Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) El tercer día. La sentencia. 12 de diciembre
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El tercer día. La sentencia. 12 de diciembre

Emiliano ascendió los escalones de los rostra con plúmbea seguridad, pero con el gesto de disgusto de un buen padre de familia que sufre por un hijo descarriado. Aun así, ante un foro abarrotado, no quería lanzar una filípica de reprobación. Como pater familias de aquella Roma agitada, debía hacer aquello en lo que todo padre se esmeraba cuando su hogar se incendiaba ante una prole torcida: recordar los valores, ir a lo esencial, incluso aunque terminara cayendo en la dura vehemencia.

Con tal propósito inició su discurso, no sin repasar antes a un apretujado Senado en el cercano senaculum y dedicar después una mirada profunda a Carbón, sentado a pocos pasos a su derecha, también en la plataforma de los rostra. El tribuno lucía un gesto de feliz soberbia que en verdad le resultaba inaceptable.

—El pueblo romano es soberano —se arrancó con excelente proyección, sin necesidad de pasar al grito. Su voz corría con facilidad, reverberando en los muros de templos y basílicas—. El pueblo de Roma vota y elige libremente a los magistrados y a los tribunos de la plebe en asambleas centuriadas, tributas y plebeyas —prosiguió ilustrativo—. El pueblo de Roma atribuye funciones anuales que son siempre colegiales, permitiendo que los poderes de unos y otros se ejerzan únicamente por el bien de todos y de la República. El pueblo de Roma y nuestros mayores convirtieron al Senado en el tutor, el defensor y el protector de la República. El pueblo de Roma conoce que la República pertenece a todos los ciudadanos, y que no tiene que ser incautada por unos ni sobre todo por uno solo, y de ahí el carácter colegial y anual de las magistraturas, ¡colegial y anual! —apuntilló antes de intensificar su oratoria, sin remilgos, pasando súbitamente al vocerío y a una autoridad necesaria—: ¡Y el pueblo de Roma sabe que el poder de uno solo, reelegido cuantas veces quiera, tiene un nombre que rechazamos, la monarquía! ¡Démosles ya entonces a los tribunos de la plebe imperium y las insignias del dictador y el asiento curul! ¿Qué más da? ¿Qué es la monarquía más que un vago recuerdo en los libros antiguos? ¡Pues sabed que aunque lo hayáis olvidado porque habéis nacido sin luchar por ella, la libertad es vuestro mayor tesoro! ¡Porque el pueblo romano nace para ser libre! ¡La libertad es la causa de nuestra grandeza y hay que morir por ella…!

—¡Y he aquí la gran cuestión! —le cortó Carbón sin que nadie lo esperara—. ¿Y matar por ella? ¿También hay que matar por la libertad? ¿Es lícito hacerlo? —añadió, poniéndose en pie de un salto.

Emiliano, sorprendido por la interrupción, dudó un instante, lo suficiente para que Carbón se irguiera como si aquello fuera un tribunal de justicia y actuara cual abogado a punto de destruir al inculpado.

—¡Ya que hablas de matar o de morir, Escipión Emiliano, yo te pregunto! —declamó con exagerada afectación—. ¿Apruebas la muerte de tu cuñado Tiberio Sempronio Graco? ¡Habla ante el pueblo y no faltes a la verdad, porque tú no eres de ese tipo de hombres!

Un silencio devastador.

Los ciudadanos, espectadores del proceso, contuvieron el aliento.

Los senadores se echaron uniformemente hacia adelante.

Una gruesa nube se interpuso entre el sol y la tierra.

E incluso los dioses interrumpieron una fiesta en el Olimpo y se asomaron llenos de curiosidad para escuchar la respuesta.

Emiliano, observado inquisitivamente por miles de ojos terrenales y divinos, escrutó con violencia a Carbón, que se había quedado petrificado con el brazo en alto y el dedo índice acusador. Después cruzó su mirada con la de Lelio, sumergido este en la masa de senadores apelotonados en el senaculum. Su amigo negaba imperceptiblemente. Lelio tenía razón, pero era ya demasiado tarde. Y además él era un Escipión completo. ¡Bien que lo era!

Y lo dijo. La verdad.

—Si Tiberio quiso apropiarse de la República, apruebo su muerte.

Y un viento helado arrasó Roma.

