Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Al día siguiente, en el Senado
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Al día siguiente, en el Senado

La sesión senatorial comenzó como las anteriores. Apio Claudio le metió el dedo en el culo a Nasica cuanto pudo, repitiendo hasta la extenuación que él era el verdadero tirano y que estaba maldito por haber asesinado a un sacrosanto tribuno de la plebe.

Después, por este orden, los nasicas rugieron y amenazaron a Claudio con tirarlo a la Cloaca Máxima; Flaco insistió en que debía juzgarse a Nasica y nombrarse jueces; Nasica arremetió contra Claudio y Flaco, acusándolos de populistas y de traicionar al Senado y a la República; los nasicas le dieron vítores hasta decir basta; y solo cuando habían intervenido según su diferente dignidad todos los censorios, consulares, pretorios, edilicios, cuestorios y senadores pedarios, un hombre que ocupaba el banco tribunicio se puso en pie y pidió la palabra. Era la penúltima de las fichas que debía moverse en el plan trazado por Claudio y Flaco.

—Quinto Mumio, puedes hablar —le autorizó el cónsul Escévola.

El antedicho tribuno se puso en pie al tiempo que los senadores afines a Nasica estiraban temerosos sus cuellos como pollitos indefensos que van a ser sacrificados.

Qué diría el tribuno provocaba pavor.

Mumio había sido amigo personal de Tiberio.

Y Mumio era el tribuno de la plebe que presidía el concilio plebeyo celebrado el día de la matanza.

De hecho, como otros muchos gracanos, había tenido que correr sin parar para salvar su vida aquel fatídico día.

A sus treinta años, hombre fornido y con agallas, con un rostro curtido de elemento de baja alcurnia al que los poderosos le han dado en la vida demasiados guantazos, Mumio no olvidaba ni perdonaba. Que Claudio le hubiera rescatado de su letargo tras la muerte de Tiberio era un regalo caído del Olimpo.

Solo quería venganza.

Escrutado por cientos de pares de ojos, dio un par de pasos adelante para que se le viera perfectamente, muy consciente de que lo que estaba a punto de ejecutar iba a agrietar el suelo de la curia, abrirlo en dos y tragarse a la mitad de la bancada.

Que los nasicas sudaran sangre.

Que se cagaran y se mearan en sus impolutas túnicas y togas con ribetes púrpuras. No iba a andarse con remilgos.

—¡Padres conscriptos! —inició tronante y con gesto intimidante—. ¡Soy un tribuno de la plebe! ¡Soy inviolable y sacrosanto! ¡Y también lo era mi amigo y colega Tiberio Graco! ¡Y sí, es verdad, fue brutalmente asesinado a manos de muchos de los hombres que hoy están aquí, hombres que atentaron contra lo sagrado! ¡Hombres que violaron la lex Valeria Horatia de tribunicia potestate, aquella que dispone que quien violente a un tribuno de la plebe no solo será maldito, sino que deberá ser sacrificado a Júpiter, sus posesiones vendidas y las ganancias asignadas al templo de Ceres, Liber y Libera! ¡Eso es lo que debería hacerse en cumplimiento de nuestras leyes! —rugió hecho un Hércules rodeado de una manada de togados, muchos de los cuales bajaron rápidamente la vista o echaron el cuerpo atrás para ocultarse en las filas, perjurando por el lío en el que les había metido Nasica con su dichosa impulsividad asesina.

Mumio continuó, yendo al grano de su acción:

—Si los padres conscriptos fueron tan valientes al matar a un tribuno, lo serán también para responder ante mí y ante los dioses, porque hoy, senadores, sí, ahora mismo, vamos a averiguar quién merece tal castigo. ¡Ahora mismo! —repitió en bronco rugido como respuesta a aspavientos de indignación—. ¡Y quien no quiera será encarcelado de inmediato! ¡Porque os voy a llamar de uno en uno a la tribuna de los oradores para, delante de todos los ciudadanos, formularos una única pregunta! ¡Una sola! —anunció, exaltado, para guardar de inmediato un desafiante silencio.

