Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) La caza del hombre #2
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La caza del hombre #2

Algunos nasicas lanzaban desde entonces bulos sobre su supuesta cobardía, acusándolo de haber huido como una rata y de haber abandonado a su querido amigo Tiberio, pero Flaco, a ojos de Cayo, no era de ese tipo de hombres. Flaco era de fiar, además de ser ya senador y miembro de una de las más potentes ramas familiares de los Fulvio, repleta de cónsules y censores desde hacía más de siglo y medio. Si quería abatir a Nasica e impulsar los trabajos de la reforma agraria necesitaba apoyos de alcurnia como aquellos.

—Me alegra verte —le dijo Cayo, estrechando fuertemente la mano de Flaco al tiempo que no podía evitar que sus ojos descansasen en una aparatosa cicatriz que tenía en la mejilla derecha.

—Aquel día, el que tú ya sabes, mi cara golpeó las losas de la plaza capitolina. Se lo debo también a Nasica —aclaró Flaco con gesto circunspecto y vengativo.

—No lo sabía —lamentó Cayo, percibiendo que el rencor corría con pausa pero irremediablemente por las venas de un hombre al que recordaba afable, sonriente y febrilmente activo. Ahora, en cambio, dominado por un rictus grave y serio, Flaco parecía estar rebozado en una costra sombría y distante.

—Yo también me alegro de verte —dijo Flaco, sin dejar de apretar la mano y esbozando lo que parecía una tenue sonrisa, un pequeño destello de sincera cercanía.

—Sentémonos —exigió entonces Claudio.

Los tres hombres ocuparon cada uno una silla con apoyabrazos y patas de tijera. Dos solícitos esclavos les trajeron unas copas y les sirvieron vino, y solo cuando todo estuvo dispuesto, Claudio tomó la palabra, dirigiéndose a Cayo.

—Doy por sentado que tu madre te habrá puesto al día de las decisiones del Senado y del estado actual en Roma. —Cayo se limitó a asentir. Claudio continuó—: Bien, entonces no me andaré con rodeos. Créeme, joven Graco, que lo intenté todo desde el lugar en el que debía hacerse, en la sesión senatorial. Traté de frenar a esa jauría de lobos con togas, pero Nasica solo escupía maldad. Sacrificó a tu hermano, a mi querido Tiberio, a mi propio yerno, al padre de mis nietos, como quien destripa sin piedad a un desdichado cordero —gimoteó.

—Y ahora se pasea por Roma proclamando a los cuatro vientos que es un nuevo Servilio Ahala y que Tiberio era Espurio Melio, justificando su muerte como la salvación frente a la monarquía —espetó Flaco con el rostro frío como el mármol.

Cayo asintió con semblante contrariado. Espurio Melio era un plebeyo del que se decía que se había perfilado como rey hacía ya más trescientos años, encontrando la muerte, sin juicio previo, a manos de Servilio Ahala, en aquel momento magister equitum. Pese a ser un asesinato en toda regla, todos parecían estar de acuerdo en que aquel pasaje de la historia merecía la mayor admiración por haberse terminado con un tirano. No obstante, pocos recordaban ya, y estaba claro que Nasica el primero, que Servilio Ahala había terminado en el exilio por su atroz acción. Que Nasica se comparase con él era simplemente vomitivo.

Cayo, en cualquier caso, no estaba allí para que le siguieran compadeciendo ni para que le dieran unos detalles que no quería conocer.

—Y bien, señores, ¿qué vamos a hacer ahora? —inquirió con pocas contemplaciones, luciendo su ímpetu natural.

Claudio sonrió con malicia. Si Tiberio había sido obstinado hasta la extenuación, Cayo, mucho más impulsivo y con un brillo de sobrada inteligencia en su mirada, prometía superarlo con creces. ¡Cómo le encantaban aquellos muchachos!

—Voy a decirte cómo vamos a terminar con Nasica —salivó.

—Estoy deseando escucharlo.

Claudio, despojado ya de paternalismos y parafernalias, aferró una copa de vino, jugueteó sobre ella con sus regordetes dedos, puso cara de travieso y se arrancó en su soflama.

—La noche del día en el que murió Tiberio faltó poco para que los senadores nos matáramos entre nosotros. Yo mismo agarré por el cuello a Metelo y él hizo lo propio. Sí, eso ocurrió ahí mismo, en mi atrio, a pocos pasos —matizó Claudio al ver la cara de asombro de Cayo—. Sin embargo, la intervención de Escévola, el único hombre con la cabeza sobre los hombros aquella noche, salvó a Roma del desastre, haciéndonos jurar a todos que nada se tocaría, ni la reforma agraria de tu hermano ni a Nasica, que quedaría indemne.

—Pero entonces, si lo jurasteis… —dudó Cayo.

—¿Acaso he dicho que lo juré? —repuso Claudio.

—¿Entonces?

Claudio hizo una pequeña pausa.

—Lo que ocurrió —dijo al fin— es que lo juraron todos, Metelo, Pompeyo y el resto de los consulares y censorios, pero yo no, naturalmente, joven Graco, yo no. Sería un idiota de haberlo hecho, pero, como es obvio que no lo soy —se regodeó—, hoy es el día en el que vamos a ir a por ese desgraciado contra viento y marea. Vamos a destruirlo.

—Algo que además ya no se espera —añadió Flaco.

—¡Exacto! —exclamó Claudio con sumo gozo—. ¿Y dónde va a ser, joven Graco? ¿Dónde vamos a dar el golpe? —preguntó, echando el cuerpo hacia adelante—. Pues en el Senado, en la curia Hostilia, donde Nasica no pueda escapar. Donde crea sentirse seguro. Allí donde cree que las tormentas no existen. Porque vamos a atacarle sin que lo vea venir. Porque vamos a solicitar a los padres conscriptos que se le abra una causa judicial. Que se le enjuicie por haber asesinado sin juicio a un ciudadano romano. Por haber quitado la vida a un tribuno inviolable y sacrosanto. Por haber pertrechado una ejecución que la República no toleraba desde los tiempos de la deplorable monarquía. Vamos a juzgar a Nasica para que sus huesos terminen en el exilio —concluyó con enorme ceremonial al tiempo que elevaba sus ojos azules, intensificaba el jugueteo de sus dedos sobre la copa de vino y se le quedaba mirando a Cayo a la espera de su aplauso.

Este, lejos de dar botes de alegría, miró sucesivamente a Claudio y a Flaco, defraudado. No había regresado apresuradamente de Numantia para oír aquella simpleza, que era tanto como querer derribar a Nasica con una simple carantoña en la mejilla. La idea era ridícula.

—¿Una causa judicial en el Senado? —interpeló—. ¿Una simple comisión para que lo enjuicien los propios senadores que serán debidamente sobornados? ¿Es esto todo lo que Apio Claudio y Marco Fulvio Flaco pueden ofrecer? —dijo asombrado.

Para su sorpresa, Claudio, el ser vivo que menos toleraba que se le diera una mala respuesta, sonrió de oreja a oreja.

—¿Y qué harías tú, joven Graco? —preguntó con toda malicia.

Cayo, sin poder evitar su propulsión, echó también el cuerpo hacia adelante, desafiante, con las mandíbulas muy prietas. No se iba a quedar callado. No estaba en su naturaleza hacerlo.