Sentenciadme
Roma, comienzos de noviembre
Los días siguientes fueron un calvario para Nasica. En cuanto ponía un pie en la calle los ciudadanos llegaban de todas partes y se le enfrentaban con las fauces salivando de furia. No le ponían un dedo encima, pero era incapaz de desplazarse más allá de dos baldosas, y grandes lo que se dice grandes, las del foro no eran.
De haber vivido en su casa palatina, tal vez habría tenido más margen de maniobra, pero en la Domus Publica, en mitad del foro y con todo su bullicio, realmente sus cabellos dorados eran como el reclamo del pescado podrido sobre los moscardones.
Y así, apostados en todas partes, ya fuese en la basílica Sempronia, en las tabernas nuevas, en el templo de Cástor y Pólux o en la basílica Emilia, los ciudadanos moscones se le echaban encima por cientos, zumbando maldades, amenazas e impropios varios sobre su tiranía y el sacrílego asesinato de un tribuno de la plebe.
—¡Está orquestado por esos miserables de Claudio y de Flaco! ¿No os dais cuenta? ¡Está todo orquestado! —se desgañitaba fuera de sus cabales día sí y día también—. Y ese joven muchacho, sí, ese joven Alejandro —añadía con retintín—. Cuidaros de ese muchacho —porfiaba, echando espuma por la boca en evidente referencia a Cayo.
Pompeyo era el único de los senadores que se dignaba a visitarle, aunque de poca ayuda le servía, porque el pelirrojo se limitaba a quedársele mirando como un pasmarote sin saber qué decir.
Era desquiciante.
Todos lo estaban abandonando, dejando que se consumiera como un vulgar ladrón, como una insignificante cucaracha, él, que era un Escipión, un patricio, un consular y el pontífice máximo. Él, que los había salvado a todos.
Que las cosas iban de mal en peor lo supo el día que apareció en la Domus Publica el mismo Pompeyo, pero acompañado esta vez de Metelo. Sabía de sobra que estos dos personajes se llevaban a matar, y solo la sedición de Tiberio los había unido temporalmente, pero para volverlos a separar tras la muerte de Graco. Que se presentasen de la mano, uno con cara de idiota asustado —Pompeyo— y el otro con cara de campesino togado —Metelo—, no solo le provocaban arcadas, sino un muy mal augurio.
Aun así, según su estilo irascible, pese a que la visitita pintaba muy mal, pasó al ataque.
—¡Por Hércules! ¿A qué venís? ¿A decirme que mi cabeza será clavada en una pica y exhibida en el comitium? —bromeó despectivo, yéndose a sentar a un diván—. Sentaos, sentaos —les dijo de malas maneras—. Y bien, ¿qué novedades me traéis?
—Publio… —comenzó erróneamente Metelo, erróneamente porque Nasica se tensó como el legionario que va a ser diezmado por sus compañeros. Metelo nunca lo llamaba por su nombre de pila.
—¡Por todos los dioses! ¡Queréis realmente mi cabeza! —chilló, poniéndose en pie de un salto.
Metelo y Pompeyo se miraron un instante, decidiendo quién se lo iba a decir. El agraciado fue nuevamente Metelo.
—Nasica, siéntate —exigió con firmeza, como si hablara a uno de sus legionarios. O lo hacía así o Nasica le chuparía la sangre.
—Por favor —suplicó Pompeyo.
Nasica los miró con sus gélidos ojos azules, frío como el mármol, como lo haría un muerto viviente que regresa del inframundo, porque eso es lo que era, un muerto en vida. Las madres nunca se equivocaban, y la suya menos. Estaba en efecto más muerto que vivo, con un pie en el mundo de los vivos y el otro en las fauces del perro Cerbero. Todos lo habían abandonado. Ya no tenía ganas de seguir luchando por sus convicciones.
—Sentenciadme —farfulló impávido, sentándose de nuevo.
—Los tribunos de la plebe van a presentar una acusación contra ti ante el pueblo, y sería de necios negar cuál va a ser el resultado. Te van a despedazar —reconoció Metelo con realismo.
—Que lo vete uno de los tribunos —repuso Nasica.
—Ninguno lo va a hacer, ni el Senado lo va a pedir. Hay un riesgo muy alto de disturbios. Ardería Roma —negó Metelo.
—El Senado no quiere más problemas —barbotó Pompeyo.
Nasica se removió como una cobra acorralada.
