Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Poco después
19%

Poco después

Al menos una treintena de senadores siguieron apresuradamente a Emiliano en fila de a uno como los desvalidos patitos siguen agobiados a una madre de cuello estirado que no mira hacia atrás.

Todos ellos rodearon la curia Hostilia y afrontaron con túnicas y togas al viento el clivus Argentarius, cruzando poco después bajo el vano de la puerta Fontinalis, aquella que daba al Campo de Marte en busca de la vía Lata, que no era otra cosa que la parte urbana de la calzada Flaminia. Por allí surcaron los padres de la patria dando resoplidos.

Al poco dejaron a la izquierda la Villa Pública y torcieron a la derecha para encarar la enorme mansión de Emiliano.

Ya en su interior, colmada la ansiedad de los irritados estómagos senatoriales con grandes tragos de vino, en una espaciosa sala con preciosos mosaicos, los senadores perdieron su formación de patitos y se alborotaron más si cabe, temiendo que una cruel águila gigante sobrevolase sus cabezas para llevarlos al nido y triturarlos con su terrible pico. Solo faltaba Metelo, como siempre un satélite libre de órbita.

—¡Este Graco es peor que su hermano! —barritó Pompeyo, mesándose con desesperación sus cabellos pelirrojos—. ¡Esa ley es un cuchillo en nuestra autoridad! —añadió desquiciado.

—¡Hijo de perra! —bramó Lenas, abriendo los orificios de sus viruelas.

—¡Si todavía no tiene ni pelos en los huevos! ¡Qué hará cuando los tenga! ¡Esa flauta maligna ha estado a punto de volverme loco! —se desgañitó Galba el Lusitanito en aquella pléyade de senadores que se odiaban a muerte, pero no tanto como para no saber que un peligro mayor acababa de aterrizar sobre sus cráneos dorados.

—¡Hay que destruirlo! —se unieron al coro Serviliano y sus dos hermanos Cepión.

—¡Eso haremos, sí, destruirlo! ¡Que encuentre el mismo fin que su hermano! ¡Hay que matarlo! ¡Aquí manda el Senado! —rugió Pompeyo retorcido sobre sí mismo.

Emiliano, en silencio y con mirada perdida, reaccionó al fin. La intervención de Cayo le había alertado en extremo, pero si alguien podía sacarle de quicio era el imbécil radical de Pompeyo. No era de extrañar que Nasica, teniendo ya su propia y sobrada ira, se hubiese incendiado de aquel modo en compañía de mequetrefes como aquel.

—¡Callad todos! —gritó como un trueno.

—Al que hay que hacer callar es a ese muchacho. Por todos los dioses, ¡he visto mi propia muerte! ¡Hay que acabar con él! ¡Hay que matarlo! ¡Nos ha mostrado qué es y qué lleva dentro! —insistió en un gimoteo un teatrero Pompeyo, único que acostumbraba a no cerrar su boca ni debajo del agua.

Emiliano mantuvo la calma a duras penas, bajando la cabeza, creando un vacío a su alrededor. Cuando levantó la vista sus ojos no eran marrones, sino negros y con una profundidad insondable.

—No vamos a matar a nadie. ¡A nadie! Esto es Roma —siseó entre dientes.

Pompeyo puso cara de desagravio, incapaz de sellar sus labios.

—¿Y qué haremos entonces? —preguntó burlón—. La propuesta de Carbón nos desautoriza. Nos deja a los pies de los caballos. ¿Cómo justificar que se mató a un hombre por un hecho legalizado por la asamblea del pueblo? —reincidió sarcástico.

Emiliano frunció el ceño, prodigiosamente paciente.

—La palabra se vence con la palabra. No cometeremos los mismos errores. No habrá un nuevo Nasica —farfulló, tenso—. Y será de este modo como la rogatio no salga adelante —aseveró rotundo—. No lo hará sencillamente porque vamos a movilizar a todas nuestras clientelas, todas, para que voten en la asamblea en contra de la propuesta.

—Haremos venir a Roma a todos nuestros clientes del campo, en mi caso de Campania, Apulia y Etruria. Me encargaré de organizar la caravana. Que cada uno se responsabilice de los suyos —impuso Fabio.

—Clientes que habrán de ser representativos de todas las tribus. Hay que asegurar el voto favorable en cada una de ellas —advirtió Lelio.

Emiliano cabeceó de lado a lado y emitió un gruñido.

