Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Justicia
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Justicia

Miseno, mediados de octubre

Cayo abandonó Numantia pocas semanas después. Corroído por dentro y por fuera, pidió permiso para regresar, lo que le fue concedido.

Un mes más tarde llegaba a Roma. Su viaje, no obstante, no se detuvo en la Urbs, sino que tomó de seguido la vía Apia hasta alcanzar seis jornadas después la localidad marítima de Miseno y avistar a sus afueras el bosquete de pinos que precedía a la villa rústica en la que se había refugiado su madre, Cornelia minor, tras la muerte de Tiberio.

La vía de acceso a la villa, erigida junto a un pequeño acantilado, discurría entre la playa y un hermoso bosque de pinos cuya sombra se alargaba hacia el litoral. Pese a ser finales de september caía un sol de justicia y la humedad era notable.

Pero lo que más llamó su atención fue el olor, ese inconfundible olor a resina mezclado con la brisa y los aromas de la costa que inundaron su mente de viejos recuerdos. Allí había jugado un sinfín de veces con sus hermanos Tiberio y Sempronia. Allí había disfrutado de su viejo perro Jerjes. Y allí había pasado veranos enteros en compañía de su madre, de su entrañable y rechoncha tía Cornelia maior y de la prima de ambas, la chinchosa Emilia. Aquellas tres mujeres habían conformado un formidable contubernio, un trío de lo más singular y conocido en Roma por sus divertidos paseos, sus chismorreos, sus discusiones, su alcurnia y su inmensa dignidad, nada de lo cual habría sobrevivido seguramente tras el asesinato de Tiberio.

O eso pensaba. No podía ser de otro modo teniendo en cuenta que Nasica era el hijo de su tía Cornelia, que Emilia era la hermana de Emiliano y que Sempronia era la esposa de Emiliano. Un embrollo familiar, en suma, difícil de digerir.

Superado un nuevo bosquecillo, apareció el edificio central de la villa, con su alargada fachada porticada rodeada de jardines y pequeños retazos de bosques artificiales salpicados de ménsulas, fuentes y estatuas de ninfas, faunos y genios.

Ningún esclavo salió a recibirle, pero Cayo sabía a dónde dirigirse. Bajó del caballo y tomó un ancho camino bordeado de setos recortados que le condujo hasta un cercano jardín en el que imperaba una sombra fresca. Allí había dos bancos de piedra enfrentados. Y en uno de ellos, con su mayestática presencia y armonía, leía su madre como si nada hubiera pasado o como si nada hubiera cambiado, salvo sus cabellos, ahora totalmente blancos, bien recogidos en el característico moño cónico de matrona romana. Y es que su madre, a sus cincuenta y seis años, después de haber perdido a diez de sus doce hijos, asesinado el último, seguía asombrando a todo ser viviente por su saber estar, su elegancia y su serena y cultivada autoridad. Era común la opinión de que si hubiera nacido hombre los habría superado, y a fe que era cierto.

—Madre —susurró Cayo para rescatarla de la lectura, pues sabía que si algo le molestaba era que la interrumpieran mientras leía.

Ella apenas se movió. Se limitó a ladear la cabeza, con atención, como si temiera que aquel sonido hubiera sido un espejismo y que al levantar la mirada no estuviera allí su hijo pequeño.

Sin embargo, como solía suceder con Cayo, se equivocaba y la realidad se impuso. Cayo no era precisamente tranquilo, como sí lo había sido Tiberio, sino un verdadero terremoto, un torbellino que se le echó encima para abrazarla con fuerza y brío.

—¡Madre! —aulló Cayo, desatando la desmedida rabia que había logrado contener a duras penas a lo largo de los dos últimos meses.

Cornelia no dijo nada. Se dejó abrazar al tiempo que ella misma tensaba sus pequeños músculos. Su corazón se agitó y tuvo que inspirar con fuerza, como si así quisiera llenarse otra vez de vida al tiempo que desplazaba la enorme losa de odio que presionaba su pecho.

