En la noche de Pérgamo
Pérgamo, pocos días después
Con el cuello amoratado por el último ataque de Nasica, Anaxandra recogió en las cocinas del palacio la bandeja de plata sobre la que reposaba el tazón de caldo de puerro. Se adentró después en los pasillos que conducían al comedor.
En otro tiempo, cuando vivía el rey Atalo —que estaba obsesionado con los venenos y sus antídotos—, un guardia la controlaba y la seguía a todas partes, pero no desde su muerte y la llegada de Nasica. Algún que otro legionario despistado podía llegar a merodear por los pasillos, pero poco más. Los romanos no temían a nada ni a nadie, y mucho menos Nasica.
En cualquier caso, estaba muy asustada, y más aún creyendo que podía ser descubierta con solo mirarla. Creía tener el rostro contraído, su corazón palpitaba descontrolado y sentía que sus manos temblaban.
Pero estaba decidida.
Todo por conseguir sus sueños de libertad.
En un recodo del pasillo, cuando nadie la observaba, se paró en seco, nerviosa, y extrajo de su túnica la bolsita de cuero. Después vertió apresuradamente su contenido en la sopa. Para disolverlo no dudó en meter su dedo índice y revolver el líquido con rápidos movimientos circulares. Con suerte, el acónito haría efecto casi de inmediato.
Inspirando con fuerza para que el aire pudiera entrar en sus pulmones, reinició su camino, con el corazón bombeando a toda velocidad, temblona, mareada, temiendo perder el equilibrio o desmayarse.
Poco después entraba al enorme y suntuoso comedor, decorado con mármoles de todos los colores y estatuas griegas por doquier a la luz de enormes lámparas de aceite. Al fondo, tendido en el triclinio, Nasica conversaba con su hijo.
Anaxandra tuvo cuidado esta vez de no tropezar con la piel de león y su cabeza disecada, depositando con sumo cuidado el tazón de caldo en la mesita más cercana a Nasica.
Este, sin dejar de hablar con su hijo, apoyado en su codo izquierdo, rodeado de cojines púrpura, tomó el tazón —un bellísimo vaso labrado en oro—, y ya se disponía a dar un sorbo cuando algo, una presencia, le incómodo. Rotó su cuello con sus labios característicamente fruncidos hacia afuera y se topó con la esclava a la que casi había ahogado unos días antes, extrañamente paralizada con cara de bobalicona delante de sus mismas narices.
—¿Se puede saber a qué esperas? —graznó Nasica—. ¿No tuviste ya una lección suficiente? Vete y deja de mirarme —añadió en un letal susurro. Pero Anaxandra estaba paralizada por el miedo—. ¿Pretendes que te amorate aún más tu cuello? —comenzó a encabritarse Nasica.
—Padre… —llamó a la paciencia Nasica hijo.
—¡Estos pergaminos solo saben desquiciarme!
—Anaxandra, te llamas así, ¿verdad? —le preguntó Nasica hijo, tratando de evitar otra explosión de cólera de su amado padre, una más.
Anaxandra, desarmada por aquel buen trato, intentó que le brotaran las palabras, pero, aterrorizada, no pudo articular ni una sola. Incluso su mente pugnaba por retirar aquella vasija de oro y bebérsela ella misma, escandalizada por la abominación que iba a cometer.
Fue el propio Nasica padre quien la rescató de su parálisis al propinar con el puño un violento golpe a la mesita en la que estaba el tazón. Algunas bandejas, platos y mesas salieron volando, pero, milagrosamente, no la sopa, la cual, bailando en el interior de la vasija entre fuertes marejadas, solo desbordó en parte.
Anaxandra dio un brinco hacia atrás, advirtiendo horrorizada cómo Nasica se afanaba por incorporarse y lanzarse a por ella.
—¡Vete! —oyó que suplicaba el bondadoso Nasica hijo.
Anaxandra echó a correr de nuevo, viendo por el rabillo del ojo que Nasica padre la seguía hecho una furia a muy poca distancia.
