El teatro de las comedias
Roma, poco después
Llegar a la curia le costó horrores. Escoltado por Cayo, Flaco y Carbón —que no hacían otra cosa que desternillarse de risa por su ridícula manera de andar—, Claudio bajó la cuesta palatina como si aquello fuera el descenso al Tártaro. Después atravesó el foro con la forzada obligación de detenerse a cada paso.
Eso sí, en cuanto enfiló el comitium y vio que por allí pululaban los Lelio, Pompeyo y demás personajillos senatoriales, se enderezó como un palo y atravesó el camino al Senado cual Neptuno surcando las aguas.
Tras despedirse de Cayo y Carbón —que se quedaron a las puertas de la curia—, entró al Senado con Flaco, yéndose a colocar en su sitio, al fondo del edificio, a apenas un par de pasos de la presidencia.
Sentado como podía porque los dolores de la espalda, el culo y la pierna le arremetían sin piedad, persistió en su actitud de evitar que se le notara la dolencia, y lo hizo mostrándose como en él era habitual, vanidoso y engreído, es decir, sus especialidades.
De esta guisa, escrutó con magnífica superioridad la llegada del resto de los senadores. A Pompeyo, que se le sentó casi enfrente, lo fulminó con arrogancia. A Metelo lo escudriñó como un patricio lo hace sobre un plebeyo. Y a Cayo Lelio, que fue a sentarse justo delante, al otro lado de la bancada, lo miró de soslayo, queriendo remarcar que jamás llegaría al estatus de su señor, de Escipión Emiliano, y mucho menos a la majestad histórica de un Claudio.
Las mejores miraditas, no obstante, se las dedicó a los dos Publios —le había gustado el apodo de Antistia—, que entraron los últimos y conversando maleducadamente como quien entra en una taberna. Al menos tuvieron la decencia de acelerar sus pasos y ocupar la presidencia cuando advirtieron que él, el príncipe del Senado, ya estaba en la sala.
Al poco, Lenas, como primer cónsul, se puso en pie, anunciando que los auspicios habían sido favorables. Claudio lo contempló con indiferencia. Lenas, además de ser un tipo toscamente fornido y tener una cara llamativamente cuadrada con una piel acribillada por marcas de viruela, era un simple producto de Lelio, un personajillo arisco nacido en una familia igual de antipática y desagradable cuyos hijos se pasaban la vida ladrando como si toda Roma les debiera algo. Además, en su época de edil y pretor, Lenas había soltado unos bodrios retóricos insuperables. Lo que fuera a decir ahora seguro que carecía de interés.
Absorto en su desdén, Claudio sintió de pronto que sus tímpanos protestaban. Aturdido, comprendió qué sucedía. Lenas acababa de comenzar, y, para colmo de males, sin un preludio armonioso o preparatorio, sino a voz en grito, que era la única forma que tenía de hablar, yendo al grano de forma escasamente elegante. ¡Qué retórica tan basta!
—¡Padres conscriptos —continuaba Lenas, mostrando su mandíbula ancha y poderosa—, de todos es conocido que a lo largo de los últimos meses gentes de ínfima condición, extranjeros, filosofillos y demás basura que todos detestamos creyeron que Roma era suya! ¡Peor aún! ¡Creyeron que podían acabar con la República y con nuestras virtudes! ¡Son repugnantes parásitos que aprovecharon el desconcierto para medrar en las cloacas de la ciudad!
Claudio, atónito, comenzó a contraerse.
Lenas continuaba ladrando.
—¡Por ello, padres conscriptos, sin rodeos ni tapujos quiero comunicar hoy y aquí que es voluntad de los cónsules castigar a aquellos sediciosos! ¡Sí, castigarlos! ¡Porque la buena fe del Senado y del pueblo de Roma no puede ser utilizada para destruirnos al albur de la oscuridad! ¡No, no y no! —clamó dando botes.
Claudio seguía contrayéndose, pero ahora ya grotescamente.
Lenas no se detenía.
