Escipión contra Escipión #2
—Publio —dijo ella en un letal susurro, arrastrando cada palabra—, vienes hoy aquí a hablarnos de virtudes, de moderación y de prudencia cuando tú mismo en contra de leyes expresas fuiste cónsul por primera vez antes de la edad requerida y sin completar tu cursus honorum. Cuando tú mismo, sí, tú mismo —repitió en estado efervescente—, conseguiste un segundo consulado para dirigir la guerra numantina contrariando la ley que impedía la iteración de la magistratura. Cuando tú mismo —prosiguió, levantando poco a poco la mirada al tiempo que incrementaba su mortal tono de voz— doblegaste al Senado al albur de tribunos de la plebe a tu cargo que manipulaban e incendiaban al pueblo a tu favor. —Y añadió con un dolor abrasador y de nuevo en un murmullo rebosante de reproche—: Y tú, Publio, mi primo de sangre, pese a todo ello, ¿me hablas de virtudes? ¿Lo haces de verdad? ¿Tienes ese valor? Porque yo puedo llegar a comprender que todo lo hicieras para dar brillo a tu gloria y a la de tu familia, que es la mía, como era tu responsabilidad. E incluso puedo llegar a admitir que no compartieras las decisiones, o las formas, de Tiberio. Pero lo que jamás te perdonaré, jamás —reiteró con un penetrante halo de oscuridad—, es que carezcas de la dignidad suficiente para condenar cómo murió mi hijo.
—¡Lo mataron a palos! —ladró Sempronia.
Cornelia, siempre de pie contra viento y marea, ladeó la cabeza a su estilo natural, intimidante y sombría.
—Lo mataron a palos —repitió—, sin juicio, sin apelación, sin la dignidad de un ciudadano romano, sin nobleza, lanzado al Tíber como un animal, privado de su memoria eterna y de la imago que algún día habría ganado mientras tú, Escipión Emiliano, el gran triunfador de Cartago y Numantia —dijo con destructivo sarcasmo—, justificas esta violencia y apoyas a quienes perdieron el juicio y merecían el peor de los castigos. El exilio de Nasica no es suficiente. Y no soy capaz de entenderlo, ni de olvidarlo. Te he perdonado muchas cosas, pero esta vez no, Publio, esta vez no.
Emiliano, soportando estoicamente los terribles arañazos de Cornelia, se puso lentamente en pie.
—Yo no maté a tu hijo —farfulló entre dientes—. Yo no soy responsable de su muerte —siseó violento—. Yo no soy quien provocó un día tras otro, decisión tras decisión, la ira del Senado. Yo no estaba ni para apoyarlo ni para impedirlo. Pero os lo advertí —masculló con desmedida rabia—. Os advertí que Claudio emponzoñaría a Tiberio. Os advertí que Blosio haría lo propio. ¡Nada de lo que es humano me es ajeno! —rio de pronto con impotencia, recordando la famosa frase de Terencio y que Tiberio empleaba—. Os lo advertí —reiteró en un desmadejado susurro—, pero no quisisteis escucharme. Nunca lo habéis hecho. ¡Nunca! ¡No volquéis ahora en mí vuestra frustración, porque yo quise protegerlo desde que lo acogí en mi tienda en Cartago cuando apenas era un muchacho! ¿No podéis comprender que no tengo otra opción? ¡No la tengo! —clamó rabioso.
—¡Sí la tienes! ¡Nos has traicionado! —chilló Sempronia.
—¡A quien no he traicionado es a Roma!
—¡Tú eres el culpable!
—Solo soy culpable de engrandecer el poder de los romanos, de incrementar el patrimonio de Roma antes que el mío y de dignificar el templo que es el Senado. De todo esto soy culpable. De lo demás, no.
—¡Miserable! —se desgañitó Sempronia, alzando los brazos con los puños e iniciando de pronto la carga contra Emiliano. Pero su madre se interpuso con la velocidad de una cobra, provocando lo que solo ella podía hacer, que el mundo entero se detuviera. Fue entonces cuando Emiliano pudo apreciar —como si el transcurso de las cosas estuviera ralentizado— que los párpados de Cornelia se entornaban para, poco después, mostrar al recogerse un rictus desesperanzado.
—Tú nunca quisiste proteger a Tiberio, solo dominarlo.
—¡Eso no es cierto!
Cornelia negó pausadamente, permaneciendo el resto de su cuerpo inerme, dispuesta a terminar con todo aquello, dispuesta a dictar sentencia, su fallo particular, como así fue.