—¿El Senado o algunos senadores? —se mofó hiriente—. ¿Quién tiene miedo? ¿Quién no quiere problemas? ¿Vosotros y quién más?
—Nadie quiere problemas —repuso un expeditivo Metelo.
—¿Y no llegasteis a un pacto con Escévola? —saltó Nasica—. ¿No jurasteis que todo quedaría igual y yo incólume? ¡Hacedlo valer!
—Yo ya dije en aquel momento que ese acuerdo duraría menos tiempo del que yo me tiro un pedo —repuso Metelo.
—No fue eso lo que dijiste exactamente —replicó Pompeyo.
Metelo lo miró con cara de decir: «Este es tonto».
—¿Y qué dije exactamente?
—Que el pacto duraría menos del tiempo en el que se disipa el pedo de una casta vestal —aclaró Pompeyo.
Metelo entornó los ojos mientras que Nasica dejaba escapar una risita socarrona. Si aquellos eran los que habían de defenderle, efectivamente no había nada que hacer.
—Ya os lo he dicho, sentenciadme —insistió al parar de reír—. ¿Qué va a ser de mí? ¿Me cortarán en pedazos o tendré que exiliarme antes de que me ejecuten? ¿Qué quiere el Senado para su miembro más ilustre? ¿Qué quiere de su pontífice máximo? —comenzó a embalarse, sintiendo que el calor volvía a su cuerpo—. ¿Qué queréis todos del hombre que ha salvado a la República? —pasó al grito.
—Que no estés en Roma —contestó Metelo.
—Lo imaginaba —se mofó Nasica.
—El Senado va a enviarte a Pérgamo1 en misión diplomática para organizar la nueva provincia de Asia tras la muerte del rey Atalo.
—Y cuando vuelvas las cosas se habrán calmado —añadió Pompeyo, siempre a la sombra de Metelo.
Nasica frenó su renovado ímpetu en seco y ahuecó los labios.
—¿No podíais enviarme más lejos? —ironizó.
—Es un destino razonable —afirmó Metelo.
—Soy el pontífice máximo. No puedo abandonar Roma.
—El Senado ha decidido que lo harás —zanjó Metelo.
—Es solo un tiempo —trató de aliviarlo Pompeyo, pero con poco éxito porque Nasica volvió a explosionar.
—¡Emiliano me apoya! —berreó a la desesperada—. ¡Él confirmó la legitimidad de mis actos! ¡No podéis hacerme esto! ¡Emiliano me…!
—¡Por Hércules, Nasica, calla de una vez! ¡Parece que vives con un pilum metido en el culo! —le interrumpió Metelo en su máxima expresión, irguiéndose como un coloso—. ¡Me importa una mierda lo que piense un Escipión que está a mes y medio de distancia! ¡Si te quisiese apoyar ya lo hubiese hecho! ¡Cede por una vez en tu vida y abandona Roma antes de que yo mismo te mate, que es lo que habría hecho con sumo agrado aquel día! ¡Te guste o no, todos te ven como un enemigo de Roma!
Nasica se quedó tan pálido como petrificado, pero solo unos pocos segundos. Después, del empalecido pasó al ensombrecimiento, retomando su imagen de muerto en vida. Qué grácil era el destino de los dioses inmortales.
—¿Un enemigo de Roma? —Una risa desganada y letal—. Hice lo mejor para Roma y bien que lo sabéis —rezumó ahora en un mortífero susurro—. Os equivocáis. Estáis admitiendo que el Senado y yo mismo actuamos sin razón cuando sabéis perfectamente que la República estaba en verdadero peligro. Por desgracia, cuando os deis cuenta, será ya demasiado tarde. Quitándome de en medio solo conseguiréis que el populacho y los senadores demagogos nos arruinen a todos. Roma ya nunca será la misma.
—Todo volverá a su cauce —negó Metelo.
—Nos han vencido —continuó Nasica—. La República está herida de muerte y aún queda uno vivo para rematarla. Esa arpía lo ha educado a conciencia.
—¿Uno vivo? ¿Una arpía? —preguntó un confundido Pompeyo.
—Se refiere a Cayo Graco y a su madre Cornelia —aclaró Metelo con un aspaviento. Pompeyo cara día era más idiota.
Nasica oscureció su semblante hasta lo imposible.
—Dejadme solo.
Y Metelo y Pompeyo, sin nuestra alguna de complicidad ni con Nasica ni entre ellos, dejaron la Domus Publica.