—Pero más allá de ello —porfió, turbado—, es necesario replicar a Carbón y a Cayo Graco. Porque no podemos permitirlo. No vamos a tolerar que nadie intente socavar otra vez nuestros cimientos. No habrá un nuevo Nasica, pero tampoco un nuevo Tiberio. Y debo hacerlo yo, sin vetos ni intervenciones de tribunos de la plebe que no harán más que incendiarlo todo. Yo mismo hablaré ante el pueblo —anunció expeditivo.

El pelotón de senadores desinfló sus pulmones, respirando aliviados al oír que iba a ser el propio Emiliano quien tomara aquel peligroso toro por los cuernos, aquel que amenazaba nuevamente con levantarlos a todos en volandas como muñequitos de paja.

Aun así, Lelio no lo tenía tan claro.

—Creo que no deberías ser tú —dijo con preocupación—. Carbón es un simple tribuno de la plebe y Cayo no es más que un muchacho que no ha comenzado su cursus. No debes ser tú. Pensémoslo con calma. Puede que nos estén provocando —intuyó al tiempo que los padres se tensaban de nuevo como pollos en pánico perseguidos por los zorros.

Emiliano, para su descanso, se opuso rotundamente.

—No.

—Piénsalo bien —insistió Lelio.

—No.

—Deja que hable yo. No te expongas tú.

Emiliano se enrocó.

—Los mayores peligros requieren los mayores esfuerzos. El pueblo debe saber qué pienso yo. Lo que yo diga, lo respetarán.

—Publio, tal vez Lelio tenga razón… —intervino Fabio, aunque sin tenerlas todas consigo. Su hermano los podía devorar a todos si le seguían contradiciendo, más si cabe cuando, para colmo, activó su lengua quien no tenía todavía la autoridad necesaria, un joven senador de cabello castaño arremolinado, marcada nuez en su largo cuello, nariz imponente y frente y mandíbula estrechas. Aquel individuo, todavía un treintañero, solo había sido tribuno de la plebe y cuestor, pero a la vista estaba que no le era suficiente.

—Carbón y Graco son turbulentos por naturaleza. No debe dárseles el placer de que sea un Escipión quien se oponga —desdeñó rebosante de seguridad por cada uno de sus poros.

Emiliano le clavó su mirada, pero ni por estas bajó la cabeza. La reunión había terminado.

—Solicitad a Carbón una contio, para mañana mismo —ordenó inflexible—. Mis esclavos os enseñarán la salida. —Y se perdió a grandes pasos en el interior de la villa, únicamente perseguido por Lelio.

—Publio —lo llamó en su persecución.

—Lo haré yo —insistió Emiliano sin detener sus pasos, adentrándose en un hermoso peristilo.

—Es un error —se atrevió a afirmar Lelio.

Emiliano paró de golpe y giró como un torbellino. Todo aquello era impropio de su amigo. Es más, solo una autoritaria elevación de la palma de su mano impidió que hablase de nuevo.

—Publio… —balbució Lelio.

—¿Quién es? ¿Quién es ese joven arrogante de nariz más grande que esta casa al que casi descuartizo en la sala? —preguntó Emiliano.

Lelio puso cara de circunstancias. Era evidente que ni una asamblea de los dioses podría convencerlo de lo contrario.

—Es Lucio Opimio. Su padre fue cónsul hará unos veinte años. Era un hombre de pocos escrúpulos.

—Sí…, lo recuerdo…, Opimio… —balbució Emiliano con mirada perdida. Después la elevó convencido—. Me gusta. Van a hacer falta personajes como él para enfrentarse a tipos como Carbón. Tenlo cerca de mí —dijo, y ya se disponía a girar en redondo cuando relajó levemente el rictus. Su leal amigo lo merecía—. Cayo —le dijo con serio afecto—, tengo que ser yo. De lo contrario, me acusarán de cobarde y esquivo, y no puedo permitirlo cuando lo que está en juego es Roma. Si yo hubiese estado aquí cuando Tiberio anunció su ley agraria habría hecho lo mismo, hablar ante el pueblo y hacer de contrapeso. Con Tiberio no pude hacerlo y tal vez hubiera evitado la escalada y el desastre. No ocurrirá ahora lo mismo. He de ser yo. Es mi obligación. El fuego se combate en su germen, no cuando el bosque entero arde en llamas. No hay nada más que hablar —afirmó antes de perderse definitivamente en la inmensidad de su mansión.