Poco antes, en la casa de Nasica
Nasica dio un par de mamporros a un esclavo que no le estaba colocando bien la toga —los pliegues debían caer de modo perfecto y armonioso, y aquel siervo macedonio era realmente torpe—, ladró a otro que tuvo a bien cruzarse inoportunamente en su camino en su avance hacia el atrio, se despidió de su esposa Cecilia Metela con un gélido gruñido, transformó de pronto su rictus en cuando atisbó la luz de la calle e irrumpió a la vía con la mejor y más ficticia de sus expresiones faciales, yéndose a unir a su particular séquito de senadores, caballeros, amigos y clientes que iban a acompañarle hasta la cercana curia Hostilia, donde iba a celebrarse una nueva sesión senatorial.
Antes de emprender la marcha elevó el mentón y olfateó el aire como un sabueso, tratando de averiguar la procedencia de unos gritos que llegaban hasta el lugar desde alguna calle cercana. No entendía qué se gritaba, pero no le dio importancia. No era anormal que en Roma se berreara. De hecho, era lo habitual, pues no había ciudad más escandalosa y estridente que aquella.
Con un simple gesto de autoridad todos le siguieron sin rechistar.
Dado que en su condición de pontífice máximo vivía en la Domus Publica, en pleno foro, tomó la vía Sacra, dejó a la izquierda la casa de las vestales y cruzó por en medio de la Regia y del templo de Vesta.
A la altura del Lacus Curtius detuvo su paso de nuevo. Su comitiva también lo hizo, chocando unos con otros como lo haría un vagón de carretas demasiado cercanas. Seguía oyéndose el griterío, esta vez a su espalda, justo de donde había partido. El ruido era cada vez mayor, pero más allá de ver algunos ciudadanos corriendo u otros alargando sus cuellos para indagar qué ocurría, no consiguió distinguir nada.
Con un nuevo y majestuoso golpe de cabeza toda su comparsa se puso nuevamente en marcha, acometiendo a su derecha el comitium, cual dios viviente, como si en su atavío luciera la dignidad de decenas de sacerdocios y consulados, pues al fin y al cabo, por muchas broncas y vaticinios que le hubiera dedicado su amorosa madre Cornelia maior el día de la ejecución de Tiberio —vaticinios de cuya impresión inicial ya estaba recuperado—, él había salvado a Roma, a la República y a todos y cada uno de los romanos, lo supiesen o no.
Prueba de ello era que el mismísimo Senado había permanecido impasible después del famoso día. E incluso los más leales a Tiberio, entre ellos Claudio o Flaco, ladrando mucho pero mordiendo poco, solo habían exigido mantener la ley de reparto de tierras, petición muy favorable a su persona e integridad física, pero que, aun así, le reconcomía las entrañas y le erizaba sus hermosos cabellos dorados. No solo había ejecutado a Tiberio por sus ansias de realeza, sino para fulminar la ley agraria.
Sabedor, en cualquier caso, de que se había llegado a un pacto auspiciado por Escévola, no había tenido otra opción que ceder so pena de que Roma estallara como el volcán Etna y que todos los senadores salieran despedidos por el éter como muñequitos de paja.
—Haced lo que os plazca. No estoy de acuerdo —había concluido lleno de soberbia en una sesión senatorial, porque, al fin y al cabo, se sentía el triunfador del combate.
Además, le llegaban noticias desde Numantia que anunciaban que Emiliano había dado su beneplácito a la eliminación de Tiberio, lo que aún le colmaba de más satisfacción. Jamás se había llevado bien con Emiliano, siempre tan repulsivamente perfecto, pero le reconfortaba que en momentos tan trascendentales ambos unieran sus intereses por la República y por la armonía de las diferentes ramas de los Escipiones.
En resumidas cuentas, el paso de los días y de los meses había confirmado la bondad de sus actos. La República seguía siendo eso mismo, una república, y el populacho sabía quién mandaba en aquella ciudad, es decir, el Senado y las familias nobles que lo sustentaban.
Sin que hubiera suelo bajo sus pies, dejó atrás la tribuna de los oradores, se permitió saludar y dar alguna que otra mano a los ciudadanos que, en manadas, pululaban por la plaza circular de los comicios para ver de cerca a los grandes padres de la patria y emprendió el ascenso imperial de la escalinata de la curia Hostilia.
Sin embargo, justo antes de cruzar el umbral de las enormes puertas de bronce, el griterío que le había perseguido desde la Domus Publica se hizo ahora evidente y estruendoso, penetrando en el comitium con brío. No podía ignorarlo, por lo que, llevado por la curiosidad, detuvo su avance y giró en redondo con el morro torcido.
Si la boca la traía ya con un rictus doblado, la contracción que sufrió a continuación crispó por completo su blanquecino y patricio rostro, porque Claudio y Flaco, encabezando la muchedumbre, sonreían como idiotas. Y porque el joven que los acompañaba como un ariete y gesto altanero parecía el mismísimo Tiberio Graco regresado del Hades, aunque con una convicción en sus pasos mucho más peligrosa.
