Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Los castigos
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Los castigos

Roma, de febrero a mayo

Lenas consiguió la autorización del Senado para poner en marcha su operación de purga —Rupilio se fue a Sicilia—, faltándole tiempo para salir vomitado de la curia Hostilia, escalar la tribuna de los oradores, apoyar las manos en la barandilla y anunciar con entusiasta agresividad:

—A todos aquellos que contrariaron la autoridad del Senado, que los dioses los amparen, si es que lo merecen, porque vamos a actuar contra los sediciosos con la mayor severidad.

Dicho y hecho. El Senado dictó a mediados de febrero un senadoconsulto por el que creaba un tribunal extraordinario presidido por los cónsules y con plenas capacidades de actuación y castigo, incluso la pena capital sin derecho de apelación.

Claudio, en su papel de fingida indignación, no dudó en convertirse en el azote de Lenas en todas las sesiones senatoriales.

—Es ilegal —denunció como un martillo pilón.

—No lo es —replicó Lenas hasta que se le secó la boca.

—Estáis subvirtiendo la República —persistió Claudio.

—La estamos defendiendo.

—Es una vergüenza para el Senado.

—Es un honor para el Senado.

—Debería llevarse a la asamblea.

—¡Oh, Claudio, calla de una vez! —acabó resoplando el propio Pompeyo después de cuatro sesiones senatoriales soportando las incansables peroratas de Claudio. No aguantaba más.

Pero el efecto, naturalmente, fue contraproducente. Claudio se puso aún más altivo y pesado. Al fin y al cabo, nadaba en su salsa.

—Pompeyo, me callaré cuando veas volar a un cerdo —espetó, autosuficiente, antes de reiniciar sus reproches.

Aquellos días se supo que unos jóvenes traviesos y con demasiado vino en sus panzas, todos ellos de las familias Cornelia y Fabia, habían lanzado un cerdo desde la roca Tarpeya con la esperanza de que volara y hacer callar al pesado de Claudio. Desafortunadamente, el animalillo no tuvo a bien desplegar sus orejitas a modo de alas, desperdigando sus sesos en las losas del foro.

—Os lo dije, no callaré hasta que hagáis volar a un cerdo —insistió Claudio muerto de risa.

—Pues como nada de lo que digas nos va a hacer cambiar de opinión, que comiencen ya las investigaciones y los juicios —replicó Lenas en la quinta sesión senatorial, rascándose con nervio las viruelas de la cara.

Cumplida la simple formalidad de las investigaciones, el primero sobre el que cayó la venganza senatorial fue un extranjero, Diófanes de Mitilene, que había sido maestro de retórica de Tiberio.

—Solo para salvar las apariencias —explicó Lenas en una reunión privada—. Debemos seguir haciendo creer que lo que queremos es luchar, no contra Tiberio o su ley, sino contra los forasteros antirromanos, verdadero mal a erradicar que han descarriado a nuestros jóvenes con pensamientos contrarios al orden ciudadano —aleccionó mientras todos asentían embelesados por tal derroche de astucia.

Sin contemplaciones, Diófanes fue ejecutado.

Poco le duraron a Lenas los remilgos tácticos sobre el origen de los rebeldes, porque el siguiente de su amorosa lista fue Cayo Vilio, ciudadano romano, aunque personaje de ínfima cuna del que se decía que había dirigido una turba de matones para amedrentar a los opositores a la ley de Graco, apaleando terratenientes, llenando las fachadas de sus casas de estiércol o reventando asambleas.

El castigo fue especialmente brutal. Dando gritos angustiosos fue metido en una jaula llena de víboras y otras serpientes venenosas.

De nada le sirvió ser ciudadano, impidiéndosele presentar apelación alguna ante la asamblea popular.

—¡No respetáis ni la lex Valeria de provocatione! —clamó Claudio—. Ya no respetáis a Publio Valerio Publícola, segundo cónsul de la República, que quiso proteger a los ciudadanos frente al capricho del poder, instituyendo la figura de la apelación al pueblo para que ningún magistrado pudiera imponer su albedrío. ¿Y decís que Tiberio quiso ser rey? ¡Pues en esta sala yo solo veo aspirantes a reyezuelo! —increpó inclemente y como si le diera un sofoco.

—¿Y sabes lo que ve mi sobaco, Apio Claudio? —saltó Pompeyo—. Sobaco, di lo que ves —dijo con el brazo derecho algo elevado al tiempo que miraba su axila, como si dialogara con ella—. Solo veo a un viejo soporífero —reprodujo con voz estridente y de burla, como si los sobacos hablaran de aquella manera.

El estallido de carcajadas reverberó cargante, sirviendo de acicate para el superior ingenio de Claudio. Bueno era él.

—Mejoras cada día, Pompeyito, porque hasta ahora solo hablabas a través de los orificios de tu culo —replicó con su propia genialidad, provocando una vez más que a Pompeyo sus ojos saltones se le despidieran de las órbitas y que la curia saltara sobre sus quejosos cimientos mientras él abandonaba el edificio como el viejo león al que no se le acercaba ni una sola hiena.

Ya en el exterior, rodeado por una multitud ciudadana que entre lo del cerdo volador y los sobacos parlantes se lo estaba pasando en grande, se le unieron Cayo, Flaco y Carbón, dirigiéndose hasta el Palatino como si fueran la representación de los cuatro elementos de los principios universales del universo: el fuego, la tierra, el aire y el agua.

