Anaxandra
Pérgamo, pocos días después
Anaxandra era una desdichada esclava que solo servía las comidas en el palacio real de Pérgamo.
Esa era su principal y única misión, además de soportar la veleidades y depravaciones de los comensales, porque aunque su rostro no fuese nada agraciado, con una nariz demasiado grande y una frente y una mandíbula demasiado estrechas, a sus veintiséis años, sus ojos color miel, sus largos cabellos negros ondulados y su cuerpo esbelto, de fina cintura, caderas curvilíneas y generosos y elevados pechos habían sido la delicia del difunto rey Atalo, débil con los fuertes —es decir, Roma— y fuerte con los débiles, es decir, ella misma, una insignificante, bondadosa y desvalida esclava que a lo largo de su existencia no había conocido otra cosa que recoger en las cocinas bandejas repletas de manjares inalcanzables para su paladar, conducirlas por los pasillos reales y depositarlas con suaves contorneos en la mesitas colocadas junto a los triclinios reales. Estas mismas acciones una y otra vez, todos y cada uno de los días de una desgraciada vida llena de maltrato y vejaciones.
La muerte del rey Atalo no había cambiado su papel, porque ahora, en lugar de un monarca, era necesario atender al romano Escipión Nasica, que, sin ser un rey, se comportaba como tal, aunque con algunas notables diferencias.
La primera, que Nasica no le tocaba el culo ni le pellizcaba los pezones, como lo hacía Atalo cuando se le antojaba, llevándosela al camastro real para hacer con ella lo que le viniera en gana hasta hacerla sangrar por todos sus orificios naturales. Al fin y al cabo, ella no era más que un juguete para las perversiones sexuales del monarca, un tirano sanguinario que no había dudado en matar a sus padres y a sus amigos para proteger su vida. Nasica, en cambio, ni la miraba.
Hasta aquí, todo en orden.
La segunda, que Nasica mostraba en su comer una austeridad fuera de lo común. Nada de comidas exóticas traídas de los confines del mundo. Nada de salsas especiadas. Nada de extravagancias. Nasica solo tomaba sopas, guisos y verdura en todas sus manifestaciones.
Nada tampoco de lo que objetar o quejarse. Nasica era como uno de esos filósofos que conducían su existencia con aspereza y rigor.
Sin embargo, la tercera diferencia empañaba con creces las anteriores virtudes, porque Nasica no introducía sus dedos o su falo en su cuerpo, fuese por donde fuese, ni la manejaba a su antojo y para sus antojos, regándola con su semen. Nasica, simplemente, dominado por un genio impulsivo y extremadamente peligroso cada vez que algo se torcía o incluso sin que nada se torciera, abandonaba el triclinio, elevaba su mano, cargaba sin mesura y la golpeaba sin descanso, como si buscase un desahogo, acorralándola, tirándola al suelo, propinando una patada tras otra hasta dejarla sin respiración. Y después de todo, al rato, oyendo su respiración enloquecida, Nasica regresaba al triclinio, se tumbaba, cogía su tazón de guiso y lo bebía, aunque se quemase la lengua, porque aquel hombre no sentía otra cosa más que amargura y furia.
Y esa noche no iba a ser distinta.
Temblando de miedo por recibir otra paliza, la pobre Anaxandra entró en el lujoso comedor del palacio y se acercó con una bandeja en la que portaba una insípida sopa de puerro.
El destino quiso que, en su natural torpeza, se tropezara con una piel de león —con cabeza disecada incluida— que hacía las veces de alfombrilla a los pies del triclinio de Nasica.
Se trastabilló, se abalanzó con pánico hacia adelante, pudo ver la cara de cólera del romano, que ya se tapaba la cara para protegerse del chapuzón sopero, y siguió cayendo hacia adelante hasta que uno de los guardias que escoltaban la cena la agarró en el último instante, impidiendo su caída, pero no que buena parte del caldo saliera despedido y cayera sobre la cabeza de Nasica.
El silencio que sobrevino fue simplemente la antesala del terror. Anaxandra retrocedió mientras Nasica se propulsaba del triclinio, la agarraba por el cuello con una sola mano y la empujaba hasta chocar con desmedida violencia contra una de las paredes revestidas en mármol.
