Escipión contra Escipión
Miseno, inicios de agosto
Emiliano aprovechó el viaje para visitar sus enormes fincas y granjas de Campania, que le proporcionaban cuantiosos réditos que habrían de ayudarle a recuperarse de los gigantescos gastos militares de Numantia, asumidos muchos de ellos de su propio peculio, gracias a la inestimable labor de Claudio, que había convencido al Senado para que los nuevos reclutamientos y la cohorte de amigos, clientes y voluntarios que le habían acompañado a Hispania, más de cinco mil, fueran sustentados con su patrimonio.
En estas labores de supervisión ocupó dos semanas, comprobando y organizando cultivos, materiales, ganados y tareas, pidiendo cuentas a todos sus criados, examinando el estado de los esclavos que, como decía Catón, debían dedicarse al trabajo el tiempo que no estuvieran dormidos.
Aleccionó también con sus metódicas explicaciones a los capataces, todos ellos esclavos cartagineses, los mejores en obtener el máximo aprovechamiento de los fundos.
Hecho todo esto, afrontó por fin su exigente entrevista.
Emiliano, acompañado por Fabio y Lelio, cabalgó por el camino que conducía a la villa estival de su prima, envuelto en el bosque de pinos y con las playas del mar interior siempre a su derecha.
Poco después llegaban al pabellón principal, donde varios esclavos les esperaban con toallas húmedas y para recoger las monturas.
Allí, a la sombra de un agradable bosquecillo, aguardaron Fabio y Lelio mientras Emiliano era conducido por una avenida flanqueada por setos recortados y numerosas estatuas de faunos, silvanos y ninfas.
Un giro en la avenida lo condujo hasta otro pequeño y umbrío bosquecillo con algunas fuentes y dos bancos de piedra, uno enfrente del otro. Los siervos le invitaron a sentarse.
—Las señoras vendrán enseguida —le dijeron.
Emiliano asintió y se sentó.
Esperó un buen rato, mucho más de lo que imponía la cortesía, seguramente por voluntad de Cornelia, hasta que por fin las dos mujeres aparecieron por un pequeño caminito que atravesaba el bosque. Sus pasos eran cadenciosos, lentos y acompasados, como si fueran dos solemnes vestales que van a realizar uno de sus sagrados ritos. Sus túnicas largas y su estola eran negras, mostrando un rictus poderosamente serio y profundo, con mirada al frente, que mantuvieron intachable hasta que, ambas, en una intimidante coreografía, bajo un silencio mortecino, se sentaron en el banco de enfrente, colocando sus manos sobre los muslos al tiempo que viraban sus pupilas para clavarlas en las suyas.
Emiliano escrutó a las dos mujeres. Cornelia y Sempronia parecían dos estatuas egipcias, sedentes y pegadas una a la otra, de las que había visto en Alejandría años atrás. Aquellas figuras egipcias eran, en cambio, amables y estaban bañadas por el cálido sol de los faraones, mientras que la imagen conjunta de su prima y esposa se tragaba la luz.
De todas formas, no había ido hasta allí para sufrir el sombrío juicio de aquellas dos mujeres al albur de un lóbrego y cortante mutismo.
—Cornelia, Sempronia —comenzó—, he venido para…
—Lo dijiste —le interrumpió Sempronia, incapaz de contenerse un instante más, dejando en cada sílaba un reguero de odio—. Lo dijiste. ¡Lo dijiste! ¿Cómo has podido? —pasó al grito. Solo la mano derecha de su madre, levantada con pausa, frenó su furia—. ¡Madre! —protestó.
Cornelia se limitó a negar con la cabeza, bajando lentamente la mano, sin perder de vista a su primo.
—¿Tenías que hacerlo? —le preguntó, tomando el control con uno de aquellos gestos imperturbables que habría soliviantado al mismísimo Catón—. ¿Tenías que hacerlo? —insistió—. ¿Era necesario que citaras a Homero? ¿Era necesario que le humillaras así y nos humillaras a nosotras? —demandó, hierática y fría, volcando un gigantesco reproche lleno de subterránea e hiriente decepción.
Emiliano apretó las mandíbulas, mirándolas sucesivamente.
—Dejadme hablar —pidió expeditivo.
—Habla —autorizó Cornelia.
—Habla —dijo también Sempronia con rabioso desaire.
Emiliano asintió con firmeza y habló de seguido, como si fuera un discurso, tal como lo tenía preparado de antemano.
