La caza del hombre
Roma, 19 de octubre
Cayo llegó a Roma cuatro días después de los idus de octubre. Lo hizo coincidiendo con uno de los rituales favoritos de los romanos, lo que era mucho decir a la vista del sinfín de ceremonias sacras que se celebraban a lo largo del año para deleite de los entusiasmados y devotos ciudadanos.
Justo aquel día los doce sacerdotes salios del Palatino aferraban los escudos sagrados de Marte y se paseaban por media Roma para embelesar a propios y extraños con su maravillosa y particular danza grupal. Cayo bien que lo sabía, por lo que fue directamente al foro con la esperanza de toparse con los sacerdotes bailongos.
No tuvo suerte, pero en un foro festivo en el que no cabía un alma le informaron de que los bailarines estaban en el Capitolio, donde en breve ejecutarían una de sus danzas frente al templo de Júpiter.
Como un ariete atravesando una marea humana, con una capucha para no ser reconocido como el hermano de Tiberio —lo que le habría impedido dar dos pasos seguidos—, consiguió hacerse camino a duras penas hacia el clivus Capitolinus, ascendiéndolo con iguales trabas hasta que, favorecido por Fortuna, ya en su cima, pudo colocarse en primera fila de un espectáculo que debía ser visto al menos una vez en la vida.
Justo en ese instante, los doce sacerdotes salios bailaban en perfecta formación, enfundados en panoplias militares del pasado, con sus broncíneos cascos cónicos y sus túnicas púrpuras, tomando con una mano un bastón de madera y con la otra uno de los famosos y venerados escudos de Marte, alargados pero entallados en su parte central, como si hubieran sido mordidos en ambos laterales por una dentadura perfecta.
No había en Roma quien no disfrutara de esta ceremonia, sobre todo por su antigüedad y por remontarse a los tiempos del rey Numa Pompilio y a la peste que había azotado Roma, una tan devastadora y larga que solo había cesado, y abruptamente, al caer del cielo uno de los escudos en bronce de Marte, justo cuando una voz surgida misteriosamente de la nada había profetizado que Roma sería poderosa siempre que conservara aquella rodela sagrada.
Numa Pompilio, impresionado por el prodigio, había decidido entonces, no solo crear el colegio sacerdotal de los salios, sino, además, temeroso de que la reliquia fuese robada, encargar once escudos más totalmente iguales, hasta sumar doce, el original y las copias.
Desde aquellos lejanos tiempos monárquicos los doce sacerdotes custodiaban los escudos y los sacaban unas pocas veces al año, practicando una danza muy particular que consistía en dar dos saltitos con un pie para a continuación descansar en el otro, y así sucesivamente al tiempo que, bajo el reverencial silencio de los ciudadanos, golpeaban los bastones en los escudos y entonaban cánticos en un latín tan arcaico que ya nadie los entendía ni falta que hacía, pues ello incrementaba el misticismo.
Y en estas se afanaban los sacerdotes justo en ese mismo instante, propinando sus saltitos y chocando con sordo estruendo sus bastones, en una perfecta y metódica coreografía, separados en dos grupos que se cruzaban hasta juntarse para volverse a separar, con rostros serios y formales, sabiéndose todos ellos importantísimos y observados, pero especialmente uno de ellos, empeñado en sobresalir por su mejor ejecución, por su aristocrática pose, por sus cabellos blancos, por sus ojos azules, por su recitado más poético y por una barbilla tan alta que bien podía desencajar su cuello.
Diríase incluso que los dioses mismos se hallaban asomados desde el Olimpo, extasiados por aquel magnífico y particular sacerdote bailón, pues no cabía ninguna duda de que Apio Claudio Pulcro, el salio más veterano de entre todos a sus cincuenta y dos años, consular, censorio y príncipe del Senado, no quería otra cosa que ser el mejor, por mucho que su baile resultara ostentoso y hasta cómico.
Cayo, deslumbrado por el zapateo exagerado de Claudio, no pudo evitar que sus labios dibujaran una amplia sonrisa. Aquel personaje era verdaderamente único e irrepetible, recalcitrantemente patricio, soberbio, vanidoso, una imitación de sí mismo, ambicioso hasta la extenuación y manipulador sin descanso, precisamente todas las virtudes y defectos necesarios para sobrevivir durante dos décadas junto a otro hombre extraordinario y del mismo pelo con el que en todo competía, Emiliano.
Muerto de risa en su fuero interno por la desmedida interpretación de Claudio, Cayo tuvo aún tiempo de escuchar los últimos versos del canto declamado por los sacerdotes. Inmediatamente después, el pelotón de salios terminó su danza y se encaminó hacia el foro abriendo en canal a la multitud. Cómo no, Claudio se apresuró a colocarse en cabeza y condujo con maestría al grupo, no sin pasar antes junto a Cayo y reconocerlo no se sabía cómo pese a la capucha.
—Esta noche, en mi domus —ordenó Claudio de soslayo.
Cayo se limitó a asentir con una enorme sonrisa, viendo cómo el gran Claudio, cual dios supremo que lidera a las insignificantes divinidades menores, se alejaba grácilmente con sus asombrosos saltitos, dejando una estela de artística e insuperable gracia en su danza, pues lo cierto es que no había ocasión en la que no se jactara de ser el que mejor bailaba. Ese y no otro era Apio Claudio Pulcro.