El romano era ágil y muy rápido, pero ella, luchando por su vida, se movía como una gata, huyendo despavorida por los pasillos, empujando a otros sirvientes, golpeándose con las esquinas, resbalando en el mármol pulido del suelo.
Hasta que él la cazó, muy cerca ya de las cocinas.
La agarró por la túnica, después por el pelo, tiró de ella de modo salvaje y la lanzó contra el pavimento con desmedida rabia.
Y comenzó a darle patadas mientras ella se hacía un ovillo y no paraba de llorar.
—¡Estoy harto de todos vosotros! ¡Yo no debería estar aquí! ¡No debería! —aullaba Nasica sin parar, hecho un demente, con los ojos inyectados en sangre, jadeando por el esfuerzo de la cacería a lo largo y ancho del palacio atálida, descontrolado por completo.
Cuando le pareció que estaba suficientemente exhausto, dejó de dar patadas, la miró desde lo alto, gruñó y se marchó, dejando atrás un cuerpo inerte y desparramado boca abajo.
Nasica tuvo dificultades para encontrar el comedor. Se perdió varias veces, lo que incrementó aún en mayor medida su desazón.
Estaba descompuesto.
No era justo que estuviera allí.
Se lo repetía obsesivamente, pero, cuanto más lo hacía, más deseos irrefrenables de matar a todo ser viviente se apoderaban de su alma atormentada. Esa insignificante y estúpida esclava no había sido más que otro ejemplo de su necesidad de desahogo. No era justo. Su lugar estaba en Roma al frente del Senado, no allí.
Su hijo le aguardaba en el inmenso comedor, en pie, con cara nerviosa, y en cuanto lo vio aparecer lo atosigó de modo improcedente. Su hijo era a veces demasiado blando y tierno, un gran defecto.
—Déjame y sigue comiendo —lo apartó de malas maneras.
—Aún te queda el caldo de puerro, padre, tómatelo, te calmará.
Nasica se tumbó en el triclinio y buscó el tazón. Ya no le apetecía. Seguramente no estaría a la temperatura quema lenguas que él exigía.
—Tómatelo tú —Y cogió el cuenco y se lo dio a su hijo.
Nasica hijo lo tomó con ambas manos y revolvió el caldo, acercándoselo a los labios. Olía bien y no tenía pinta de abrasar el gaznate. Además, tampoco quería contradecir a su padre.
Se lo llevó a los labios y se dispuso a beberlo.
Anaxandra despertó con un aullido desesperado que provenía del comedor. Tirada en el suelo, magullada de principio a fin, sentía que los latidos de su corazón golpeaban furiosos cada músculo, arteria y vena de su cuerpecillo. Pero estaba viva y milagrosamente no tenía ningún hueso roto. Por suerte, Nasica le había golpeado con los pies descalzos.
Un nuevo grito que volaba desde el comedor, uno desgarrador, trajo consigo la noticia. Lo había hecho. El romano estaba muerto.
Se levantó como pudo y corrió y corrió sin parar de llorar y de chillar. Acababa de envenenar a un senador de Roma. Acababa de terminar con la vida de su pontífice máximo, nieto del Escipión al que tanto admiraban los romanos, el llamado Africano. Y acababa de asesinar a un hombre. Sí, uno despreciable que había tratado de matarla. Pero era un hombre. Había matado a un hombre. Estaba devastada.
Anaxandra corría y corría.
Pudo oír de nuevo el continuo rugido de llanto y desesperanza que llegaba del comedor justo antes de salir del pabellón real y adentrarse bajo la oscuridad en el enorme jardín adjunto al palacio. Allí le aguardaría su amado para huir esa misma noche hasta la costa y tomar una embarcación que les conduciría al Ponto Euxino.
Cuánto lo deseaba.
Descontrolada, era incapaz de correr por los caminos del jardín, atravesando arbustos y zarzas que le levantaban la piel.
