Una espalda que grita
Roma, comienzos de enero
Claudio no quería llegar tarde a la procesión de senadores, caballeros y sacerdotes que iba a acompañar a los nuevos cónsules desde el foro al templo de Júpiter. Allí, Lenas y Rupilio tomarían posesión del cargo y presidirían la primera sesión del Senado bajo la adusta mirada de la estatua de terracota del gran dios.
Con la férrea intención de que ese par de besugos sin mollera sintieran su denso aliento en el cogote desde el primer día, se dispuso a levantarse muy temprano, pero hete aquí que al incorporarse del camastro sintió una punzada atroz donde la espalda pierde su nombre.
Aguantando el dolor, rabioso porque no quería dejar de asistir al Senado por nada del mundo, se echó la mano a los lumbares y rogó a los dioses del panteón romano que no le hicieran aquella jugarreta.
Los dioses le escucharon. Muy despacio y cauteloso pudo apoyar los pies en el suelo, ponerse en pie y estirarse por completo. El dolor no cesaba, pero podía soportarlo. Era un valiente.
Hecha esta heroicidad, deglutió en la cocina un frugal tentempié matutino, abroncó a una esclava simplemente porque se le antojó, leyó muy rápido una carta de un cliente de Apulia y se dirigió de nuevo hasta su cubiculum para que le colocaran la toga de invierno. Para entonces, el dolor se ramificaba por su pierna izquierda.
Investido con la toga, caminó después hasta el atrio como un perro viejo que cojea de sus cuartos traseros, acercándose a la esquina que cobijaba el altar de los lares y penates del hogar. Debía celebrar el habitual y pequeño sacrificio de pan, queso y leche por mucho que el muslo izquierdo lo tuviera ya medio dormido.
Bufando más que orando, comenzó su ofrenda. Elevó a lo alto el pan con majestuosidad pontifical y, sencillamente, sucedió. Al forzar la musculatura de la baja espalda, Júpiter vino a lanzarle su más mortífero rayo. Porque un fenomenal estallido de padecimiento, como si le hincaran un puñal en las vértebras, provocó, por este orden, que sus brazos se sacudieran, que su pierna izquierda se estirara en un reflejo de lo más grotesco, que lanzara una alarido gutural de creciente expansión, que sus manos corrieran a sujetar su espinazo y que, en definitiva, cayera en redondo mientras las ofrendas volaban despedidas por el éter para asombro de las estatuillas familiares, tristes por quedarse sin su ofrenda, pero muertas de risa al ver que el todopoderoso pater familias de la casa se retorcía en el suelo con la grandilocuente teatralidad de los Claudio Pulcro, poco dados a soportar estoicamente el sufrimiento.
—¡A mí, a mí! —gritó histérico, entre aullidos.
Su calvario por tan inoportuno ataque de ciática solo acababa de comenzar. Dos esclavas aterrorizadas por el espectáculo llegaron corriendo y trataron de levantarlo, pero no consiguieron más que hacerlo rodar por el suelo como un pastelillo cilíndrico.
Casi al instante emergió de la oscuridad de la casa su temible y nada delicada esposa Antistia escoltada por dos esclavos de esos a los que no les cabían los músculos en los brazos y que eran capaces de elevar por los aires carros de bueyes.
—Llevadlo al camastro —ordenó ella sin contemplaciones—. Y, mi querido Apio, deja de gritar como un cerdo.
Los esclavos hercúleos levantaron a Claudio como si fuese un saco de calabazas y lo transportaron hasta el camastro mientras no cesaba en sus exageradas muestras de dolor.
—¡Vais a matarme! ¡Soltadme! —rugió a lo largo del trayecto.
Y así lo hicieron los siervos poco después, esto es, soltarlo o más bien lanzarlo sobre el colchón de plumas al tiempo que retrocedían para no llevarse una colleja.
—Mis ungüentos, traedme mis ungüentos —pidió Antistia.
Fue entonces cuando Claudio recuperó algo de cordura.
—Ni lo sueñes, no me pringaras con tus potingues.
—Haré lo que me dé la gana.
—¡La última vez me quemaste la piel!
—Como si te quemo la lengua y dejas de gritar.
—¡No, no y no! —graznó Claudio entre estertores de un dolor que partía de sus lumbares y martirizaba su glúteo y la pierna izquierda.
