Una mirada peligrosa
Roma, pocos días después
Nasica no era querido por nadie, salvo por su familia más íntima, lo que no fue un impedimento para que, unos días más tarde, finalizados los ludi romani, se celebrara un grandioso funeral público.
Al fin y al cabo, hacía muchos años que no moría un aristócrata de tamaña alcurnia, miembro de la rama familiar de los Escipiones de la gens patricia Cornelia, lo que fue reclamo más que suficiente para que los ciudadanos, incluso los del campo, acudieran en masa, atestando el recorrido de una procesión única del genio romano en la que las máscaras mortuorias, las intimidantes imagines de siete generaciones de Escipiones, iban a ser sacadas de los atrios y mostradas por la ciudad como si aquellos enormes hombres del pasado volvieran a la vida para unirse al difunto y recordar una vez más la fama, las gestas, la gloria y los servicios a la República de una estirpe excepcional e intemporal. Lo que allí iba a representarse era la fortaleza de Roma a lo largo del tiempo; era la inmortalidad de unos hombres que con sus hazañas habían construido la historia misma de Roma. De hecho, ellos eran Roma.
Ya de noche, bajo la luz de cientos de antorchas y en un silencio sepulcral únicamente roto por el crepitar de los hachones, el cortejo se dispuso a partir del Capitolio, como era tradición de los Cornelios, trayéndose del cercano templo de Júpiter la estatua de Escipión Africano, abuelo materno de Nasica.
Satisfecho este rito, los dissignatores encargados de velar por el correcto paso de la pompa golpearon el suelo con sus bastones macizos.
El impacto hueco y seco de la madera contra la losa alertó a los miles de ciudadanos apelotonados en la plaza capitolina. Todos estiraron sus cuellos. Un segundo y rítmico golpe anunció el comienzo de la pompa fúnebre. Chirriaron entonces los carros en su arranque, todos ellos tirados por parejas de bueyes blancos con guirnaldas, un carro por cada imago y una máscara por cada maior, por cada antepasado con dignidad consular o censoria.
De la oscuridad de la noche, como si abandonara el Hades, apareció a la vista de todos, en primer lugar, elevado en un majestuoso carro, un hombre vestido con toga completamente púrpura que llevaba en su rostro la imago del viejo Publio Cornelio Escipión, censor hacía ya más de doscientos años, acompañado de todas las distinciones, fasces, hachas e insignias que había merecido en una vida llena de gestas y honores. Y los ciudadanos, impresionados, ahogaron un grito, en parte por temor reverencial, en otra por gigantesca admiración.
Detrás del primer carromato procesional apareció un segundo, llevando en esta ocasión al hombre que hacía las veces de Lucio Cornelio Escipión Barbato, constructor de la tumba de los Escipiones en la vía Apia, investido en este caso con una toga bordada en oro por haber merecido la celebración de un triunfo. Y el pueblo, arrebolado, creyó remontarse a las hazañas y victorias de la Tercera Guerra Samnita.
Después, en una aplastante sucesión de exaltación familiar y patria, desfiló el portador de la máscara de Escipión Calvo, muerto en Hispania en la segunda guerra con los cartagineses.
A continuación, el hijo del anterior, considerado en su momento el mejor hombre de Roma y el primero en llevar el apelativo Nasica por su nariz afilada, aquel que había traído a Roma la roca sagrada de la diosa Cibeles, la Magna Mater.
Tras él emergió su hijo, el recordado y querido Nasica Córculo, antagonista de Catón. Si este ladraba en el Senado: «Me parece bien que Cartago no exista», aquel declamaba: «Me parece bien que Cartago exista», en lo que habían sido unos debates senatoriales para la historia.
Finalmente, en un bellísimo carro labrado con incrustaciones en oro, el cuerpo de Escipión Nasica, inerte sobre el féretro, con toga de banda púrpura, con el rostro tapado con un manto para que nadie viera los estragos del paso del tiempo desde el fallecimiento.
Los ciudadanos, siempre en cumplido mutismo, bajaron las cabezas al paso de los carros, iluminados por las ráfagas anaranjadas de las antorchas, sobresaltándose cada vez que los dissignatores golpeaban violentamente el suelo para ordenar que el cortejo se detuviera o arrancara, como si temieran que en uno de aquellos bastonazos los formidables hombres del pasado volvieran a la vida.
