Un giro radical
Roma, mediados de noviembre
Cayo sabía que debía contraer matrimonio. Realmente no era algo que le sedujese todavía, no tan joven, pero la presión, fundamentalmente la de su incansable madre, pasó a ser asfixiante cuando poco antes de las elecciones consulares ardió entre la nobilitas el contumaz deseo de concertar prolíficas uniones conyugales, sucediéndose los codazos por conseguir los mejores enlaces y las más suculentas dotes.
Entre los más sonados, a Metelo se le antojó casar a una de sus hijas con el vástago de Nasica. Naturalmente, todos comprendían que no era el mejor momento para emparentar con el depauperado asesino matatribunos de la plebe, pero Nasica hijo era un pastel demasiado apetecible. Era un Escipión, un patricio de los pies a la cabeza, lucía unos hermosos cabellos dorados sobre unos preciosos ojos azules y, lo que era más importante, llegaría a ser cónsul. En definitiva, una joya que, además, no tenía ninguna culpa de las locuras de la familia.
«Concertemos los esponsales», le escribió Metelo a Nasica padre lleno de entusiasmo una tarde tormentosa, enviando la carta a Pérgamo con un veloz mensajero que se caló hasta los huesos.
—Además, mi hija Cecilia es bellísima y le dará muchos hijos, que es lo que Roma necesita, ¡prole! —se jactó Metelo en un banquete en el que estaba invitado el propio Cayo. Este, conteniéndose las ganas de reír, pudo comprobar personalmente cómo todos le daban la razón al gran Metelo, confirmando con grandes cabezadas la extrema belleza de su hija, cosa que nadie se creía. La pobre Cecilia Metela era como el padre, un buey con enorme nariz y espesas cejas. Sin embargo, Metelo se estaba convirtiendo en una verdadera bestia política a la que no convenía contradecir. Si su hijita era una Venus, pues lo era, la más hermosa de sus advocaciones. No había más debate.
Cayo supo poco después que Galba el Lusitanito había decidido enlazar a su retoño con la mayor de las hijas de un senador que despuntaba a lo grande, el espigado Publio Licinio Craso Dives Muciano.
Craso —que era como lo llamaba toda Roma so pena de sufrir asfixia al recitar sus largos nomina— era un hombre que se enorgullecía por activa y por pasiva de ser el hermano mayor de Escévola; de ser el cuñado de Claudio; de tener el dinero por castigo; de ser un reputado pontífice; de poseer un gesto ambicioso sumamente atractivo para todos los géneros y, para colmo, de gozar de la aplastante seguridad de quienes sabían que más pronto que tarde alcanzaría el consulado después de haber ejercido con éxito la edilidad y la pretura.
Craso iba sobrado de autoestima y, además, sabiéndose un tipo de lo más prometedor y culo inquieto, no solo acababa de acceder a unir el destino de su familia con los Galba, sino que él mismo se había lanzado a la caza de la pieza mayor que se le resistía, el propio Cayo, al que quería a toda costa para su hijita pequeña, Licinia minor.
En realidad, la unión ya estaba acordada desde que el propio Craso apoyara las leyes de Tiberio y se convirtiera junto con Claudio en uno de sus máximos benefactores. Sin embargo, entre una cosa y otra, Cayo no había podido materializar aquel sabroso enlace.
—Hijo, es la hora —le había insistido su madre en una de sus visitas a Miseno, pues ella lo deseaba tanto como Craso, aunque fuese a su modo, siempre elegante y contenido, pensando que Craso podía impulsar su carrera política, aún en ciernes, cerrando un formidable círculo de alianzas familiares.
—Sí, madre, lo haré, te lo prometo —le había contestado pacientemente para que su madre, como ya le había dicho a Claudio, no lo cogiera por el tobillo y lo lanzara a los pies del altar.
Craso, en cualquier caso, al conocer la confirmación, se había puesto loco de alegría, y más aún cuando, en el intercambio de favores, fue elegido aquellos mismos días triunviro agrario.
Ocurría que una de las medidas principales previstas en la ley agraria de Tiberio era la creación de una comisión compuesta por tres miembros con plenas potestades para ordenar las reparcelaciones y resolver los numerosos conflictos judiciales que se preveían. Esta comisión, integrada inicialmente por Claudio, Cayo y Tiberio, necesitaba cubrir la vacante del último, y qué mejor manera de hacerlo que con un aliado como Craso. Así, todo quedaba en casa.
Por ello, una vez más con el beneplácito de un Senado que desde la muerte de Tiberio parecía un cachorrito adorable —la moderada dirección de Escévola contribuía lo suyo—, se celebró una asamblea por tribus en la que Craso fue elegido triunviro.
En estas lides, todos contentos en sus ambiciones, no había tiempo que perder. Cayo solo podía hacer un cosa, unirse en matrimonio con Licinia, y además de inmediato, aunque hiciese un frío que helase los mocos. Ante la magnitud de aquella unión política bien merecía la pena una ceremonia azotada por el invierno en la que Licinia dijese con entusiasmo «Donde tú seas Cayo, yo seré Caya».
