En el mejor momento
Praeneste, mediados de agosto
—Si quieres tomarme, ¡conquístame! —Y Licinia pegó un brinco del lecho conyugal y echó a correr completamente desnuda y con risa nerviosa por todas las estancias privadas de la villa de recreo que la familia Graco tenía en las afueras de la ciudad de Praeneste.7
Cayo, inicialmente sorprendido, se quedó mirando cual pasmarote cómo su esposa, todo un terremoto en el lecho conyugal y fuera del mismo, huía llena de alegría, luciendo sus jóvenes y bellas formas femeninas, con los cabellos rubios ondulados al aire y los pechos botando, visión que le estimuló hasta el infinito. Dando un salto, salió disparado a por su provocadora presa, tan desnudo como ella.
Licinia, carcajada tras carcajada, logró zafarse en las primeras habitaciones. Incluso Cayo, totalmente alocado en su divertida carrera, resbaló en el pulido pavimento de un mosaico, desparramándose boca arriba con brazos y piernas abiertos.
—¡Larguen velas en el mástil de esa nave! —rio Licinia con malicia al advertir el excitante atributo viril de su esposo, huyendo de nuevo por el corredor del peristilo.
Cayo no se dio por vencido. Dibujando una pícara sonrisa, se lanzó a por Licinia, alcanzándola por fin en la segunda vuelta al peristilo, que en su forma cuadrada hacía ahora las veces de pequeño estadio olímpico del amor. La agarró por las caderas y consiguió detenerla, abrazándola por la espalda, acariciando después sus senos, pellizcando delicadamente sus pezones, besándola sin parar en el cuello mientras ella se erizaba y contorneaba.
—¿Te rindes? —siseó él.
Licinia se dio la vuelta con ojos de felina y corazón agitado, lo tomó de la mano y lo llevó de vuelta hasta su habitación, tumbándose en el lecho.
—Esta ciudad se rinde y abre sus puertas —susurró, y aferró a Cayo para que se colocara encima y yacieran locos del frenesí que los dominaba desde sus nupcias. Eran verdaderamente afortunados.
Pero hete aquí que Flaco y Carbón, en su ingenuo desconocimiento, tuvieron la idea de llegar a la villa justo en ese mismo momento. Aporrearon la puerta y una rechoncha y madura esclava los condujo hasta el atrio.
—El señor tardará en recibirlos —les dijo entonces.
—¿No está el señor en la casa? —se extrañó Flaco.
La esclava, que peinaba augustas canas, se limitó a sonreír, llevándose el dedo índice al oído. La razón podía oírse por sí misma.
—¿Cómo? —dijo aun así Flaco.
—¿Es que estás sordo? —bromeó Carbón.
No hicieron falta más explicaciones. Los gemidos, volando desde algún lugar de las profundidades de la mansión, llegaban con nitidez. Al poco se convertían en alaridos de placer.
—¡Por Hércules, qué fogosidad! —exclamó Flaco.
—¡O qué envidia! —secundó Carbón muerto de risa.
Acto seguido, balanceando Flaco y Carbón sus cuerpos de atrás adelante, se hizo el silencio.
—¡Ya era hora! —porfió Flaco al tiempo que miraba a la oronda esclava. Esta, bien aleccionada, sabiendo que toda la casa tenía que quedar vacía y libre de miradas indiscretas cuando sus amos se amaban, articuló sus gruesas piernas y se adentró en la casa. Poco después regresaba seguida de Cayo, que vestía una simple túnica.
—¿A qué debo esta inesperada visita? Estaba entretenido en asuntos importantes —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
—No hay ninguna duda de ello —rio Carbón con gesto pícaro.
Cayo se encogió de hombros.
—Pero contadme —apremió. Deseaba volver con su Venus y los rostros de sus amigos no delataban ninguna alarma.
Flaco fue directo al grano.
—Está muerto, Cayo —se limitó a decir con semblante iluminado—. Tu primo ha muerto en Pérgamo, como merecía —reiteró, ahora con los molares apretados, conteniendo su alegría.
Cayo, muy serio, contuvo la respiración.
—¿Cómo? —fue lo único que pudo articular.
—Se derrumbó fulminado tras una de sus ridículas rabietas. Que se pudra en el Averno —siseó Carbón.
—¿Muerto? ¿Pero cómo? ¿Seguro? —balbució un Cayo que seguía todavía inmóvil, tratando de asimilarlo.
—Seguro —enfatizó Flaco.
—¿Estamos hablando de él? —insistió Cayo.
—Del más odiado de todos ellos —confirmó Flaco.
—Lo sabe ya toda Roma —precisó Carbón con un vigoroso destello en su oscura mirada.
Cayo cerró los ojos y se echó las manos a la cabeza, resoplando ruidosamente en un revoltijo de sensaciones. El destierro de Nasica había sido en su momento un bálsamo, pero siempre existía el riesgo de que regresara y se cruzaran de nuevo sus caminos en Roma. Ahora tal cosa jamás sucedería. Era un inmenso alivio. Era el triunfo definitivo sobre el asesino de Tiberio. Los dioses lo habían castigado.
—¿Muerto? —reincidió.
—Más muerto que Catón —rio Carbón.
—¿Cómo ha muerto?
—Déjame que te lo cuente —le dijo Flaco.
Poco después, superada su impresión inicial y tras haber recabado con ansia los detalles que se conocían y despedir a sus amigos, volvió apresuradamente al lecho, donde Licinia permanecía provocativamente tumbada. Qué bella era.
—Está muerto —susurró—. Nasica está muerto —añadió ahora con un intenso brillo en la voz.
Licinia sonrió con poderosa fuerza. Se irguió y sujetó a Cayo por las manos, atrayéndolo hacia ella.
Cayo se quedó mirando los firmes y preciosos pechos de ella.
—Está muerto —repitió, como si todavía no lo creyera.
—Y sin duda en el Tártaro —rezumó ella con lascivia, forzando que Cayo se tumbara encima de su cuerpo—. ¿Y sabes qué significa su muerte? —añadió excitada.
—Que los dioses han hecho justicia.
—¡Oh, no, idiota! —rio Licinia, pero corrigió de inmediato con gesto divertido—: Bueno, también. Seguro que conociendo a Carbón y a Flaco comerán la oreja a todos los ciudadanos para que crean que esto es un castigo de los dioses por el sacrilegio.
—¡Es que lo es! —protestó Cayo.
Licinia respiró seductora, aspirando el aire entre sus dientes.
—Oh, claro que sí —susurró—, pero lo que quería decir es que tú y yo debemos celebrarlo como se merece.
—¿Otra vez? —rio él.
—Otra vez —gimió ella, fundiéndose ambos con locura en el ardiente goce de sus cuerpos al tiempo que Flaco y Carbón tomaban ya el camino de regreso a Roma.
—¿Crees que sospecha algo? —le preguntó Carbón a Flaco.
Flaco puso cara de guasón.
—Si fuese como tú, sin duda lo haría.
—¿Y yo cómo soy?
Flaco lanzó un ronroneo mordaz.
—Volvamos a Roma —dijo, y arreó su caballo.