Otro impetuoso halcón
Roma, en la casa de Cayo
Esa misma noche, Claudio tuvo a bien acudir a la casa de Cayo. Normalmente habría sido al revés, Cayo a la suya, dada la inmensa diferencia en la dignidad de ambos en cuanto a edad, prestigio y magistraturas, pero Claudio se sentía esta vez magnánimo. Tenía en buena estima al muchacho, tanto como se la había tenido a Tiberio.
Claudio fue recibido en el tablinum que hacía las veces de biblioteca y de vivo recuerdo de las hazañas del padre de Cayo, el grandísimo Tiberio Sempronio Graco el Viejo.
En aquella estancia decorada con columnillas estriadas adosadas a la pared no solo había bustos familiares, esculturas de sabios helénicos, estatuillas de las musas y estanterías repletas de rollos de las mejores obras griegas, sino panoplias completas de los enemigos de Roma en las campañas en las que había participado Graco el Viejo, ya fuese como tribuno, legado, pretor o cónsul en Grecia, Asia, Hispania o Cerdeña.
Aquella habitación, como otras muchas en las grandes familias senatoriales de Roma, era la máxima expresión de la grandeza del pueblo romano y de los hombres que con su ambición la hacían posible.
Entre aquel dispendio de gestas se hallaba Cayo, siempre con su toga negra, contemplando a su invitado como si fuese una de aquellas poderosas estatuas, firme y elegante, luciendo su decidida mirada, una que esta vez brillaba mucho más de lo normal, impetuosa incluso.
—Y bien, joven Graco, ¿estás satisfecho? —se adelantó Claudio con su presuntuosa vanidad—. Como te prometí, pronto nos dejará Nasica —añadió libidinoso.
—La política como instrumento de muerte —suspiró Cayo.
—O de aniquilación —matizó Claudio, poniendo cara de travieso.
Cayo, conteniendo el torbellino de emociones que asaltaban su mente cada vez que recordaba a su hermano, respiró muy hondo, como si quisiera quitarse de encima de su pecho una enorme losa. Después miró a dos solícitos esclavos que, a la entrada de la estancia, parecían aguardar una orden. Les sonrió e inclinó ligeramente su cabeza, permitiendo que los dos siervos corrieran hasta su lado para retirarle rápidamente la toga negra y rodearlo con otra blanca.
Hecho todo esto, Cayo se miró la toga nueva, ajustó algún pliegue, levantó la vista, se mordió el labio inferior para seguir apresando sus emociones —tal como su madre le había enseñado desde su infancia— y se acercó hasta Claudio, posando con firmeza su mano derecha sobre su hombro. Claudio no lo impidió. El joven Graco simbolizaba a su manera el fin de su luto.
—Hoy comienza un nuevo tiempo.
—Hoy se ha hecho justicia —dijo Claudio grandilocuente, pero sin poder evitar que se le disparara una ceja hacia arriba. Porque los ojos de Cayo, de pronto, ya no eran emotivos ni contenidos, sino ahora puro fuego, provocando en Claudio una curiosidad insuperable. Los caballos desbocados del muchacho parecían estar cogiendo velocidad azuzados por un auriga impetuoso—. ¿Hay algo más que quieras decirme? —le interpeló aguzando todos sus sentidos de verdulero.
Cayo retiró la mano de su hombro, sonriente, y caminó despreocupadamente hasta un busto en mármol de su abuelo Escipión Africano. Claudio lo siguió muy atento.
—Apio —se arrancó Cayo, permitiéndose la confianza de llamarlo por su praenomen—, hoy es un día de felicidad, de alivio también, pero creo que en la aniquilación de Nasica has sido demasiado diligente —espetó más ancho que largo, con aquel modo natural propio de los Graco, que eran capaces de decir lo que pensaran sin ser ofensivos.
Claudio pasó de la atención a la sorpresa.
—¿Demasiado diligente?
Cayo se encogió de hombros.
—Tanto que el Senado ha tenido que obligar a Nasica a marcharse antes de que se celebren las elecciones consulares. ¡Qué lástima! —lamentó con divertida sorna y chasqueó la lengua—. Habría sido preferible que hubiera permanecido en Roma durante la campaña comicial. Teniendo en cuenta el rechazo popular que provoca, su mera presencia nos habría dado una oportunidad de ganar votos y colocar en los próximos comicios a cónsules gracanos.
Claudio, esta vez, arqueó sus labios. Cómo gozaba con aquellas maquinaciones, más si venían de un muchacho de apenas veinte años.
—Estás dando por sentado que los nasicas ganarán las elecciones consulares —se opuso en cualquier caso.
—¿Y cuál es la fuerza senatorial de los gracanos? —repuso Cayo.
—Los Claudio Pulcro, los Escévola, los Flaco y los Licinio Craso, familias todas ellas de gran prestigio —se apresuró a recordar Claudio con fingida indignación.
—Y todas ellas caben en los dedos de mi mano —replicó Cayo con los pies bien clavados en el suelo—. No, Apio, no —negó con afabilidad—, sabes que no es suficiente para derrotar a las demás grandes familias que aborrecen a mi hermano, que jamás entregarán una sola yugada de sus tierras y privilegios y a los que la sola idea del cambio, por muy pequeño que sea, los aterroriza. Son inmovilistas y solo Tiberio, blandiendo todos los poderes del tribunado de la plebe, pudo hacerles bajar la cabeza durante un tiempo.
—Eso es cierto.
