Acónito por compasión
Pérgamo, en aquellos mismos días
Quinto Escápula era un hombre de vida difícil.
Muy difícil.
Nacido en la Subura, uno de los peores barrios de Roma, había tenido que ganarse la vida quitándosela a los demás. Su propio cuerpo era un ejemplo de tan turbulenta existencia. Le faltaban tres dedos, dos de la mano izquierda y uno de la derecha. Sus orejas estaban recortadas a dentelladas. Sus brazos y piernas estaban adornados con pinchazos y rajas rojizas de cuchillo. La nariz la lucía rota y deformada. Y una grotesca cicatriz comenzaba en su mejilla, pasaba por encima del ojo derecho, cruzaba la frente y se adentraba en la parte superior del cráneo, creándole un llamativo surco donde no le crecía el cabello. Cuando le interesaba, afirmaba que todo aquello era producto de su servicio en las legiones. En cambio, cuando surcaba Roma en la oscuridad para perpetrar sus trabajos, aquel rostro no requería mayores explicaciones.
Lo paradójico era que, pese a su apariencia, a sus treinta y cuatro años era muy atractivo, de gesto y mirada irresistible, cabellos negros ondulados y con una barba que cubría ahora gran parte de las caricias de los filos de la noche. Tal vez fuese por aquello por lo que Carbón se había fijado en él, o quizás porque sabía hablar griego, o simplemente porque era tan sanguinario como inteligente y minucioso. Él ejecutaba los encargos como el orfebre que mima sus creaciones en oro.
Jamás había salido de Roma, y precisamente por ello le entusiasmaba Pérgamo. Desde su llegada había podido apreciar el exotismo helénico y oriental de la ciudad, su vida, su jolgorio, su colorido, su opulencia, sus deseos de convertirse en una nueva Atenas y Alejandría que rebosaba cultura, arquitectura, literatos, lujo, sabios y gentes de todos los rincones del mundo, ya fuesen griegos, alejandrinos, macedonios, sirios o frigios, en un crisol de lenguas, culturas y atavíos.
También le gustaban sus mujeres, muy morenas, de grandes ojos oscuros y movimientos extravagantes, ya fuesen libres o esclavas, fulanas o no, porque de todo se podía disponer en aquella urbe de estrechas y caóticas callejuelas en los barrios bajos, y enormes y singulares avenidas en los altos, comunicando la gigantesca acrópolis con los demás distritos en una continua sucesión de terrazas que descendían unas sobre las otras para acomodarse magistralmente al terreno.
Si las mujeres le gustaban, había descubierto que podía decir lo mismo de los hombres, abundando los eunucos y efebos, que eran su debilidad. En Roma habría tenido que contener estos apetitos, pero no en Pérgamo, donde podía desatar sus nuevas pasiones, en la ciudad de las mil caras, de la noche y del día, del mármol y los lupanares, del arte más esplendoroso y refinado aderezado con cientos de divinidades místicas de lo más extrañas. Le entusiasmaba Pérgamo.
Aquella mañana buscaba precisamente a un hombre, pero esta vez no para saciar sus deseos carnales. Con quien se iba a reunir rondaba los setenta años, había vivido gran parte de su vida en la corte del rey Atalo y, he aquí lo interesante, reunía tres virtudes que lo hacían el sujeto perfecto para aquella empresa: conocía al personal a cargo del servicio de comidas del palacio real, odiaba a los romanos y, muy importante, era un experto en venenos y monstruosidades. Nicandro de Colofón poseía, en suma, todo cuanto necesitaba.
Escápula ascendió a la parte alta de la ciudad, muy cerca del ágora, donde vivía el personajillo. Le dolía la cabeza después de una noche de excesos en un decrépito burdel adosado a las murallas de Pérgamo, motivo más que suficiente para que aporreara la puerta. El sol golpeaba con fuerza en su palpitante cabeza y necesitaba adentrarse en la penumbra de aquella vivienda de dos alturas y pocos lujos.
Fue el propio Nicandro quien le abrió la puerta. Tal vez aquel hombre, cuando vivía en la corte, luciera un aspecto cuidado. Ahora, por el contrario, parecía un viejo extraviado. Estaba muy delgado y encorvado. Sus cabellos grises se agitaban desordenados. La barba, desatendida, le crecía con calvas. Decir que tenía arrugas era no hacer justicia a las trincheras que se hundían en su piel morena. Y en el amago que hizo de sonreír, apenas un instante, presentó no más de tres piezas dentales.
En definitiva, un adefesio que, sin articular palabra, le hizo un gesto para que le siguiera con premura.
Escápula así lo hizo, atravesando un vericueto de pasillos y escaleras hasta una habitación en la que entraba un hilillo de luz, suficiente para dejar entrever que allí, sobre la mesa y en las desvencijadas estanterías, o colgando del techo o tirado por el suelo, no había otra cosa que tarros llenos de sapos, salamandras, escorpiones y escarabajos; raíces y hierbajos; setas y hongos; rocas y minerales de lo más variados, enteros o pulverizados sobre platos de barro. Y el olor a rancio y a muerte, a veneno y a antídoto, se le coló por las fosas nasales hasta el lugar más recóndito de sus pulmones. No le extrañaba que aquel viejo loco tuviera semejante pinta si solo respiraba esa atmósfera.
