Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) La cacería
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La cacería

Roma, última semana de octubre

Cayo amaneció muy temprano.

Lo hizo nervioso, pero no por temor, sino por un deseo de mostrarse públicamente que no le cabía en el pecho.

Desde su llegada a Roma, con el previo acuerdo de Claudio y Flaco, no se había dejado ver en la ciudad. Nadie sabía que se encontraba ya en Roma. Todos iban a descubrirlo aquella mañana en la que se celebraba una nueva sesión senatorial, también Nasica. El encuentro con el asesino de su hermano se anunciaba extremadamente duro y doloroso, pero ardía en deseos de hacerlo, de enfrentar su mirada con la suya, de revalidar el conflicto entre Escipiones y Gracos. No tenía la más mínima duda de que él sería el vencedor, porque la justicia y la verdad se imponían siempre a la barbarie y a la maldad. Siempre era así.

Desayunó frugalmente, como era su costumbre, más si cabe después de su servicio militar en Numantia. Se colocó después una túnica limpia bien ceñida con cinturón, hecho lo cual se dejó ayudar de dos esclavos para que le envolvieran en una toga negra de luto.

Solo cuando todo estuvo dispuesto tomó entre sus manos un rollo de pergamino. Dudó en desenrollarlo, pero lo hizo, leyendo de nuevo con el corazón en un puño la última de las cartas que había recibido en Numantia de su hermano Tiberio.

Queridísimo hermano:

Cayo, te aseguro que tengo la determinación de escribirte con mayor asiduidad, pero mis quehaceres como tribuno plebeyo ocupan todo mi tiempo. La próxima vez lo haré y te contaré los chismorreos de Roma, te lo prometo, y sabes que yo, hermanito, nunca falto a mi palabra.

Antes de hablar de mí no puedo evitar anunciarte que ya han llegado a Roma las noticias del cerco que Emiliano ha construido alrededor de Numantia. Es cierto que su voluntad de terminar con los numantinos por hambre ha causado sorpresa, y no son pocos los debates en el foro, en las tabernas y en las encrucijadas sobre esta forma de hacer la guerra. Sin embargo, yo estuve allí. Yo luché contra aquellos hombres a los que hay que matar dos veces. Yo sé cómo es su tierra, áspera y prieta, capaz de devorar ejércitos consulares enteros. Y yo sé que Emiliano ha obrado bien. Sí, lo sé. Intuyo que te remueves al leerlo porque nunca hemos tenido complicidad con él, pero al mando de las legiones es insuperable. Es de justicia reconocerlo. Él, como lo hizo con Cartago, acabará con Numantia. Disfruta de cuanto veas y vuelve de Hispania con la mano derecha, pues los numantinos tienen predilección por ellas.

Pero basta ya de hablar de ti, que eres el hermano pequeño y no mereces tanta atención, pese a que madre siempre te la ha prestado en exceso. Hablemos de mí, y hagámoslo en serio.

Tengo miedo, Cayo. Sí, tengo miedo.

Temo por mi seguridad y muchos, entre ellos nuestro buen amigo Flaco, me animan a que vuelva a presentarme a las elecciones a tribuno de la plebe. Sé que es arriesgado. Sé que los cabellos dorados de Nasica arderán furiosos, pero ¿qué opción tengo? Pude aprobar mi ley agraria. Pude aprobar otro plebiscito para destinar la herencia del rey Atalo de Pérgamo a la financiación de los nuevos propietarios agrarios. Y he podido iniciar los trabajos de recuperación y reparto de tierras públicas. Pero el precio ha sido terrible. La mayoría del Senado querría verme en el exilio. Nasica me detesta. Y temo por todo. Porque mi obra reformadora, nuestra obra —de la que tanto pudimos hablar antes de tu marcha a Numantia—, sea arruinada por un Senado corrupto alejado de todo buen juicio. Porque todo cuanto he conseguido —cuanto hemos conseguido, porque tú formas parte de todo— sea aniquilado por Nasica y por el resto de los senadores, ciegos en su avaricia.

Ha merecido y sigue mereciendo, en cualquier caso, la pena. Sueño con una Roma más justa que reparta su riqueza y su grandeza entre todos los ciudadanos. El Senado, bañado en la avaricia, en la putrefacción y en el egoísmo de sus inmensos latifundios, se resiste como un jabalí atrapado, pero estoy convencido de que, con el tiempo, verá el beneficio de mis —nuestras— leyes, porque de las tierras públicas en manos de nuevos campesinos renacerá el espíritu por tener algo que defender. Los viejos valores cívicos y militares regresarán junto con un campesinado fuerte y el crecimiento de nuevos ciudadanos legionarios. El ager publicus es de todos los ciudadanos romanos, ¡de todos!, al igual que la dignidad. No solo es de los senadores. Terminarán admitiéndolo, o haré que lo admitan con mis poderes tribunicios.

