Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Al mismo tiempo
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Al mismo tiempo

Emiliano irrumpió en su domus palatina y se encerró en el tablinum con los tres hombres que le habían seguido, Fabio, Lelio y el aprendiz Lucio Opimio.

La mirada de Emiliano era abrasadora, tanto como sus palabras.

—Llamad a todos los clientes, los de la ciudad, los del campo y los de las montañas, aunque la nieve les llegue hasta el cuello. Los quiero el día de la votación en Roma, a todos —aplastó.

—Publio… —balbució Lelio.

Emiliano entendió qué significaba aquel murmullo.

—¡Sí, lo sé! —reaccionó encabritado—. ¿Pero qué hubieras hecho tú en los rostra? ¿Mentir? ¡La autoridad no se construye desde la mentira, sino desde la atalaya de la dignidad y del valor ganado en las murallas de Cartago, en las tierras de Hispania y bajo los muros de Numantia! ¡Esa es mi forma de entender la autoridad!

—Y he aquí a mi hermano —glosó de pronto un risueño Fabio con la intención de rebajar la tensión, a su manera, pero muy serio al fin y al cabo. Todos lo miraron—. He aquí al hombre que se batió ante los muros de Intercatia con un gigante hispano —siguió declamando—. El mismo que navegó hasta Numidia para solicitar elefantes al rey Masinisa e interceder entre Cartago y Numidia. El mismo que evitó el desastre de Megalia, porque solo un Escipión podía tomar Cartago. Y porque solo un Escipión pudo derrotar a Numantia —recitó igual de afable pero con potencia, dicho lo cual miró a Lelio sin dejar de sonreír—. Tiene razón, querido amigo, en la tarima no podía mentir.

—Sea, estoy convencido —cedió Lelio a regañadientes.

Emiliano inspiró profundamente y cerró los ojos.

—Como os he dicho —dijo después de abrirlos—, reunid a todos los clientes. Los quiero el día de la votación en Roma, a todos.

—Hay que darse prisa —dijo Fabio—. Carbón ha propuesto que la asamblea para votar la rogatio se realice en los próximos días, sin esperar las tres semanas tradicionales.

Emiliano cabeceó como un buey.

—¿Llegarán en ese plazo?

—Lo harán. No tienen ni siembra ni recogida —dijo Fabio.

—Sea entonces, antes de tres semanas, nos interesa también. No quiero que esto se alargue. Quiero que sea pasado cuanto antes.

—Pero deberíamos tener en cuenta un aspecto más —deslizó de pronto Opimio con gesto de listillo. Emiliano, Fabio y Lelio se le quedaron mirando fijamente. Continuó—: Las asambleas legislativas son las únicas en las que los ciudadanos siguen dando su voto de forma oral, sin tablillas que oculten su sufragio, lo que nos permite controlar la lealtad del voto si somos, digámoslo así, diligentes —dejó caer.

Emiliano frunció el ceño.

—Nunca he compartido que se presione a los ciudadanos en el pasillo de votaciones.

—Porque tal vez nunca lo necesitaste —murmuró Opimio.

Emiliano clavó sus pupilas en el impertinente muchacho, debatiéndose si debía despedazarlo allí mismo y arrastrar su cuerpo por Roma como Aquiles con Héctor. De hecho, él mismo había instigado hacía cinco años la aprobación de la lex Casia tabellaria, que introducía el voto secreto o por tablillas en las asambleas judiciales.

La idea de Opimio, sin embargo, era demasiado sugerente. Es más, en las nuevas circunstancias, era una imperiosa necesidad.

—La aprobación de la rogatio sería una catástrofe —opinó Lelio.

—Es un mal menor —apoyó Fabio de seguido.

—En ocasiones hay que desdecirse —espetó Opimio.

—Publio… —continuó Lelio.

—Es suficiente —cortó Emiliano antes de lanzar un aparatoso resoplido, mirar a Opimio y decir—: Hazlo.

—Será un honor —celebró Opimio, sonriendo de oreja a oreja.