Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Un precio demasiado alto
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Un precio demasiado alto

Roma, mediados de diciembre

—Ejecutadlo. Y hacedlo bien, como a mí me gusta.

De este modo tan orgiástico como simple se dirigió Opimio a sus «excrementos sociales», como llamaba cariñosamente a su cuadrilla de matoncillos y secuaces, auténticos tipejos malencarados de vidas arruinadas, miradas miserables y rostros adornados por los avatares de la noche que lo seguían a todas partes cual babosas que necesitan la charca más putrefacta para sobrevivir feliz y amigablemente.

Sus excrementos sabían qué tenían qué hacer y cómo hacerlo. Y sabían que no podían fallar, porque se trataba de darle satisfacción al mismísimo Emiliano, lo que era tanto como prometerles poblar alegremente la ciénaga más fangosa del orbe, porque incluso para los esbirros había categorías de lodazales, y ellos eran del más húmedo y profundo. En suma, del más ajustado a su existencia. Estaban orgullosos.

De esta guisa, sus «excrementos sociales» se esparcieron como si fueran una enfermedad pestilente por Roma entera y el ager romanus, no solo para anunciar que era imperativo acudir el día en el que estaba convocada la asamblea que había de decidir la rogatio de Carbón, sino para aleccionar debidamente sobre cuál debía ser el sentido del voto, girándose antes de marcharse para recordar con temibles sonrisas de cocodrilo aquello de: «Cuando votes, te estaremos escuchando».

Una semana después, su trabajo había sido excelente a ojos de Opimio, pero como no debía dejarse nada al azar y la voluntad del romano era puro capricho si no descansaban sobre su cogote un buen par de ojos inquisitivos, citó a sus muchachos la misma mañana de la votación, justo cuando el foro comenzaba a poblarse de miles de ciudadanos llegados en masa de todas partes y que aguardaban el comienzo de la asamblea.

Opimio no los reunió en el foro, a la vista de todos, sino en un lugar discreto. El sitio escogido era el estrecho pasillo abierto entre la curia Hostilia y la basílica Porcia.

Cuando sus chicos accedieron al punto de encuentro, él ya se encontraba allí, balanceando su cuerpo sobre sus pies adelante y atrás, con una mano en la espalda y la otra sobresaliendo de la toga.

Sin embargo, lejos de darles instrucciones, se dedicó a observar la conocida tabla Valeria, que no era otra cosa que una grandiosa y heroica obra mural pintada en la pared lateral de la curia que representaba la victoria de Manio Valerio Máximo Mesala sobre Hierón de Siracusa y los cartagineses en la Primera Guerra Púnica.

Los excrementos no dijeron nada y miraron igualmente la pintura. Después de tantos años a su servicio habían aprendido que Opimio era inteligente, seguro y audaz con los nobles, pero cruel, ofensivo y voluble con los inferiores. Nadie sabía discernir qué Opimio era el más auténtico, o si todos lo eran en una combinación maestra. Lo que sí sabían era que siempre había una nota común en su semblante: un destello de locura.

Por ello, lo mejor era callar ante sus imprevisibles reacciones.

—Mesala guarda parecido conmigo, ¿no lo creéis? —dijo Opimio al rato, señalando allí donde se representaba al cónsul con gesto imperial.

Todos, por supuesto, asintieron sin rechistar.

Opimio, absorto en la pintura, prosiguió.

—Qué fuerza en los colores y en los movimientos, ¡diríase que todo podría cobrar vida ahora mismo! —exclamó, embelesado.

Una vez más todos cabecearon obedientes.

Opimio siguió a lo suyo al tiempo que el ajetreo en el cercano foro crecía por momentos.

—Y Mesala, ¡oh, Mesala! ¡Afortunado él que fue distinguido con este monumento pictórico, verdadero inicio del arte en Roma! —añadió, maravillado, dicho lo cual, de pronto, su rostro se oscureció peligrosamente y rotó el cuello hacia los esbirros, que se cuadraron como si fueran legionarios novatos. El Opimio más loco acababa de tomar el poder—. Yo quiero que Roma me recuerde de este modo —farfulló, asesino—. ¿Qué hacéis aquí todavía? Salid ahí fuera y colocaos en los sitios acordados. Haced que Carbón muerda el polvo. Haced que Emiliano venza en esta batalla. Y haced que yo merezca un día el honor de Mesala. ¡Moveos, idiotas!

Y los secuaces, tipos muy peligrosos salvo cuando les hablaba Opimio, corrieron por el pasillo como pollos sin cabeza, aturullados, golpeándose unos a otros y todos con las paredes, para ocupar sus posiciones al tiempo que Opimio clavaba sus ojos en Mesala.

