Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) El segundo día. 11 de diciembre
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El segundo día. 11 de diciembre

La expectación devoraba el foro.

Como Carbón esperaba tras su provocativa intervención, la convocatoria fue masiva. Él mismo tuvo que acceder a los rostra por en medio de un pasillo abierto a duras penas entre una multitud inmensa que asfixiaba los huecos existentes entre fuentes, templos, arbolillos y demás aparato escultórico y arquitectónico que ahogaba cada vez en mayor medida el centro político, económico y religioso de la ciudad de la loba.

Ya en lo alto de la tribuna de los oradores frunció los labios, exhibió su enredadora mirada negra y oteó a los padres conscriptos, bien juntitos estos en el cercano senaculum, sin que faltase aparentemente ninguno de los que estaba en Roma, todos ellos atraídos como las moscas al pescado asado en leña. Entre ellos, en un lado, sobresalía Claudio, muy sonriente y autosuficiente. Cerca de él lo hacía Emiliano, siempre escoltado por Fabio y Lelio, con su cara escipiónica, elevado por encima de todas las cosas, escudriñándole con gesto curioso. Carbón le sonrió hipócritamente, sin escrúpulo alguno. La caída del monumento viviente se iba a oír incluso en las orillas del lejano río Indo.

—¡Quirites! —comenzó Carbón de improviso, como un violento espumarajo, rotando su cabeza hacia la muchedumbre—. ¡Hace poco más de un año que allí arriba, a las puertas del templo de Júpiter, sucedió algo terrible! ¡Una asamblea de la plebe fue violentada, pero no por la acción de los dioses, sino de los hombres, imponiéndose la fuerza a la razón, la muerte a la libertad! ¡Porque algunos faltaron al respeto a la ley y a los dioses! ¡Y no puede volver a ocurrir! ¡No debe repetirse! —bramó con enormes aspavientos y sin preámbulos. No era hombre de zarandajas, sino de devastación. Para entonces el semblante de Emiliano ya no era de curiosidad, sino censorio—. Quirites —arrancó de nuevo, esta vez a media voz—, yo mismo podría exponer la ley que os quiero proponer, pero hay otro hombre en Roma mucho más capacitado y querido por vosotros para hacerlo, y ese hombre me acompaña hoy y aquí. Es él quien debe hablaros —afirmó rotundo y miró a la base de la tribuna—. Cayo Sempronio Graco, sube y habla, te lo ruego ¡Habla tú! ¡Lo autorizo!

Y Cayo, impulsado por su elegancia y determinación natural, luciendo con majestuosidad la toga romana, ascendió tranquilamente los peldaños de los rostra al tiempo que el Senado se arrebujaba y los ciudadanos murmurantes contenían la respiración. Cayo parecía el mismísimo Tiberio que regresaba del inframundo para seguir defendiendo su obra agraria con la misma obstinación y pasión.

—He aquí por qué debías venir —le susurró Lelio a Emiliano.

—Escuchémosle —exigió este con el ceño fruncido.

Cayo no subió solo a la tribuna. Para asombro de todos lo hizo también un flautista que fue a colocarse en uno de los extremos del podio. Su misión no era simplemente estética, toda vez que, como respuesta a una leve inclinación de cabeza del joven Graco, armó su delicado instrumento, se lo llevó a los labios y comenzó a tocar una suave melodía que recorrió pausadamente, sin estridencias, el oratorio.

Los miles de hombres y mujeres elevaron embobados sus miradas al cielo, como si fuesen los mismísimos dioses los que tocasen aquellas dulces notas, y cuando Cayo creyó que la armonía capturaba los sentidos de los presentes, paralizados todos como animalillos ante la belleza y magia de la música, inició su intervención con voz modulada, caminando lentamente de un lado a otro, como si quisiera dialogar consigo mismo y con todos a la vez, manteniendo siempre su brazo derecho dentro de la toga. Su simple presencia era hipnótica, y allí donde se dirigía todos le seguían sin poder dejar de oír sus palabras.

Después de los saludos formales, Cayo se detuvo un instante, no mucho, lo suficiente para que la música hiciera su último efecto anestésico. Conseguido esto, fue al grano.