Sí, Cayo, conforme te escribo me reafirmo. Lo voy a hacer. Voy a presentarme de nuevo a las elecciones a tribuno. Es muy arriesgado, pero solo así podré terminar nuestra tarea. Solo así seré digno de mí mismo y de una Roma que necesita reformarse. No sé qué va a ocurrir. No sé qué me deparará el futuro. Solo espero que estés orgulloso de cuanto hacemos. Solo espero que tú puedas llegar hasta donde yo no pueda hacerlo. Cuanto hacemos es bueno para Roma. Debe vencer la justicia.

Adiós, hermano, haz ofrendas por nuestras acciones.

Cayo levantó la vista, muy despacio, pero ya no tenía el corazón contraído. Solo sentía furia y ansia por hacer justicia. Deseaba enfrentar su mirada con la de Nasica. Tenía que hacerlo ya.

Claudio le aguardaba en el amplio atrio de su domus palatina, que era todavía la de su madre Cornelia. Y una vez más, el gran hombre se le echó encima con vanidosa pose para abrazarlo como a un hijo.

—Ha llegado el día. Comienza la batida —dijo Claudio con infinita alegría. Estaba en su salsa.

—Que Diana nos ofrezca una buena partida —secundó Cayo con exultante seguridad.

Claudio sonrió con admiración. A aquel muchacho veinteañero no le temblaba el pulso.

—¡Sea! —exclamó divertido.

—Sea, por supuesto.

Un rugido ensordecedor explosionó y sacudió la vía alta del Palatino en cuanto Cayo y Claudio pusieron un pie en la calle.

Que nadie supiera que Cayo estaba en Roma no era del todo correcto. Lo conocían desde la noche anterior cientos de clientes y amigos del propio Claudio, pero también de Flaco, igualmente presente, entre otros senadores y caballeros adeptos a la reforma agraria y enemigos declarados de Nasica.

Cayo, ahora emocionado, agasajado y rodeado por una entusiasta multitud que comprimía la callejuela, comenzó a dar apretones de manos sin poder evitar que unas tímidas lágrimas brotaran de sus ojos, especialmente cuando la masa coral comenzó a gritar enloquecida:

—¡Tiberio, Tiberio, Tiberio! ¡Graco, Graco, Graco!

Cayo elevó las manos al cielo, se enjugó los discretos llantos y le ordenó al propio Claudio que arrancaran el paso.

La comitiva, encabezada por Cayo, Claudio y Flaco, descendió entre ruidosos vítores la vía palatina. Transeúntes y vecinos salían de todas partes y se quedaban pasmados al ver ante sus ojos a quien no esperaban, mientras el coro de voces, no solo no cesaba, sino que crecía en volumen cual potente coral insuflada por el poder de los dioses.

—¡Graco, Graco, Graco!

A la altura de la puerta Mugonia el alegre y excitado cortejo era ya multitudinario entre aquellos que se unían y aquellos que venían corriendo de todas partes. Claudio caminaba como un dios sonriente. Flaco estiraba la cicatriz de su cara como bálsamo de su venganza. Y Cayo, el joven Graco, flotaba extasiado por el cariño del pueblo.

Y el canto no se interrumpía.

—¡Graco, Graco, Graco!

Alcanzaron pronto el templo de Júpiter Stator, girando a la izquierda para tomar la vía de los triunfadores, la vía Sacra, cuyas losas vibraban por el enfervorizado paso de la enorme multitud que acompañaba ya aquel séquito. Unos llamaban a voz en grito a otros para que se acercaran. Había carreras y golpes. Muchos otros salían de los templos y de las basílicas. Otros se subían a tejados, estatuas y árboles y, estirando los cuellos, señalaban arrebatados, con la boca abierta, al muchacho con toga enlutada que caminaba entre ellos. La alegría por su aparición se desparramaba por la ciudad de los hombres de la loba.

—Disfruta, joven Graco, disfruta. Esto es por ti y como honra a tu hermano —decía un jactancioso Claudio mientras el foro entero era ya un aullido gritando: «¡Graco, Graco, Graco!».

Cayo, superado por sus emociones, atravesando un estrecho pasillo de ciudadanos que solo ansiaban verlo, tocarlo o estrechar su mano, surcaba las masas con ojos enrojecidos.

Claudio tenía razón.

Todo aquello era por él y por su hermano.

Y la política, en efecto, de la mano de los pastores adecuados, podía aniquilar a un enemigo mucho antes que el arma más afilada.

Nasica estaba a punto de sentir el pinchazo del lacerante cuchillo del arte de la cosa pública.