—Nos has traicionado, a nosotras y a la familia Escipión. Sal de mis propiedades —decretó en un rumor letal, con asesino reproche, uno que a Emiliano le atravesó el pecho y le salió por la espalda, devastándolo internamente, por completo, como si sus órganos se licuaran, como si las garras de una gigantesca águila desgarran su piel.
Reaccionando con su poderoso e indestructible orgullo, realzó su mirada.
—A ti, Sempronia, no te repudiaré, nunca lo haré. Jamás oirás de mí decirte: «Quédate con tus cosas». Y en cuanto a ti, mi querida prima, ¿recuerdas aquel día en las playas de Gaeta? ¿El día en el que mi padre me comunicó que sería adoptado por tu hermano? ¿Lo recuerdas? Sé que lo recuerdas. —Ella bajó lentamente la vista. Después, la elevó. Emiliano creyó ver que sus ojos brillaban vidriosos—. Sí, lo recuerdas…
—Solo éramos unos niños que decíamos cosas de niños. Y tú aún te llamabas Publio Emilio Paulo —balbució Cornelia.
—Y tú ya no eras tan niña. Estabas prometida a Tiberio Sempronio Graco el Viejo.
—Es suficiente —susurró Cornelia.
—Tal vez lo sea —farfulló Emiliano—. Pero solo quiero que recuerdes que no solo soy el hijo de Emilio Paulo. No soy un advenedizo. Soy un Escipión desde mis pies hasta mi cabeza. Y actúo como tal. Hasta… —Bajo la cabeza y dudó unos pocos instantes. Después la elevó con el rostro prieto—. Hasta nunca, Cornelia —Y giró sobre sus talones y se marchó.
—Publio… —suspiró Cornelia al tiempo que elevaba una mano, como queriendo detenerle, pero Emiliano caminaba ya lejos de ella.
—¡Madre! —aulló Sempronia con disgusto—. ¡Que no te turbe! ¡No lo merece! ¿No te habrá convencido? —inquirió alarmada al ver a su madre con gesto bajo y empequeñecido.
—No, no me ha convencido —repuso con digna tristeza—, pero no hace otra cosa que actuar del modo en el que le enseñaron. Lo aprendió de mí. Lo aprendió de mi familia. La virtud en ocasiones se muestra como un cuchillo demasiado afilado.
—¡Solo ha venido a insultarnos! —brincó Sempronia.
Cornelia inspiró muy profundo antes de contestar.
—No, querida hija, buscaba nuestra comprensión, pero nunca más volverá a intentarlo —dijo, y se adentró en el bosquecillo umbrío a paso lento, dejando atrás a una Sempronia desconcertada.
Emiliano retornó por donde había venido.
Caminaba con firmes y amplios pasos bajo un sol abrasador, con el gesto desencajado y gotas de sudor corriéndole por las sienes.
Sentía el deseo de regresar y gritar sin parar; abroncar a su prima hasta quedarse ronco; increparle su injusticia y despecho; desahogar su furia, porque él no había matado a Tiberio. ¡No lo había matado!
Pero todo sería en vano, ¡en vano! Cornelia era una fuerza de la naturaleza irresistible e invencible llena de innata autoridad, intimidante seguridad, aplastante presencia y, lo más doloroso, la inquisitiva prolongación de Escipión Africano, como si ella misma velara más que nadie por la conservación del prestigio y de los intereses familiares. Y es que Cornelia era simplemente Cornelia, tanto como que él era simplemente Emiliano; Escipión contra Escipión; orgullo contra orgullo; fuerza contra fuerza en un universo demasiado pequeño para los dos.
Dominado por la más incombustible ira, sus sandalias levantaban polvo al impactar contra la fina gravilla de la avenida. Quería consumir aquel lugar, quemarlo todo, que los setos y los pinos ardieran, que los conjuntos escultóricos de las fuentes manaran sangre; que la tierra se abriera y se lo tragara todo, incluidos los recuerdos que brincaban en su mente, recuerdos de la infancia, aquellos que, para su sorpresa, habían conseguido que los severos ojos de Cornelia chispearan llorosos.
Al torcer una esquina y adentrarse en el bosquecillo en el que aguardaban Fabio y Lelio un halo de luz cálida impacto de golpe en su rostro. Giró su cuello en busca del haz y vio entre los árboles un estrecho camino que conducía a una pequeña cala donde el mar interior, con su pausa y tonos verdosos, acariciaba cadenciosamente la playa.
Y se detuvo.
Miró el cuadro de vivos colores.
Y arrastrado por un deseo que no comprendía y por la tristeza de saber que probablemente nunca más vería a su prima, cogió el camino de la cala, se sentó en la dorada arena, inspiró la suave brisa, fijó la vista en el infinito y dejó que los recuerdos volaran en libertad.