La caza del hombre #3
—Nasica mató a mi hermano —dijo entre dientes—. Le partieron la cabeza y lo arrojaron al Tíber. Pero, aun así, por muy doloroso que sea, Nasica hizo en realidad algo mucho peor. Dio rienda suelta a la violencia pública. Dejó que la podredumbre del Senado corriera como la peste. En su sinrazón asesinó a Tiberio, sí, pero también a nuestra libertad, dejando Roma en manos de la fuerza bruta como si nuestras magistraturas, nuestras asambleas o nuestros tribunales no valieran nada. Ha destruido cuanto somos. Ha destruido nuestra esencia. Ha demolido la República y ha de levantarse un nuevo edificio —expelió. Echó entonces el cuerpo atrás, apretó aún más los molares y continuó sin que Claudio ni Flaco dijeran ni esta boca es mía—: Mi hermano representaba la justicia y la razón, pero se topó con el peor de los vicios, con la avaricia de los senadores, que todo lo ansían. Eso es el Senado, una banda de insignificantes egoístas que no dudan en manejar a su antojo leyes, costumbres, pactos y la relación misma con los dioses para alcanzar su codicia. Eso es el Senado. Pero lo que no saben —susurró ahora como una potente amenaza— es que las ideas de mi hermano no han muerto con él. Y que vendrán otros que han de arrebatarles su egoísmo y cercenar su capricho. Yo lo juro por Júpiter, Juno y Minerva, pero aquí y ahora, en el presente, me preguntáis qué es lo que haría yo. Pues os lo diré. Inflamar al pueblo contra Nasica y los senadores que fueron sus cómplices. Que no puedan dar dos pasos sin que los increpen. Que los tribunos de la plebe los acosen y los lleven a la tribuna. Que se presenten acusaciones capitales ante la asamblea del pueblo. Y que caminar por el Averno sea algo más deseable en su maldita existencia que recorrer el foro —sentenció.
Pero Claudio seguía sonriendo.
—¿He dicho algo gracioso, Apio Claudio?
Claudio, sin borrar del rostro su sonrisa, se dirigió a Flaco, que también sonreía abiertamente, alargándosele la cicatriz en la mejilla.
—¿Qué te dije de este muchacho? —le preguntó Claudio a Flaco.
—Nada que no supiera. Si por él fuera, quemaría la curia Hostilia con todos nosotros dentro —alabó Flaco con socarronería.
—Sí, desde luego… —balbució Claudio con diversión, antes de encarar de nuevo a Cayo y transformar su rostro con un solo pestañeo, mostrando súbitamente que ya no estaba allí ni el sacerdote bailón ni el teatrero patricio. Quien allí moraba era el princeps senatus.
—Escucha bien, joven Graco, escúchame bien —dijo con manifiesta jerarquía—. Vamos a hacer todo cuanto has dicho, todo, por supuesto, pero has de frenar tus caballos. Eres muy joven. Que Nasica y los demás senadores afines te vean en las calles, eso es lo que aguardábamos y eso es lo que te pedimos. Que me acompañes entrando triunfal al foro como el hermano que ha regresado. Que tiemble el Senado al temer que seas la sombra de Tiberio. Que los ciudadanos te vean vestido de luto y sufran al ver tu rostro compungido, pero lo demás, joven Graco, todo lo demás, cómo haya de abatirse a ese miserable, eso es ahora cosa nuestra, ¿lo entiendes? No habrá soborno que lo salve.
—Es más, Nasica se va a mear en su propia toga —añadió Flaco, recuperando su rictus opaco y resentido.
—Seremos nosotros quienes lo hostiguemos —insistió Claudio.
—Porque la política puede matar a un hombre con más eficacia y dolor que un cuchillo clavado en el estómago —intervino de nuevo Flaco en su papel de oscuro acompañante.
—¿Lo entiendes, joven Graco? —reiteró Claudio—. Será rápido, por supuesto, porque tu simple presencia y nuestras intervenciones corroerán los precarios cimientos del escaso coraje del Senado. Nasica será destruido por los suyos, lo juro.
En cualquier otro joven noble aquellas muestras de prepotente suficiencia habrían provocado un estallido de orgullo, pero no era el caso de Cayo, lo suficientemente inteligente para comprender que en Roma la política no solo se devoraba a sí misma, sino que lo hacía con quien no había desarrollado todavía los colmillos y el pelaje suficientes, nada de lo cual ocurría con Claudio y Flaco, dos auténticas hienas vengativas en busca del león que ha matado a una de sus crías y que, confiado, duerme a pierna suelta. Había subestimado a Claudio y a Flaco. Nunca más volvería a suceder. Y estaban en lo cierto. Su momento estaba por llegar.
—Que la política sea nuestro gladio. Haced justicia. Seré, de momento, vuestro acompañante —dijo con serenidad, y ya se levantaba cuando Claudio lo detuvo con la mano.
—Joven Graco, espera. —Cayo se le quedó mirando—. ¿Es verdad que lo dijo? Ya sabes a qué y a quién me refiero.
Fue esta vez Cayo el que sonrió abiertamente. No era la primera vez que le hacían esa pregunta.
—Lo dijo, la frase de Homero —confirmó antes de despedirse.
Poco después, Apio Claudio entraba en el dormitorio de su esposa. Antistia estaba sentada frente a la nada, con mirada perdida, o de loca, según se interpretase. La hallaba así a menudo desde el asesinato de su querido yerno Tiberio, hierática, pálida, con el moño de matrona totalmente inmóvil, sin agitarse cuando en otros tiempos se agitaba de tanto nervio.
—Me he reunido con Cayo —le informó a su esposa.
Antistia no movió un músculo, salvo la lengua.
—Que tiemble el Senado y Roma entera con ese muchacho.
—Quien debe temblar es Nasica.
—Ese ya está muerto.
—Tal vez también lo esté Emiliano.
Antistia desplazó sus ojos para mirar a su esposo.
—¿Lo dijo?
—Lo dijo.
Y Antistia, después de meses de tenebrosa oscuridad, dejó enseñar sus dientes en una macabra expresión. Era el fin de los Escipiones. Tiberio, en su sacrificio, había acabado con ellos. Tiempo al tiempo.