El regreso
Roma, finales de julio
Cinco días antes de los idus del mes de quintilis4 se celebraron las elecciones para tribunos de la plebe, resultando agraciado junto con otros nueve jóvenes plebeyos de buena familia Cayo Papirio Carbón.
El pueblo se alegró sin mesura, y mucho más Claudio, Flaco y Cayo. Ya tenían su remolino, su agitador de masas, su tribuno de la plebe para proponer leyes, ejercer vetos a las decisiones de los senadores conservadores y, en definitiva, buscarle las cosquillas al Senado.
Además, por aquellos días llegaron buenas noticias de Sicilia.
La isla, el principal granero de trigo de Roma, estaba arrasada después de la salvaje sublevación de esclavos que duraba ya tres años sin que hubiera ejército legionario capaz de apagar tan ignominiosos fuegos.
El desembarco del cónsul Rupilio, sin embargo, había sido un verdadero bálsamo, tomando después de feroces asedios y matanzas las importantes ciudades de Tauromenium y Enna, donde miles de esclavos insurrectos habían sido degollados o lanzados por precipicios para dar con sus astillados huesos en las rocas.
Es más, el propio cabecilla de la rebelión, Euno, estaba ya a su alcance, atrapado en unas cuevas de las que no tenía escapatoria.
Sicilia, en suma, estaba pacificada.
En este estado de cosas, resueltos los asuntos de Numantia y calmada Sicilia, Emiliano regresó a Roma, hospedándose en el edificio de embajadas de la Villa Pública, afuera de las murallas servianas.
Allí recibió la visita de los cuestores senatoriales y tomó juramento de la gestión de sus cuentas y del número de enemigos muertos en batalla, por supuesto muchos más de cinco mil, que era lo que le daba el derecho a celebrar su triunfo.
Hecho esto, y a la espera de que el Senado le convocase para dar fe de su campaña y relatar sus gestas y hazañas, Emiliano llenó sus pulmones del aire romano, pues siempre le resultaba especialmente emocionante reencontrarse con la ruidosa majestad de una ciudad caótica dominada por los colores grises de los muros de templos y casas; por las tonalidades anaranjadas de las techumbres; por una Roma sin mármol, una Roma en constante expansión por los miles de campesinos arruinados que seguían poblando sus ínsulas y barrios bajos; una Roma compartida por la más alta nobleza senatorial, por caballeros adinerados, por propietarios de gigantescas sociedades y navieras, por magistrados, sacerdotes, vestales y matronas que enseñoreaban o su virtud o sus joyas, por los artesanos y comerciantes y, en fin, por el populacho, extranjeros extravagantes y esclavos, todo ello bajo la escrupulosa mirada y sabia dirección de la institución que preservaba la continuidad de aquella urbe, el Senado. Todo aquello era Roma, la suya.
Imbuido en aquella atmósfera, Emiliano se bañó en el río Tíber, rio con sus legionarios escogidos para el triunfo, compitió con ellos en el Campo de Marte en el tiro de la jabalina y en la carrera, paseó por los prados flaminios y caracoleó entre los templos de Bellona y los de Júpiter Stator y Juno Regina, rodeados ambos por un cuádruple pórtico y construidos con el mármol griego del Pentélico por Metelo Macedónico y su caro arquitecto Hermodoro de Salamina.
Disfrutó en igual medida de las visitas de amigos y familiares, especialmente del reencuentro de la conocida —por sus enemigos— Tríada Capitolina, porque él mismo con su hermano Fabio y su amigo Lelio seguían siendo la misma cosa, el mismo ente, conformando una perfecta simbiosis entre la disciplina y jerarquía de Emiliano, la lealtad y consejo de Lelio y la alegría desinteresada de Fabio.
El abrazo colectivo se presentó fuerte e intenso, pero con mayor énfasis el de Emiliano hacia Lelio, lleno de sólido agradecimiento.
Y es que sabía ya por su amigo que en las elecciones consulares habían resultado vencedores Lenas y Rupilio, dos auténticos avales de la recuperación senatorial, y que poco después había funcionado con éxito el tribunal de senadores para purgar los parásitos que habían engordado como babosas despreciables en los momentos de debilidad.
También le había informado en sucesivas cartas que el pueblo dormía tranquilo desde que Nasica se marchara de Roma o desde que Craso fuera elegido triunviro agrario en sustitución de Tiberio para continuar las labores de distribución del ager publicus.
En resumen, que más allá de que Claudio pusiera el grito en el cielo o tocara los testículos de tontos sin remedio como Pompeyo tras los castigos capitales, el Senado dirigía de nuevo los asuntos de Roma, todo lo cual se lo debía reconocer a la amistad siempre discreta de Lelio.