La votación iba a celebrarse en el comitium.

La espera no fue larga.

Cumplidos los ritos, se sorteó la primera tribu llamada al voto.

—Miembros de la tribu Aniense, ¡a votar! —voceó con impresionante aparato fonador un pregonero encaramado a los rostra.

Y todo se puso en marcha.

Los divisores de la tribu encargados de poner orden iniciaron sus gritos y empujones, desplazando violentamente a otros electores al tiempo que bastoneaban a los suyos cual rebañito de ovejas.

Se elevaron las protestas, se soltó algún puñetazo, hubo quien cayó al suelo y fue dulcemente pisoteado por la comprimida masa en movimiento, una verdadera minucia a la vista de la magnífica disciplina con la que los cientos de votantes de la Aniense se colocaron para emprender el camino hacia el cívico sufragio, un derecho exclusivo que cada ciudadano romano cuidaba con esmero.

Los primeros electores, todos ellos en obediente fila surcando el pasillo delimitado por vallas de madera, alcanzaron pronto los rostra, a cuyos pies estaba apostado el primer y principal «excremento social» de Opimio, el conocido Quinto Atilio.

Era este un personajillo de indecorosas orejas de soplillo por el que merecía el apodo de Númida, pero no por ser africano, sino por recordar con sus enormes pabellones a los temibles paquidermos de combate númidas. Ni que decir tenía que quien bromeaba con sus orejas no vivía para volver a ver la luz del día. Atilio era, en definitiva, un tipo de lo más resbaladizo que solo acataba las órdenes de Opimio.

—Estoy aquí para recordároslo, porque llegados a esta edad todos perdemos la cabeza —comenzó a canturrear con una endemoniada e irónica sonrisa a cada ciudadano que pasaba por allí, no fuese que tuviese a bien confundir qué debía votar.

Poco después llegó hasta su lugar un hombre que provocó que Atilio sonriera de oreja a oreja. Porque aquel votante era un héroe en la facción escipiónica, uno que merecía todos los honores por mucho que caminara muy discreto y escondido en el cordón de electores.

—¡Y aquí viene el panadero cuyos pastelillos provocan orgasmos con el primer bocado! —se congratuló Atilio, esta vez sin disimulo.

El aludido, Aulo Trebelio, elevó la vista con poco entusiasmo, pero verdaderamente con tan poco —entusiasmo— que Atilio, al advertirlo, borró de un plumazo la afabilidad de su cara.

Trebelio seguía siendo el panadero más famoso de Roma desde que con sus acaloradas intervenciones provocara en el pasado la elección de Emiliano como cónsul cuando ni por edad ni por ley podía serlo. Y lo había hecho, no sola una, sino hasta dos veces, incitando los ánimos populares de tal modo que el Senado no había tenido otra opción que entregar el mando de las guerras de Cartago y Numantia a su admirado Escipión, a su gran patrono.

Aupado desde entonces por el cariño que se le tenía y por la generosidad de Emiliano, sus panaderías medraban imparables, propiciándole suculentos beneficios tanto en Roma como fuera de ella, puesto que de un tiempo a esta parte su imperio de pastelillos monopolizaba los estómagos de los ciudadanos más glotones de grandes ciudades próximas como Praeneste.

Su vida, por lo tanto, no podía ser más dichosa y acomodada, nadando en la felicidad cada vez que Emiliano lo recibía con los brazos abiertos en el atrio de su domus y lo agasajaba como si fuera uno de los monarcas y príncipes de la clientela del gran hombre de Roma.

Así las cosas, Trebelio se deshacía cada vez que oía citar a su patrono. Lo amaba por entero. Era su referencia, su dios y su ciudadano ejemplar, razones más que suficientes para que la decepción que había sufrido unos pocos días antes le doliera como si le arrancaran los ojos, como si todos sus locales ardieran consumidos en el Averno.

Porque no lo entendía. No alcanzaba a comprender por qué su adorado Emiliano, ante la pregunta de Carbón, no se había opuesto a la muerte violenta de Tiberio. Le era incompresible.

Como él, muchos ciudadanos creían que la ley de reforma agraria de Tiberio era buena. De hecho, él mismo había visto en su Tusculum natal cómo los campesinos empobrecidos malvendían sus tierras a los senadores, abandonando la tierra, tumbas y lares de sus ancestros para llevar una vida miserable en los peores barrios de Roma. Sin embargo, veía también con sus mismos ojos cómo la ley de Tiberio permitía que los campos volvieran a poblarse de nuevos campesinos libres.

