Nace un nuevo Escipión
En las playas de Gaeta,6 cuarenta y cinco años antes
—No he visto nunca unos niños tan lentos y torpes. Si no fuerais mis primos, os haría mis esclavos —espetó Cornelia con ganas de chinchar al tiempo que se abalanzaba sobre una preciosa y enorme concha semienterrada en la arena.
Sus primos, los hermanos Lucio y Publio, algo menores que ella, de diez y siete años respectivamente, eran de lo más ingenuos y maleables, incapaces de ganarle en el juego de reunir lo antes posible el mayor número de conchas. Y si ellos, sobre todo Publio, que era el menor, cogía más caparazones que ella, pues no tenía más que inventarse las reglas para salirse con la suya.
—Yo tengo más que tú, ¡mira! —le enseñó Publio, un niño rubio delgaducho y esmirriado que hacía honor a su cognomen, Paulo, que significaba precisamente pequeño.
Cornelia, que pese a ser de baja estatura le pasaba una cabeza a Publio, observó con atención las conchas apelotonadas en su manita. Lo propio hizo su primo Lucio, expectante, esperando el veredicto de su admirada prima mayor, porque tanto él como su hermano Publio tenían auténtica devoción por ella e imitaban todo lo que hiciese, ya fuese su forma de andar o de mirar con ese gesto del cuello un poco ladeado.
—No tienes más que yo —concluyó Cornelia.
—¿Por qué? —preguntó Publio con ojos de besugo.
—Porque ni esta ni esta ni esta concha tienen el tamaño oportuno —decidió Cornelia, arrebatándoselas a Publio.
—¡Haces trampas! —protestó él con poca convicción.
—¿Yo, trampas, una Cornelia Africana? ¡Retíralo! —fingió enfadarse, pero lo hizo tan bien que Publio casi se echa a llorar. Cuando quería impresionar a sus primos le bastaba invocar a la familia Escipión o alardear de que era hija de Escipión Africano y los niños se echaban a temblar. Y no es que sus queridos primitos, que eran los hijos mayores de su tío carnal Lucio Emilio Paulo, no tuviesen una alcurnia patricia también inmensa, pero obviamente no era comparable, además de que en verdad eran muy facilones y se enrabietaban de modo muy divertido, o al menos eso le parecía a ella desde la superioridad de sus doce años.
—Allí hay una muy grande —brincó de pronto Lucio, corriendo a coger un ejemplar magnífico de rayas blancas y marrones.
—Tampoco vale —negó Cornelia.
Lucio, pánfilo donde los hubiera, encogió los hombros y se marchó en busca de otras conchas, pero Publio, menos pardillo, sacó orgullo y persistió en su idea.
—Haces trampas —reiteró con los brazos en jarras, cual diminuto y cómico coloso de Rodas, tan ofuscado en su resistencia que no vio venir una ola que penetró en la playa más de lo previsto, alcanzándole de lleno y mojándole hasta la cintura.
—¿Ves? —rio Cornelia a carcajadas—. ¡Neptuno te castiga por ofenderme! —dijo, poniendo voz de oráculo entre risa y risa.
Publio, furioso y humillado, se disponía a cargar como un legionario de juguete cuando oyó que el esclavo de su padre, un macedonio al que llamaban Perseo, los llamaba a gritos.
—¡Publio, Lucio, vuestro padre quiere veros! —dijo con poco resuello cuando llegó hasta ellos.
Publio se sacudió el agua y miró a su prima.
—Me vengaré —amenazó puerilmente antes de seguir los pasos decididos de Perseo y los sumisos de su hermano Lucio.
—Aquí estaré, esperándote muerta de miedo —ironizó Cornelia con una enorme sonrisa al tiempo que giraba sobre sus pies descalzos y se alejaba por la playa dando alegres saltitos.
El padre de los niños, Lucio Emilio Paulo, varón consular al que todo el mundo tenía gran afecto por su bien entendida autoridad y que había merecido la concesión de dos triunfos por derrotar a los lusitanos en el ejercicio de su pretura y a los ligures ingaunios en su consulado, tenía una hermosa y coqueta casa de campo sobre un pequeño acantilado con vistas a las playas de Gaeta, y allí se dirigió Perseo, seguido por sus jóvenes acompañantes.
Todos ellos tomaron una pequeña y empinada senda que ascendía la quebrada rocosa, cruzando poco después una portezuela que terminaba en un jardín porticado adornado con estatuas de sabios griegos, pues Emilio Paulo, además de ser muy romano y practicar con naturalidad todas y cada de las austeras virtudes nacionales, incluido el permanente respeto a la familia, al derecho y a los dioses, era muy del gusto griego y de la belleza del arte, de la literatura y de la filosofía, entre otros conocimientos que hacían al hombre ser más justo, recto y sabio.
—Allí está vuestro padre —les dijo Perseo a los niños, como si ladrara, porque les tenía poca estima por el conjunto de continuas trastadas al que le sometían.
Publio y Lucio estuvieron tentados de lanzar una piedra por la espalda al pobre Perseo, pero fue su padre el que los detuvo severamente.
