Poco antes, en la casa de Nasica #2
—Padres conscriptos —se arrancó Claudio con claridad, con el mentón bien elevado y con aires de que iba a gozar en su intervención, yendo al grano—. ¿Qué hizo el Senado cuando en el pasado los plebeyos se rebelaron y abandonaron Roma, instalándose en el monte Sacro y en el Aventino? —preguntó con tonillo malicioso—. ¿Qué hicieron aquellos senadores de tanto recuerdo frente a aquella indignidad? —añadió aún más irónico—. ¿Mataron acaso a los plebeyos? ¿Mataron a todos y a cada uno de ellos porque disentían de sus opiniones? ¿O sencillamente el Senado aceptó sabiamente que se creara la figura sacrosanta e inviolable del tribunado de la plebe? ¿Qué creéis que hicieron aquellos senadores? ¿Matar o ceder? —interpeló con creciente malignidad, dando lugar, cómo no, a los primeros murmullos y a que a Nasica se le fueran propulsando de nuevo sus labios de pico de pato.
Claudio sonrió. Prosiguió con sus preguntitas nada inofensivas:
—¿Qué hizo el Senado cuando los plebeyos quisieron después tierras públicas o que se aboliera la esclavitud por deudas? ¡Qué osadía, por Hércules! ¿O qué hizo el Senado cuando los plebeyos pidieron que se aprobaran leyes y se publicaran en tablas para conocimiento de todos los mortales? ¿Qué hicieron aquellos sabios patricios del pasado? ¿Aprobaron las Doce Tablas, abolieron la esclavitud y repartieron tierras, o mataron a todos los plebeyos? ¿Qué hicieron? —inquirió igual de mordaz.
Para entonces los murmullos comenzaban a intercalarse con voces más altas al tiempo que muchas cabezas se giraban hacia Nasica, a estas alturas de todos los colores. Claudio puso cara de autosuficiencia. No había terminado.
—Poco después —dijo, inclinando su cuerpo, como si contara a unos niños una historia de miedo—, ¿qué hicieron los padres conscriptos cuando los plebeyos quisieron que los suyos fueran cónsules, augures o pontífices? ¿Acaso aquellos senadores, envueltos en la locura, mataron a los plebeyos o, por el contrario, aceptaron compartir la silla curul, la toga praetexta, la túnica de palmas o la corona triunfal? ¿Se desgarró Roma cuando los plebeyos pudieron lucir los distintivos pontificales y augurales? ¿O cuando subieron al Capitolio engalanados por el triunfo en un carro dorado tirado por caballos blancos? —preguntó, elevando aún más el tono—. ¿Los matamos? ¿Eso hicimos? ¿O se cedió sabiamente y los plebeyos pudieron cubrir su cabeza, inmolar una víctima y tomar los auspicios? —declamó ya en estado de éxtasis, disfrutando mientras la curia comenzaba a temblar al tiempo que muchos senadores entornaban los ojos, otros levantaban los puños, los más se ponían en pie gruñendo y uno, solo uno, Nasica, petrificado, lo miraba con desprecio.
Claudio abrió las aletas de la nariz, cogió todo el aire que pudo y se lanzó al cuello de Nasica.
—¡Decidme, padres conscriptos, decidme! —les abroncó—. ¿Qué hicimos en el pasado? ¿Matamos a todos los que discrepaban? ¿Incendiamos Roma? ¿Desgarramos la República? ¿O sumamos a nuestras acciones la reflexión y la moderación? ¡Pues yo os digo que nunca en aquellos tiempos del pasado hubo piedras ni armas, solo gritos y magulladuras! ¡Nunca la muerte! ¡Y podéis gritar hasta que los cerdos vuelen y las vacas reciten las plegarias augurales, pero en esta misma sala hay un hombre que mató a un tribuno de la plebe! ¡Un hombre que desconoció que el imperio de la ley y el escrúpulo a los dioses son más fuertes que los hombres! ¡Ese hombre —aulló, señalando a Nasica— debe ser juzgado por su impiedad! ¡Ese hombre está maldito! ¡Ese hombre es el verdadero tirano!
Fue el acabose.
Claudio, tan ufano como exhausto, se dejó caer en su silla en mitad de un océano embravecido mientras los Fabio Máximos, los Pompeyo, los Cornelio, los Valerios, los Emilios, los Popilio Lenas o incluso quienes antaño habían sido acérrimos aliados de Claudio como los Hostilio, entre otros, dieron un brinco y regurgitaron con estertores y calambres musculares, unidos por su odio a la reforma agraria que tantas buenas tierras e inversiones podía arrebatarles. Por mucho que la respetaran, no era más que una fingida pose. Odiaban a Tiberio y a su maldita reforma.
—¡Incendiario miserable! —rugieron unos.
—¡Deberíamos juzgarte a ti por temerario! —bramaban otros.
—¡Traidor! ¡Cumple el pacto del Senado! —le agasajaban desde la esquina de las bancadas.
Los gracanos, por su parte, tales como los Claudio Pulcro, los Fulvio Flaco o los Licinio Craso, mucho menores en número, pero con unas enormes ganas de bravata, pataleaban, saltaban, rugían y maldecían como faunos guasones.
