Que se venguen
Roma, en la casa de Claudio, esa misma noche
Cayo caminaba por las calles altas del Palatino, macerado en una cólera que aun así trataba de contener con todas sus fuerzas. Cuánto tiempo pudiera hacerlo era una incógnita. La propuesta de Lenas era aberrante y lacerantemente dolorosa. Podía tolerar que los nasicas tomaran de nuevo el control del Senado y que coparan las magistraturas. Podía esperar incluso que patalearan como niños enrabietados cuando la comisión agraria pedía restituir un terreno de dominio público. Pero lo que no podía soportar de ninguna manera era que reaccionaran de aquella forma indecente. Su hermano había sido brutalmente asesinado a manos del Senado, único culpable de la masacre. Nada podía justificar ni legitimar su barbarie, y mucho menos enjuiciando y ejecutando.
Ardía en deseos renovados de exterminar el cuerpo senatorial.
De aniquilar por siempre su miseria.
Era aborrecible.
Cuando entró en el comedor de la domus de Claudio ya estaban allí Flaco, Carbón y el propio Claudio. Sin demora, fue a tirarse sobre un triclinio sin que los comensales interrumpieran su indignación.
—¡Es el comienzo para arruinar la reforma! —regurgitaba Flaco sin parar de tocarse la cicatriz de la cara. Le escocía, le palpitaba—. ¡Me dan náuseas! ¡Son asesinos! —insistía en su rencorosa ira.
—Deberíamos inflamar al pueblo —dijo un tenebroso Carbón.
—¡Que los ciudadanos tomen las calles! —se embaló Flaco.
—¡Que rodeen la curia Hostilia! —le siguió Carbón.
—¡Que lancen al suelo estatuas y trofeos! —culminó Flaco.
—No —se opuso Cayo, rotundo, entrando en la conversación—. Sin violencia —apuntaló entre dientes.
—¿Y por qué sin violencia? —despotricó Carbón.
—Porque reaccionar así solo los fortalecería —repuso Cayo, triturando sus molares, respirando pausa—. Y porque todos temen estar en esa lista. Se valen del miedo tras la matanza del Capitolio. Nadie quiere que su cuerpo termine en el Tíber.
—¡Pues quememos esa lista! —escupió Carbón sin ceder.
—No —zanjó Cayo, cabeceando como un buey al tiempo que, desquiciado por la impotencia, miraba a Claudio con repentina atención. Hasta el momento el gran hombre se había mantenido callado como un muerto, tumbado en la presidencia de los triclinios. Es más, mostraba incluso un gesto extrañamente afable, como si nada le importara, algo totalmente impropio ante la gravedad de los sucesos.
Cayo arrugó el entrecejo. Claudio tramaba algo. Era la única explicación a aquella muestra de relajación e incluso de felicidad.
—Apio Claudio… —musitó sin dejar de escudriñarlo.
Claudio abandonó su teatrero ensimismamiento.
—Dime, joven Graco —dijo como si nada.
Cayo cabeceó levemente. Claudio era incorregible. O se le quería de ese modo o era imposible hacerlo. Por supuesto que tramaba algo y creía saber por qué.
—Apio Claudio —repitió de nuevo con creciente resignación. Su ira menguaba—, por mucha impotencia y rabia que mostremos, realmente creo que nada de esto te ha sorprendido en absoluto, ¿me equivoco? —espetó sin tapujos—. Tu actuación de hoy en el Senado ha sido pura pantomima. Lo intuías todo, pero has dejado hacer. Has dejado que Lenas lanzara el veneno. Sabías que iba a ocurrir y has dejado que ocurriera. Esa es la verdad, ¿me equivoco? —reiteró tranquilo, y posó sus ojos marrones en su anfitrión al tiempo que Flaco y Carbón giraban sus cuellos a la espera de la reacción de Claudio.
Este, con gesto divertido, jugueteó con sus dedos regordetes, golpeándolos rítmicamente en la copa de plata que sujetaba con ambas manos. De pronto dejó de hacerlo y puso cara aviesa.
—Joven Graco —se arrancó con ojos juguetones—, sé que te indigna lo que hoy hemos oído en el Senado. Sé que te remueve las entrañas, a ti más que a nadie porque eres el hermano de Tiberio, el mismo cuya muerte pretende ser pisoteada y olvidada como si la culpa de su asesinato le fuera ajena al Senado, pero escúchame bien, ¡escuchadme! —exclamó a su manera exagerada, dirigiéndose ahora a todos—. Son bestias, sí, Lenas y los demás lo son, pero debemos ser inteligentes. El hombre no caza a las bestias del campo con la fuerza, sino con su inteligencia. Y lo cierto es que no tenemos fuerza en el Senado para oponernos, tú mismo me lo dijiste, Cayo, ¿lo recuerdas? Fue el día en el que fui a tu domus a celebrar el destierro de Nasica.
—Lo recuerdo.
Claudio asintió vanidoso. Seguía gozando con aquel muchacho, más si cabe al comprobar que, como no podía ser de otra manera, pese a ser el más joven de sus tres aprendices, tanto Flaco como Carbón lo respetaban como si hubiera entre ellos una jerarquía invisible.
—Pero ¿qué más me dijiste? —le apremió a Cayo.
—Que la marcha de Nasica era solo el comienzo.
—¿Y qué más? —se precipitó Claudio.
—Que Emiliano volvería.
—¿Y qué más? ¡Hubo más!