Cuando los primeros carruajes iniciaban ya el lento descenso del clivus Capitolinus en busca del foro, los familiares de Nasica se incorporaron al cortejo. Lo hicieron con ropas de luto y rostros demacrados, inmediatamente después del carro que portaba el cadáver, entre ellos un devastado Nasica hijo y Cecilia Metela, la esposa del fallecido.
Entre ellos caminaba también Cornelia maior, provocando en los ciudadanos una pena infinita y sincera. Sangre de la sangre de Escipión Africano, caminaba, o se arrastraba, muy delgada, llena de arrugas y profundas ojeras, lejos de la mujer alegre y corpulenta de generosos pechos como odres de leche. La muerte de su amado esposo Nasica Córculo y ahora la de su hijo la estaban consumiendo inexorablemente. Si a ello se le añadía que su relación con su hermana Cornelia la menor estaba igualmente muerta, por todos era conocido que imploraba a los dioses inmortales que no la condenaran a una vida larga.
Detrás de la familia directa avanzaban mostrando también su pésame el resto de familiares y Escipiones, entre ellos y en primer lugar, encabezándolos con orgullo, Emiliano, mimetizado en aquella grandeza, mostrando tanto en su mirada seria y digna, en su espalda erguida, en la cadencia de sus pasos como en la armonía de los pliegues de la toga la aplastante jactancia Escipión, una que irradiaba irremediablemente de lo más profundo de su ser pero que, eso sí, era alimentada sin descanso por las miradas brillantes de los ciudadanos que lo contemplaban extasiados por respirar su mismo aire, el del triunfador sobre Cartago y Numantia.
Por ello, devolviendo desde el podio de su infinita autoridad una mirada austera como agradecimiento por la masiva presencia, conforme la pompa avanzaba comprendía que se encontraba en la cima de su celebridad y notoriedad, tan inmortal como las imagines escipiónicas.
Porque después de años labrando su propia historia, por muchas dificultades que le hubieran puesto en el camino, por muy frustrante que fuera su pasada censura y pese a la muerte de Tiberio y sus diferencias políticas, desde su regreso de Numantia no había visto otra cosa que amor y devoción popular hacia su persona.
Nada podía dañarlo ya.
Era inmune a todos los males.
Es más, estaba en disposición de dar por cumplido lo que le había prometido a su padre cuarenta y cinco años antes, apenas siendo un niño, porque ni su prima Cornelia minor con toda su inquisitiva y devastadora presencia, ni su prima Cornelia maior con sus infundadas preocupaciones, podían evitar que fuera el primer hombre de Roma y, sin ningún género de dudas, un Escipión completo.
Navegando entre el mayor de los respetos, el cortejo llegó a los rostra, entre el comitium y el foro. Allí no cabía un alma más.
Los personajes que portaban las máscaras bajaron muy despacio de los carros y fueron sentándose en sillas de marfil colocadas en fila en la tribuna de los oradores, a la vista de todos.
Después, Emiliano, Nasica hijo y otros dos Escipiones tomaron a hombros el féretro del difunto y lo depositaron en la plataforma de los rostra, en una imagen plástica majestuosa.
Nasica hijo se dispuso a recitar el elogio fúnebre de su padre, la laudatio, en la que evocaría también las gestas de los antepasados, todos ellos presentes allí mismo. Antes de hacerlo, sin embargo, se giró hacia su madre, que permanecía en la base de la tribuna.
—Sube, madre —le dijo con inmenso cariño y reconocimiento.
Un clamor sordo de aceptación se elevó al cielo. Ella subió.
—Padres conscriptos, quirites, hoy debo hablaros del esplendor de la familia Nasica de los Escipiones… —inició Nasica hijo con gutural sonido, pero Emiliano, a esas alturas de las exequias públicas, ya no escuchaba. Solo disfrutaba de sí mismo y de aquella atmósfera de grandiosidad, mirando discretamente a todas partes, a los ciudadanos embelesados, a las sombras recortadas de templos, basílicas y pilastras, a las antorchas y sus luces llameantes y anaranjadas o al esplendor de los padres conscriptos en la escalinata de la curia Hostilia.
Todo era grandeza y espectáculo.
Y respiró, henchido de orgullo.
—He sido capaz, padre. Soy digno de llamarme Publio Cornelio Escipión —susurró con poderosa fuerza a los pies de siete memorables hombres del pasado, recitando palabra por palabra, sílaba a sílaba, lo prometido a su padre aquel lejano día en la villa de Gaeta.
No advirtió, en cambio, desde la cima de su particular monte Olimpo, que Claudio no dejaba de escrutarlo.