—¡Y, por ello —vociferó como un salvaje—, si el Senado lo autoriza, propongo crear un tribunal senatorial que investigue a los sospechosos, los juzgue y los castigue de ser culpables por haber actuado en contra de la República! —bramó al tiempo que metía su mano bajo la toga y sacaba un rollo de pergamino—. ¡Esta es la lista de dudosos! ¡Aquí están todos los facciosos! ¡Padres de la patria —aulló, sumamente teatrero, ofreciendo su pecho y abriendo los brazos—, autorizad la creación del tribunal! ¡Os lo pido por la salvación de Roma! ¡Autorizadlo! ¡Castiguemos a los culpables! ¡Arruinemos a aquellos que con su malicia provocaron que Roma perdiera legítimamente la compostura! ¡La culpa de todos los males es de ellos! —pidió enfervorecido.
Y la curia se vino abajo.
Tres cuartas partes de los senadores, locos de entusiasmo, salieron propulsados de sus asientos y comenzaron a aplaudir, gritar y patalear como si no hubiera un mañana.
Naturalmente, nada podía amedrentar a Claudio.
Se puso en pie muy despacio, martirizado por su maldito dolor, pero fue tan grande la impresión de verlo elevarse con aquella pausa en medio de la tormenta y con sus cabellos blancos flameando en el éter que el gigantesco ajetreo se autoaniquiló al instante. El príncipe del Senado, en su prodigiosa contención y bajo un silencio mortal, iba a hablar.
Claudio no se dirigió a Lenas, sino a otro hombre sentado justo enfrente, en la bancada contraria.
—Lelio… —masculló a modo de súplica—. ¡Lelio! —pasó al voceo, dejando que los ecos se apagaran—. Detén esto. Hazlo. No caigas en la locura. Eres un hombre prudente. ¡No perdáis el juicio!
—Apio Claudio, Lelio no es el cónsul —graznó Lenas.
Qué más quería Claudio que una provocación personal. Rotó su cuello violentamente y estalló como el volcán Etna.
—¡Y yo acuso a los cónsules de embusteros y de sacrílegos! ¡No habéis hecho otra cosa que engañar al pueblo! ¡Jamás imaginé tanta infamia! ¿Extranjeros y filosofillos? ¿Castigos? ¿Os habéis vuelto locos? ¿Tan vengativos y miserables sois? ¡Lo que en realidad ansiáis es justificar lo injustificable y abrogar la ley agraria! ¡Eso queréis! ¡Y yo os digo que antes habréis de matarme!
Lenas, lejos de asustarse, optó por lanzar una risa hiriente. Si en la naturaleza de Claudio no estaba estarse callado, mucho menos en la suya.
—Oh, vamos, Claudio, no estás en la platea de un teatro. No nos oponemos a la ley de Graco, no emponzoñes el debate —se mofó.
Claudio se hizo aún más grande. La ciática era un vago recuerdo.
—¿Y a qué os oponéis entonces? ¿Me tratáis por tonto? ¡Si por vosotros fuera, estrellaríais contra el suelo las tablas de las leyes de Tiberio y fundiríais sus restos para hacer ridículas estatuillas de faunos! ¡Vais a destruir la República con vuestra arrogancia y codicia! ¡Y todos nosotros y nuestros descendientes nos mataremos unos a otros! ¡Lo que hizo el Senado es injustificable! ¡Queréis limpiar vuestras túnicas con miseria! ¡Es una indignidad para el Senado!
Lenas se encogió de hombros
—Se hará, lo quieras o no.
El Senado ahogó un grito. Todos giraron sus cabezas a la espera de la reacción del coloso. Claudio, sin embargo, no contestó de inmediato. Constriñó el rostro e inspiró intimidante antes de hablar.
—Llorad entonces por la muerte de la Roma que os amamanta —masculló sobrecogedoramente sereno. Después, miró a Lelio y negó con la cabeza—. Los excrementos de la Cloaca Máxima tienen más dignidad que todos vosotros. ¿Esta es la Roma que quiere Emiliano? El Senado nunca podrá recuperar su autoridad con más sangre —expelió, y se dejó caer en la bancada mientras la ira de todos los tiempos sacudía la curia Hostilia, que aguantaba sobre sus cimientos solo porque los dioses la empleaban como teatro de sus comedias mientras uno de los actores, Cayo Lelio, lo escrutaba todo sentado e inmóvil.