—Por mucho que me odiéis o creáis odiarme, nunca he sido hombre de eludir mis obligaciones, ni ahora ni nunca. Por ello, he venido hoy aquí para que sepáis por mí mismo que sí, que lamento profundamente la muerte de Tiberio, una auténtica catástrofe que me partió en dos durante días. —Cornelia y Sempronia le contemplaban impasibles. Continuó—: Pero, como os digo esto, os digo también que sí, que yo cité a Homero. Sí, lo hice —repitió al advertir que Cornelia parecía haberse movido y que Sempronia comenzaba a temblar—. Pero por mucho que fuera una cita general o por mucho que Tiberio fuera mi familia, yo soy Publio Cornelio Escipión Emiliano Africano Numantino, alguien que por su posición, gens y alcurnia no puede callar. Alguien que no puede ignorar la realidad, porque por muy loables que fueran las intenciones de Tiberio, no debió actuar por encima de la costumbre, de la ley y del Senado. No debió proponer la destitución de su colega Octavio en el tribunado de la plebe. No debió asumir el control de la herencia de Atalo de Pérgamo. Y no debió forzar su reelección como tribuno de la plebe. Nada de esto fue conveniente ni para él ni para Roma, salvo que quisiera apropiarse de la República y aspirar a un regnum, en cuyo caso…
—¿En cuyo caso qué? —reaccionó agresivamente Sempronia.
—Sempronia, déjale terminar —murmuró su madre entre dientes, quieta, grave, como una bella estatua, sin dejar de mirar a su primo.
—En cuyo caso podía suceder lo que sucedió. Y Tiberio lo sabía. Es lo que pienso y he venido a decíroslo cara a cara. Esta es mi responsabilidad y es lo que Roma y el Senado requieren de mí.
Cuando el volcán Etna se disponía a lanzar lenguas de fuego, podía oírse antes un ruido subterráneo, uno sordo y profundo que parecía provenir de todas partes y de ningún sitio. Y fue ese mismo burbujeo conminatorio en el que percibió Emiliano como preludio de la erupción que bien podía arrasar toda la bahía de Miseno.
La primera en explotar, cómo no, fue la inestable Sempronia.
—¡Te lo dije, madre, te lo dije! —irrumpió en un alarido histérico, dando un brinco y poniéndose en pie al tiempo que agitaba desaforadamente sus desarticulados brazos—. ¡Te dije que nunca estaría de nuestro lado! ¡Nunca lo hará! ¡Nunca, nunca y nunca! ¡Ha venido solo para insultarnos! —Y se desplomó sobre el banco entre sollozos.
Cornelia, que hasta el momento no había movido un músculo, bajó la vista al suelo, inspiró y espiró un par de veces y se puso muy lentamente en pie, observando a Emiliano desde su pequeña altura, con las manos cruzadas en su vientre. Qué lejos quedaban los felices juegos de infancia con su primo. Aquella conversación iba a ser probablemente la última que nunca más tendría con él.
—Publio —dijo con infinita amargura—, yo misma animé a Tiberio a que fuera el tribuno de todos. A que defendiera lo que era justo frente a un Senado que tú bien conoces, un Senado podrido en la avaricia al que no le importaría que Roma ardiera hasta sus cimientos antes que perder una sola prerrogativa o un miserable pedazo de tierra. Roma se muere ahogada por unos senadores de escasa inteligencia y alarmante ceguera que no ven más allá de sus peristilos dorados y de sus túnicas púrpuras, sumidos en un lujo obsceno que tú mismo quisiste erradicar en tu censura. Tiberio no solo quería salvarnos a todos, sino hacernos más fuertes. Quería recuperar el esfuerzo, la austeridad y la honradez. Quería recuperar aquello que se extingue, ciudadanos campesinos que dieran hijos a las legiones. Tú mismo lo propusiste en el consulado de Lelio.
—Y yo mismo retiré aquella propuesta agraria al advertir que podía partir Roma en dos —replicó Emiliano.
—O se hace o Roma se partirá igualmente —insistió Cornelia con un tono frío como los hielos de un glaciar.
Emiliano negó de lado a lado.
—No a costa de liquidar al Senado.
Cornelia se permitió arquear ligeramente una ceja.
—¿No a costa de liquidar al Senado? —repitió con incredulidad.
—Eso mismo he dicho.
—¿Liquidar al Senado? —intervino de nuevo Sempronia, regresando de sus rabiosos sollozos—. ¡Si tú mismo fuiste elegido cónsul dos veces cuando las leyes te lo impedían! —explosionó—. ¿Eso no es liquidar al Senado? ¡Oh, claro que lo es!
—Tiberio superó los límites. Yo jamás lo hice.
—¿Que no lo hiciste? —replicó Sempronia antes de lanzar una carcajada escandalosa.
—Tu hermano falló en las formas, careció de prudencia y paciencia —fue la reacción instintiva y despectiva de Emiliano ante aquella risa ofensiva.
—¡Madre! —gritó Sempronia, pidiendo auxilio.
Cornelia cerró los ojos y bajó la cabeza, permaneciendo así unos pocos instantes, de pie, siempre con las manos cruzadas sobre el vientre. Posiblemente ni un vendaval la arrancaría del lugar, cual bella cariátide que soporta sobre su cabeza el peso de un templo entero, pensó Emiliano, que esperó pacientemente a que su prima elevara el mentón y desplegara lentamente los párpados.