Su poderosa voz fue apagándose en suaves ecos, rebotando de pared en pared, mientras solo un personaje de los culpables le mantenía la mirada. Porque Nasica, con sus labios a modo de pato, su ceja levantada y su cabeza ladeada bien cubierta de su frondoso cabello dorado, le observaba con ganas de aniquilarlo allí mismo.

Mumio, obviamente, no se iba a dejar amilanar.

—¿Matasteis a Tiberio Sempronio Graco? Esa es la pregunta que deberéis contestarme ante mí y ante el pueblo. ¡Ahora mismo, porque ninguno de mis colegas tribunos va a vetar mi decisión! ¿Verdad? —intimidó de tal modo que todos los tribunos bajaron las orejas—. ¡Pues que sea ahora mismo!

Y sin tiempo a que nadie osara reaccionar, dejando atrás unos graderíos en los que unos gritaban eufóricos, otros se tiraban de los pelos, los había que temblaban de miedo y algunos miraban desvariados a ninguna parte, abandonó la curia hecho un gigante, descendió la escalinata del edificio, se abrió un pasillo entre la muchedumbre hábilmente convocada por no se sabía quién, surcó la plaza circular de los comicios como un quinquerreme en la batalla, subió a los rostra, contempló desde lo alto que ni en el foro ni el comitium cabía un alma más —la turba le observaba en un peligroso silencio—, se giró después hacia el edificio del Senado y llamó por su nombre a voz en grito al último de los senadores de la lista senatorial.

Iba a citarlos desde el último hasta al primero, desde el más insignificante al princeps senatus.

El desfile de los padres de la patria por en medio del comitium, ascenso incluido a lo alto de la tribuna de los oradores, fue de lo más dispar. Tranquila para los gracanos. Un suplicio para los nasicas, especialmente para el centenar aproximado que habían seguido a Nasica en día de la masacre, porque todo se sabía. Todos conocían a quienes habían cogido palos y mazas. La puesta en escena de Mumio era pura pantomima, pura teatralidad para poner en evidencia a los culpables y que temblaran como corderillos.

Y a fe que Mumio protagonizaba la tragedia a la perfección.

—¿Mataste a Tiberio Sempronio Graco? —preguntó como un martillo pilón con voz impostada, abriendo mucho los ojos y señalando a cada desdichado que subía a la tribuna.

—No —negaron la mayoría más tiesos que un palo, unos mintiendo con descaro, otros apocados, otros muy firmes y sinceros, entre estos Metelo Macedónico o Flaco.

—Yo…, yo…, no tuv…, no tuve nada que ver —tartamudearon algunos.

—Estuve en la plaza, pero nunca tomé una maza —afirmaron otros, evasivos.

—Seguí a Nasica, pero yo no lo maté. No era la voluntad de nadie que Tiberio muriera. Solo queríamos detener una votación ilegal —se justificaron los más tibios. Era el caso del pelirrojo Pompeyo.

Cayo, entretanto, bien presente y visible siempre entre los ciudadanos, enarbolando un gesto sereno, disfrutaba de aquella escabechina, pero mucho más cuando del pueblo que lo rodeaba, inicialmente en silencio, fue emergiendo un gruñido, profundo y sordo al principio, pero ostensible cuando de la oscuridad de la curia Hostilia emergió Nasica, terrible, inflexible, como lo haría Plutón abandonando el inframundo.

Nasica descendió la escalinata con parsimonia y cruzó por en medio de las masas bien erguido, con mirada al frente y labios prietos.

Ascendió igual de altivo los rostra y se plantó delante de las narices de Mumio, pero antes de que le lanzara la preguntita buscó algo entre la masa, y lo encontró, a Cayo, todavía con su toga negra enlutada, dedicándole una mirada abrasadora que no fue correspondida, pues aquel joven le contemplaba con aquella maldita y tenaz entereza de los Graco.