Antistia no lo intentó más, pero sí al día siguiente su bravucona hija mayor, Claudia la vestal, que, armada con su cofia de sagrada sacerdotisa veladora del fuego eterno de Roma, trajo un trozo de corteza de sauce que se lo metió hasta el gaznate y casi lo atraganta.
—El sauce alivia los dolores de espalda —dictaminó.
—Si aún vivo para contarlo —replicó Claudio con la corteza incrustada en su garguero.
Por si todo esto fuera poco, días después apareció el pánfilo de su hijo Apio con un médico griego que no hizo otra cosa que clavarle sus dedos y darle no sabía qué hierba que le causó una fenomenal diarrea.
—¡Dejadme todos, dejadme! —sollozó desesperado, incapaz de moverse del camastro.
La culminación de sus males llegó dos días después cuando su cariñosa hija Claudilla se plantó en la casa para visitarlo. No traía remedios caseros para terminar con su existencia, pero sí algo peor, sus tres hijos pequeños, los huérfanos de Tiberio, a los que no se les ocurrió mejor idea que subirse al lecho de su abuelo e iniciar una batida de saltos que fueron una delicia para todos, menos para la ciática de Claudio.
—¡Voy a morir! ¡Esta familia va a acabar conmigo! —se desgañitó mientras su adorable Claudilla, ya recuperada del asesinato de Tiberio, contemplaba con una sonrisa cómo sus pequeños Gracos alegraban tanta penuria.
Los dolores comenzaron a darle tregua a finales del mes de enero, justo cuanto un mensajero del Senado le anunció que iba a celebrarse una nueva sesión en la curia Hostilia.
—Ayudadme a incorporarme —les exigió a sus esclavos.
—Aún no estás recuperado —ladró Antistia a su fiel manera, apareciendo de no se sabía dónde como una exhalación.
—¡Roma me necesita como un hijo a un padre! —clamó Claudio, que solo ansiaba salir de la cámara de torturas en la que se había convertido su hogar.
—Como si el hijo se está ahogando —repuso ella con un gesto tan arisco que resultaba insuperable en su género.
—¡Antistia! —protestó Claudio al tiempo que hacía verdaderos esfuerzos para levantarse y para que a una pierna le siguiera la otra.
Ella ahuecó los labios.
—Aún no estás recuperado. Irás al Senado y bastará que oigas hablar a Lelio o a los dos Publios para que recaigas. No vas a ninguna parte.
Claudio arqueó una ceja, divertido.
—¿Los dos Publios?
Antistia estiró la cara.
—¿No se llaman así Lenas y Rupilio? ¿No son Publio? —chirrió y añadió—: No son de fiar. No lo son por mucho que sonrían. Antes nunca lo hacían y ahora lo hacen en demasía. Ándate con ojo, esposo. Entre los nasicas, o senatoriales, como quieren llamarse ahora, hay ganas de revancha. Aunque se muerdan las lenguas, están dolidos y rabiosos por el trato dado a Nasica y porque creen que ha habido demasiadas concesiones tras la muerte de Tiberio. No solo quieren el consulado, quieren más y son muy vengativos —advirtió ella con voz de oráculo.
Claudio la miró como lo hacía muchas veces, con aquella combinación de admiración y de odio.
—¿Lo que acabas de decirme nace de tu maléfica intuición o lo has escuchado de boca de las mujeres de algún senador a las que frecuentas? ¡Esas cofradías y reuniones vuestras de matronas en las que ponéis todo del revés me aterran! —exclamó sintiendo un escalofrío—. En cualquier caso, esos dos Publios —remarcó con un guiño— son dos inútiles sin sesos en sus cabezas cuadradas.
—Cada vez eres más torpe. Sabes quién los guía —zanjó Antistia, dicho lo cual, como vio que su esposo no le iba a hacer el más mínimo caso y ya se preparaba para irse, gruñó como un oso, enseñó los dientes y se marchó agitando violentamente su trasero, no sin gritar conforme se alejaba—: ¡Ve al menos al Senado en litera!
—¡Oh, no ha llegado el momento de que Roma me vea como un lisiado! —se defendió Claudio con el morro torcido mientras dejaba que dos esclavos le colocaran la toga como a él le gustaba, en pliegues armoniosos y gráciles que remarcaban su colosal grandeza.