Esa misma noche, en la casa de Claudio
Claudio se llevó un huevo duro a la boca y lo mordió con sumo gusto, saboreando la textura y cómo sus dientes se hundían suavemente en la clara cocida hasta alcanzar la yema igualmente cocida, aunque no del todo, desparramándosele por la boca una explosión de sabor que le hizo deleitarse en aquel sencillo y orgiástico éxtasis.
Por un momento pensó que Nasica era como aquel huevo, fácilmente masticable y seccionable, sometido a sus gustos y a su capricho culinario; sometido a su capacidad de fagocitarlo; sometido a su simple voluntad de cocerlo y tragárselo sin contemplaciones.
Pronto, no obstante, abandonó aquella comparativa. Nasica nunca sabría de aquella manera tan deliciosa. Nasica, además, se le atragantaría en la garganta.
Cayo y Flaco, por su parte, recostados en los otros triclinios del comedor, le contemplaban con gesto divertido, escrutando con todo detalle cómo masticaba con cuidado y celo aquella obra perfecta de las gallinas, sin duda imaginando igualmente que aquel huevo era Nasica, destinado a su deglución y posterior eliminación fecal. Aquel Escipión asesino no merecía sin duda otro pensamiento.
—¿Y qué te dije, joven Graco? —le interpeló Claudio a Cayo cuando hubo terminado su teatral consumición—. ¿No te dije que serían los suyos propios los que se encargarían de quitarse de encima a Nasica?
—No me parece que esté destruido, Apio Claudio —contestó Cayo con naturalidad, llevándose la copa de vino a los labios.
—¡Ah, no, no y no! —negó Claudio—. Metelo hoy mismo lo ha dejado solo y descompuesto. El veneno está haciendo su efecto, poco a poco, paralizando los músculos de los nasicas.
—Por no hablar de las caras de otros como Pompeyo —intervino Flaco con un tono oscuro, pero de lo más irónico—. Sus ojos de huevo…
—Nunca mejor dicho —le interrumpió Claudio con una sonrisa.
—Sus ojos de huevo —prosiguió Flaco estirando su cicatriz— flotaban en la curia fuera de sus órbitas.
—Pero Nasica camina entre nosotros —insistió Cayo.
—Este muchacho es poco paciente —protestó Flaco.
Claudio se incorporó del triclinio, haciéndose el ofendido.
—¿Y por qué crees, joven Graco, que le hemos hecho venir a él? —afirmó al tiempo que señalaba al último de los invitados de aquella distendida cena en la que Nasica era el objeto de todas las bromas.
—Ya…, entiendo… —murmuró Cayo, clavando su vista en el aludido, a la sazón el tribuno de la plebe Quinto Mumio, el cual se limitó a asentir con la cabeza con la mirada perdida y echar un trago de vino.
—Porque Quinto Mumio —siguió Claudio con lujuria— tiene muchas ganas de poner muy nervioso al Senado. ¿Verdad, Mumio?
Cayo y Flaco giraron sus cuellos hacia el tribuno, que seguía bebiendo distraído, concentrado ya en lo que estaba por venir.
—Mañana, joven Graco, te vas a divertir —dijo Claudio—. Mañana será el comienzo del fin de Nasica. Así te lo prometí y así he de cumplirlo.
—Sea —celebró Cayo.
—Lo estoy deseando —concluyó mortecinamente Quinto Mumio, abriendo la boca por primera vez, con el odio desparramándosele por su rostro.