Furioso por aquella actitud del joven Graco, Nasica miró de nuevo a Mumio y declamó bien alto:

—Soy ciudadano romano. Me llamo Publio Cornelio Escipión Nasica Serapión. He querido, como enemigo, matar a un enemigo, y no tengo para morir menos coraje que el que tuve para matar. Es virtud romana el actuar y el sufrir con valentía.

Mumio dio un paso atrás, al igual que todos los ciudadanos. En verdad que aquel Escipión, firme y agrio en sus convicciones como lo había sido Catón, era fabuloso. O se lo preguntaba ya o Nasica se iría de allí como el más grande de los hombres de Roma.

—Ya que tan grande es tu valor, dinos, Escipión Nasica, ¿mataste a Tiberio Sempronio Graco? —demandó.

Nasica ahuecó los labios e inspiró aire de tal forma que bien podía haber succionado al propio Mumio y a todos los apiñados en el foro.

—Yo lo maté, quirites, no con mis propias manos, pero sí por mi voluntad —reconoció inmisericorde—. Y lo hice porque la ambición de Graco de tomar el poder absoluto no fue obvia para vosotros, pero muy conocida para mí y para el Senado. Yo lo maté y os salvé a todos. A todos. Era un enemigo de Roma —concluyó visceral.

Fue decir esto cuando algo cayó a sus pies.

Nasica miró ese algo confundido.

Había advertido el vuelo del objeto, en lenta parábola, hasta estrellarse a sus pies, rebotar aparatosamente en las losas y quedarse inerte y de medio lado.

Y creía saber qué era aquello cuando otra sandalia propulsada desde el populacho por una mano certera fue a estrellarse en mitad de su cabeza. Acababa de moverse la última de las fichas del plan de Claudio y Flaco: la rabia popular.

El propio Mumio y el resto de los senadores se quedaron de piedra, no sabiendo si reír o llorar, pero no era el caso de Nasica. Sus cabellos rubios se agitaron como las culebras de la cabeza de Medusa y sus ojos azules brillaron con la voluntad de convertir en piedra aquella turba de miserables. Bien podía llegar a conseguirlo con su gigantesca alcurnia y su mortal capacidad intimidatoria, pero fuese de un modo u otro solo una cosa estaba clara, ya no gozaba del favor de nadie.

Una lluvia de sandalias se elevó al cielo y cayó a plomo sobre la tribuna y su persona, aderezado con el rugido de los ciudadanos que, empujándose unos a otros como bárbaros, presionaron sobre el muro de la tribuna con tal fuerza que bien podían arrancarla y tirarla abajo.

Nasica escapó de allí por intercesión de los dioses.

El propio cónsul Escévola envió a sus doce lictores para, a base de mamporros, junto a amigos y clientes del propio Nasica, protegerlo y conducirlo a la Domus Publica sano y salvo, lo que fue un milagro.

A Nasica, que fue llevado en volandas, lo depositaron poco después en mitad del atrio de su casa como si fuera un mueble en una mudanza. Y allí se quedó un largo rato, solo, respirando como un animal salvaje, deseando que un agujero insondable se abriera en el foro y se tragara la ciudad entera.

No obstante, como sucede en la vida, todo era susceptible de empeorar. Su madre, Cornelia la mayor, sin llegar a explicarse qué hacía en la residencia oficial del pontífice máximo, apareció de la nada y se le puso delante con los brazos en jarras.

—Te lo dije, hijo. Estás muerto —le espetó con poco tacto.

Nasica, impotente, hizo lo único que podría calmar su infinita rabia. Lanzó un alarido de desesperación que llegó a escucharse en Babilonia, y gritó y gritó retorcido sobre sí mismo hasta que, horas después, perdió la voz.