Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Pergeñando la caída
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Pergeñando la caída

Roma, esa misma noche

Claudio se reclinó en el triclinio todo lo largo y ancho que era, apoyó su codo izquierdo y dedicó a sus invitados una sonrisa de las suyas, de esas astutas y libidinosas, de esas de sublime malicia.

—Y bien, ¿qué os ha parecido? —interpeló provocativo.

—El elogio de Nasica hijo, un bodrio retórico —desdeñó Carbón.

—No tenía buenos dados con los que jugar —negó Flaco sorprendentemente exculpatorio—. ¿Qué iba a hacer? ¿Ensalzar a su padre por haber matado a un tribuno a palos en el Capitolio? Se le habrían echado encima —bufó.

Carbón elevó el labio superior y dejó a la vista sus caninos, contestando a su manera.

—Oh, entonces demos por bueno que solo haya recordado que su padre fue un tribuno militar en Cartago y después un cónsul del que nada se recordará en lo militar. Llegado el caso, si yo reúno tales méritos, limitaros a incinerarme y a olvidarme, no quiero ser ridiculizado en el foro —repuso con ofensiva mordacidad, pero sin obtener respuesta alguna, haciéndose el silencio.

—¿Y ya está? ¿No tenéis nada más que decir? —chinchó Claudio.

—Que debemos olvidarnos de los muertos y hablar de los vivos, nuestra verdadera preocupación —pidió el tercero de sus cachorrillos políticos, Cayo, siempre impaciente.

Claudio dibujó una maléfica sonrisa.

—Pues bien, ya que debemos ocuparnos de los vivos —dijo, recorriendo las miradas de todos—, ha llegado el momento del que hablamos cuando Lenas anunció su propuesta infame.

—El día de derribarlo —susurró Flaco.

—Porque él ha tomado partido —añadió Cayo con naturalidad.

Claudio asintió fogoso.

—Si ellos han querido legitimar al Senado, legitimemos nosotros a Tiberio. Digamos alto y claro que no mereció la muerte por buscar su reelección como tribuno de la plebe. Y como él se opondrá, lo dejaremos en evidencia. Más aún, lo sentenciaremos. Lo visteis en su triunfo, hinchado como un paloma, y lo habéis visto hoy, rebosante de soberbia, como un monumento viviente —barbotó, lascivo—. Camina sin advertir que el desfiladero se cierra sobre su cabeza pelada. Se adentra en él creyendo que ningún enemigo podrá sorprenderlo porque es el campeón del pueblo y del Senado… ¡Ja, pues emboscadlo en su soberbia! ¡Sabéis cómo hacerlo! ¡Está todo hablado! ¡Hacedlo! ¡Él caerá y agrietaremos su Senado! —declamó pomposo, hecho un Pericles en la asamblea ateniense, cuando, para su sorpresa, Carbón graznó como un oca afónica.

—¡Me excitas, Apio!

Claudio lo fulminó con su gélida mirada patricia.

—¿Cómo?

—Que me excitas.

Claudio inspiró paciencia. Seguía sin fiarse de aquel individuo.

—Haz lo que tienes que hacer, y cierra la boca. Está más que planeado. Inicia tu tribunado de la plebe como lo hemos hablado —le reprendió con augusta bronca.

Carbón, por supuesto, hizo caso omiso.

—¡Tres días, Apio Claudio, tres días vertiginosos serán suficientes! ¡Me excita! ¡Tres días para una sentencia! —celebró, afilando sus intensos ojos negros, rebozado en felicidad desde que su amiguito de estragos, es decir, Escápula, regresara furtivamente de Pérgamo y le trajera la buena nueva del envenenamiento de Nasica.

Aquel día se habían cogido una melopea de escándalo, despertando con varias mujeres desnudas en las traseras de la casa de las vestales, todo un sacrilegio que por fortuna nadie había descubierto.

La fenomenal resaca le había martirizado varios días, esfumándose su dolencia etílica cual espuma del mar al saber poco después que dentro de los planes de Claudio, cuya cabecita nunca descansaba, él iba a desempeñar un papel protagonista para desenmascarar al coloso de Roma, al monumento viviente.

Y era muy excitante. Tanto que con solo pensarlo hervía de pasión, emprendiendo su alborotada corriente sanguínea el camino hacia los cuerpos cavernosos de su no menos agitado miembro fálico.

En estas favorables condiciones, solo deseaba una cosa, llegar a su domus y forzar a la primera de las esclavas jóvenes y guapas que poblaban su hogar que se le cruzase en su camino. «¡Qué excitación!», aullaba ya de placer en su fuero interno.

O tal vez no lo hiciera por el deseo de sus esclavas, sino porque estaba a punto de encular al gran hombre, aquel que protegía ignominiosamente a los asesinos de Tiberio, razón más que sencilla para odiarlo con toda su alma. Que se murieran todos, el Senado y Emiliano.

—Señores, debo ir a mi domus. Tengo cosas importantes que hacer. Está a punto de comenzar mi tribunado de la plebe —se regodeó orgiástico, y salió disparado rogando a los dioses que se encontrase en primer lugar con una esclava muy concreta, una de bellos ojos verdes, cabellos rubios y anchas caderas que horneaba el pan todas las mañanas. Aquella mujer le volvía loco.