—Ni se os ocurra —ordenó, y con un gesto de la cabeza, medio de regañina medio de cariño, les indicó que lo siguieran.
Los tres entraron en la casita, yendo directamente al despacho, donde Publio y Lucio, al ver quiénes aguardaban allí dentro, se quedaron de piedra, en parte por temor reverencial y otra por admiración desatada.
En aquella pequeña sala llena de estanterías y pergaminos estaban tranquilamente sentados uno al lado del otro Publio Cornelio Escipión —hijo mayor del Africano y sobrino de su padre—, Quinto Fabio Máximo —descendiente directo de Fabio Máximo Verrucoso, héroe nacional de la guerra de Aníbal— y el temible Marco Porcio Catón, que lucía su típico gesto huraño de enfado permanente.
—Mis hijos mayores, Lucio y Publio Emilio Paulo —les presentó afablemente su padre—. Saludad como es debido —añadió.
Los niños, todavía paralizados, sonrieron e inclinaron ligeramente la cabeza. Lo propio hicieron Publio Cornelio Escipión y Quinto Fabio Máximo. Catón se limitó a gruñir según su manera de entender las cosas.
—Mi hija Emilia no está hoy aquí, Catón —dijo Paulo.
—Ni falta que hace —bufó él desabrido—. Ya está todo hablado y acordado. Mi hijo Marco se desposará con tu hija Emilia. Yo ya me marcho.
—Tío Paulo, ¿estás seguro del resto de los acuerdos? —preguntó entonces Publio Cornelio Escipión.
—¿Lo estás? —insistió Fabio Máximo.
Los niños miraron a su padre sin comprender todavía lo que acababa de formalizarse en aquel lugar, algo que iba a cambiar sus vidas para siempre.
—Está todo dicho. Aún tengo otros dos hijos menores que continuarán la estirpe de mi familia —confirmó Paulo.
—Eres un gran hombre —le halagó de pronto Catón, algo que parecía imposible según su carácter. Paulo estuvo tentado de levantar las cejas por la sorpresa, pero se limitó a asentir agradecido.
—Hoy has hecho algo muy complicado, tío —le dijo con cercanía Publio Cornelio Escipión.
—Aún diría más, hoy has logrado un imposible, que todos nosotros, con nuestras enormes diferencias, estemos de acuerdo —reconoció Fabio Máximo.
Paulo sonrió.
—Señores, tengo algo que anunciar a mis hijos. —Y Publio Cornelio Escipión, Quinto Fabio Máximo y Catón, todos ellos grandeza en su pura esencia, abandonaron la casa.
—Sentaos —les ordenó entonces Paulo a sus hijos, cosa que hicieron dócilmente sobre unos taburetes, mirando a su padre con los ojos abiertos como platos. Si admiraban a Escipión, a Fabio Máximo o a Catón, lo que sentían por su padre era aún más poderoso. Era tanto como tener en casa a un héroe de las guerras lusitanas o ligures, a un héroe que, para colmo, era el hijo del Emilio Paulo que, en su consulado, había muerto con honores en la terrible batalla de Cannae frente a Aníbal de Cartago. Su padre y su abuelo eran, en suma, auténticos dioses.
Paulo se dirigió en primer lugar a Lucio, el mayor.
A pesar de que era sensible y muy afable, volcado de lleno en sus hijos y en su educación, lo hizo muy serio y solemne, como si hablara a hombres hechos y derechos en un tribunal de justicia.
—Hijo, Quinto Fabio Máximo, que no tiene descendencia ni prevé tenerla por sus problemas de salud, me ha ofrecido y yo he aceptado que te dé en adopción para que no se extinga la casa de los Fabio Máximo ni sus dioses del hogar. Por ello, a partir de ahora y en el momento en el que lo acuerde la asamblea por curias, serás adoptado por los Fabios y ya no te llamarás formalmente Lucio Emilio Paulo, sino Quinto Fabio Máximo, tria nomina a los que añadirás el indicativo Emiliano, ya que procedes de la familia patricia Emilia.
Dicho esto, y sin que Lucio fuera capaz de decir nada, se giró hacia Publio y repitió con las oportunas adaptaciones y más resumido:
—Hijo, tu primo Publio Cornelio Escipión, que no tiene descendencia, me ha ofrecido y yo he aceptado darte en adopción para que no se extinga la casa de los Escipión Africano. Por ello, en el momento en el que lo acuerden las curias, serás un Cornelio Escipión y no te llamarás Publio Emilio Paulo, sino Publio Cornelio Escipión, nombre al que añadirás el indicativo Emiliano. ¿Tenéis algo que decir? —les preguntó, suavizando ahora tanta formalidad, especialmente al comprobar la diferente reacción de sus hijos, cercana a la indiferencia en Lucio, pero nerviosa en Publio—. ¿Publio? —le interpeló.
Su hijo se removió en el taburete.
—Pero ¿seguiremos viviendo contigo, padre?
Paulo sonrió con ternura.
—Así será.
—Pero… —titubeó aun así Publio.
—¿Pero qué? —rio el padre.
