Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Al mismo tiempo
9%

Al mismo tiempo

El personaje encapuchado que todo lo había observado oculto bajo unas arcadas seguía allí, y lo hizo durante un buen rato más, aguardando a que todos los invitados se marcharan y dejaran la calle envuelta en la más absoluta oscuridad, la de la terrible noche de Roma.

Realmente estaba torturándose a sí mismo. No podía descansar ni de día ni de noche. La rabia y la desesperación le consumían vivo. Le era insoportable. No podía quitárselo de la cabeza. Se sentía como el titán Prometeo, condenado por Zeus a que un águila monstruosa le comiera el hígado todos y cada uno de los días de su penosa existencia, tanto como para, en un ejemplo de desvarío, haber esperado allí como si fuera un miserable ladrón para verlos furtivamente a todos juntos, a Claudio, a Carbón, a Flaco y al joven Graco, con el destructivo deseo de quebrar sus carcajadas de mamarrachos y matarlos a todos como una forma de vencer su sufrimiento. No podía más.

Una antorcha apareció de pronto por detrás de una esquina. La siguieron cuatro más, acercándose en las tinieblas hasta donde él estaba.

—Señor, ¿qué hacemos? —le preguntó el primero de los antorcheros, a la postre uno de sus esclavos más fuertes.

Se retiró la capucha para dejar de ser una simple sombra y volver a ser quien era, un consular y un censorio, Quinto Pompeyo.

—Abridme camino hasta la casa Cayo Lelio —ordenó. Todos se pusieron entonces en movimiento y surcaron las callejuelas palatinas.

Poco después pasaban junto a la domus de Tiberio Graco. Frenó en seco. Los esclavos hicieron lo propio.

—Esperad —exigió antes de acercarse al murete de la casa y escupir una flema verdosa. Lo hacía a menudo sin importarle lo más mínimo que allí siguiera viviendo su viuda Claudilla y sus tres hijos pequeños—. Podemos seguir —dispuso todo ufano.

Al poco se plantaron sin avisar ni ser invitados en el portón de Lelio, que acababa de regresar de Numantia.

—Llamad a la puerta —demandó, visiblemente nervioso, como si sufriera de espasmos patológicos o tuviera lombrices en el culo.

El portón no se abrió.

—Llamad otra vez, ¡más fuerte! —reivindicó, iracundo, mirando a todas partes y a ninguna, allí, en mitad de la oscuridad, mientras uno de sus esclavos aporreaba la puerta.

El portón se abrió muy despacio, dejando que la luz de la casa se desparramara por la vía.

—Vengo a ver a tu señor —graznó Pompeyo.

—El señor no le espera. El señor está ocupado —contestó el guarda de la puerta con demasiada confianza o incluso temeridad.

En otras circunstancias, Pompeyo se habría marchado, pero no en aquella ocasión. No aquella noche en la que creía perder el juicio. O entraba o explotaría esparciendo sus sesos como les ocurría a los que eran despeñados desde la roca Tarpeya.

—Quita de en medio —abroncó al esclavo, apartándolo de un manotazo al tiempo que irrumpía en la casa, cruzaba el atrio y, sin remilgos ni cortesía alguna, descorría la gruesa cortina que lo separaba del tablinum—. ¡Aja, aquí estás! ¡No pareces tan ocupado! —exclamó al encontrar a Lelio detrás de su escritorio, aparentemente atareado en la lectura de una carta.

Lelio miró fijamente a Pompeyo, que parecía un enajenado.

—¿Se puede saber qué te ocurre?

Pompeyo, lejos de disculparse, corrió a sentarse en una silla adosada a la pared, con signos de ahogo.

—¡No me lo quito de la cabeza! ¡Me voy a volver loco! —clamó, tirándose de los pelos—. ¡Están en mi cabeza, todo el rato! ¡No puedo cerrar los ojos! ¡Los veo! ¡Es superior a mis fuerzas! ¡Se ríen de mí y de todos nosotros! ¡Lo hacen desde el día de la marcha de Nasica!

Lelio dejó la carta y miró al portero de su domus, que había seguido los pasos de Pompeyo.

—Traedle un poco de vino caliente con miel y… ya sabes, de lo otro también —le dijo al esclavo.