—Cayo —exhaló finalmente, permitiéndose una pequeña debilidad, no mucha, porque si los grandes hombres de Roma debían evitar a toda costa el llanto y soportar la tristeza por la muerte prematura de sus retoños, ella debía hacer lo mismo, sobrellevando la tragedia con la mayor entereza y sobriedad. Roma se construía desde la fortaleza y la gravedad, no desde el grito plañidero ni el despecho.

No atesoraba el mismo carácter su hija Sempronia, porque esta, irrumpiendo por detrás de unos setos con su cara ovalada y como una niña pequeña que busca desesperadamente protección, vino a unirse al abrazo llorando sin freno.

—¡Cayo! —chilló desconsolada, fundiéndose con su hermano y con su madre—. ¡Lo mataron a porrazos! ¡Lo mataron apaleado como a un vulgar esclavo en la plaza del Capitolio! ¡Le partieron la cabeza y lo tiraron al Tíber! —gimió desgarrada al tiempo que sus desarticulados y débiles bracillos se aferraban como una lapa.

Cayo apretó sus molares, respirando como un enorme gladiador a punto de levantar en volandas a toda una falange macedónica.

—Lo pagarán, todos lo pagarán —dijo en un mortal susurro.

—¡Nasica, fue nuestro primo Nasica! —se desgañitó Sempronia.

Fue oír aquel nombre para que los tres se separaran de pronto, Cornelia todavía sentada y Cayo y Sempronia alrededor de ella, expectantes, mirándose unos a otros.

—Sentaos, sentaos los dos —dispuso entonces Cornelia, poniendo fin al luto y al sentimiento. Regresaba la gravedad de Roma.

Cayo fue a sentarse en el banco de enfrente, mientras que Sempronia se acurrucó junto a su madre.

—No, Cayo —dijo Cornelia, después de estirar el cuello y ladearlo ligeramente a su modo natural—. Aunque sé que no lo dudas, tu hermano no pidió ninguna diadema ni quiso coronarse rey.

—¡Solo se llevó la mano a la cabeza para pedir auxilio! —saltó Sempronia—. ¡Pero los nasicas, esos repugnantes esbirros de nuestro primo, se le echaron encima cuando las tribus comenzaron a darle sus votos para elegirlo de nuevo tribuno de la plebe! ¡Iba a conseguirlo!

—Porque su reelección se ajustaba a las leyes. El cónsul Escévola lo había confirmado —matizó Cornelia.

—¡Escévola! —secundó Sempronia—. ¡El mejor jurista de toda Roma! ¡Y aun así acusan a Tiberio de déspota!

Cayo cabeceó reflexivo. No le cabía la más mínima duda de que su hermano había actuado en el marco de la ley, pero aquello ya poco le importaba. En su mente solo revoloteaba una única cuestión.

—Así que es verdad que el instigador fue Nasica.

—Es verdad —confirmó su madre con los ojos medio entornados, en un gesto lóbrego y lleno de oscuridad.

Cayo bajó la vista y apoyó sus manos en los muslos.

—¿Y qué ha hecho el Senado desde entonces?

—¡Nada! ¡Nasica se pasea como un triunfador! —languideció Sempronia. Su madre asintió.

—El Senado decretó que la ley de reparto de tierras públicas debía mantenerse y aplicarse, porque solo se habían opuesto a la sedición de algunos, pero no a la reforma agraria en sí misma. Por ello, han instado a que el pueblo vote a un nuevo triunviro agrario en sustitución de tu hermano para que sigan las labores de entrega de tierras —expuso.

—Imagino que el Senado lo ha hecho por temor al pueblo, solo para apaciguarlo y evitar nuevos disturbios —aseveró Cayo.

—Es lo que creemos —confirmó su madre.

—Pero nada han hecho contra Nasica —volvió Cayo.

—Nada —revalidó Cornelia.

—¡Que se pudran todos en el Tártaro! —maldijo Sempronia.

—¿Y quién va a ser el nuevo triunviro? —preguntó Cayo.

—Craso —contestó Cornelia, dejando traslucir en su mirada que en aquel nombre había algo más que un triunviro, algo que Cayo supo interpretar sin dificultad. Craso no solo era un senador de enorme prestigio y sumamente rico que había sido aliado de su hermano Tiberio, sino que, además, pronto sería su suegro.