—Tanto que son necesarios muchos más recursos para doblegarlos por completo, lo sabes —prosiguió Cayo, siempre junto al busto de su abuelo, guardando ahora una pequeña pausa antes de clavar sus ojos en los de Claudio y añadir muy serio—: Como he dicho hace un momento, hoy comienza una nueva etapa. No me cabe la menor duda de que los nasicas tarde o temprano se repondrán. Ganarán el consulado mientras nosotros sostenemos la obra de mi hermano y los valores que impregnan la reforma, que no son otros que la justicia, la solidaridad y el valor ciudadano. Que lo hagan, que venzan si quieren mientras no toquen la reforma, pero, Apio…
—Dime, joven Graco —masculló un Claudio disfrutón.
—Apio… —repitió Cayo pensativo—, no hay noche en la que no lea la última de las cartas que me envió Tiberio a Numantia. Y no hay luna bajo el sol en la que no recuerde que cuando me enteré de su muerte el suelo cedió bajo mis pies. Caí y caí en la nada, y cuando quise buscar el apoyo del hombre que podía haberme ofrecido su mano solo escuché de él una sola frase, una sola.
—Así perezcan todos los que intenten tales crímenes —balbució Claudio, nuevamente extasiado.
Cayo dejó escapar un suspiro y fijó sus ojos en los de Claudio.
—Apio Claudio, esto no ha terminado. Nasica es solo el comienzo —siseó con fuerza mortal—. Hagamos también nuestro a Homero como fuente de legitimidad y defendamos también que deben perecer todos los que intenten tales crímenes, todos, porque yo digo que los ha cometido el Senado y quien pronto volverá de Numantia para dirigirlo contra nosotros.
—¿Él? —apuntaló un Claudio luminoso.
—Sí, él. Porque no podemos negar, es cierto, que en su censura intentó aplazar la creciente inmoralidad de los senadores —prosiguió Cayo—, o que incluso intentó proponer una ley de reparto de tierras en el consulado de Cayo Lelio. Pero no es menos cierto que en el momento de la verdad siempre dio un paso atrás, timorato ante el Senado —cabeceó reflexivo y siguió para deleite de Claudio—. Y ahora, Apio Claudio, ha vuelto a demostrar lo mismo. Ha elegido posicionarse del lado del Senado. Ha decidido amparar la corrupción y el asesinato.
—Sí, eso ha hecho… —salivó Claudio.
Cayo no había terminado.
—Él querrá reconstruir el augusto templo del Senado y yo lo que querré es derribarlo. Él querrá ser el auriga que corone la curia y yo solo hacer justicia y repartir dignidad entre el pueblo. Él creerá que su Roma seguirá siendo grande bajo su ala. Yo que lo será a mi manera. —Elevó la mirada—. Llegado el momento, Apio, sí, llegado el momento —se dijo como confirmación de que su tiempo era futuro—. Soy joven y debo aplacar mis caballos, pero yo sé cómo hacerlo. Sé cómo hacer justicia y que Roma no sea tragada por las letrinas del Senado. Esperaré pacientemente, lo haré para domeñar la putrefacción senatorial, esté quien esté enfrente. Si es Emiliano, lo abatiremos también. Con la ley, claro, pero no puedo olvidar lo que hizo. Él ha elegido —decretó.
Claudio no daba crédito.
Todo era cierto. E imperial.
No podía decir ni esta boca es mía.
No podía rebatir ni un solo punto.
La fuerza de aquel muchacho que lo trataba como si fuesen pares, como si uno fuese censor y el otro también, era apabullante. No sabía qué demontre tenían aquellos Graco para actuar de este modo, posiblemente saberse nietos de Escipión Africano e hijos de la gran Cornelia. Tiberio también había actuado de la misma manera, pero Cayo, sin embargo, ¡ay de Cayo!, era mucho más enérgico; más ácido; e incluso mucho más agudo, como si tuviese un programa perfectamente preconcebido cuando apenas era un mocoso sin pelos en la cara que, a pesar de todo, se mantenía en aquella sala con amable respeto, sin aspavientos, dueño de unas convicciones colosales y con el pelaje de los halcones.
—Entonces, ¿qué debemos hacer? —preguntó extasiado.
Cayo, sin embargo, mutó otra vez, de pronto, perdiendo el halo consular al tiempo que se encogía de hombros con cara risueña.
—Yo, por lo pronto, casarme —espetó—. Si no lo hago, mi madre me agarrará por el tobillo y me arrastrará hasta el altar.
Claudio, que lo había sido todo en la vida y lo había visto todo en la vida, se marchó de aquella casa con el convencimiento de que ese joven, que lo mismo pasaba de la grandeza del discurso a la llana humildad de postrarse a su madre, podría cambiar Roma desde sus cimientos. Y no sabía si alegrarse o estremecerse.
—¿Qué tal ha ido? —le preguntó Antistia en cuanto lo vio aparecer por el atrio de su domus. Su Claudio no contestó, pero vio en su rostro algo que supo identificar—. No me lo digas —añadió—. Lo veo en tu cara. Cayo excita tu maldad, esa misma que me excita a mí de ti. Sígueme y hazme feliz. —Y se marchó hacia sus aposentos bamboleando provocativamente su trasero.
Claudio sonrió de oreja a oreja, siguiendo a Antistia velozmente.
Claro que sabía si debía alegrarse o estremecerse.
Debía alegrarse.
Y mucho.
Cayo era de los suyos. Merecía la pena tolerar que lo llamara por su nombre de pila. Cómo iba a disfrutar.