Bien entrada la noche, Cayo, siempre de incognito, llamó a la puerta de la casa palatina de su anfitrión. Un esclavo que tenía pinta de sirio le dejó pasar, pero, hecho esto, apenas pudo dar dos pasos. Dos pequeñuelos bien parecidos le interceptaron en mitad del atrio y se le plantaron delante. El mayor tendría unos tres años y el pequeño no superaría el año y medio.
—¿Quién eres tú? —le interrogó el mayor de los dos como si fuese un pequeño centinela de las legiones.
—Soy vuestro tío Cayo —le dijo con una infinita combinación de ternura y tristeza. Aquellos mocosos eran fieles y diminutas reproducciones de su hermano Tiberio.
Los niños, confundidos, no abrieron la boca, y así permaneció Cayo un rato, disfrutando de la simple visión de sus sobrinos hasta que oyó que una nueva voz llena de dulzura lo llamaba.
—¡Cayo!
—¡Claudilla! —exhaló al levantar la vista, yendo él mismo al encuentro de la viuda de su hermano y con la intención de darle un abrazo, idea que frustró al advertir que su cuñada llevaba en brazos un bebé, el último de los hijos de Tiberio, nacido poco después de su asesinato.
—Claudilla… —susurró Cayo lleno de repentino ahogo, sin saber qué decir exactamente. Por suerte, su cuñada sonrió abiertamente y lo miró con sus bondadosos ojos azules.
—Se parece mucho a Tiberio, ¿no crees?
—Lo creo, Claudilla, pero tiene tus ojos —condescendió Cayo.
—¡Oh, vamos, no seas mentiroso!
—Es la pura verdad —se reafirmó Cayo, soportando estoicamente cómo los otros dos pequeños tiraban de su túnica—. ¡Fuerza lo que se dice fuerza sí que tienen! —bromeó, tratando de no perder el equilibrio.
Claudilla sonrió agradecida.
—Los tres son buenos y tranquilos, como lo era tu hermano…
Claudilla no pudo continuar y el propio Cayo tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para dominar su congoja.
—Los educarás bien, Claudilla, y yo te ayudaré —dijo, apretando cariñosamente el hombro de su cuñada.
Claudilla se limitó a asentir con gesto triste, no mucho, porque las puertas de la casa se abrieron de pronto de par en par para dar paso a su padre, a Apio Claudio, que regresaba como un dios de cumplir metódicamente sus deberes como sacerdote salio.
Al ver a su invitado, Claudio no se lo pensó dos veces. Adoptó una pose de pomposo melodrama, extendió los brazos y, caminando todavía con cierto deje rítmico —no le era sencillo despojarse de su arte bailón—, se echó encima de Cayo, apretujándolo con fuerza a modo de compasivo pésame. Cayo le dejó hacer hasta que Claudio decidió liberarlo.
—Tienes la misma mirada obstinada que tu hermano —le dijo Claudio—, algo que provocará que a Nasica le revienten las almorranas que sobresalen de su culo como anguilas —expuso sin remilgos—. Ni que decir tiene que esto es lo mejor que le va a pasar ahora que has regresado. Sígueme y te diré cómo vamos a arruinarlo —espetó con igual inflexibilidad y se perdió en el interior de su casa, no sin antes dedicar unas caricias de felino a sus tres nietos—. ¿Habéis visto qué bien baila vuestro abuelo? ¡Nunca veréis cosa igual! —exclamó, emprendiendo su camino.
Cayo siguió a Claudio con la mirada, muerto internamente de risa.
—Y eso que no te has topado con mi madre Antistia —ironizó Claudilla antes de abrir los ojos como platos y añadir con voz de oráculo—: Se ha convertido desde el asesinato de Tiberio en una verdadera Medusa que todo lo transforma en piedra con su agria mirada.
—Debemos cazarlos —aseveró Cayo, muy serio.
—La caza del hombre —secundó Claudilla, luciendo de pronto un tono sombrío muy lejano a su habitual dulzura.
—La caza de Nasica —sentenció un lúgubre Cayo al tiempo que iba en pos de Claudio.
Se reunió con él en la biblioteca de la domus.
Claudio no era el único que le esperaba.
Lo hacía también otro hombre de cabellos rubios como los celtas y que a la vista de sus zapatos rojos y túnica con banda púrpura ostentaba la dignidad senatorial. Y es que en aquella sala se encontraban los dos hombres que más habían apoyado a su hermano, Apio Claudio y Marco Fulvio Flaco.
—Marco —dijo Cayo con sincero afecto.
Aunque Flaco tuviera doce años más, se llevaba con él francamente bien, teniéndole verdadero aprecio. Lo consideraba un amigo y un hombre leal y entregado al pensamiento y acciones de su hermano; alguien que había tratado de defenderlo la jornada de la matanza en el Capitolio; alguien que, con la túnica desgarrada y ensangrentada, había tenido el valor de acudir la noche del asesinato a la casa de su madre Cornelia para anunciar la muerte de Tiberio. De hecho, aquel día, el propio Flaco había escapado con vida de puro milagro.