Nadie sabía discernir cuál era cuál, pero verlos caminar juntos, con rostros enjutos y llenos de gravedad, surcando la vía Sacra, dejando atrás la Regia, la casa de las vestales o la basílica Emilia, fue un espectáculo sublime. Por muy paradójico que resultara, si Roma era capaz de celebrar la muerte con una grandiosidad inconfundible, Claudio supo aquel día celebrar la derrota con inolvidable esplendor.

Las ejecuciones sin juicio se sucedieron durante los meses de martius a maius, reservándose Lenas como último plato aquel a quien todos más detestaban, el pensador radical estoico Blosio de Cumas.

Amigo y consejero de Tiberio, protegido de Cornelia, huésped en la casa de los Escévolas, de lengua ponzoñosa e impertinente hasta la extenuación, nadie sabía discernir cuánto de sus doctrinas sobre la igualdad de los hombres o la noción de que el pueblo era el depositario de la soberanía habían podido influenciar a Tiberio.

Eran estas ideas muy griegas y poco romanas, pero si además nacían de la boca irritante de Blosio, solo había una opción, liquidarlo.

Blosio fue arrestado y conducido ante el tribunal senatorial para ser interrogado por Lelio, único con la capacidad necesaria para contrarrestar sus agudas insolencias.

El interrogatorio fue bronco, que era lo esperable, pues el objetivo de Lelio era que Blosio reconociera su culpabilidad y su nefasta influencia sobre Tiberio.

Pero Blosio no cayó en la trampa.

—Actué por la amistad que me unía a Tiberio. ¿Entendéis este concepto, romanos? ¿Entendéis qué significa la lealtad y la sincera amistad? Temo que hace tiempo que lo habéis olvidado —escupió.

—Ya, la amistad, claro… —barbotó Lelio—. Y si Tiberio te hubiera ordenado quemar el Capitolio, ¿tu amistad, entendida a tu manera, te lo habría exigido? —contraatacó.

—Tiberio jamás habría ordenado tal cosa.

—¿Y si lo hubiera hecho?

Blosio elevó parcialmente las cejas. Era evidente que estaba condenado. Solo le quedaba mostrar su descaro natural.

—Si Tiberio hubiera ordenado quemar el Capitolio, yo lo habría seguido, porque Tiberio solo disponía cosas que eran útiles para el pueblo, no como el Senado —se despachó con su típica soberbia de pensador de palabra y de acción.

—Entonces, está todo dicho —concluyó Lelio.

Antes de dictar sentencia, Blosio fue conducido a las Lautumiae, pero solo para desaparecer días después sin dejar rastro, porque una noche sin luna no se sabía quién dejó completamente noqueados a los dos guardias que custodiaban la cárcel, propiciando la huida del odiado ideólogo.

Fue esta vez Lenas el que se desgañitó en una nueva sesión senatorial, rasgando su túnica y acusando a los gracanos sin tapujo.

—¡Vosotros le habéis ayudado a escapar! ¡Traidores! —ladró sin dejar de lanzar salivazos. Sin embargo, carente de pruebas, se quedó con las ganas, esta vez para diversión de Claudio.

—¿Qué ocurre, Lenitas? ¿Te han arrebatado de tus fauces babosas la mejor carne? ¿Vas a pasar hambre? Pobrecito, ¡qué pena! Ya sabes qué tienes que hacer… Ah, ¿qué no lo sabes? —se burló al ver la cara de aturdimiento del cónsul, todavía sorprendido porque le hubiese llamado «Lenitas»—. Pues algo que haces a las mil maravillas, lamer culos. El de tu amo Lelio tiene que estar más sabroso que unas tetitas de ternera. —Rio, y luego se giró hacia Pompeyo—. ¿Y no tiene ahora nada que decir tu sobaco? Tal vez tenga algo que decirnos tu escroto arrugado —se vengó también del pelirrojo, provocando una nueva algarabía senatorial, que aprovechó con toda tranquilidad para hablarle al oído a Flaco, esta vez sentado a su lado—: Quedan pocos días para que se convoquen elecciones para tribunos de la plebe. ¿Carbón tiene ya preparada su candidatura? —le preguntó de soslayo al tiempo que le dedicaba una ofensiva sonrisita a Pompeyo, que justo en esos momentos lo amenazaba con el puño en alto.

—Está todo listo —confirmó Flaco.

—Maravilloso, llega su momento.

—Y el de Nasica —murmuró Flaco, sin la voluntad de ser oído, pero con el matiz de que Claudio, que no perdía detalle ni en la mayor de las escandaleras, parecía tener siete pares de orejas y otros tantos ojos.

—¿El de Nasica? —interpeló, extrañado.

—El de Emiliano, he dicho el de Emiliano, que pronto volverá de Numantia —rectificó Flaco apresuradamente, traicionado por sus propios deseos y planes ocultos, pero respirando aliviado cuando Claudio, indiferente, volvía a dirigir sus hirientes y ocurrentes diatribas contra Lenas, Pompeyo y todo lo que colease. Cómo disfrutaba manejándolos y excitándolos a su antojo como animalillos acorralados sin cabeza. ¡Eran tan fáciles y memos! ¡Cómo se divertía!