Carbón, interpretando magistralmente su papel, dejó caer su brazo extendido y dio un paso atrás, buscando la protección frente a aquella mortal y gélida corriente al tiempo que miraba a los ciudadanos con la boca abierta y gesto de: «¡Mirad lo que afirma!».

Los dioses, impresionados, ahogaron un grito.

Claudio, desde el senaculum, casi se desmaya de júbilo.

Lelio y Fabio se miraron con suma alarma.

Y el pueblo, mudo al principio, dictó sentencia al tercer día.

El primer rugido llegó de las profundidades, al principio sordo y lejano, creciendo en intensidad al tiempo que la masa oscilaba y asomaban las primeras caras de irritación. Fueron unos pocos segundos, puesto que inmediatamente después el cráter de un inmenso volcán se abrió en pleno foro, expulsando cual roca ardiente la ira y la frustración retenidas durante meses en el subsuelo de las defraudadas mentes ciudadanas. Tiberio, para ellos, era intocable.

—¡Emiliano, tú eres aquí el único tirano! —se atrevió a chillar un ciudadano, dando rienda suelta a todos los demás cual jauría rabiosa.

—¡Honra a Tiberio, miserable! —gritó otro.

—¡Tienes tus manos llenas de sangre!

—¡No eres mejor que Nasica!

—¡Amábamos a Tiberio, impío!

—¡Nos has defraudado!

Ya no fue posible diferenciar más calificativos, porque ahora, confundidos todos en un gigantesco reproche, el foro saltaba, rugía, se zarandeaban los puños al aire y los escupitajos y salivazos de las bocas iracundas volaban propulsados por el éter.

Carbón, en una esquina de los rostra, contemplaba el espectáculo con la cara de la insoportable vanidad del jurista arrogante que ha ganado el juicio, siempre sin perder de vista al Escipión adoptado cuyo semblante de inicial estupefacción mudaba ostensiblemente a la ira. Era perfecto. Todo estaba saliendo perfecto e incluso mejor de lo esperado.

Emiliano, envuelto en el estallido popular, paralizado, sentía que la cólera comenzaba a burbujear en su interior, sin remedio, incontrolable en su fuero interno. ¡El pueblo le reprendía a él, al que tanto debían, al triunfador de Cartago y Numantia! ¿Pero qué clase de ingratitud y de injusticia era esta? ¿Qué clase de Roma era esta?

Una sandalia fue a caer a su lado. Elevó la vista con ojos furiosos en busca del desgraciado que la había lanzado, pero solo para observar el vuelo de otras sandalias más, una de las cuales le golpeó en el hombro. Volvió a elevar el mentón. Sus ojos chispeaban. No podía más. Su furia pugnaba por abrirse paso violentamente y era incapaz de contenerla. Su mandíbula se tensaba y sus puños se cerraban. No podía más.

Se oyó entonces un cántico inmenso.

—¡Graco, Graco, Graco!

Frustrado hasta lo inimaginable, su cuerpo comenzó a vibrar como preludio de su propia deflagración, como así fue.

—¡Yo que tantas veces he oído el grito de guerra del enemigo sin sentir miedo!, ¿creéis que voy a asustarme ahora por vosotros? ¡No conocéis el agradecimiento ante el único hombre que ha salvado vuestro orgullo! ¡Desgraciados! ¡Mezquinos! ¿Qué sabéis vosotros? —aulló, golpeando con las manos la barandilla de fábrica de la tribuna de los oradores con tal fuerza que los ciudadanos enmudecieron, o más bien dejaron de corear en un nuevo, inesperado y peligroso mutismo.

Emiliano elevó entonces la barbilla. No había terminado.

—¡Muchos os harán dudar cuando os dicen que Marcelo, Nasica Córculo o yo mismo fuimos cónsules en contra de las leyes —rugió desde las alturas—, pero no olvidéis que aquello solo sirvió para engrandecer el poder de Roma ante sus enemigos! ¿Creéis que lo acrecienta que un tribuno de la plebe pueda gobernarnos por siempre? ¿Cuál es el bien superior que se alcanza? ¡Yo ahí solo veo preludios de realeza, y por ello pido que nos os engañen! ¡Que los dioses os den juicio para que no dejéis de ser libres! ¡De esto se trata, de libertad frente a la tiranía encubierta! ¡Rechazad la rogatio! —finalizó su bronca, giró en redondo, descendió los rostra y se abrió paso entre la multitud, avanzando hacia la Regia como una bola de fuego.

