Cuídate
Roma, inicios de septiembre
Cornelia maior, sujetando con las dos manos la carta que acababa de recibir de Pérgamo, fue bajando los brazos muy despacio, hasta apoyarlos en sus muslos.
Así permaneció largo rato, con mirada perdida, sin llanto, sin lamento, dejando que su existencia no fuera nada más que eso, un simple y vacío agujero en un universo frío y silencioso.
Horas después abandonó su domus palatina, la que había sido durante décadas su hogar junto con su amado esposo Nasica Córculo, y se encaminó a la de Emiliano, muy cerca de la suya.
Su primo la recibió en el peristilo ajardinado, yéndose a sentar ambos en un alargado banco de piedra a la sombra del pórtico, protegidos de un sol estival que golpeaba sin descanso. Los veranos de Roma eran todavía terriblemente sofocantes en aquellas fechas.
—Mi querido primo, mi hijo ha muerto en Pérgamo —soltó ella a bocajarro. Emiliano trató de poner cara de pésame, pero apenas movió los músculos de la cara. Cornelia, consciente, no demoró lo que quería decir realmente—: No, Publio, no vengo a compartir aquí mis penas ni a que me consueles. No sabrías hacerlo ni te apena la muerte de mi hijo, lo sé, tanto como que si pudieras lo hubieras matado tú mismo al conocer lo que hizo —reconoció con duro realismo—. Tus formas y las suyas eran tan…, tan diferentes. Mi Córculo y yo no queríamos esto, ¡no lo queríamos! —exclamó llena de triste rabia.
—Lo lamento, Cornelia —condescendió Emiliano.
Ella sacudió ligeramente la cabeza, mostrando ahora unos ojos distintos, más fieros, más vivos.
—Publio, mi hijo murió porque se le destrozó el corazón después de un ataque de furia y no tengo motivos para dudarlo. Mi hijo era… —nueva frase en suspenso—, todos sabíamos cómo era, pero también que era joven y mucho el odio que era capaz de provocar… y por ello, mi querido primo, por ello, solo he venido a decirte que tengas cuidado, porque nadie sabe qué pueda pasar en esta nueva Roma. Ya han muerto dos nietos del Africano y los dos acusados por unos y otros como enemigos de Roma. ¿No te parece paradójico y extraño?
—Cornelia… —murmuró Emiliano.
Ella negó con poderosa convicción.
—No, mi querido Publio, no soy una madre que dice locuras tras conocer la muerte de su único hijo varón. Cuídate de los que te rodean y especialmente de los que serían felices con tu perdición. Esta nueva Roma tiene los colmillos muy afilados —advirtió y se puso en pie. Emiliano la miraba confundido—. Mi nieto llegará en los próximos días. Trae el cuerpo amortajado de su padre. Confío en que podremos contar con la imago de Escipión Barbato para exhibirla en la pompa fúnebre.
—Por supuesto, la de la Barbato y la de su padre —se apresuró a contestar Emiliano, custodio de ambas máscaras mortuorias.
Cornelia hizo una leve inclinación e inició su marcha. Emiliano, sin embargo, la llamó cuando estaba a punto de abandonar el peristilo.
—Cornelia.
—Dime —contestó ella, permaneciendo de espaldas. La voz de su primo voló hasta sus oídos con su habitual jerarquía.
—Nadie se atrevería a ponerle la mano encima a tu hijo. Y en cuanto a mí, tus temores no tienen ningún fundamento, porque…
—¿Porque eres popular y él no lo era? —se adelantó ella, dejando escapar a continuación un ronroneo de desesperanza.
—Porque esto es Roma —terminó Emiliano.
Cornelia maior, sin girarse, tuvo la tentación de decirle, de gritarle, que por mucho que Roma fuera Roma nadie había sido capaz de predecir que su hijo iba a impulsar el atroz asesinato de Tiberio, pero se contuvo. Bastante era ya el dolor de tener que recordar cada día de su vida el devastador vaticinio que le había arrojado el día de la catástrofe y que retumbaba en su cabeza como mil martillos: «Hijo, estás muerto».
Se limitó a exhalar una nueva risita de desaliento:
—La popularidad se construye durante años, querido primo, pero basta un solo error, uno solo, para que se destroce en mil pedazos. Cuídate, Publio. Esta Roma es resbaladiza.