Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Los pergaminos
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Los pergaminos

Pérgamo, mediados de julio

—¡Aristónico, Aristónico y Aristónico! ¿Es que solo sabéis hablar de ese miserable bastardo? ¿Es que los pergaminos no tenéis otra cosa de la que informarme?

Los siete representantes de la ciudad de Pérgamo, todos ellos aristócratas, retrocedieron inconscientemente ante la intimidante furia de aquel senador de brillantes cabellos dorados, fulgurantes ojos azules y labios permanentemente catapultados hacia fuera en un gesto que les resultaba de lo más odioso.

—¡He venido aquí a organizar una nueva provincia de Roma porque así lo dispuso vuestro difunto rey Atalo en su herencia, no a hablar todo el día de su maldito hermanastro bastardo y de su insignificante rebelión por el trono! ¿Me habéis oído bien, pergaminos? ¿Es que tengo que repetirlo constantemente? ¡Vuestro rey legó su reino en herencia a Roma y yo he venido a reclamarlo! ¿Lo entendéis? ¡No quiero saber nada de su hermanastro Aristónico ni por dónde se mete el testamento! ¡Si él dice que es falso, Roma dice que es verdadero! —rugió Nasica a punto del colapso.

—Señor, la rebelión no es tan insignificante —se atrevió a contradecir uno de los nobles—. Aristónico controla varias ciudades importantes de la costa y el interior del reino, donde los colonos macedonios han unido armas con él a causa del odio conjunto a Roma. Con Aristónico no habrá pacificación ni provincia romana.

—Y, señor, no somos pergaminos, somos pergamenos —quiso matizar otro de los aristócratas, pero con tan poco tino que provocó, lo que en verdad no era difícil, la cólera del romano. Nasica se puso en pie y volcó la mesa que le separaba de los pergaminos o de los pergamenos.

—¡Fuera de aquí! ¡Fuera, fuera y fuera! ¡Y volved otro día, pero solo cuando queráis hablar de la organización de la provincia! —bramó, señalando la salida de aquella lujosa sala del palacio real de la extinguida dinastía de los Atálidas, erigido en la impresionante acrópolis de Pérgamo junto con la biblioteca, el templo de Atenea y el altar de Zeus.

Alarmados por el desmedido enfado de Nasica, todos corrieron, salvo uno, que se dio la vuelta en el último momento.

—Sabemos que se ha unido a Aristónico un personaje huido de Roma que se llama Blosio de Cumas —informó.

—¿Blosio de Cumas? —repitió Nasica con los ojos como platos.

—Al parecer, ha convencido a Aristónico para que adopte el nombre real de Eúmenes y libere a todos los esclavos bajo la idea de que todos los hombres son iguales —explicó el noble bajo el vano de la puerta, arropado a su espalda por las seis cabecitas expectantes del resto de los mandatarios pergamenos.

Era lo que le faltaba por escuchar a Nasica. Exiliado de Roma y enviado a Pérgamo en misión diplomática para encargarse de las gestiones de provincialización del reino helenístico, no solo se retorcía furioso por la desquiciante rebelión de Aristónico, sino que, ahora, para colmo de males, venía a unirse a la fiesta Blosio de Cumas, ese filosofillo radical donde los hubiere, uno de los principales culpables del tumulto del día del Capitolio, aquel que no paraba de hablar de la humanidad entre los hombres y otras idioteces.

Lo odiaba.

Era lo que le faltaba por oír.

¡Lo odiaba!

Con todo, por mucho que la cólera diera botes en su fuero interno, no abrió la boca. Arrugó su blanquecino rostro, propulsó sus labios pico de pato y cargó hacia la puerta, pero no con la intención de atropellar a los de Pérgamo, sino de salir de aquella sala de los horrores y de los inútiles, un lugar en el que había mucha belleza arquitectónica, mucha cultura y sabiduría griega, pero donde solo había eunucos, bastardos, filósofos de poca monta y viciosos.

Los pergamenos, al ver que Nasica se les echaba encima, huyeron despavoridos. Conocían cómo se las gastaba aquel hombre y no estaba en sus planes morir a palos con el cráneo aplastado, como se decía que le había ocurrido en Roma a un joven aristócrata de nombre Tiberio.

Nasica irrumpió en el pasillo, aplastó a su paso las baldosas reales y lanzó por el suelo alguna que otra bella estatua colocada por aquí y por allá. Cuando entró en su lujosa estancia, su hijo Publio le esperaba leyendo una copia de las Historias de Heródoto de Halicarnaso.

—¡Estos pergaminos me desquician, van a matarme con sus miedos ridículos a Aristónico! ¡Aquí hace falta buena mano dura romana! ¡No hay más que castrados, afeminados y cobardes! —ladró Nasica, dejándose caer sobre un diván con patitas de fauno.

Su hijo levantó la vista de la lectura con gesto paciente.

—Las legiones para vencer a Aristónico llegarán, padre, pero solo cuando Emiliano regrese de Numantia y termine la guerra servil en Sicilia. Y, padre… —dijo, dejando la frase suspendida.

—Qué —bufó Nasica.

—Son pergamenos, padre, no pergaminos.

—Serán lo que yo diga —sentenció Nasica.

Cómo echaba de menos Roma. Qué humillación. Malditos todos.