Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Un intento antes de la guerra
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Un intento antes de la guerra

Roma, finales de diciembre

Lenas y Rupilio lo hicieron bien. En sus numerosas apariciones en el foro antes de los comicios consulares supieron mentir convincentemente. Sonrieron también sin descanso. Apretaron manos hasta hacérseles ampollas. Subieron a cada tribuna que encontraron a su paso como dos felices enamorados para proclamar su amor y el regreso de la paz, la felicidad y la tranquilidad. Estuvieron siempre acompañados de muchos clientes, amigos y grandes hombres del Senado como Pompeyo, los censorios vivos y los miembros de las mejores familias de la nobilitas consular. Y, en resumidas cuentas, ganaron sobradamente las elecciones. Así de simple. Vencieron por mucho que Claudio —bien acompañado a todas partes por Cayo, Flaco y Carbón— trató de impulsar a sus candidatos Escrofa y Torcuato, que se mostraron como lo que eran, dos inútiles que no encandilaban ni a sus madres.

En estas lides, Lelio se mostraba medianamente contento. El primer propósito encomendado por Emiliano estaba debidamente satisfecho. Controlaba a los cónsules y la mayoría del Senado comía de su mano, aglutinando a su alrededor cual desesperada centuria legionaria al propio Pompeyo —rabioso como si en la raja de su culo hubiese anidado una familia de mordientes viborillas— y a muchos otros de las incontables ramas de los Cornelios, Emilios, Valerios, Calpurnios, Postumios o Fabios. Incluso los Fulvio Nobilior y los Hostilios Mancinos, tradicionales amigos de Claudio, se agitaban ahora histéricos con los ojos puestos del revés cada vez que un triunviro agrario ponía la vista en sus inmensos latifundios y peroraba con voz gutural: «Devuélvanse estas tierras al ager publicus».

En este sentido, Lelio había descubierto que las antiguas facciones senatoriales no eran ya más que un recuerdo. Todas habían saltado por los aires tras la irrupción de Tiberio. Roma entera estaba ahora polarizada en dos únicos bloques.

—Nasicas y gracanos —le dijo Pompeyo un día en el foro.

Lelio, en cambio, le corrigió de inmediato.

—Senatoriales y populares. Defensores de la autoridad del Senado y los demagogos populistas.

Fuese de una manera u otra, en aquel juego de nuevos bandos y de captación de aliados, Lelio debía dar cumplimiento al segundo de los encargos de Emiliano, en verdad el más delicado, aquel que implicaba, como había dicho Pompeyo, lanzar las lanzas de la guerra a los pies de Claudio, de Craso y de sus chicos. Era la misión que, a la postre, demandaba poseer lo que no tenía pero deseaba: la unanimidad aplastante en el Senado.

Pero hete aquí que en la búsqueda de este objetivo se le resistía con prodigiosa indiferencia un hombre de enorme prestigio, uno que ya era una facción en sí misma y que estaba llamado a ocupar en breve la censura. Ese senador se negaba a unir su poder, su influjo y sus clientes a la nueva criatura senatorial. Y no es que fuese un gracano, sino que sencillamente, para variar, iba por libre.

Porque Metelo Macedónico, acompañado a todas partes por sus fornidos cuatro hijos, todos tan rudos como él, estaba empeñado de un tiempo a esta parte en alejarse de los asesinos de Nasica y que Roma no fuese solo cosa de Escipiones y Claudios.

—Ya es hora de que los Cecilios Metelos caguen donde quieran y como les venga en gana —le había oído decir en una cena en su particular y armoniosa forma de expresarse—. Y si a mis cincuenta y ocho años se me antoja cagar en las losas de la curia Hostilia, me tiraré una buena sarta de pedos y luego dejaré mi fabulosa deposición para que resbalen los padres de la patria —había añadido ante la mirada embelesada de sus cachorros, ya verdaderos hombres.

Metelo era, en suma, una fuerza poderosa que no podía dejarse de lado ni podía permitírsela andar sin compañía.

Por ello mismo, Lelio lo había invitado a cenar poco antes de las elecciones, pidiéndole directamente su colaboración. Metelo, lejos de acceder, no se había dignado a levantar la mirada de las suculentas viandas. Al contrario, deglutidas con fruición y eructando como un sapo verdoso parecido a los de las marismas Pontinas, no había tenido otra ocurrencia que soltar un sonoro y formidable pedo y, para colmo de males, justificarse como si fuese de lo más refinado.

—¿De qué te sorprendes, Lelio? ¿No conoces que el mismísimo Hércules limpió los establos del rey Augías tirándose un colosal pedo? Aquellos establos infestaban con su olor todo el Peloponeso. ¿O que el propio Odiseo se largaba cuescos tan épicos y homéricos contra las velas, hinchándolas de tal modo que la nave avanzaba decenas de millas? Hay mucho de delicado arte y literatura en una bella y oportuna flatulencia —se despachó antes de vociferar—: ¡Más comida, si es que esta casa es digna de un senador como Cayo Lelio!

—Traédsela antes de que se coma el triclinio —les había ordenado a sus esclavos con cara de pasmosa incredulidad.

Pese a todo, era necesario insistir. El rústico Metelo Macedónico tenía que ser de los suyos para garantizar que el Senado recuperara su pátina impoluta y sin mancha, cual estatua del griego Fidias, perfecta y bella. Una creación en suma armónica y sin flecos sueltos que devolviera a la augusta cámara su reputación como institución que dirigía los asuntos de la Republica por su auctoritas, no por la violencia por mucho que ahora, aun adornada, tuvieran que volverla a emplear.

—Vamos —le dijo a Pompeyo pocos días después de los comicios consulares a la salida de una sesión senatorial.

—¿A dónde? —preguntó un despistado Pompeyo.

—A casa de él —contestó Lelio, señalándole a un Metelo que acababa de salir también del Senado y los llevaba delantera.

—¡Por Hércules! ¿Ahora?

—Ahora —decretó Lelio.