Obviamente, no era Tiberio quien caminaba por Roma.
—Si yo fuera tu enemigo y me dedicaras esa miradita, recogería la toga y no pararía de correr hasta protegerme en las empalizadas —oyó que bromeaba a su lado Pompeyo.
Nasica rotó su cuello hacia él, que le seguía mirando a la espera de ser correspondido por su ocurrencia, nada de lo cual iba a suceder.
—Tal vez debas hacerlo, correr me refiero —le espetó iracundo.
Pompeyo, que sabía cómo se las gastaba aquel Escipión, borró toda alegría de su rostro y dio un paso atrás por su propia seguridad. Ni aun habiéndose alineado abiertamente a favor de Nasica parecía contar con su simpatía, si es que Nasica se la profesaba a alguien.
—Está allí Cayo Sempronio Graco —dijo Nasica al tiempo que con un gesto de la cabeza señalaba hacia la masa ciudadana que se desparramaba por el comitium.
Pompeyo, al oír aquel nombre, se puso inconscientemente en posición de combate y escrutó la muchedumbre, dando rápidamente con el joven Graco, flanqueado por Claudio y Flaco.
—¿Desde cuándo está en Roma? —preguntó sobresaltado.
Nasica no contestó. Su boca recuperó la movilidad, pero solo para torcerla en una mueca aún más imposible, justo en el momento en el que su mirada se topaba con la de Cayo.
Y el mundo se detuvo para ambos.
El ajetreo cesó, las tabernas se paralizaron, los cambistas dejaron de dar gritos y los pajarillos que anidaban en el árbol de loto plantado por Rómulo en el cercano santuario de Vulcano cesaron en su «pío-pío».
La mirada de ambos, no obstante, era muy diferente.
Calmada pero profunda la de Cayo, alejado ya del odio con el que había regresado de Numantia, consciente de que la razón y la justicia estaban de su parte.
La de Nasica, en cambio, rezumaba agresividad, pero como la del perro asustado que exhibe sus afilados dientes a modo de parapeto defensivo. Porque, por extraño que le pareciera, aquel muchacho acababa de ponerle muy nervioso.
—Y esto no es más que el comienzo —le dijo alguien que pasó a su lado como una enorme culebra togada. Nasica se giró como un resorte—. Esto no es más que el comienzo —le canturreó de nuevo Apio Claudio, entrando en la curia.
—Entremos también —le conminó Pompeyo con gesto de preocupación. Nasica, cogido del brazo, se dejó llevar.
Nasica fue a sentarse junto Pompeyo en la primera bancada del Senado. Lo hizo agitado, más si cabe cuando a su derecha aposentó su fornido culo Metelo Macedónico.
Nasica lo miró con desagrado, y mucho más al advertir que de la punta de la prominente nariz y de los huecos de las orejas a Metelo se le disparaban unos enormes pelos negros que le conferían una imagen todavía más campesina, porque Metelo era uno de los más importantes senadores de Roma, pero, al mismo tiempo, uno que parecía un buey con toga, siempre tan corpulento, tan rudo y tan poco refinado, todo lo cual, a él, que era sumamente distinguido y patricio, le sacaba de quicio.
Para colmo, Metelo le propinó un afectuoso golpetazo en la espalda con sus manazas de pueblerino.
—¡Vaya cara traes, Nasica! —le dijo burlón, y reincidió en sus cariñosos cachetes. Metelo, ayudado por el paso del tiempo, ya no tenía las ganas de matarlo que le habían invadido el día de la catástrofe, pero disfrutaba enormemente dándole golpecitos como aquellos y mostrándose soez y campestre, algo que sabía que molestaba a Nasica hasta el infinito, como así fue.
—Aparta de mi vista esos pelos negros —le endosó Nasica.
Metelo, que no se amedrentaba ni frente a un pelotón de cientos de galos salvajes, puso cara de divertida sorpresa e inclinó su corpachón para sobrepasar a Nasica y mirar a Pompeyo.
—¿Qué le pasa hoy si puede saberse? Parece que le tuvieran agarrado por los huevos —dijo a su fiel estilo.
—Cayo Graco —contestó Pompeyo con agria sequedad, pues no olvidaba que Metelo le había llamado la susodicha noche tonto del culo, entre otros cariños.
A Metelo todo esto ya se la refanfinflaba.
—¿Cayo Graco? ¿Y qué pasa con él? Lo he visto ahí fuera. Es un crío sin pelos en la cara —repuso sin tiempo a nada más. El cónsul Escévola, que presidía la sesión, acababa de dar la palabra al príncipe del Senado.
Nasica, sorprendido y cada vez más alterado, contempló cómo Claudio, canoso y gordo, se ponía en pie y le dedicaba una de sus insoportables caras de vanidad claudiana, siempre tan presuntuosa. A falta de Emiliano, solo aquel Claudio podía ponerle en aprietos.