En la penumbra de la vía Apia
—¿Con esto nos damos por satisfechos? —preguntó uno de ellos a modo de irónica y ácida reflexión.
El otro, Flaco, rio con gesto avieso, pero no por mucho tiempo. Cuando estiraba la mejilla la sentía tirante, cruzada por la aparatosa cicatriz que le traía de cabeza y que venía a recordarle cada día de su existencia que un grupo enloquecido de senadores, al arbitrio de su simple voluntad, había expoliado la libertad y asesinado sin juicio a más de trescientos ciudadanos romanos, entre ellos a Tiberio.
Frente a tamaña barbarie, pensaba, el único remedio era seguir sosteniendo a ultranza las medidas reformadoras. Defender contra viento y marea los aires de cambio como un ideal de vida irrenunciable en una Roma que debía mutar en la representación del drama escrito a sangre y fuego por el Senado más rancio, corrupto y egoísta. Tal vez en ese drama él nunca sería el protagonista, pero sí un actor necesario. Ese iba a ser su empeño en vida, aunque también su condena, porque se sentía destructivamente culpable. Él había instigado a Tiberio a que se presentara a la reelección como tribuno de la plebe. Y él le había propuesto que si en la asamblea se veía en dificultades se llevara la mano a la cabeza para pedir auxilio, un gesto inocente, pero que en la pervertida mente de algunos había sido interpretado como la petición de una diadema real. Una aberración, un absurdo incomprensible, pero uno que ahora todos debían sobrellevar con amargura y rencor, él el primero.
—¿Con esto nos damos por satisfechos? —oyó que repetía su furtivo acompañante.
Saliendo del ensimismamiento, viendo cómo se alejaba por la vía Apia el séquito de Nasica, no pudo evitar que en su rostro se dibujara otra vez el mismo y oscuro gesto juguetón, porque aquella pregunta definía a la perfección a quien la hacía, Cayo Papirio Carbón.
Carbón no solo hacía gala en lo físico a su llamativo cognomen —era de piel, ojos y cabello tan negros como el carbón—, sino también en su humor, muy ácido y fosco, sobradamente demostrado en los juicios en los que había intervenido, bien como defensor, bien como acusador, siempre con sonado éxito. Porque Carbón, a sus treinta años, era ya un consumado orador, no solo enérgico y fluido, sino apasionado, vehemente y muy justiciero por naturaleza, características todas ellas, especialmente la última, que le habían llevado a convertirse en uno de los más entusiastas seguidores de Tiberio, abrazando su causa con frenesí al grito de: «Terratenientes miserables, devolved lo que es de todos».
De esta guisa, comprometido a muerte con las ideas de reforma agraria, el asesinato de Tiberio le había sentado como si a él mismo le hubieran partido la cabeza, echándose en brazos de los gracanos con desmedido activismo. Y no es que Carbón fuera alguien excesivamente deseado, especialmente por el propio Claudio, puesto que de él decía que era un joven de demasiados extremos y excesivamente pasional que bien podía estar un día a tu lado y al siguiente enfrente.
—No me fío de él —afirmaba a menudo.
Aun así, no se podía rechazar una pieza como la de Carbón, miembro de una de las gens de más antiguo renombre en Roma, presente en los consulados y censuras desde hacía más de trescientos años.
Por lo demás, que formara parte de la rama plebeya y no patricia de los Papirios era una pequeñez que, a Flaco, opinara lo que opinara Claudio, al que finalmente había convencido, le importaba un bledo, precisamente porque Carbón no solo era un tipo muy prometedor, sino un personaje de sumo cuidado, de aquellos muy simpáticos si eran tu amigo, pero turbulento y destructivo si no eras de su agrado, justamente lo que hacía falta para abatir a víboras como Nasica.
En resumidas cuentas, Carbón era el condimento perfecto en aquel guiso, ácido y desagradable por sí solo, pero de potente y delicioso sabor mezclado con el resto de los elementos.
Sin perder el gesto travieso, miró a Carbón.
—¿Qué opinas tú? ¿Nos damos o no por satisfechos? —le preguntó usando su mismo tonillo.
Carbón emitió un mordaz ronroneo.
—¿Has visto algo en mi cara que te haga pensar que un viaje de recreo a Pérgamo es suficiente castigo para Nasica? —repuso malicioso.
—En realidad, he visto todo lo contrario.
—Eso es justamente lo que deseaba transmitir.
—¿Te encargarás tú de los detalles?
—Enviaré agentes a Pérgamo de lo más capaces.
—Con discreción —pidió Flaco.
—¿La misma discreción que tuvo él al partirle la cabeza a Tiberio? —interpeló Carbón con punzante naturalidad.
Flaco respiró profundamente. Conversaciones como aquella habrían sido impensables apenas unos meses antes. Ahora, en cambio, todo era distinto, pero ellos no habían iniciado aquella guerra.
—Muerte por muerte —oyó que rumiaba Carbón.
—Con discreción —insistió Flaco.
Carbón gruñó como un perro con malas pulgas.
—Está bien. ¿Deben saberlo Claudio y Cayo?
Flaco negó ostensiblemente.
—Nunca, por nada del mundo. Claudio podrá pergeñar todas las maldades del mundo, pero es de la vieja guardia y no lo compartiría nunca. Y dejemos que Cayo se case y sea el sol del firmamento. Ya seremos nosotros la oscuridad del inframundo —declamó, provocando que Carbón dibujara una media sonrisa.
—¡Estás de lo más poético! —exclamó con guasa—. Por un momento he creído tener a mi lado al mismísimo Eurípides.
—Con discreción, «ojos negros», con discreción.