Entretanto, el cónsul Escévola, en la presidencia, se limitó a contemplar con parsimonia las marejadas, los puñetazos metafóricos y las rabietas, y cuando le pareció que las venas de los padres de la patria estaban a punto de reventar, se puso en pie y dijo:
—Continuaremos mañana.
Y los senadores, cual rebaño de corderillos, salieron de la curia.
Al día siguiente todo fue de mal en peor.
Claudio aprovechó de nuevo su derecho a intervenir en primer lugar, y lo hizo con una magistral capacidad de importunar a Nasica y tocar sus genitales a mano abierta.
Este, dejados a un lado sus nervios, esta vez estaba preparado, y en cuanto atisbó un hueco en la bronca senatorial se puso en pie. Sus cabellos dorados parecían flotar ardientes y su tez brillaba pálida y amenazante, nada de lo que extrañarse.
—¡Y tú, Apio Claudio —comenzó colérico y con el dedo acusador—, me hablas de moderación cuando tu familia no ha hecho otra cosa que impedir la libertad desde que fue aceptada en esta ciudad! Porque, oh, padres conscriptos —ironizó ahora, recorriendo con su vista el graderío—, ahí lo tenéis ahora con esa sonrisa vanidosa, a un descendiente del famoso Apio, que nombrado decenviro para un año, se nombró a sí mismo para un segundo. El tercero, sin ser nombrado por sí mismo ni por nadie, retuvo como ciudadano privado los fasces y el mando supremo, y no cesó de prorrogarse el cargo hasta que lo aplastó el poder mal adquirido, ejercido y retenido. ¡Esta es la familia de los Claudio Pulcro, la misma que obligó a los plebeyos a ocupar el monte Sacro y el Aventino! ¡La misma familia que se opuso permanentemente a las leyes contra la usura y las antiguas leyes agrarias! ¡La que impidió los matrimonios entre patricios y plebeyos, además de sembrar de obstáculos la marcha de la plebe hacia las magistraturas! —clamó con sus gélidos ojos azules clavados en Claudio—. ¿Y ahora eres tú el defensor del pueblo? ¡Pues mira cómo me río! ¡Ja, ja, ja!
Aquella chiquillada onomatopéyica, que dejó atónitos a propios y extraños, no hizo más que reactivar las risas de los gracanos.
—¡Que despeñen al risitas desde la roca Tarpeya! —bromeó un anónimo senador entre las bancadas de los gracanos.
Nasica buscó al graciosillo, pero no hizo otra cosa que toparse con la mirada de Claudio. Extendió entonces tembloroso de rabia su brazo y lo señaló de nuevo con gesto desencajado.
—¡El nombre de tu familia es nuestro enemigo en mucha mayor medida que la de los antiguos reyes de Roma! ¿Y tú me hablas de moderación, Apio Claudio? ¿Tú precisamente?
—¡Propongo que se nombren ya jueces en la causa criminal contra Nasica! —propuso de pronto Flaco.
Nasica se giró hacia él como un resorte.
—¿Tú quién eres para hablar! ¡Eres un senador pedario!
—¡Y propongo que el cónsul Escévola sea uno de los jueces! —siguió Flaco a lo suyo en la orquestada maniobra que estaban poniendo en escena granito a granito.
—¡Por nada del mundo! —repuso Nasica a la defensiva al ver que incluso entre los suyos comenzaba a haber gestos de aceptación. Aquello se le podía ir de las manos—. ¡Aunque me condenarais y me lanzarais desde la roca Tarpeya, nada me sucedería! ¡Júpiter Capitolino me daría alas! —se le ocurrió de un modo pueril, tanto que, unido al anterior «ja, ja, ja», provocó una inmediata ola de carcajadas entre los gracanos, bien respondida por una andanada de aullidos desde los nasicas.
Escévola, una vez más desde la presidencia, lo examinó todo con paciencia hasta que, roncas nuevamente las voces, despegó sus nalgas de la silla curul y anunció:
—Continuaremos mañana.
Y los senadores comenzaron a abandonar la curia, momento que aprovechó Metelo Macedónico para pasar junto a Nasica.
—¿No se te ocurren mayores estupideces? —le reprochó—. ¿Qué tontería es esa de que Júpiter te daría alas? ¿Quién te crees que eres, el dios Mercurio? ¿Y qué es eso del «ja, ja, ja»? —Y se adelantó, seguido de un Pompeyo que ni siquiera se dignó a hablarle.
Nasica, aturdido como si le hubiesen dado un bofetón, cruzó bajo el enorme vano de la curia y salió a la luz del día. Dio unos pocos pasos más, pero el mismo Metelo lo detuvo antes de descender la escalinata.
—Mira —le dijo, señalándole la plaza circular de los comicios, que se abría a los pies de la curia.
Nasica levantó la vista y se encontró con una multitud de ciudadanos que le escrutaba con cara de malas pulgas. Lo hacían en silencio, desafiantes, lo que presagiaba que una peligrosa tensión subterránea burbujeaba en Roma.
—Ándate con cuidado, Nasica, que muchos senadores tiemblan ya de miedo y no dudarán en cortarte tu escroto arrugado como sacrificio a los dioses. Y ni se te ocurra sobornar a los jueces si es que se crea la comisión —insistió Metelo, dejándolo solo en el podio de la curia.