El enlace no fue el mal trago que Cayo esperaba. Licinia era una muchacha guapa, aguda, fogosa y muy divertida, de juguetones cabellos rubios ondulados. No era un simple adorno.
—Fortuna me sonríe —le dijo a Carbón después de la ceremonia.
Carbón, ya plenamente integrado en el círculo de Craso, Flaco, Claudio y compañía, repasó sin disimulo alguno las bonitas curvas de Licinia, verdaderamente sensuales y adictivas.
—¿Lo dices por Licinia o por Nasica? —preguntó guasón.
—¡Edepol, lo digo por Licinia! ¡Nasica está demasiado lejos para que me conquiste con sus encantos! —bromeó Cayo, provocando que Carbón se estremeciera y pusiera cara de asco. Acababa de imaginarse a Nasica desnudo y exhibiendo su miembro al aire.
—¡Pues que siga igual de lejos! —exclamó Carbón antes de lanzar una estentórea carcajada, feliz porque las cosas le iban bien. Le dejaban estar donde quería estar y hacer lo que quería hacer. ¿Qué más podía pedirse? Pensó de nuevo en Nasica y en aquello que le esperaba en Pérgamo. Los nasicas estaban arruinados y pululaban sin cabeza. Era el éxtasis. O eso creía. Eso creían todos. Rio a carcajadas.
Al finalizar el banquete en la casa de la novia, que se alargó hasta bien entrada la noche, todos los comensales se apostaron en el portón de la domus. Llegaba uno de los momentos cumbre de la ceremonia marital. El propio Cayo, cumpliendo perfectamente con su papel, se colocó en la calle, justo a la salida, con una enorme sonrisa, la misma que lucían los grandes invitados de aquella boda de inmensa alcurnia, entre ellos Claudio, Flaco y Escévola, que era tío carnal de Licinia.
Al poco emergió bajo el vano de la puerta el padre de la novia, el mismísimo Craso, cual fuerza de la naturaleza, exhibiendo su elegante altura, una pose perfecta y aquellos ojos suyos de inteligencia inquisitiva que intimidaban a propios y extraños.
Se acercó a Cayo con gesto adusto, a modo de padre protector.
—Cuídala o te las verás conmigo —le dijo por lo bajo.
Cayo se sobresaltó lo justo y necesario, solo hasta comprobar que Craso le sonreía y le propinaba un leve codazo, apartándose para dar paso a las verdaderas protagonistas, su esposa y, especialmente, su hijita Licinia, su predilección, por la que babeaba sin disimulo.
Cuando Licinia salió de la casa bien agarrada por su madre según las buenas costumbres, todos los invitados dejaron escapar un sonoro y largo «¡ooooh!», admirados por la belleza de la novia.
También Cayo sintió que se le aceleraba el corazón. Licinia, luciendo una sonrisa irresistible y unos ojos azules que brillaban como dos luceros, estaba realmente hermosa con su velo amarillo, sus seis mechones de cabellos dorados sujetos con cintas y la corona de flores. Pero lo que más le arrebataba de ella, aparte de su colosal atractivo y las sugerentes formas, era su gesto tan pícaro y apasionado como astuto y avispado, el mismo que poseía su padre Craso, pero en indomable versión femenina. Efectivamente, era un afortunado.
—¡Vamos! ¿A qué esperas? —oyó que le apremiaba su suegro Craso medio en broma medio en serio.
Cayo salió de su pequeño embobamiento y, sin pensarlo, cogió del brazo a Licinia y la arrancó de la sujeción de su madre, fingiendo algo de violencia, según la costumbre del rapto de las sabinas.
Licinia, riendo a carcajadas, al igual que todos los presentes, se echó en brazos de Cayo, situando su rostro por un instante y premeditadamente muy cerca del suyo, chocando casi los labios, lo que provocó el griterío divertido de los invitados más jóvenes y bulleros.
—Vayamos a mi casa —le dijo Cayo con una gigantesca sonrisa.
—Soy toda tuya —le susurró ella al oído.
Cayo respiró profundo y, cogiendo de la mano a Licinia, se abrió paso entre la multitud que se apiñaba en la vía, no solo comensales, sino vecinos y ciudadanos de toda clase y condición que se habían acercado para ver una gran boda aristocrática, algo irresistible, más si cabe cuando de quien se trataba era de Cayo Sempronio Graco, cuya simple mención o aparición provocaba estallidos de éxtasis popular.
Precedidos siempre por un grupo de porteadores de antorchas y una compañía de flautistas, Cayo dejó al poco que dos niños de la gens Licinia, uno a cada lado, tomaran de la mano a Licinia mientras él mismo comenzaba a lanzar nueces a quienes esperaban su paso a pie de calle y que proclamaban el antiguo grito del matrimonio, «Talassio». Un tercer niño, el hijo de Escévola, de nombre Quinto,2 a sus siete añitos, portaba orgulloso la antorcha nupcial de espino blanco.