Con todo, Emiliano necesitaba conocer cada detalle.
—¿Quiénes acompañan ahora a Claudio?
Lelio asintió, castrense, antes de contestar.
—Craso, que preside este año el colegio de triunviros agrario, no está en Roma, sino colocando mojones de las nuevas parcelas en Pisaurum y Fanum.5 Volverá a finales de año para presentarse a las elecciones consulares —informó—. Escévola, por su parte, concluido su consulado, vino a decir, aunque con palabras de lo más agradables, que nos metiéramos la República donde nos cupiera, que él se iba a dedicar al estudio de la jurisprudencia y del derecho pontifical.
—¡Bien dicho! —celebró el siempre bromista Fabio.
—Y en este estado de cosas —prosiguió Lelio—, el apoyo de Claudio se limita a Flaco y a Cayo Graco, que van con él a todas partes como los alumnos tras su adorado maestro de retórica —contestó, y añadió tras pensarlo mejor—: También le acompaña Cayo Papirio Carbón, ese personaje que parece un matón de los almacenes del puerto. Hace pocos días fue elegido tribuno de la plebe.
—Cayo Papirio Carbón… —musitó Emiliano. Los Carbón, por lo general, tenían una cierta querencia a causar estragos. Nacían turbulentos y sanguinarios por naturaleza. No podían evitarlo—. ¿Hay algo en él que deba preocuparme? —interpeló serio, calibrando aquellas alianzas.
—Más que preocuparnos deberíamos ocuparnos —contestó Lelio—. Sabes que transitar por estas calles mientras también camine por ellas Claudio es más peligroso que el viaje de regreso de Ulises a Ítaca.
—Pues de momento no encuentra Ítaca —ironizó Emiliano.
—De momento —dijo Lelio con prudencia.
—No olvidéis a Cayo —rumió también Fabio—. Lo observa todo desde su juventud y desde la protección que le confieren los demás, pero lo hace como si todo quedara impreso en su mente. Es digno de ver cómo escudriña a Lenas o a otros que han participado en la caída de su hermano y de los gracanos. No hay vehemencia ni odio en su mirada, solo paciencia y metódica convicción. No olvida, nunca lo hará, algo que me estremece. Y el pueblo lo ama en extremo. Es la prolongación de su hermano, pero una mucho más ardiente e impulsiva. Cuidado con él.
Se hizo un silencio, aprovechado por Emiliano para negar pausadamente, meditabundo. Dijeran lo que le dijeran, estaba muy tranquilo. Los mayores peligros parecían haberse disipado. Cayo, por muy apreciado o intimidante que fuera, era muy joven y estaba lejos de ocupar ninguna magistratura. Tal vez algún día fuese peligroso. Quizás en un futuro expulsase su rabia y se llevase por delante a Lenas y a otros, pero no todavía. Le quedaban muchos años para aspirar al tribunado de la plebe. Mucho tiempo para pensar en él como una amenaza a corto o medio plazo.
En cuanto a Flaco, no tenía altura.
Carbón era una simple llamita.
Y un Claudio solo no podía con el Senado en bloque.
Además, lo que era más importante, nada indicaba que no pudiera salir a las calles y recorrerlas como un triunfador bajo el clamor de los ciudadanos de Roma. Su popularidad estaba intacta y tampoco dudaba de que iba a encontrarse un Senado volcado en ofrecerle, no solo el triunfo y el derecho a llamarse Numantino, sino la dirección misma de sus asuntos y decisiones.
Aun con todo, un nuevo pensamiento acababa de cruzar por su mente como una chispa punzante, uno que sí tenía la entidad y capacidad de apretar su corazón y perforar su piel.
—Cornelia —susurró Lelio con perspicacia.
—Y Sempronia —añadió Fabio con cara de circunstancias.
—Las dos están en Miseno —dijo Lelio.
Emiliano inspiró y espiró profundamente.
—Cuando celebre mi triunfo, iré a verlas.
Lelio y Fabio cruzaron sus miradas.
—¿Crees que es buena idea? —trató de disuadirlo Lelio—. No tienes ninguna obligación y sabes que los arañazos de una Cornelia dolida y rencorosa como madre que ha perdido a un hijo pueden ser tan profundos como los desfiladeros alpinos.
—El pueblo ama a Cornelia —recordó Fabio.
—Tanto como a mí —reaccionó Emiliano.
—La fortuna es voluble —insistió Lelio.
—Y la popularidad también —dijo Fabio.
Emiliano cabeceó inflexible.
—Es mi obligación —aseveró, mostrando los ojos de halcón de las grandes decisiones, hecho lo cual se puso en pie y miró a Lelio y a Fabio—. Y ahora, debo prepararme para lucir mi rostro de cinabrio.
Y no hubo nada más de que hablar.