Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) El triunfo numantino
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El triunfo numantino

Roma, finales de julio

Pocos días después, Emiliano fue llamado por el Senado al templo de Bellona para informar de sus acciones militares. Obviamente, la cámara le aplaudió mayoritariamente como si le fuera la vida en ello.

Como era igualmente de esperar, durante la sesión, Claudio le miró con cara de arrogante pasa arrugada. Flaco, con su aparatosa cicatriz en la cara, no tuvo reparo alguno en mostrar su hostil seriedad. E incluso Metelo, que se empeñaba en surcar el éter alejado de toda influencia humana, se limitó a dar palmas poco efusivas, nada de lo cual le afectó lo más mínimo, porque él, de pie en mitad de la sala, envuelto en un atronador aplauso, supo que el Senado comía de su mano, comprendiendo todos que la muerte de Tiberio, lejos de perjudicarle, le había convertido en el centro planetario de todas las grandes familias senatoriales. Casi todas ellas estaban ya convencidas de que su liderazgo era imprescindible para poner freno a los peligros a los que habían tenido que hacer frente durante el tribunado de Tiberio.

Él era, a fin de cuentas, la esencia de un Senado que actuaba por el bien de la República. Volvía a casa como lo que era, como aquello que se había ganado a pulso, ser el primer hombre de Roma.

—Solicito que se me otorgue el derecho a entrar en la ciudad con mis legiones y celebrar un triunfo —afirmó, imperial, arreciando los aplausos—. Y solicito que se me conceda el derecho de añadir a mis tria nomina el cognomen Numantino —añadió, todo lo cual le fue dado.

Solo Claudio protestó por considerar que Numantia era un poblado de chozas, pero poco más y con desgana, prefiriendo que la pobreza de la celebración tratase de hablar por sí misma.

Y es que Numantia, en efecto, a diferencia de Cartago, carecía de objetos suntuosos que mostrar, ya fuesen vajillas de oro y plata, muebles bellamente labrados, estatuas de mármol, ropajes caros con púrpura, animales exóticos o número de vencidos, nada de lo cual iba a desanimar a un Emiliano que todo lo tenía pensado en su sistemática mente.

—A falta de botín y de lujo, mostremos lo que allí se hizo y los verdaderos valores de Numantia, su coraje y su ardor guerrero —afirmó pocos días después, contratando de nuevo a quien había organizado su triunfo sobre Cartago, el ateniense Metrodoro.

Y este hizo su papel de forma exquisita.

Hizo construir con todo detalle una enorme maqueta de Numantia y del cerco en la que no faltaban ríos, lagunas, fosos, estacas, murallas y las más de doscientas torres defensivas con su artillería.

Hecho esto, ordenó hacer grandes murales y pinturas de los asaltos tanto diurnos como nocturnos, tanto los estivales como los invernales, mostrando heroicamente las escalas sobre los muros, los combates cuerpo a cuerpo, la sangre salpicada, los pila volando sobre las masas enloquecidas de numantinos, las catapultas escupiendo sus enormes dardos, las caras de locura de los asediados o los buitres devorando a los muertos, todo ello con un realismo atroz.

Se llevó también al pincel el episodio de Lutia, en el que Emiliano había ordenado seccionar las manos derechas de cuatrocientos jóvenes rebeldes de la ciudad, y se cargaron en decenas de carros que serían tirados por gigantescos bueyes engalanados con flores y guirnaldas todas las armas de los vencidos, incluyendo espadas, puñales, jabalinas, dardos, escudos bellamente decorados, placas pectorales —algunas de gran beldad y boato— y numerosísimos y hermosísimos cascos dorados con sus antenas al cielo y sus agresivos emplumados de colores.

No faltaría tampoco la exhibición de las manadas de lobos que tanto habían atemorizado a los legionarios en las crudas noches numantinas, ni los ciervos de grandes cornamentas u osos de fieras pezuñas que mostrarían el salvajismo de una tierra lóbrega y áspera.

Formarían parte del cortejo, por supuesto, los cincuenta prisioneros que Emiliano se había reservado, los cuales, bien alimentados y con su panoplia y vestimentas tradicionales, mostrarían al feroz guerrero numantino, al despiadado sacerdote —a ojos de Roma— con su túnica larga y tocados cónicos y a las dementes mujeres —con sus coloridos y geométricos broches, collares y ropajes celtas—, capaces de dar muerte a sus hijos antes de rendir la ciudad.

La procesión triunfal disfrutaría también de los senadores, amigos y príncipes extranjeros que habían luchado en Numantia, entre ellos el númida Yugurta, que exhibiría su exotismo africano, sus tropas ligeras de caballería y los elefantes de combate.