Conformaban a continuación la comitiva el propio Craso, Claudio, Carbón y Flaco, entre otros miembros de los Sempronios, cerrando el grupo los amigos de los novios. Bien regados de vino, lo hacían con estruendo y entonando los famosos versos fesceninos con sus chistes obscenos y soeces que provocaron que Cayo tuviera que volverse más de una de vez para pedir que no se excedieran, especialmente su amigo Cayo Porcio Catón, que por muy nieto que fuera del gran Catón poco o nada se le parecía en su severa y agria formalidad y saber estar.
La comitiva, tras recorrer unas pocas calles llenas de expectación, alcanzó por fin la nueva casa palatina de Cayo, y allí Licinia, sin perder su hipnotizante sonrisa ni sus miradas de gata, decoró los dinteles de la puerta con cintas de lana y untó la puerta con aceite y grasa para que la pareja estuviese bañada en la prosperidad. Hecho esto volvió a posar sus ojos incitantes sobre Cayo.
—¿Me tomas en volandas? —le espoleó.
Dicho y hecho. Cayo la tomó con fuerza, ella se le agarró al cuello, él la levantó por los aires y cruzaron juntos bajo el vano sin un solo tropezón y con muchos aplausos y vítores de todos; de todos salvo de un personaje oculto en unos porches cercanos que con una capucha sobre la cabeza escrutaba la alegría con gesto desabrido y descarnado.
Como nadie se percató de su presencia, los invitados entraron en tropel detrás de los cónyuges para seguir el resto de los ritos en el atrio, ya fuese el encendido del hogar con la antorcha nupcial, que Licinia lanzó entre los presentes para que se la disputaran, y la aparición de Cornelia Africana en su condición de pronuba, de mujer intachable casada en su vida con un solo varón, para llevar a Licinia junto al lecho nupcial, colocado para esta ocasión en el mismo atrio.
Fue un momento muy especial para Cayo. Su madre no había vuelto a Roma desde la muerte de Tiberio, y se marcharía tan pronto como había llegado, pero allí estaba, atrapada por la asfixia de una Roma letal, acompañando pese a todo ello a su hijo el día de su boda.
Cornelia, vestida con un hermosa túnica azul celeste y una estola carmesí, emergió de entre los invitados a su manera distinguida, caminando muy despacio y solemne, con su cuello elegante, pero sin querer ser la protagonista, tomando de la mano a Licinia con gran delicadeza para conducirla hasta el lectus genialis, donde aguardaba Cayo con una sonrisa que no le cabía en la cara. Allí los cónyuges juntaron sus manos. Y allí Cayo le dio un beso en la frente a su madre.
—Gracias —le dijo con sentida emoción. Cornelia se limitó a sonreírle y a pasarle su mano por la mejilla.
Terminados todos los ritos, los invitados abandonaron la casa, dejando a los novios en el atrio, junto al lecho, solos, uno frente al otro, iluminados apenas por dos pequeñas lucernas de tonalidades anaranjadas, en un silencio absoluto, dispersados los esclavos por los confines de la domus para no importunar a su señor y a su nueva señora.
—Ya te lo he dicho antes —se adelantó Licinia con ojos juguetones y maravillosa sonrisa, o eso le parecía a un Cayo embobado.
—¿Qué me has dicho? —preguntó, arreglando cuidadosamente uno de los mechones rubios de Licinia, verdaderas filigranas de oro que resplandecían con las llamitas de las lucernas.
—¿Ya no lo recuerdas? —insistió ella, y se mordió el labio inferior, expandiendo un pecho movido por la agitación.
—No, no lo recuerdo —jugueteó Cayo.
—Entonces he de recordarte que soy toda tuya —exhaló Licinia.
—No mientras el nudo se interponga entre nosotros.
Licinia, sin dejar de mirar a Cayo, se retiró suavemente el velo y dejó a la vista la banda de lana que, bajo sus pechos, anudaba fuertemente la túnica nupcial, el nodus Herculeus.
—Estoy buscando un Hércules que vigile nuestro matrimonio y sea capaz de quitar este nudo —gimió entonces.
—Tal vez yo pueda hacerlo.
—Y tal vez yo te deje hacerlo —dijo entrecortada.
Cayo sentía que su corazón latía desaforado, pero tuvo la paciencia y tranquilidad necesarias para deshacer el intrincado nudo y dejar caer la banda al suelo, hecho lo cual la propia Licinia, sin dejar de mirarlo, le despojó con sumo cuidado de la corona de flores, de la toga y de la túnica. Después, ella misma dejó que su túnica recta se deslizara por su cuerpo desnudo hasta llegar a sus pies.
—Esto es lo que puedo darte —suspiró ella, y volvió a morderse el labio inferior—. ¿Qué puedes darme tú?
—¿Es necesario que te lo diga? —rio él en un torbellino de pasión, pasando sus manos por los hombros de ella, sintiendo la piel tersa y erizada de su esposa. Cuando sus manos descendieron por el pecho de ella no hicieron falta más palabras. Ambos desataron su ardor de juventud conscientes de que jamás se separarían. Lo sabían. Lo intuían. El amor era fogoso en ellos, pero extraña y afortunadamente profundo. No todos podían decir lo mismo.