Después, escrutó de nuevo a Pompeyo. El pelirrojo estaba hecho un manojo de nervios y era incapaz de fijar la mirada. Tal vez estuviese borracho, o simplemente no fuera otra cosa que la exagerada teatralidad de un imbécil sin escrúpulos, porque eso era precisamente lo que pensaba de él. De hecho, tuvo la tentación de echarlo de su casa —no olvidaba que aquel miserable le había privado de un consulado gracias al engaño trece años antes—, pero se lo pensó dos veces. No había regresado de Numantia para dividir a aquellos que defendían la autoridad del Senado, sino para unirlos. Debía tener paciencia, incluso en momentos histriónicos como aquel.

Se armó de valor e hizo la pregunta.

—¿Quiénes se ríen de nosotros?

—¡Todos! ¡Claudio, el joven Graco, Carbón, Flaco! ¡Todos se ríen! —saltó el picentino como un muelle—. ¡Se ríen porque nos han vencido! ¡Nasica no debía exiliarse! ¡Nunca debimos expulsarlo! ¿Qué hemos hecho? —regurgitó, desquiciado, y añadió—: Dime, por favor, que has venido para que todo vuelva a su cauce. ¡Nos están humillando! ¡Alégrame los oídos y dime que Emiliano te ha enviado para poner fin a tanta humillación y borrarle la sonrisita a Claudio! —lloriqueó como un chiquillo hasta que de pronto cesó en su delirio, se quedó mirando muy fijamente a Lelio y le dijo en un susurro letal—: Basta ya de cesiones. Nasica ha marchado al exilio. Craso ha sido elegido triunviro agrario. Y hemos permitido que los repartos de tierras públicas continúen, pese a que odiamos esa maldita ley agraria. Es suficiente, ¡más que suficiente! ¡Debemos poner de nuevo las cosas en su sitio! ¡Basta ya de cesiones! ¡Basta! —Y cogió la copa de vino caliente que le ofrecían en ese instante y se la bebió de un solo trago emitiendo un sonido gutural.

Lelio no sabía si llorar o reír. Afortunadamente, no se vio en tal tesitura.

—Señor, ya han llegado —le anunció otro de su esclavos.

—¿Llegado, quién? —se alarmó Pompeyo.

—Hazles pasar —autorizó Lelio, haciendo caso omiso.

Poco después entraban en el tablinum dos hombres muy semejantes, ambos con caras cuadradas, anchas espaldas, marcas de viruela en sus rostros enfurruñados, ojos desafiantes y túnicas y zapatos propios de la dignidad senatorial.

Fuera por el trago de vino —que tal vez tuviera alguna hierba sedante—, o fuera por la presencia de aquellos dos senadores, Pompeyo se tranquilizó como el niño de teta que encuentra el pezón rebosante de leche. Conocía a aquellos dos tipos. Justo aquella mañana habían presentado su candidatura a las próximas elecciones consulares y era sobradamente conocido el ardoroso amor político de ambos por Nasica. Que estuvieran a esas horas de la noche en casa de Lelio no era una casualidad. Suspiró aliviado. Estaba entre amigos.

—Publio Popilio Lenas y Publio Rupilio, sed bienvenidos —oyó que los saludaba Lelio, invitándoles a sentarse en dos sillas situadas alrededor de una mesita redonda.

Así lo hicieron Lenas y Rupilio. El propio Lelio se sentó en una tercera silla al tiempo que señalaba una cuarta.

—Pompeyo, ¿te unes? —le instó. Este asintió humildemente y asentó sus posaderas en la cuarta silla.

Conformado el cuarteto, Lelio tomó la palabra.

—Bien, señores —les dijo a Lenas y a Rupilio—, sois candidatos al consulado y Roma sabe que sois los patrocinados por Emiliano. ¿Sois conscientes de la responsabilidad que habéis asumido? —Los dos se limitaron a asentir muy serios. Lelio continuó—: Cada paso que deis será escudriñado por los gracanos con Claudio a la cabeza. Y cada vez que articuléis la lengua y las palabras broten de vuestra garganta tendréis decenas de oídos dispuestos a tergiversar lo que digáis. Por eso es vital que aprendáis cada mensaje y que lo repitáis como un actor que estudia su papel y no se separa ni una sola palabra de su discurso. Y entre todos los mensajes uno debe prevalecer. ¿Comprendéis cuál es?

—Que la reforma agraria será respetada —soltaron al unísono.

—¿Que será respetada? —protestó Pompeyo con ojos como platos, temiendo regresar a su desvarío. Creía haber sido muy claro: no quería más cesiones y odiaba esa maldita ley.

Lelio, sin embargo, apagó de inmediato el conato de rebelión.

—La reforma en sí misma no es mala y abrogarla nos conduciría a un escenario turbulento e incierto. No es la primera vez que en Roma se aprueban leyes agrarias —aseveró rotundo.