Todo ello culminaría con el paso de los diez mil legionarios escogidos y del carro triunfal, tirado por cuatro caballos blancos que llevaría en volandas a quien por un día sería un dios viviente con toga picta y la cara pintada de rojo cinabrio, Emiliano.

—¿Será suficiente? —le preguntó Metrodoro al propio Emiliano cuando todo estuvo preparado.

Este dudó un instante antes de contestar. Todo estaba perfecto, pero dudaba de que los legionarios que fueran a desfilar lo hicieran contentos, entonando el famoso io triumphe y las canciones salidas de tono que le dedicaban al triunfador, porque solo había podido repartir a cada hombre un botín de siete denarios.

—Desfilarán alegres, saben que no pueden pedir más —dijo Fabio, presente en la reunión, leyendo las preocupaciones de un Emiliano que cabeceó convencido.

—Que el terror de Numantia recorra nuestras calles —resolvió.

A fe que así ocurrió.

Roma entera se echó a la calle y se comprimió de modo asfixiante en coloridas calles, plazas, foros, mercados, circos y allí donde fueran a pasar los triunfadores.

Los ciudadanos se asombraron de las maquetas y de su magnitud.

Se estremecieron al ver los murales y pinturas.

Temblaron al escuchar el estruendo de las temibles armas celtíberas repiqueteando en las carretas.

Se sobresaltaron cuando unos maceros hicieron sonar los cuernos de guerra numantinos con sus fauces de lobo.

Rieron con los cánticos de los legionarios en su ordenado avance.

Oscurecieron sus rostros al ver pasar a los lúgubres numantinos.

Bailaron al son de flautas.

Respiraron las flores, fragancias y perfumes lanzados sin cesar.

Se inclinaron respetuosos, pero con ojos brillantes y llenos de admiración, al paso de senadores, amigos y príncipes extranjeros.

Echaron un pie atrás a la vista de lobos, ciervos, osos y elefantes.

Finalmente, en el mayor de los fragores, en una Roma festiva, ruidosa y engalanada, con las puertas de los templos abiertas para que los dioses todo lo contemplaran, se desmayaron enardecidos cuando la tierra vibró por el autoritario traqueteo del carro triunfal, cruzando delante de ellos el hombre más poderoso del orbe, Escipión Emiliano, con cara pintada de rojo, toga picta con estrellas doradas, laurel sobre la cabeza, sandalias doradas, barbilla al cielo, majestuosamente hierático y con mirada al frente, tan eterno como sublime, tan grandioso como insuperable.

En aquella locura, Emiliano se sentía en la cumbre del monte Olimpo, inalcanzable para el resto de los mortales. Claudio, por mucho que lo intentase, jamás le igualaría en fama y popularidad. Nunca podría arrebatarle su autoridad y dignidad. Y Roma, su Roma, salía a su encuentro para pedirle a gritos que nunca más los abandonara.

No podía sentirse más digno de su nombre y familia.

Y es que, además, el comienzo del desfile, en los prados flaminios, extramuros de la ciudad, acababa de ser grandioso, abriéndose a su paso un estrecho pasillo ciudadano lleno de locura y alegría en el que los servidores públicos no tenían brazos para contener a las masas o expulsar de la calzada con mamporros a los que pretendían llegar hasta él para tocarlo y compartir la gloria de los dioses.

La misma exaltación la vivió poco más adelante, al discurrir cerca del templo de Bellona, y más aún cuando Roma entera se apelotonó junto a los pequeños templos de Juno, Piedad y Esperanza, justo a los pies de las imponentes murallas servianas, en la antesala de su entrada a la ciudad bajo el vano de la puerta triunfal. Allí todo era colorido, escandaloso ajetreo, música, brazos al aire, voces de alabanza y gentes encaramadas a todas partes mientras él mantenía su pose imperial y mayestática, elevando el mentón, sintiendo cómo la toga picta lo envolvía y lo convertía en dios por un día.

Su entrada por la puerta del triunfo fue lo más parecido a la aparición del mismísimo Júpiter victorioso. Miles de flores cayeron desde los adarves sobre su rostro y a los pies de los cuatro enjaezados caballos blancos que tiraban del carro. Perfumes del lejano oriente rociaron con sus fuertes fragancias la atmósfera acalorada. Y el griterío, ese que le provocaba un escalofrío de placer desde los pies a la cabeza, rebotaba a lo largo y ancho del foro Boario y del próximo valle Murcia, en el que se encajonaba el Circo Máximo.