Pero no sentía otra cosa que su agitada respiración y su corazón sacudiendo su pecho sin freno.
En el lugar más recóndito de aquel laberinto ornamental, junto a la fuente de las ninfas, estaba él, envuelto en una capa negra.
—¡Amor mío! —chilló ella, abalanzándose en busca de su abrazo.
—¿Lo has hecho? ¿Está muerto? —preguntó Escápula con gesto sombrío, deteniendo tanta efusividad.
Anaxandra, obstaculizada a un solo paso, como una cervatilla indefensa, rompió a llorar de nuevo, histérica.
—¡Calla, te van a oír! —la increpó Escápula—. ¿Lo has matado?
—¡Sí, por todos los dioses, está muerto! —chilló ella, sacando fuerzas de flaqueza. Solo entonces se ablandó Escápula.
—¡Oh, mi amor, perdóname! —fingió, cogiéndola entre sus brazos. Anaxandra se dejó hacer, recogiéndose en un ovillo.
—Vámonos, huyamos antes de que sospechen algo —gimió ella.
Escápula se separó, pero lucía una gran sonrisa.
—Bebamos antes —dijo y fue a coger dos copas depositadas sobre la fuente.
Anaxandra torció el gesto, cogiendo una de las copas.
—¿Vino? ¿Ahora? —preguntó confundida.
—Vino para celebrar nuestro amor y tu libertad —rio Escápula con uno de aquellos gestos cuyo atractivo derretía a Anaxandra.
Ella, confiada, se dejó hacer de nuevo, bebiendo el vino con recuperada alegría de un solo trago, sintiendo su embriagador calor en la garganta y un extraño sabor al que no le dio más importancia.
Escápula, bebiendo igualmente con el rostro iluminado, se fundió después con ella en un larguísimo y sensual beso que despertó en Anaxandra sensaciones que nunca había conocido.
—Vuelvo enseguida —dijo él de pronto.
—¿A dónde vas? —preguntó ella embelesada.
—He guardado mis cosas ahí al lado, espérame.
—No tardes —rogó Anaxandra, buscando un asiento, repentinamente mareada.
—Has bebido demasiado rápido —rio él.
—No tardes —repitió ella con una preciosa sonrisa. Era feliz.
Al rato, Escápula regresó, acercándose muy despacio a un cuerpecillo que parecía dormir plácidamente. Solo lo parecía. Qué pocas dosis de beleño había necesitado para apagar aquel bello corazón. Por el contrario, el acónito necesario para expulsar del mundo de los vivos a Nasica había sido el que se requería para tumbar a un elefante.
—Lo siento, nadie podía saberlo y solo alguien como tú tenía la capacidad de hacerlo, alguien bueno y puro del que Nasica nunca sospecharía. De haber sido un sicario, la maldad le habría puesto en alerta. Lo siento, mi querida Anaxandra —lamentó, dándole un beso en su fría mejilla—. Creerán que te suicidaste al no poder soportar por más tiempo tu desdichada existencia.
Dicho esto, guardó las copas y miró hacia el palacio real, donde los gritos eran ya notables. No cabía duda de que Nasica había cruzado ya el río Estigia. Y él había hecho bien su trabajo. Carbón le pagaría muy generosamente.
Satisfecho, saltó la tapia y se perdió en la noche de Pérgamo.
Poco antes de la huida de Anaxandra, en el palacio de Pérgamo
Nasica hijo se llevó el caldo a los labios. Solo en el último instante se lo alejó ligeramente sin dejar de mirar a su padre, un hombre en verdad retorcido sobre sí mismo, dominado por la ira y la más gigantesca de las frustraciones. Un hombre en definitiva atormentado y consumido en la injusticia.
—Padre, mejor que te lo tomes tú. Te sentará bien —reiteró, ofreciéndole de nuevo el caldo.
—He dicho que te lo tomes tú —bufó su padre.
