En la casa de Metelo, poco después
—¡Por todos los dioses! ¿Qué he hecho yo para merecer esta persecución? ¿Tengo aspecto de ser el titán Atlante soportando sobre mis hombros la carga de la bóveda celeste? ¡Qué pesados son! —protestó Metelo cuando le avisaron de que Lelio y Pompeyo aguardaban en su atrio—. ¡Pero si acabo de llegar a mi casa! ¡Me han seguido!
—Han insistido mucho —dijo el esclavo que le traía la noticia.
—Pues diles que no estoy en casa.
—Le han visto entrar en la casa, señor. Y…
—¿Y qué?
—Que posiblemente le hayan oído gritar hace apenas un instante que son unos pesados —advirtió el esclavo antes de inclinar la cabeza con algo de teatralidad para ocultar su media sonrisa y dar un paso atrás como medida de seguridad.
Metelo ronroneó divertido. Le gustaban las impertinencias de un esclavo algo deslenguado que llevaba en la familia demasiados años.
—Estacio, debería hacerte azotar.
—Lo que no impediría que Lelio y Pompeyo siguieran aguardándole en el atrio. Son muy insistentes.
Metelo mudó su rostro y resopló ruidosamente.
—¿Es que acaso no fue suficiente mi premeditada mala educación en la cena a la que me invitó Lelio, en la que eructé como un borracho de taberna y me tiré un pedo devastador y asfixiante al tiempo que demandaba más comida? —gritó, elevando las manos.
—El señor hace eso mismo muy a menudo —espetó Estacio.
Metelo lo fulminó al instante. Tenía dos opciones, matarlo o reunirse con Lelio y Pompeyo. De momento, optó por la segunda.
—Los recibiré en mi despacho —porfió desabrido.
Al rato, poco dispuesto a ser amigable, se refugió detrás de su escritorio de trabajo, sentándose en una cátedra con cara de higo. Con todo, tuvo que hacer esfuerzos por contener la carcajada cuando lo primero que vio entrar en el tablinum fueron los saltones ojos de huevo de Pompeyo, que cada vez sobresalían más de las cuencas. Después de los globos oculares entró el propio Pompeyo y detrás, comedido y pausado, Cayo Lelio.
—Sentaos —les dijo secamente, señalando dos cátedras—. Y bien, señores, a qué debo esta insigne visita —añadió no sin poca burla, dirigiéndose a quien más respetaba, a Lelio.
Este ya se disponía a hablar cuando Metelo lo interrumpió sin tapujo, con gesto tan sonriente como malévolo. Al menos iba a soltar alguna de las suyas.
—Es una reunión de lo más particular, ¿no lo creéis? ¡Lo que ha sido capaz de hacer un joven tribuno de la plebe al que se le partió la cabeza! —exclamó con ácida puya—. Porque aquí estamos tres consulares que nos odiamos. Yo te odio a ti. —Miró a Pompeyo, que se puso rojo como el color púrpura de Tiro—. Aunque, claro, tú me odias a mí en igual medida, que es mucha —reconoció aún más sonriente—. Pero, al mismo tiempo, Lelio te odia a ti porque le engañaste y le privaste de un consulado, y posiblemente tú también detestes a Lelio. No tengo razones para afirmar esto último, pero conociendo tu carácter envidioso, será verdad. En fin, qué queréis decirme —finalizó más ancho que largo.
Pompeyo, el eje sobre el que pivotaban todos los gargajos de Metelo, hizo un ademán de levantarse. Lelio lo contuvo con un sencillo gesto de la mano. Después encaró a Metelo con infinita paciencia.
—Lenas y Rupilio ya son cónsules.
—Enhorabuena —contestó sarcástico.
—Tenemos de nuevo el control de la República.
—Nunca lo hemos perdido.
—Metelo, debemos colocar de nuevo al Senado en su sitio.
—Algo de lo más loable.
—Y debemos hacerlo juntos.
—¡Qué solidarios!
—Todos… También tú —aclaró Lelio de modo innecesario, pero realmente pertinente a la vista del derrotero de aquel diálogo de besugos.
Metelo puso, en cambio, cara pensativa. Quizás lo estaba valorando, pensó Lelio. Tal vez estaba entrando por fin en razón. Por ello, muy atento, abrió ligeramente los oídos y los dispuso para no perder detalle. Metelo hablaba.
—Hace unos pocos días —dijo—, un par de gatos entraron en mi casa y los encontramos copulando en mi camastro. ¿Lo creéis posible? El falo del gato era más grande que el del dios Príapo. ¡Y mira que lo tiene grande como un hermoso calabacín! ¡Pobre dios! ¡Y pobre gatita!