Ni un solo ciudadano se atrevió a tocarle un pelo. Pero ni uno solo se acercó para apoyarlo, lo que encendió aún más la chispa de su infinita cólera. Como ya le había sucedido con su prima Cornelia en Miseno después de su fuerte discusión, solo deseaba destrozar todo a su paso, demoler templos y basílicas y derribar columnas y estatuas.

Las reacciones, en cualquier caso, no se hicieron esperar.

Fabio y Lelio, seguidos del joven cachorro Lucio Opimio, corrieron a acompañarlo. No así Pompeyo u otros como Lenas.

Carbón y Flaco se abrazaron a los pies de la tribuna, felicitándose con sonoros golpes en sus espaldas.

Cayo se limitó a asentir muy serio y a tomar él mismo el camino al Palatino, cruzando el barrio de los etruscos para no coincidir con Emiliano y su tropa de adláteres.

Metelo, rodeado de sus cuatro hijos como cuatro rocas, rio para sus adentros, confirmando lo que esperaba, que sus colegas senatoriales se iban a ir matando entre ellos.

Y Claudio, simplemente, corrió y corrió hasta su casa. La espalda le seguía doliendo, y mucho. De hecho, no era ya solo la espalda, sino los huesos del cuerpo entero, pero no había sufrimiento que impidiera que aquella mañana volara por la ciudad e irrumpiera en el atrio de su hogar dando brincos de alegría.

No la encontró allí, tampoco en las cocinas, por lo que trotó por el peristilo, apresurado y con la toga arrugada.

Tampoco estaba allí.

Acudió entonces a su cubiculum, donde por fin encontró a su Antistia. Para su sorpresa, sentada en un taburete, aferraba un vellón de lana con su mano izquierda mientras que con la derecha manejaba un huso.

—¿Estás hilando? —inquirió, atónito.

Ella levantó la vista muy despacio, mostrando unos ojos llenos de satisfecho placer.

—Lo hago cuando estoy contenta, deberías saberlo.

Claudio ronroneó como un gatito. Cómo volaban las noticias.

Antistia, de todas maneras, le sorprendía cada día.

—Entonces, ya lo sabes —babeó.

—Por supuesto, he oído la caída desde aquí.

—¡Ha caído en la trampa como un cervatillo indefenso! —clamó Claudio extasiado—. ¡Y le hemos herido de muerte donde más le duele! ¡Le hemos privado del favor del pueblo!

—Tanto que llegados a este punto siento incluso pena —espetó Antistia, emprendiendo el hilado con asombrosa habilidad.

—¿Pena? —repitió un Claudio que casi se atraganta, corriendo a poner su mano sobre la frente de su esposa—. ¿Deliras? —la acosó como lo hacían los malos médicos griegos.

—¡Pero qué haces! ¡Quita esa manaza ahora mismo! —graznó ella, pura delicadeza, dándole un severo manotazo.

—¡No te entiendo! —protestó Claudio.

Antistia resopló con paciencia. Su esposo no captaba sus ironías.

—Lo que me apena es qué hacer ahora. Sin el favor del pueblo, Emiliano está destruido. Mis tardes serán ahora aburridas —aclaró debidamente antes de volver a hilar.

Claudio sonrió como un niño feliz. Antistia levantó de nuevo la vista. Lucía ahora un rictus reflexivo.

—Pero bien sabes que derribar a Emiliano es como echar al suelo un obelisco egipcio —advirtió—. La ley de Carbón no saldrá adelante. Sacarán clientes que voten en contra de debajo de las piedras.

—¡Oh, no debes temer nada! —exclamó un interpretativo Claudio—. Doy por sentado que la rogatio no triunfará, ni falta que hace. Lo importante es que hoy el pueblo le ha mostrado la entrada a la tumba de los Escipiones. Ahora hay que meterlo dentro. Lo mejor está por llegar, querida, es el comienzo del fin —añadió con un gozo que perdió al instante al sentir un reincidente estallido de dolor en sus huesos.

—No me gusta esa dolencia. Es demasiado persistente —ladró Antistia con gesto contraído.

—Nada de que preocuparse —zanjó Claudio. Nada iba a privarle de la orgía de la victoria.