—¡Pero no de esta forma! —gimoteó Pompeyo.

—No de esta forma, en efecto, pero de momento será respetada.

—¿De momento? —preguntó Pompeyo esperanzado.

—De momento —zanjó Lelio y volvió a dirigirse a Lenas y a Rupilio.

—No debéis ser ruidosos —les dijo—. Sed moderados y alejaos de la disputa. Los candidatos afines a Claudio son Tremelio Escrofa y Manlio Torcuato, este último derrotado ridículamente en la guerra de esclavos de Sicilia. No son candidatos de peso. Mejor dicho, son insignificantes —corrigió Lelio—. Si hacéis todo como os digo, si no entráis en el cuerpo a cuerpo, si no eleváis una palabra por encima de la otra y hacéis ver que estas elecciones son una más en la historia de la República, en dos semanas seréis cónsules de Roma. Después, cuando lo seáis, actuaremos, pero no antes. No provoquemos reacciones de rechazo. Que el pueblo crea que no vamos a cambiar nada. Que crea que hemos sido vencidos.

Lenas y Rupilio cabecearon en perfecta coreografía.

—Entonces, debemos mentir —dijo Lenas, pero no como un reproche, sino como un estímulo.

Pompeyo, expectante, se quedó mirando a Lelio, y este a su vez a Lenas y a su cara cuadrada plagada de agujeritos de viruela.

—Sí…, debéis mentir, es el precio de la política —porfió finalmente Lelio, no sin poco esfuerzo.

—Entendido —confirmó Lenas con toda paz.

—Entendido —confirmó Rupilio, dicho lo cual ambos se pusieron en pie, inclinaron ligeramente la cabeza y se marcharon por donde habían venido, provocando la cara de pasmo de Pompeyo.

—Te puede el ansia —le dijo Lelio con gesto divertido.

—Así que has venido para poner orden. ¡Para poner fin a tanta humillación! ¡Para unirnos a todos en esta catástrofe! ¡Para aunar a los Cornelios, Emilios, Valerios, Postumios, Calpurnios o Fabios! ¡Para proteger nuestras tierras! ¡Para defender al Senado! —se entusiasmó Pompeyo en un clamoroso atropello.

—Yo no lo podía haber dicho mejor.

—Pero Nasica…

—Nasica es un sacrificio necesario —salió al paso un inflexible Lelio. Pompeyo avinagró su rostro—. Mi querido amigo —continuó Lelio con más suavidad—, cálmate para que no sigas pareciendo un burlesco disparate y escucha bien qué vamos a hacer.

Pompeyo mantuvo su boca cerrada, escuchó con atención cuanto le expuso Lelio. Abrió en un momento dado los ojos como platos. Se estremeció en otros como un niño al que le cuentan una historia de miedo. E incluso dio algún que otro brinco de júbilo.

—¡Pero, si hacemos eso, Claudio y Craso sacarán fuego por los ojos y vapores de azufre por las orejas! ¡Es tanto como si los feciales arrojaran las lanzas de la declaración de guerra sobre sus cabezas! ¡Nos querrán chupar la sangre! —fue su conclusión cuando Lelio terminó de contar sus planes.

—¿Quieres poner las cosas en su sitio o no? —espetó Lelio.

—¡Quiero!

—Pues no hay nada más de qué hablar.

Pompeyo abandonó aquella domus como un hombre nuevo. Ya no se sentía Prometeo. Ya no se le aparecían en su retorcida mente las estúpidas e hirientes sonrisas de Claudio y de sus jóvenes secuaces. La ley agraria era un mal menor. Emiliano era ahora de los suyos. Lelio la argamasa que los iba a unir. Y Nasica el pasado, ¡qué se le iba a hacer! Así era, en efecto, la política, un agujero que se tragaba a sus actores.

En su regreso volvió a pasar junto a la casa de Tiberio Graco. Se detuvo otra vez. Se acercó al murete. Abrió entonces las aletas de la nariz, sorbió con toda su fuerza, regurgitó después su garganta con la munición mucosa obtenida de lo más profundo de su napia y lanzó un enorme y espeso gargajo verdoso y rojizo que quedó adosado a la pared antes de comenzar a resbalar atraído por el suelo.

—¡Hijos de perra, vamos a destruiros! —eructó, y reemprendió el camino a su cercana domus. No albergaba duda de que Lenas y Rupilio iban a ganar las elecciones consulares y que, en secreto, amparados en una oscuridad traicionera como la de aquella noche inesperadamente maravillosa, comenzaba el contraataque senatorial.