Lelio inspiró y espiró muy despacio. Pompeyo se removió rabioso. Volvían las víboras alojadas en la hendidura de su culo.
—Metelo —dijo Lelio cuando se infló de paciencia—, sabes a qué hemos venido. Merecemos el respeto que yo estoy mostrando contigo. Te lo exijo —añadió extremadamente duro, pero educado, con el tono gutural de los augures.
Metelo borró la sonrisa de su rostro, arrugando el entrecejo. Tenía un deseo irrefrenable de echar a patadas a Pompeyo, pero Lelio, en efecto, merecía todo su respeto. No era momento de zafiedades, pedos, eructos ni gracietas. Debía mojarse y dejarse de bobadas.
Se alzó en la cátedra y expandió su pecho de toro.
—Sé a qué venís, es cierto, tanto como que no me gusta lo que queréis ofrecerme —gruñó amenazante—. Temblabais como chiquillos asustados el día de la muerte de Tiberio. Os measteis encima porque yo olí vuestros podridos orines. Y ahora que todo se ha tranquilizado, ahora que las aguas bajan mansas y os sentís seguros, no tenéis la más mínima intención de conformaros con el consulado y con seguir con vuestras apacibles vidas. Creéis que ha llegado el momento de dar un puñetazo encima de la mesa para que la chusma sepa que nadie se ríe de los dignos senadores, ¿me equivoco?
Ni Lelio ni Pompeyo dijeron nada.
Metelo sacudió la cabeza y continuó:
—No tengo ni idea de qué queréis hacer. Doy por sentado que no os vais a atrever a tocar la reforma agraria, ¡por todos los dioses, no todavía!, pero allá vosotros y vuestras conciencias. Como si os explotan vuestros huevos. Yo no estoy dispuesto a seguiros desde que ese enloquecido Nasica nos arrastró a la mierda. Y si pretendéis otra cosa solo porque Lenas y Rupilio, ese par de memos sin cerebro, hayan ganado las elecciones en unos comicios centuriados dominados por las primeras clases y vuestras clientelas, es que sois unos necios. Dejadnos a todos en paz —se despachó sin reservas.
Lelio tuvo que sujetar nuevamente a Pompeyo.
—Metelo, debemos enviar un mensaje —insistió Lelio.
—¿Y qué mensaje es ese?
—Que el Senado tuvo razones para reaccionar de aquel modo. El Senado debe salir indemne de esta catástrofe.
Metelo abrió los ojos como platos. Aquello no se lo esperaba.
—¿Os habéis vuelto locos? —bramó repentinamente enardecido—. ¡Se asesinó a un tribuno! ¡Sois unos locos! ¡La sangre de Tiberio está todavía caliente! ¡Habéis perdido el juicio! ¿Y cómo pretendéis limpiar la indignidad del Senado? ¡Oh, mejor no me lo digáis! ¡No quiero saberlo! ¡Es lamentable! —aulló, poniéndose en pie y golpeando violentamente la mesa con las manos.
—¡Vamos, Metelo! —chilló Pompeyo, que no podía aguantarse más. Las víboras del culo se le estaban metiendo por el conducto excretor—. ¡Tú mismo te agitaste como un gigante enloquecido cuando Tiberio perdió el control! ¡No podemos tolerar nuevos tribunos populistas que pongan en peligro la República!
—¡Lo que Roma no puede tolerar es vuestro orgullo!
—¡Todo fue culpa de Tiberio!
—¡Estáis locos!
—¡El loco fue Tiberio!
Metelo, respirando como un toro, no replicó. No merecía la pena hacerlo con un imbécil como Pompeyo. Rotó su cuello y miró a Lelio.
—Tiberio está muerto —farfulló con inclemencia—, pero hay otros jovenzuelos impetuosos por ahí fuera dispuestos a hacer lo mismo si se los alimenta. No contéis conmigo para quemar Roma hasta sus cimientos. No soy un incendiario. Y creía que tú y tu amigo Emiliano erais más inteligentes —reprochó hiriente, mirando fijamente a un Lelio que mantuvo la mirada con serena fuerza.
Pompeyo, por el contrario, no estaba por la labor de tanta contención.
—¿Jovenzuelos? —graznó desabrido.
—Sabéis a quiénes me refiero.
—¿A Cayo, Carbón y Flaco? ¿A esos tres roñosos que si fuesen mujeres podrían ser las tres viejas Grayas con su único ojo? —rio Pompeyo con inoportuna poesía, provocando en Metelo una carcajada.
—Edepol, ¿tú te oyes, Pompeyito? —le chinchó al cesar su risotada—. ¿Eres capaz de darte cuenta de la sarta de idioteces que tu lengua viperina es capaz de articular? Lo dije antes y lo vuelvo a decir, eres un tonto del culo. —Y soltó una nueva carcajada.