Nasica hijo se llevó de nuevo el tazón a los labios, pero no lo bebió. Seguía escrutando a su padre. Deseaba saber algo.
—¿Qué ha pasado con la esclava? —se interesó.
Nasica padre volvió a tensar todo su cuerpo, fulminándole con la mirada al tiempo que se sentaba en el diván.
—¿Qué clase de pregunta en esa? —lo abroncó con un semblante de extrema violencia, respirando todavía como un león que acaba de darse una buena carrera detrás de su presa—. ¿Acaso ahora te gustan las esclavas orientales? ¡Ni se te ocurra acercarte a ella!
—Padre…
—¡Calla de una vez! —bramó Nasica, y se llevó la mano a la frente. Sudaba como un gladiador en la arena. No solo eso, tenía una sed espantosa, una insoportable, y si algo había aprendido en la guerra de Cartago y en la asfixia de los días de calor africano era que los líquidos calientes hidrataban el cuerpo y retiraban la sequedad mejor que los fríos.
—Trae ese maldito caldo —escupió, y se lo arrebató de las manos a su hijo, bebiéndolo desaforadamente, de un solo trago—. Malditos todos, malditos todos, malditos todos —repitió una vez tras otra en busca de la calma, echándose en el triclinio.
Ansioso, cogió un espejo de bronce pulido que alguien había dejado allí, seguramente porque a Atalo le gustaba verse reflejado cuando forzaba a aquella estúpida esclava a la que acababa de patalear. Se miró en el reflejo. Sus cabellos brillaban como hilos de oro rojizo bajo la luz de antorchas y lámparas. Una de sus cejas vivía ya por encima de la otra. Sus labios se catapultaban hacia afuera, a su particular modo. Su rostro blanquecino lucía púrpura. Pero le picaba la lengua y sentía hormigueos en la cara y en los brazos. Extrañado, se incorporó, soltó el espejo y se quedó sentado, evaluando sus sensaciones, escrutándose a sí mismo.
—Padre, cálmate ya, no tienes buen aspecto. Tus ataques de furia te van a matar —le pidió su hijo.
Pero Nasica ya no le escuchaba. Las manos se le dormían y sentía una enorme y repentina fatiga. Sentado en el triclinio, se mantenía erguido a duras penas.
—¡Padre! —gritó su hijo, tratando de sujetarlo.
Nasica entró en estado de pánico. Se le caían los brazos y no podía respirar. Intuía que la culpa la tenía esa puta esclava pergamina, pero su cuerpo y sus estridentes cuerdas vocales no le respondían.
Todo sucedía muy rápido, demasiado.
Miró a su hijo con los ojos saliéndosele de las órbitas, pidiendo ayuda, haciendo esfuerzos sobrehumanos para que sus pulmones bombearan aire.
—¡Hijo! —balbució en un agónico esfuerzo, abriendo la boca en un grotesco rictus, con sus brazos y piernas comenzando a convulsionar.
—¡Padre! ¡Ayuda! —oyó que gritaba su hijo.
Con el rostro congestionado y dominado por un desagradable color cárdeno, Nasica se retorcía en el desesperado sufrimiento de quien se ahoga, revolviéndose con tal fuerza que cayó al suelo, arrastrando con él, aparatosamente, a su hijo.
Las patas de bronce de triclinios y mesitas chirriaron hirientes y desagradables al correr por las losas de mármol mientras Nasica se debatía en los estertores de su vida, con la mirada perdida, boca enormemente abierta, venas azuladas y color negruzco.
Puta pergamina.
No era justo.
—¡Padre! —oyó que chillaba de nuevo su hijo, aferrándole como un saco hasta que dejó de oír y ver.
—¡Padre! —aulló una última vez Nasica hijo antes de lanzar un desgarrador grito cuyos ecos rebotaron violentos por las paredes del palacio real de Atalo de Pérgamo, justo cuando la desdichada Anaxandra despertaba y echaba a correr hacia su destino.