Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Tres días y una sentencia
18%

Tres días y una sentencia

Roma, el primer día. 10 de diciembre

Carbón tomó posesión de su cargo como tribuno de la plebe tres días antes de los idus de diciembre.

No perdió ni un instante.

Satisfechos los oportunos ritos en el templo plebeyo por excelencia, el dedicado a Ceres, Liber y Libera, corrió sin detenerse hasta el foro, se encaramó a los rostra y gritó a los cuatro vientos:

—¡Convoco mañana una contio en la que daré lectura de una nueva propuesta de ley que pretendo llevar para su aprobación ante la asamblea plebeya! ¡Quirites, acudid, porque es de sumo interés para todos! ¡Está en juego nuestra libertad! —se despachó tan a gusto.

Los cuatro ciudadanos que pululaban en ese momento por el foro levantaron las cabezas, con indolencia, acostumbrados a las peroratas de los nuevos tribunos de la plebe, la mayoría de ellos deseosos de pasar a la posteridad y labrar su cursus honorum al albur de alaridos y algarabías.

—¿Y qué es eso tan importante si puede saberse? —preguntó uno que estaba apoyado con desgana en la columna Maenia, levantada muy cerca de los tribunales de los pretores y de la basílica Porcia.

Carbón se giró al susodicho y se estiró en la tribuna mostrando una feliz vanidad que podía reventar su pecho.

—Tú hazme caso y no faltes. Y llama a tus amigotes y familiares, incluso a tus amantes y a tus rameras de la Subura, del Aventino o de donde te venga en gana, si es que las frecuentas, lo que es obvio, porque lo que va a ocurrir mañana en esta tribuna será recordado incluso en tu pequeña y poco provechosa mente.

—¡Eh, sin ofender! —protestó el aludido.

Carbón olfateó el aire con gesto malicioso, como un perro, hasta que dejó entender bien a la claras que el olor procedía del ciudadano.

—Límpiate bien el culo antes de venir mañana —le dijo, y bajó de la tribuna con una enorme sonrisa, dejando a todos con una insoportable curiosidad, algo de todo punto irresistible en un romano, más aún en aquellos miserables de vida ociosa que aguardaban todo el tiempo tirados por los rincones del foro en busca de diversión y barullo y a los que personajillos faltones y zafios como Carbón les chiflaban.

Era la salsa de Roma.

¡Por supuesto que acudirían en masa desde todos los rincones de la ciudad y con sus vulgares fulanas!

Lelio acudió esa misma tarde a la casa de Emiliano, pero no a la que se encontraba en la colina palatina, sino a la que acababa de construirse entre la vía Lata y las murallas servianas, en el extremo noroeste del Campo de Marte, en las afueras de la ciudad.

En realidad no era una domus, sino una auténtica mansión palaciega al estilo de los pabellones orientales, con un pórtico de acceso y jardines y galerías colmadas de obras de arte. Tenía incluso su propio baño termal con una hermosa cúpula. Era la nueva y lujosa villa de su amigo, la villa extramuros.

Lelio encontró a Emiliano en la biblioteca de la mansión, una magnífica sala repleta de bustos y miles de volúmenes. No faltaban, entre otras, las obras completas de Platón y Aristóteles.

Emiliano no estaba solo. Lo acompañaba en una distendida conversación el maestro estoico Panecio de Rodas, que junto con Polibio hacía las veces de consejero filosófico desde que se instalara en Roma hacía ya algunos años bajo el patrocinio del propio Emiliano.

De hecho, era Panecio el que los ilustraba desde entonces en la superior idea de que la virtud como medio de alcanzar la verdad y el bienestar de una sociedad radicaba en la acción, en el dominio de uno mismo, en la templanza, en la justicia y en el valor. También que solo la clase más instruida, la nobilitas, debía dirigir los designios de la República.

Panecio era, en suma, una delicia para sus oídos, aquel que traducía al complicado lenguaje filosófico lo que ya todos sabían pero no sabían expresarlo, que Roma era insuperable y ellos los mejores.

—¡Cayo, qué sorpresa! —se alegró Emiliano—. Siéntate —le urgió, señalándole una silla—. Justo estábamos hablando de los deberes del ser humano —añadió ufano y relajado.