—¡Ruin! ¡Te proteges tras la empalizada para no perjudicar tus opciones a la censura! ¡Cobarde! ¡Quieres que seamos nosotros los que nos ensuciemos las manos! —barritó Pompeyo, poniéndose en pie e iniciando el temerario viaje de rodear el enorme tablero y cargar contra un Metelo dispuesto a hacerle comer sus palabras.
—¡Basta! —rugió Lelio, dejando paralizado a Pompeyo a mitad de recorrido—. ¡Basta! —chillo de nuevo. Después, agitado, contempló a Metelo, que volvía a sentarse con gesto violento—.
Sabes que ha bastado que un tribuno de la plebe, uno solo, haya superado toda prudencia para que el equilibrio en el que se sustenta el poder de Roma se haya resquebrajado como un roca bajo el sol y el hielo.
Metelo —dijo implorante—, tenemos que recuperar ese equilibrio por mucho que las acciones que hayan de tomarse sean duras.
Dureza hoy pero paz mañana. Procede restituir la autoridad del Senado. Y la manera es hacer ver que su acción fue necesaria.
El Senado no puede quedar manchado —reclamó en un ruego, lo que no era suficiente para Metelo.
—No.
—Recapacita.
—No contribuiré a la limpieza de un asesinato inaceptable.
—Vámonos de aquí, no lo necesitamos, somos más de doscientos senadores contra el resto —despreció Pompeyo.
Lelio suspiró aparatosamente, poniéndose en pie. Metelo era como un meteorito destrozando la tierra en el impacto.
—Solo te pido que no te opongas —dijo, y se marchó acompañado de un Pompeyo que se retorcía sobre sí mismo.
—Ave atque salve —se despidió Metelo, siguiéndoles con la mirada, quedándose quieto y a la espera, pero en cuanto oyó que abandonaban la casa pegó un brinco y fue directamente al atrio, acercándose con cara aviesa hasta el templete que custodiaba la imago de su abuelo Lucio Cecilio Metelo, dos veces cónsul, una vez magister equitum, otra vez dictador, merecedor del triunfo por su victoria en la batalla de Palermo y pontífice máximo durante más de dos décadas. Un romano, en suma, excepcional, alguien de supremo ejemplo que había colocado a los Cecilios Metelos en la cumbre de la nobilitas.
Respirando aquella grandeza, Metelo acercó sus ojos al templete para leer el famoso fragmento del elogio fúnebre que se le había dedicado a su abuelo en sus exequias. El extracto estaba grabado en una placa bajo la máscara. Metelo se acercó aún más y la leyó de nuevo, en voz alta, una vez más de tantas:
Las diez cosas mejores, en cuya procura pasan la vida los prudentes, él las alcanzó:
quiso, en efecto, ser el primer guerrero, el mejor orador, valerosísimo general, llevar a cabo grandes hazañas con auspicios propios, alcanzar los cargos más altos, tener mucha prudencia, ser considerado el mejor senador, reunir, de un modo apropiado, grandes riquezas, dejar tras de sí muchos hijos y gozar de fama entre los ciudadanos. Todo esto él tuvo, y ningún otro desde la fundación de la ciudad.
Metelo se hinchó como un pavo.
Pues no, no estaba dispuesto a apoyar a Lelio.
Pero tampoco se opondría.
No le interesaba ni una cosa ni la otra.
Que se matasen entre ellos. Que Emiliano se topase con Claudio y sus chicos turbulentos y viceversa. Que los cadáveres fueran cayendo en los bordes del camino mientras él y sus macizos hijos recorrían impolutos e imperiales, sin un solo rasguño, el cursus honorum, esmerándose en reunir, como su abuelo, las diez mejores cosas de un romano ilustre.
—¡Son unos necios, unos completos necios! —gritó extasiado.
—¿El señor me llama? —preguntó su esclavo Estacio, surgiendo con parsimonia del interior de la casa.
—¿Acaso te llamas necio? —gruñó Metelo, divertido—. No es un mal nombre para esclavos de tu calaña. Estacio está ya muy oído —porfió, irónico.
—Estacio está bien, gracias. Pero algo me dice que el señor tiene hambre —repuso el esclavo comediante como estrategia de fuga.
Metelo lanzó una carcajada.
—Estacio —le dijo al parar de reír—, tráeme unos pastelillos bien regados con vino si quieres conservar tu nombre y que olvide tus insolencias sobre mis eructos y mis pedos.
Y Estacio, sin perder su rostro guasón, lo atiborró a pastelillos de miel y vino hasta que las flatulencias de su señor inundaron la casa con su magnífica sonoridad y fragancia.