Cayo dejó escapar un risa desganada al recordarlo.
—Que lo abatiríamos también. A él.
—¡Exacto! —celebró Claudio, lascivo—. Porque Emiliano es la sombra debajo de la sombra —pasó a un murmullo de placer—. Porque todo esto es obra suya, ¡solo suya! Y es a él a quien debemos abatir, a él, que está a punto de regresar de Numantia, pero sin saber que la Roma que le espera es muy distinta a la que dejó. Cree que con estos ridículos castigos se lavará la imagen del Senado y que cuando él vuelva todo estará olvidado. ¡Pero cuánto se equivoca! —rio incontinente—. Va a encontrar a un populacho cuyos gruñidos subterráneos yo puedo oír. A una chusma que hoy tiene miedo y está agazapada, sí, pero que es rencorosa. Él celebrará su triunfo y se dará un baño de masas. Los ciudadanos caerán rendidos, pero, después, superada la orgía del espectáculo, su mundo se derrumbará. ¿Y sabéis por qué? —interpeló grandioso—. ¿Lo sabéis? —repitió en estado de trance. Se respondió a sí mismo con colosal soberbia—: Porque nosotros vamos a recordarle a la plebe que él no estuvo con Tiberio. Aún peor, que se posicionó en contra.
—Sí, eso haremos… —susurró Carbón, excitado.
—Eso haremos, sí —confirmó Flaco con su contenido rencor.
Claudio iluminó su rostro.
—Que se venguen, que lo hagan —reiteró despreciativo y con sumo regodeo—. Que castiguen y ejecuten. Que se empachen de juicios y muertes, porque cuanto más beban de la venganza, más fuerte terminará reventando el cuerpo podrido del aborrecimiento. Y cuando eso ocurra, cuando tal día llegue, los humores putrefactos salpicarán el orgullo de Emiliano y por extensión el de su Senado, el mismo que quiere olvidar a Tiberio con nueva violencia y, quién sabe, el mismo que con el tiempo querrá destruir la reforma —dejó caer a plomo, y miró a Cayo con poderío, pero gesto juguetón—. Y sí, joven Graco, estás en lo cierto, nada de esto me ha sorprendido. Era inevitable que el Senado reaccionara tarde o temprano, algo que tú también sabías. Algo que todos vosotros sabíais —añadió, recorriendo con sus ojos azules fulgurantes los rostros de sus tres invitados—. ¿Seremos inteligentes? ¿Capturaremos la pieza mayor con la fuerza de nuestra inteligencia? Esperaremos el momento oportuno, porque no hay mayor arte en la política que hacer las cosas en su momento oportuno. ¿Lo haremos?
Cayo se puso en pie.
—Sea.
—Sea —dijo Flaco.
—Sea —sentenció Carbón, juntando los cuatro sus manos.
Poco después, todos se marchaban de la domus de Claudio. Este los acompañó hasta el atrio y los despidió. Luego volvió al triclinium y se recostó en el diván. En ese instante ella entró lentamente, como si no rozara el suelo, y se sentó en una silla junto a su esposo.
—Has estado sublime —siseó Antistia.
Claudio levantó la vista, encontrando aquel rictus de Medusa monstruosa que no podía pasar por alto. Aquel gesto de Antistia le enamoraba. Solo emergía cuando su mente pergeñaba maldades.
Y le encantaba.
—¿Tienes algo más que añadir? —la provocó.
Antistia estiró la cerviz. Mucho se ensalzaba a Cornelia como matrona ejemplar, como mujer que de haber sido hombre los hubiera superado a todos, pero ella, sentada como una buena esposa en la silla, con sus manos blancas cruzadas sobre el vientre, no se quedaba atrás.
—No olvides nunca cuál es tu verdadero fin, Apio, ser más grande que él, superar a Emiliano —rezumó.
Claudio no cabía en sí de gozo. Pero Antistia no había terminado. Sonreía maliciosa, algo que le estimulaba como nada en el mundo.
—Termina.
Ella se irguió y arqueó su espalda como una gata de mal carácter.
—Apio, en el Senado y en el foro finge que las ejecuciones te provocan un dolor insufrible. Rásgate las vestiduras y lanza tus anillos al suelo, pero, sobre todo, luce a tus nuevos chicos, a esos que acaban de salir por la puerta. Esos jóvenes tienen todas las cualidades necesarias. Que se hagan unos hombres. Que provoquen a Emiliano. Que lo hagan sin descanso. Que precipiten su caída —exhaló triunfante.
Claudio estaba eufórico. Antistia era una bendición de los dioses.
—¡Eres una joya! —exclamó al tiempo que trataba de besarla.
—Ni se te ocurra —se opuso ella en un arisco bufido.
—¡Antistia, por todos los dioses!
—¿Solo soy una joya? —preguntó ella, pero no con el afán de que su esposo lo repitiera como si fuera una enamorada que busca que le dediquen constantemente muestras de tonto amor apasionado. No, ella quería algo más elevado, más poderoso, y su esposo sabía dárselo.
—Eres mejor que ella —corrigió Claudio.
Antistia se dio por satisfecha. Por supuesto que era mejor que ella, que Cornelia minor.
—Quiero darte un beso —insistió Claudio, provocador.
—Que me dejes.
Y él, feliz como un cervatillo en un bosque sin lobos, volvió a reclinarse en el triclinio para seguir bebiendo su mejor vino.