Lelio se sentó, saludó a Panecio, dejó que le sirvieran una copa de vino y se dirigió directamente a Emiliano.

—Sin duda una conversación de lo más versada, pero no quiero distraeros. Solo quiero decirte que Carbón ha comenzado su tribunado de la plebe de la forma más llamativa. Huelo problemas.

Emiliano, que estaba disfrutando de su charla con Panecio, lanzó un pequeño resoplido.

—¿Y qué ha hecho? —preguntó impaciente.

—Ha convocado una contio para mañana.

—¿Y qué tiene eso de extraño?

—Es Carbón. Creo que debes acudir

Emiliano apretó lo labios, negando de lado a lado.

—Ve tú, y ya me contarás.

—Es Carbón —insistió Lelio, poco convencido de aquella confianza. Nadie en Roma podía permitirse tal lujo por mucho que fuera un Escipión.

—Tengo cosas más importantes que hacer —se ofuscó Emiliano.

Lelio cambió de estrategia. Miró a Panecio y le guiñó un ojo.

—¿No estabais hablando de los deberes? —le dijo.

Panecio lo cazó al vuelo, más si cabe cuando lo que estaba proponiendo Lelio le parecía de lo más sensato.

—Eso mismo, querido Lelio —afirmó el filósofo—. Justo estaba a punto de exponer que entre los deberes de los grandes hombres se encuentra el de estar atentos y protegerse de los peligros.

—¡Qué casualidad! —exclamó Lelio.

—¿Eso ibas a exponer? —dudó Emiliano.

—Una doctrina de lo más interesante. Sigue, por favor —pidió Lelio como una centella.

Panecio, hombre sabio que se escuchaba a sí mismo, poniendo cara como si estuviese en el mismo pórtico de Atenas donde Zenón de Citio había hablado a sus discípulos, no se demoró ni un solo instante. Emiliano quiso hablar, pero con un amable gesto se lo impidió. No se interrumpía a la sabiduría.

—La vida de los hombres que pasan la vida en medio de negocios y política —comenzó—, y quieren ser provechosos a sí mismos y a los suyos, comporta preocupaciones y peligros constantes e imprevistos casi a diario. Por ello, conviene tener siempre el ánimo dispuesto y pronto a tomar precauciones y evitarlos, como hacen en mi tierra los atletas llamados pancraciastas, en cuya lucha han de estar siempre en guardia.

—Sigue, sigue —le instó Lelio.

Emiliano dejó hacer.

—Del mismo modo que aquellos que salen a luchar —prosiguió Panecio— permanecen en su sitio con los brazos en alto y protegen su cara poniendo sus manos por delante, y todos sus miembros están en tensión ya sea para evitar los golpes o propinarlos, de esta manera el espíritu y la mente del hombre precavido deben estar alerta contra la violencia y la petulancia de los ataques e injurias, en todo lugar y momento la mente atenta, cabeza en alto, sólidamente guarnecida, sin bajar la guardia, llevando adelante sus decisiones contra los golpes de la fortuna y las insidias de los inocuos, para que no nos sobrevenga en una situación difícil un ataque inesperado, cogiéndonos desprevenidos. Este es el deber de todo hombre de bien y yo esto lo he escuchado en Atenas —concluyó, sintiendo él mismo que el conocimiento se desparramaba por aquella sala.

Lelio, menos filósofo, rotó su cuello y miró a Emiliano.

—No parece oportuno que deban desatenderse la enseñanzas de Panecio. Y si él dice que es propio de los hombres sabios estar siempre alerta, tal vez deba hacérsele caso.

—Yo no lo habría dicho mejor —confirmó Panecio.

Emiliano los escrutó divertido.

—Por Hércules, ¡qué sugerentes sois! —rio—. Si mi presencia adquiere los tintes de debate filosófico, iré, lo haré, no quiero quedar aplastado por el saber de la Estoa ateniense.

—¡Por la Estoa! —celebró un aliviado Lelio, elevando su copa al tiempo que volvía a guiñarle un ojo, esta vez sin disimulo, a Panecio de Rodas, destinado a ser el próximo director de la escuela estoica de Atenas cuando muriera su maestro Diógenes.