Qué decir de su discurrir por el circo, una verdadera olla de jolgorio en un éxtasis de bailarinas, mimos, acróbatas, compañías de flautas y tambores que marcaban un ritmo marcial e imponente, lo suficientemente armónico para dejar oír las irreverentes tonadillas de las legiones que desfilaban en perfecta formación cantando una y otra vez al tiempo que jugaban con las palabras:

Escipión, no tienes los huevos de un mirmidón y mucho menos los de un celtiberión. Muerto de miedo, por las piernas se te fue el cagatión.

Los ciudadanos, asfixiados en las gradas, se doblaban alborotados y muertos de risa con aquellos versos y rimas con palabras inventadas. Incluso Emiliano dibujaba una sonrisa. El pueblo lo adoraba.

O eso creía.

Las gigantescas olas de exaltación le acompañaron a su salida del Circo Máximo y a lo largo de todo su recorrido por las estribaciones orientales del Palatino, doblando poco después a la izquierda para pasar junto al pequeño pantano Velabro y encarar la parte alta del foro, donde no cabía un alma más. Desde la altura del carro solo veía un impresionante y colorido mar de cabecitas apretadas que pugnaban por verle y por ser vistas, cabecitas de ojos emocionados y bocas que aullaban como una magnífica y disciplinada masa coral: «¡Roma vence, Roma vence, Roma vence!».

Y cada tono, cada poderoso y rítmico golpe de voz, atravesaba su cuerpo y el de todos los romanos como una irresistible fuerza que alimentaba el poder de la ciudad más poderosa del orbe, porque no había nada igual bajo el mundo de los dioses.

Ya en el foro el carro tuvo que detenerse varias veces. La enloquecida masa ciudadana no era capaz de mantener el pasillo triunfal, cerrándolo y abriéndolo sucesivamente entre fuertes marejadas.

Fue precisamente allí, en una de aquellas forzadas paradas, donde su mirada se cruzó con los ojos serenamente inescrutables de un joven que parecía la sombra de su hermano.

Porque Cayo, elevado en los rostra, lo contemplaba como el león que, paciente, sabiéndose el rey de los animales, no pierde detalle de una presa que sabe que terminará ensartada en sus colmillos; nada, en todo caso, que pudiera amedrentarle, pues a lo largo de toda su vida había enfrentado su mirada con personajes de mucha mayor dignidad como Catón, Nasica Córculo, Masinisa o Asdrúbal el Beotarca.

A lo sumo, lo único que le importunaban aquellos imperturbables ojos de Cayo era el recuerdo de tener que reunirse con Cornelia y Sempronia. Esa cita sí que iba a ser tan dura como la más descarnada batalla bajo los muros de Cartago o de Numantia, porque, efectivamente, los arañazos de una Cornelia furiosa podían ser tan profundos como las más abruptas gargantas de los Alpes. Cornelia, su inexpugnable prima del alma. Siempre Cornelia, de un modo u otro.

Con todo, no estaba en sus planes sentir miedo ni dejar de disfrutar de su magnífico triunfo. Por ello, no dudó en alzarse aún más mayestático, subir a la cima del Capitolio y realizar las ofrendas a Júpiter Óptimo Máximo al tiempo que los ciudadanos se rendían a sus pies y el terror numantino se convertía ya en leyenda colectiva.

Lo quisieran o no Claudio y sus jóvenes compañías, él era el faro del Senado y del pueblo de Roma. Él era Publio Cornelio Escipión Emiliano Africano Numantino, y lo siguió siendo cuando, bien entrada la noche, finalizados todos los rituales y banquetes, uno de sus esclavos le entregó al llegar a su domus un pergamino con el sello de su esposa Sempronia.

Dudó si tirarlo directamente al fuego o desenrollarlo.

Hizo lo segundo.

Contenía un texto de lo más sencillo y áspero:

Esposo:

Estoy con mi madre en Miseno. Si verdaderamente eres un Escipión y tienes el valor de los Escipiones, ven a explicarte.

Sempronia

Emiliano arrugó violentamente el pergamino y lo lanzó al suelo, maldiciendo que los dioses le hubieran dado la compañía de su prima Cornelia y la de todos sus hijos.

Podía soportar las sibilinas intrigas de Claudio y sus adláteres.

Podía sobrellevar la derrota política.

Podía tolerar la envidia.

Pero lo que no entendía era que fuese su propia familia adoptiva la que lo empujara continuamente al Averno, recordándole sibilinamente cada vez que querían hacerle daño que no era un Escipión de sangre.

—Tened preparado un carruaje. Voy a Miseno —le exigió expeditivo al esclavo que le había entregado la carta.