Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Muerte por muerte
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Muerte por muerte

Roma, una semana después

Nasica abandonó Roma a mediados de noviembre. Lo hizo cuando el sol todavía no había despuntado, evitándose así alborotos de los ciudadanos más exaltados, que no eran pocos.

Descendió la cuesta palatina rodeado de tinieblas y a la altura del viejo templo de Júpiter Stator giró a la derecha para tomar la vía Sacra, acompañado ya de un buen número de esclavos y de algunos amigos y clientes que iban a acompañarle a Pérgamo.Pocos pasos más adelante torcieron de nuevo a la derecha y acometieron la parte urbana de la vía Apia, cruzando después bajo el enorme vano de la puerta Capena, justo cuando el cielo estrellado comenzaba a anaranjarse por el este.

Al poco alcanzaron la tumba de los Escipiones, excavada en una colinita a la izquierda de la calzada.

Nasica se detuvo.

Vista desde el exterior, con la débil luz del alba, no se veía otra cosa que un austero muro y una sencilla puerta decorada con dos columnillas sobre la que figuraba una inscripción en piedra en la que podía leerse que allí descansaban los miembros de la familia desde los tiempos de Escipión Barbato. Los únicos restos que no reposaban en aquel lugar eran paradójicamente los de Escipión Africano y los de su hermano Escipión Asiageno, vencedor el primero de Aníbal y el segundo de Antíoco Megas, rey del Imperio seleúcida.

Nasica, sobre su caballo, se quedó quieto largo rato, contemplando la entrada de la tumba mientras todos sus compañeros respetaban su silencio y, a la postre, su despedida.

En verdad que su vida no había sido sencilla; en todo momento a la sombra de personajes tan gigantescos como su padre, Nasica Córculo, o Escipión Emiliano, siempre con la exigencia de superarlos, siempre con la necesidad de ser digno de la casa Escipión, todo un peso difícil de sobrellevar, más aún cuando incluso en la familia había mujeres como su tía Cornelia minor que bien podía haber sido cónsul y censor de haber nacido varón. Demasiados espejos en los que compararse. Demasiados reflejos en una vida de continuo ejemplo en la que él había fallado muchas veces por su soberbia y bromas a destiempo, pero no la última de aquellas veces, no el día de la muerte de Tiberio. Esa mañana había actuado como debía, protegiendo a una Roma cuyas instituciones y leyes se derretían bajo el sol de la tiranía.

—¿Crees que algún día mi cuerpo descansará en este lugar? —le preguntó a su hijo Publio, que también lo acompañaba.

Este, un muchacho de apenas veinte años, no lo dudó un instante.

—Lo harás, padre, pero si tal cosa no llega a ocurrir, toda Roma sabrá que en este lugar faltan Escipión Africano, Escipión Asiageno y Escipión Nasica, los tres hombres más grandes de esta familia.

Nasica sonrió con orgullo. Su hijo era una fiel copia suya, igual de incorruptible e insobornable, fiel defensor de la costumbre, de las leyes y del Senado, enemigo de quienes, apoyándose en el pueblo, pretendían alterar el orden establecido. Por contra, su vástago tenía un gesto más amable, nada de lo que preocuparse. Su hijo, incluso así, algún día llegaría a ser cónsul.

—A Pérgamo —ordenó.

La columna de amigos, clientes y esclavos se puso en movimiento. Los caballos relincharon y los ejes de los carros chirriaron, todo ello oculto todavía en la débil luz del alba, la misma que protegía a dos hombres escondidos junto a la calzada.