La cabeza de Anaxandra golpeó la piedra, y hubiera caído al suelo de no ser porque Nasica le apretaba el cuello como si le fuera la vida en ello, ahora con las dos manos, respirando como un toro por una nariz cuyas aletas se expandían en cada bufido. Y sus ojos, esos ojos de color azul gélido, desprendían el calor del odio.
—Padre, es suficiente —oyó Anaxandra a punto de perder el conocimiento. Sus ojos buscaron al autor de esas palabras. Era Nasica hijo, que nada tenía que ver con su progenitor—. Padre, ya basta, vas a matarla, solo ha sido un accidente —insistió Nasica hijo, cogiendo a su padre del hombro.
Anaxandra se desplomó en cuanto el romano la soltó, llevándose la mano a la garganta, respirando con angustia, sintiendo que el aire no llegaba a sus pulmones.
—Esclava, vete, por hoy es suficiente —oyó que le decía Nasica hijo con suavidad, agachado a su altura.
Anaxandra se incorporó y echó a correr. Dejó el comedor, atravesó los pasillos reales conteniendo el mayor de los llantos, cruzó las cocinas y salió a uno de los patios ajardinados del palacio. Sabía a dónde ir. Él estaría allí. Él la escucharía y la consolaría. Porque él era el inesperado amor de su vida, el hombre que habría de cuidarla y amarla en tierras lejanas, el hombre que había aparecido un día furtivamente en aquel jardín para encandilarla y hacerla feliz.
Dejó a un lado setos y árboles ornamentales hasta que, en la oscuridad de la noche, en la esquina más recóndita del jardín, junto a una fuentecilla decorada con ninfas, una sombra emergió de la nada y la abrazó con fuerza. Ella supo que era él.
—¡Prométemelo! ¡Promételo de nuevo! —gritó ella, apoyando su cabeza en el fornido pecho del hombre, acoplando su cuerpo con el suyo.
—Te lo prometo —susurró él.
—¡Otra vez! ¡Dímelo otra vez! —aulló Anaxandra con desgarro.
—Te lo prometo…
—Quiero huir a alguna de las ciudades griegas del Ponto Euxino,3 donde nadie nos encontrará jamás —sollozó Anaxandra.
—Eso haremos.
—¡Prométemelo otra vez! ¡No puedo más! —chilló ella, echándose a llorar desconsoladamente. Él la abrazó con fuerza, solo unos instantes más, separándose después.
Anaxandra levantó la vista, mirándolo con devoción. El rostro de su amado era la viva imagen de una vida igualmente dura, marcada por las desventuras y la injusticia. Pero lo amaba, por todos los dioses, cuánto amaba a aquel romano.
—Prométemelo —reiteró en un desesperado susurro.
Quinto Escápula sonrió. Después endureció su rostro.
—¿Ocurre algo? —se alarmó ella.
Escápula se mordió el labio, con gesto tan afligido como rabioso.
—¿Lo odias? ¿Odias a Nasica?
—Más que nada en el mundo.
Escápula cabeceó un par de veces, como si aquello le costase.
—Entonces has de hacerlo. Dale su merecido. Acaba con su vida antes de que huyamos —farfulló con signos de contener la ira.
Anaxandra dio un paso atrás.
—¿Matarlo?
—¿Es que no lo deseas? —clamó Escápula.
—¡Claro que lo deseo! ¡Es un monstruo!
—Entonces, hazlo. No puedo soportar que te haga daño. ¡Hazlo y luego huiremos los dos! —suplicó Escápula, cogiéndola por los hombros.
Ella se separó un paso, agitada.
—¿Pero cómo?
—Con esto —contestó Escápula lleno de decisión. Y le ofreció una bolsita de cuero—. Después, huiremos al Ponto Euxino.
Anaxandra cogió la bolsita y la miró con pausa, reflexiva.
—Si lo hago, ¿vendrás conmigo?
—Hasta donde tú quieras. Si no lo haces, nos perseguirá, ¿no lo entiendes? —clamó Escápula.
Anaxandra lanzó un suspiro entrecortado. No tenía otra opción y confiaba en él. Prefería morir de amor en lugar de hacerlo en aquel maldito palacio. Por ello asintió llena de determinación. Ya no lloraba.
—Promételo.
—Te lo prometo.