora con plúmbea serenidad—, si hay alguien aquí que esté convencido de poder aconsejarme, que se venga conmigo a Macedonia. Yo le proporcionaré nave, caballo y tienda. Pero quien prefiera el descanso de la ciudad a las fatigas de la milicia, que no maneje el timón desde tierra. La ciudad por sí misma proporciona suficientes temas de conversación. Que limite su locuacidad a esos temas y que sepa que yo me daré por contento con los consejos recibidos en el campamento. Que nadie emponzoñe. Que nadie hable —finalizó, y descendió los rostra.

Había dicho cuanto quería decir.

Y no temía hacerlo.

De hecho, la verdad lanzada como un meteórico pilum sirvió para que una entusiasta multitud se le uniera alborotadamente, escoltándole hasta su domus entre gritos de arrepentimiento, lanzados algunos al suelo como castigo autoimpuesto, dominando en cualquier caso los vítores y la alegría desbordante. Claro que no hablarían de más. Paulo tenía razón.

También se le unieron sus dos hijos adolescentes, Fabio y Emiliano, ambos con una cara de radiante asombro y admiración.

Paulo, cuando los tuvo a su lado, les guiñó un ojo.

—De vez en cuando merecen una buena reprimenda —les cuchicheó con divertida complicidad, y añadió—: Pero es lo que esperan de nosotros, hijos. Los ciudadanos sanos, honrados y de manos callosas por el esfuerzo quieren esto, no debilidad ni mentiras. Quieren la verdad. Ansían nuestra autoridad y jerarquía. Necesitan nuestra presencia y fortaleza, pues son ellos los que, contemplándolo todo desde el suelo, no ven la tierra como lo hacen las águilas. Nosotros somos las águilas. Y un águila es astuta y veloz, pero no miente. Y ahora, ¡a Macedonia!

Y marchó hasta su hogar rodeado de vítores, cariño y alabanzas, peleándose todos, penitentes, por ser el primero en abrirle camino.

También siguieron su estela Fabio y Emiliano, despreocupado el primero, excitado el segundo, observándolo todo sin perder detalle.

Paulo, viéndolo, sonrió.

Su hijo Emiliano era su debilidad.