Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) El ser agonizante
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El ser agonizante

Roma, mediados de diciembre

Los días que sucedieron a la asamblea fueron una verdadera calamidad para Emiliano. Su querida prima Cornelia maior, arrasada por la tristeza, falleció en su domus, en calma, en silencio, sin más ruido del necesario, acompañada de su también prima Emilia —hermana de Emiliano— y de su hijo Publio, pero desconsolada por no poderse despedir de su hermana pequeña, la cabezota y orgullosa Cornelia Africana. Deseaba tanto verla una sola vez más, acariciar su mano un último instante, sentir la fuerza de su corazón antes de partir.

Exhaló su último aliento pensando en ella.

Se celebró un íntimo funeral al que tampoco asistió Cornelia minor, pero sí Cayo, mostrándose respetuoso, nada más. La brecha entre él y Emiliano, entre él y los Escipiones Nasicas, era ya exorbitante.

Emiliano sintió profundamente la muerte de su rechoncha y cariñosa prima, única en la familia Escipión que le había mostrado afecto y admiración a lo largo de los años. Se iba una gran matrona, esposa de un hombre extraordinario, Nasica Córculo. Los espacios vacíos de la nostalgia y de la infancia eran cada vez mayores.

—Discutía a todas horas con ella —le recordó entre sollozos su hermana Emilia cuando ambos velaban el cuerpo—, pero ahora voy a echarla mucho de menos, Publio, tanto como echo de menos los paseos de las tres que tanto disfrutábamos con nuestros chismorreos, enfados y carcajadas. Se me parte el corazón —gimió afectada.

—Roma entera se parte —dijo Emiliano.

—¡Pues haz algo para que no se parta! —gritó ella en un arrebato.

Emiliano no dijo nada, de momento impotente.

A los pocos días, se reunió nuevamente la asamblea por tribus para elegir al nuevo pontífice máximo tras la muerte de Nasica.

De los tres candidatos, dos de ellos eran sus aliados y los patrocinaba personalmente, pero resultó que, en esta ocasión, siendo una votación secreta y sin que los esbirros de Opimio pudiesen intimar a nadie, tampoco al panadero Trebelio, resultó vencedor un hombre que le odiaba posiblemente tanto o más que Claudio, el riquísimo y poderosísimo senador Craso, que, para colmo de males, acababa de regresar a Roma tras haber culminado su presidencia en la comisión agraria y de haberse hinchado a repartir tierras públicas a costa de los terratenientes senatoriales, ganándose aún más el favor popular.

—Tan rápido como el pueblo odia, ama —trató de consolarlo Lelio tras el estrepitoso fracaso electoral.

Emiliano se limitó a refugiarse en su fuero interno, guardando el fuego de su rabia.

Días después, antes de que se echasen encima las Saturnalia, se celebraron también los comicios centuriados para la elección de los dos cónsules del año entrante.

Emiliano apoyó con entusiasmo a sus propios favoritos, pero su ayuda terminó por convertirse en una sentencia de muerte para los pobres desgraciados. Ninguna centuria les dio su voto, llevándose el consulado el propio Craso y uno de sus principales colaboradores, Lucio Valerio.

El pueblo ejecutaba su sentencia una y otra vez.

Deseando más que nunca destruir templos, basílicas y todo lo que pillase a mano tras su pírrica victoria sobre la rogatio de Carbón, se guareció en su mansión de la vía Lata, macerándose en una cólera que no le cabía en el pecho y cuyas llamas solo pudo contener cuando atendió la visita de su hermano Fabio. Y como le gustaba ser de lo más grandilocuente en los momentos críticos, en cuanto lo vio aparecer se despachó con una nueva y expresiva frase de Homero.

—De todas las criaturas que respiran y se mueven sobre la tierra, no hay nada más agonizante que el hombre —dijo con sumo desprecio.

Lelio se quedó callado. De nada serviría recordarle que le había pedido encarecidamente que no interviniera en el debate de la propuesta de Carbón. Fabio, por el contrario, adoptó alegremente otra estrategia.

—Pero recuerda que son los cobardes los únicos que en la refriega retroceden. El valiente, por el contrario, lucha a pie firme, ya hiera o ya sea herido —le arengó, trayéndose otro pasaje célebre de la Ilíada.

Emiliano reaccionó con una apagada sonrisa.

—Padre nos recordaba esa frase a menudo —dijo melancólico.

—Y tú quisiste imitarlo cuando subiste a los rostra y gritaste verdades como puños —rio Fabio con cariño.

—Como en el discurso de vuestro padre antes de marchar a Macedonia, ¿lo recordáis? Fue memorable —intervino Lelio.

—¡Y tanto que lo fue! —exclamó Fabio.

Emiliano rio a duras penas al conmemorar aquella escena del pasado grandioso de su padre, pero cabeceó acto seguido con renovados signos de frustración.

—Padre nos enseñó la verdad como virtud —aseveró, dolido.

—La verdad ya no existe, hermano —repuso Fabio, aunque esta vez con un tono que sorprendió a Emiliano. No estaba con ellos el Fabio risueño, sino Quinto Fabio Máximo Emiliano en toda su expresión, y no había terminado de hablar—. Tú mejor que nadie —proseguía— para comprender que nuestros adversarios toman la verdad y se limpian el culo con ella. Hoy en día la verdad vale menos que las esponjas de las letrinas de los pobres.

Emiliano elevó una ceja. Su hermano no acostumbraba a ser tan descarnado, pero tenía razón.

—Y aun así, volvería a decirlo una y mil veces, lo de que apruebo la muerte de Tiberio —insistió con orgullo.

—Porque pedirte lo contrario habría sido como pedir a un león que coma hierbas y florecillas, un imposible —dijo Fabio antes de ponerse en pie—. Creo que es mejor que te dejamos con tus recuerdos —añadió afectuoso.

—¿Mis recuerdos?

—Sabes a qué me refiero —contestó Fabio, y señaló un rollo que descansaba en una mesita colocada junto a su hermano. Conocía muy bien aquella obra, escrita por su padre tras la guerra macedónica.

Emiliano sonrió, tomando el rollo entre sus manos.

—Me trae buenos recuerdos.

—No es de extrañar. Su lectura es precisamente en estos tiempos de lo más oportuna —dijo Fabio antes de marcharse con Lelio.

Emiliano se quedó solo, aferrando el papiro. Había sido escrito por su padre Lucio Emilio Paulo tras dirigir la más grande de las batallas desde los tiempos de Zama, aquella que había enfrentado a las legiones contra las falanges macedónicas; a Roma contra el poderoso reino de Alejandro; a Emilio Paulo contra el rey Perseo de Macedonia. Un pasado grandioso digno de rememorar. Uno al que volver. Un pasado que anhelar. Uno en el que él era un jovenzuelo que contemplaba extasiado el mundo que se abría a sus pies, aquel en el que las virtudes del hombre romano, el respeto a la palabra, la severidad, la gravitas, la costumbre, el esfuerzo, la fides y la piedad religiosa imperaban inatacables.

Con sumo cuidado desenrolló el papiro y leyó sus primeras palabras. Al hacerlo, su mente voló a los tiempos previos a la gran batalla de Pidna, cuando él solo tenía diecisiete años.