El pequeño Publio dudó antes de seguir.
—¿Por qué lo has aceptado? —preguntó como si fuese mucho más mayor de lo que era—. Los Emilio Paulo somos una de las gentes patricias más antiguas y siempre nos has contado que descendemos de Amulio, hermano de Numitor, que fue el abuelo de Rómulo y Remo —añadió con la precisión de un maduro historiador.
Paulo dibujó en su rostro una enorme y franca sonrisa. Publio era su debilidad. De hecho, de los dos hermanos parecía el mayor pese a ser el menor. Lucio, en este sentido, no había heredado las habilidades y la decisión de los Emilio Paulo.
—Lucio —le dijo a su hijo mayor—, déjanos solos. Si quieres, vuelve ya a la playa con tu prima Cornelia.
Y Lucio, más contento que un cervatillo juguetón, se levantó feliz y se marchó tan tranquilo.
—Publio —le dijo entonces al pequeño, que lo miraba con aquellos ojos tan intensos y profundos que le caracterizaban pese a ser tan solo un niño—, cuando me ofrecieron daros en adopción tenía contigo dos opciones, o que pasaras a formar parte de los Fabio Máximo, o que fueras acogido en los Escipiones. La decisión podía ser intrascendente a la vista de la reputación de ambas familias, llenas de imagines consulares a lo largo de la historia de la República, de triunfos y magistraturas, de gestas y hazañas, pero no es así, Publio, no es lo mismo ni trivial —cabeceó sin perder de vista a su hijito—. Los Fabio son sin duda muy importantes y relevantes, ¡mucho!, pero los Escipión, hijo mío, ¡ay de los Escipión!, nacidos para ser los mejores de entre los mejores, para dirigir ejércitos y para conducir al Senado y a Roma en toda su expresión en los momentos de mayor peligro y calamidad. Y tú, Publio, sé que eres en tu interior un Escipión —le dijo, poniéndole la mano en el pecho—. Tienes de modo natural el carácter de esa familia, su orgullo, su ambición, su determinación…
Paulo hizo una pausa, contemplando la viva luz de la cara del chiquillo. Continuó:
—Y por eso te elegí para ser un Escipión y no un Fabio, porque sé que tú alcanzarás todo lo que te propongas, engrandeciendo a tu familia natural y a la adoptiva. Sé que nos superaras a todos y que serás digno de llamarte Publio Cornelio Escipión, con todo lo que ello significa. ¿Serás capaz de llevar sobre tus hombros esta responsabilidad? Es un inmenso honor, pera también un gran peso. Se te exigirá mucho y serás el centro de todas las miradas, aunque también de todas las envidias.
Cualquier otro crío del mundo habría echado a correr o se habría puesto a temblar o a llorar, pero no el pequeño Publio.
—Seré capaz, padre. Seré digno de llamarme Publio Cornelio Escipión. Haré en vida todo lo que sea necesario —declaró con una fuerza y solemnidad impropia de un niño, provocando que su padre dejara escapar una risita de complacencia. No se había equivocado.
—Anda, ve con tu prima a seguir jugando, pero que no te gane. Cornelia es muy orgullosa.
—Yo también —contestó Publio antes de activar sus piernecillas y echar a correr hacia la playa, donde encontró a su prima jugueteando con un cangrejo posado en la palma de su mano.
—¡Tengo algo que decirte! —exclamó entusiasmado.
—¿Qué? —se limitó a contestar Cornelia sin dejar de mirar al cangrejo, que pugnaba por escapar andando hacia atrás.
—¡Tu hermano mayor me va a adoptar! —gritó con emoción.
Cornelia se quedó paralizada, no mucho, con la vista perdida en ninguna parte. Después, volvió a centrarse en el crustáceo.
—Eso significa que a partir de ahora yo seré tu tía adoptiva y tú mi sobrino —dijo con retintín.
—¡Seré un Escipión, como tú! —gritó Publio aturullado. Cornelia volvió a petrificarse, esta vez por más tiempo—. ¿No te gusta? —preguntó Publio con un halo de preocupación. No quería soliviantar a su prima.
—Claro que me gusta —reaccionó ella—, pero nunca podrás ser como yo. A lo sumo, serás un Escipión a medias —aguijoneó con fingido desinterés, fijando de nuevo su atención en el cangrejillo.
—¡No es verdad! ¡Seré todo un Escipión!
Cornelia soltó una carcajada.
—Eso tendrás que ganártelo —le dijo al dejar de reír—. Y ahora, Publio Cornelio Escipión Emiliano, busquemos más cangrejos —añadió, irónica, alejándose otra vez entre alegres saltitos.
El pequeño Publio, plantado sobre la arena, apretó los puños.
—Me lo ganaré, ya verás —declaró con su mente de niño. Pero su admirada prima ya no le escuchaba—. ¡Me lo ganaré! —farfulló rabioso antes de salir a la caza de muchos cangrejos y de los más grandes, esos de enormes y peligrosas pinzas.
No iba a permitir que su prima ni nadie le ganase nunca en su vida.
Iba a ser un Escipión Africano.