Y no le entraba en la cabeza. No comprendía por qué los grandes propietarios no eran capaces de renunciar a pequeñas porciones del ager publicus para su reparto entre los desposeídos. Es más, le resultaba inconcebible que, lejos de hacerlo, hubieran reaccionado matando a palos a Tiberio, un hombre bondadoso.

Por ello, lloraba desconsolado.

Lo hacía desde que Emiliano había dicho a la vista de todos: «Si Tiberio quiso apropiarse de la República, apruebo su muerte».

Ya no lo amaba. No podía hacerlo. Estaba ofendido y desengañado, tanto que no iba a oponerse a la rogatio de Carbón. Al fin y al cabo, ¿por qué no podían los tribunos de la plebe buscar su reelección cada año? No encontraba razones para lo contrario. Su conciencia le exigía votar a favor de la ley aun cuando el sanguinario Atilio, aquel terrible agente de Lucio Opimio, siguiera mirándolo con cara de repentina y despreciable desconfianza.

—Amiguito Trebelio… —oyó que le escupía Atilio, dejando la frase en el aire mientras que con un gesto de la cabeza daba una orden a uno de los suyos.

Trebelio no detuvo sus pasos, comprobando que Atilio caracoleaba entre la multitud y se acercaba poco más adelante para hablarle al oído a otro individuo que, al borde de las pasarelas, escrutaba igualmente el paso de todos. También lo conocía. Se trataba de otro de los oscuros clientes de Opimio, el conocido Marco Albinio.

Este escuchó muy atento lo que le decían. Después, sin mover ni un solo músculo, desplazó sus ojos dentro de sus cuencas y se los clavó inmisericorde. No dejó de hacerlo hasta que pasó a su lado.

—Panaderito, cuánto le debes a Escipión Emiliano —murmuró Albinio entre dientes y mirada felina.

Trebelio cabeceó con esfuerzo, sintiendo que su mente se nublaba y que su corazón comenzaba a palpitar con descontrolada potencia. No quería votar en contra de la ley. ¡No era justo hacerlo!

—Solo tienes que decir antiquo iure utor, no lo olvides —oyó que le susurraba sibilinamente otro esbirro de Opimio poco más adelante, justo antes de llegar al punto de votación. En aquel instante, pese al viento gélido que azotaba Roma, sudaba a mares y su cabeza amenazaba estallar aparatosamente y esparcir los sesos en las losas del comitium.

—Panadero… —tarareó melódicamente otro sicario a su lado justo cuando el votante que iba delante se retiró tras anunciar su sufragio, quedándose solo y desamparado frente al padre conscripto encargado de escuchar el sentido del voto.

—Cuál es tu voto —bufó el senador.

Trebelio, mudo y nervioso, miró a su alrededor. Atilio y Albinio acababan de colocarse a pocos pasos y lo observaban fijamente.

—No tengo todo el día, ciudadano —insistió de malas maneras el senador. Junto a él un escriba con cara de higo sujetaba la tablilla de cera en la que se raspaban los votos. Dominaban las marcas de antiquo iure utor, voto en contra, frente a uti rogas, voto a favor.

Se giró de nuevo en busca de Atilio y Albinio. Allí seguían y no se irían ni aun cuando Júpiter los abrasara con su rayo.

—O votas o te vas —ladró el senador.

—¡Vamos, Trebelio, vota ya, que estamos todos esperándote para tomarnos un trago de vino en la taberna del clivus Salutis! ¡Lo pasaremos muy bien! —graznó entre risas Atilio.

Trebelio cogió aire pesadamente y traicionó su conciencia.

—Antiquo iure utor, no apruebo la rogatio. —Y abandonó el comitium con gesto mortecino, soportando las risitas de Atilio y Albinio. Había salvado su pescuezo, pero no su dignidad. Y una cosa tenía clara, nunca más volvería a votar a favor de Emiliano.

Un voto y una pérdida.

Y como él muchos otros.

Aquel día las tribus de Roma rechazaron por mayoría la propuesta de un Carbón que, furioso en cualquier caso, abandonó el foro con el puño en alto, echando espumarajos por las fauces. Detrás de él, con la cabeza bien alta y rodeados por miles de ciudadanos, amigos y clientes entusiastas pese a la derrota, marcharon Claudio, Cayo y Flaco bajo el grito ya reivindicativo de «¡Graco, Graco, Graco!».

El último en retirarse fue Emiliano, luciendo un rictus sonriente que no era más que simple fachada.

—Hemos vencido —se vio obligado a recordarle Fabio esa misma noche al verle ya en la intimidad el semblante contraído.

Emiliano cabeceó con mirada infinita.

—A un precio demasiado alto, hermano, demasiado. Esta no es mi Roma. No la reconozco —sentenció tenebroso.