Nicandro, con sus pasos cortos pero muy veloces y nerviosos, fue a sentarse detrás de una mesa repleta de insectos muertos, raíces y sapos momificados. Escápula se sentó enfrente.
—Y bien, si quieres que te ayude has de comprarme una copia de mis dos obras, es lo concertado —graznó Nicandro, sin mirarle a la cara, al tiempo que movía de sitio cada hierbajo y bicho que había en la mesa.
Escápula sonrió.
Resultaba que Nicandro no era un cualquiera, sino todo un literato, un poeta, alguien con dos grandes obras escritas en verso, al modo homérico, en las que explicaba los venenos existentes, cómo aplicarlos, sus efectos y los antídotos. La primera de sus obras se titulaba Remedios contra las mordeduras de animales, y la segunda Contravenenos. Nicandro era el poeta del veneno, algo de lo más curioso. O adquiría sus obras o no le ayudaría.
Por fortuna, Carbón financiaba.
—¿Cuántas copias quieres que te compre?
Nicandro dejó de revolver los bichitos y raíces, levantó la vista y arqueó una ceja. No esperaba que le comprasen más de una.
—Diez copias —espetó para ver si colaba.
Y coló.
Escápula metió la mano en el interior de su túnica y la extrajo con una bolsa de cuero que dejó caer encima de la mesa.
Nicandro se apresuró a cogerla y a abrirla, mirando en su interior con notoria desconfianza. Al rato, elevó la vista.
—¿Qué necesitas?
—Algo que produzca efectos que parezcan naturales.
—¿Esto tal vez? —preguntó Nicandro, cogiendo un platito con un polvillo machacado y acercándoselo a la cara.
Escápula lo olfateó, echando la cabeza atrás de inmediato.
—Por todos los dioses, ¿pretendes matarme? ¿Qué demonios es eso? ¡Huele horrible!
—Polvo de cantárida. Se obtiene tras secar y triturar un escarabajo de particular color verde —contestó el poeta del veneno con una sonrisa de placer. Aquel tóxico era su favorito—. Sirve para curar verrugas y el herpes, además de ser un perfecto afrodisiaco.
Escápula puso cara de incredulidad.
—Huele muy mal. Y no es mi intención reforzar el vigor fálico de nadie. Otro, quiero otro.
Nicandro se encogió de hombros y cogió una planta con flores ya secas, de color azafrán.
—Esta.
—¿Y qué es?
—De ella se obtiene el cólquico —informó Nicandro, siempre con su tonillo de disfrute, como si aquellas plantas fuesen sus hijitas.
—¿Cuáles son sus síntomas?
—Dolor de estómago, vómitos, diarreas y el desmayo.
—Demasiado evidente.
Nicandro volvió a encogerse de hombros, soltando la plantita y cogiendo otra de preciosas flores azul turquesa.
—Entonces, esto es lo que buscas, el acónito. Al rey Atalo le encantaba sembrar esta planta y mimarla con sus propias manos en los jardines reales. Bueno, el rey plantaba también eléboro, cicuta y doricnio. Era un apasionado de todo esto y de los jugos y frutos recolectados según su temporada… ¡Qué felices éramos! —exclamó, lleno de nostalgia, y añadió—: En realidad, el rey adolecía de manía persecutoria, pero, en fin, ¿qué rey no la tiene en estos reinos orientales? Perdió el juicio, se dejó el cabello muy largo y parecía un indigente. ¡Pero qué felices éramos!
Escápula disparó una ceja, escrutando a aquel hombre como si tuviese delante un bicho muy raro.
—Acónito… ¿Síntomas?
—En la dosis adecuada en un cuenco de sopa caliente, impide la respiración y destroza el corazón.
—¿En cuánto tiempo actúa?
—Oh, en unos pocos instantes después de la ingestión.
Escápula dejó escapar una media sonrisa.
—Prepáramelo y… —Dejó la frase en suspenso.
—¿Y?
—Y dame algo más suave también, algo que evite el sufrimiento.
Nicandro puso una expresión traviesa. Podía ofrecer todo lo que le pedían. Se levantó y acudió presuroso a una estantería.
—Tus deseos son órdenes para mí. Pero te costará más. Debes comprarme otras diez copias de mis obras —Y se quedó mirando a Escápula enseñando sus tres dientecillos.
Escápula suspiró.
—Hecho.
—¡Maravilloso! Esto es lo que pides —ofreció, y enseñó una planta más fea que las anteriores, más amenazante.
—¿Qué es?
—Beleño.
—¿Cómo actúa?
—Mueres dormido.
Escápula asintió.
—Me lo llevo también.
Nicandro se quedó pensativo.
—¿Dos venenos? —preguntó lleno de curiosidad.
—No es asunto tuyo.
—Entonces habrás de comprarme quince copias más.
Escápula miró al poeta del veneno con una mezcla de asco y sorpresa. ¡Vaya tipo!
—Sea, me lo llevo todo —zanjó antes de que Nicandro brincara como un niño para preparar todas las bolsitas de acónito y beleño.