—Mi amigo Carbón ha afirmado que aquello que sucedió hace poco más de un año no debe volver a repetirse, y yo os digo que soy el primero que lo apoyo, pues mi querido hermano, vuestro tribuno, el tribuno de todos, encontró allí la muerte. ¿Pero por qué murió? Sí, os lo pregunto. ¿Por qué murió? —Y calló de nuevo sin dejar de caminar y de mirar al auditorio, elevándose en cada uno de sus silencios la frecuencia seductora de la melodía surcando el armonioso éter. Nadie era capaz de abrir la boca. Emiliano, por el contrario, la apretaba con fuerza. Cayo sonrió—. ¿Recordáis que nuestro amado Nasica Córculo fue cónsul dos veces y también censor? ¿Lo recordáis? —prosiguió—. Como también guardaréis en vuestra memoria que el gran Marcelo fue tres veces cónsul, muriendo ahogado en el mar. ¡Qué grandes hombres para la República! ¡Sí, muy grandes! —elevó el tono. El sonido de la flauta lo hizo en la misma medida—. ¿Y por qué os digo esto? ¿Por qué?

La música cesó de pronto. Cayo volvió a sonreír. El flautista reinició sus frecuencias y Cayo se unió rítmicamente a ellas en un dúo embaucador.

—Hoy hay aquí otro gran hombre que comparte en algo los logros de Nasica Córculo y Marcelo. Otro hombre que ha sido dos veces cónsul y otra censor. —Los ciudadanos miraron a Emiliano—. Y diréis que los tres tienen en común sus dignidades y honores. ¡Por supuesto que sí! ¿Cómo no pensarlo de este modo? Pero, ¡oh!, hay algo más en esa comunión grandiosa. ¿Nadie lo advierte? ¿Ningún hombre en Roma salvo Cayo Papirio Carbón y yo mismo lo ven?

Nueva pausa.

Nuevo silencio.

Esta vez, en cambio, la música no solo no cesó, sino que aumentó gradualmente en potencia en un crescendo intimidante, uno que, esta vez sí, en su momento álgido, dio paso a la vehemencia más desatada. Porque Cayo se convirtió en un instante en fuego, lanzando enormes llamaradas.

—¡Lo que tienen en común es que todos ellos repitieron sus consulados en contra de las leyes! —rugió—. ¡Porque a ninguno les estaba permitido volver a ser cónsules! ¡A ninguno! ¿Y qué sucedió entonces? ¿Qué hizo el Senado? ¿Lo prohibió? ¿Ejecutó a ciudadanos romanos? ¡No, no y no! ¡Lo que hizo el Senado fue permitírselo mientras a mi querido hermano, a vuestro tribuno, le partían la cabeza por buscar su reelección como tribuno! ¡Por hacer lo mismo que ellos! ¿Pero qué injusticia es esta? ¿Ellos pueden ser cónsules cuantas veces quieran mientras a los tribunos, vuestros defensores, se les priva de todo cuando ninguna ley lo prohíbe? ¿Qué maldad anida en esta diferencia?

Cayo paró en seco con el rostro desatado.

La flauta tocaba ya en son de combate.

El suelo mismo del foro se agitaba golpeado por la furia melódica, la misma que martilleaba los tímpanos de Emiliano y del Senado. Cayo concluyó aupado en la música más atronadora.

—¡Mi amigo Cayo Papirio Carbón va a presentar ante vosotros la rogatio Papiria de tribunis plebis reficiendis, aquella que permitirá que un tribuno de la plebe pueda presentarse al cargo las veces que lo desee! ¡Porque no hay maldad alguna en ello! ¡Porque mi hermano, tribuno de todos vosotros, murió injustamente cuando ninguna duda había de que podía ser nuevamente tribuno! ¡Aprobad la ley! ¡Disipad las dudas que el Senado esgrimió sin fundamento! ¡Gritad con vuestros sufragios que Tiberio murió sin razón! —aulló en un éxtasis colectivo en el que ya no se escuchaba la flauta, solo la explosión volcánica del pueblo al tiempo que los rescoldos de lava caían violentamente sobre un Senado encogido.

—A mi villa extramuros —exigió Emiliano con preocupación.