—Contraeré matrimonio con su hija Licinia en cuanto regrese a Roma. Cumpliré los esponsales —accedió.

—Es un excelente enlace. Craso fue pretor el año pasado y nadie duda de que será cónsul con su edad —insistió Cornelia.

Cayo se permitió sonreír levemente. Su madre, la pequeña y orgullosa Escipión, no descansaba ni en la mayor de las fatalidades, como tampoco lo hacía Sempronia, aunque de forma distinta.

—¿Y es verdad que lo dijo? —preguntó su hermana de pronto, ahora sin gimoteo alguno, dejando exhibir sus caninos blancos en su cara ovalada—. ¿Es verdad que lo dijo? —repitió entre dientes en clara referencia a su esposo, a Emiliano.

Cayo apretó los labios.

—Es verdad, yo estaba allí. Dijo que debían morir todos los que realizasen tales crímenes. —Y aguardó la explosión de su hermana, como así fue.

Sempronia pegó un desmedido brinco, se puso de todos los colores, se agitó en pie como una víbora acorralada y se tiró enloquecida de los pelos.

—¡Yo misma lo mataré a su regreso! —clamó histérica.

—Sempronia —trató de frenarla su madre.

—¡Yo misma lo envenenaré!

—No harás tal cosa —reiteró Cornelia con infinita contención.

—¡Los mataremos a los dos! ¡A Nasica y a Emiliano!

—¡Sempronia! —bramó Cornelia, poniéndose súbitamente en pie con tal fuerza y autoridad que el mundo se detuvo en Miseno. Su hija se quedó con la boca abierta y Cayo con los ojos fijos en su madre.

—Nasica lo pagará —reiteró este último con un tono que delataba que aquello no era negociable.

—Y Emiliano también —insistió Sempronia.

Cornelia cerró los ojos, como acostumbraba en momentos como aquel que requerían soberanía. Solo los abrió cuando notó que las respiraciones de sus belicosos hijos, cada uno a su manera, se calmaban.

—Lo pagarán, sí —susurró—, pero no quiero escucharos nunca más que los mataréis o los envenenaréis, porque sería tanto como rebajarnos a su mismo nivel, tanto como hacer daño a Roma y a vuestro propio hermano. No les deis el gusto de regalarles razones para cimentar su barbarie. Haced lo que tengáis que hacer, pero desde la ley, no desde las entrañas. No quiero nuevos nasicas en mi familia. No quiero odio. No quiero venganza, solo justicia —declaró con maciza seriedad.

Sempronia torció el morro y Cayo palmeó sus muslos con las manos, poniéndose en pie.

—¿La tía Cornelia y la tía Emilia están bien? —se interesó.

—No hablo con tu tía Cornelia desde entonces. Y mi prima Emilia está bien de salud —informó su madre con frialdad.

Cayo cabeceó entristecido. No quiso insistir.

—¿Y los amigos de Tiberio? —preguntó a continuación.

Fue esta vez Sempronia la que contestó.

—¿Te refieres al contubernio de los pedos? Pues Octavio se esconde en su casa desde que vetó la ley de Tiberio. Su carrera está arruinada, por supuesto —informó con ácida ironía—. Quintillo, pues ya sabes, tú has estado con él en Numantia. No hará otra cosa que seguir a su padre Fabio como un cachorrillo. Y Fannio está en Macedonia.

Cayo volvió a sacudir la cabeza. Otro grupo, en esta ocasión el famoso contubernio de los pedos, hecho añicos, como Roma misma.

Afligido, ya se marchaba cuando su madre le habló de nuevo:

—Desde la ley, hijo, desde la ley.

Cayo miró a su madre con una combinación de sorpresa, desacuerdo y admiración. Aquella Cornelia Escipión bien podía haber reaccionado con la muerte de Tiberio abrasada en el odio, soltando sus cabellos al aire y agitándolos desordenados mientras clamaba venganza en mitad del foro. Cualquier otra mujer lo hubiera hecho, pero no ella, retirada en Miseno, dedicada a la tranquila lectura, apaciguando la ira de sus propios hijos. Su madre era admirable.

—Con justicia, desde la ley —oyó que repetía ella.

Cayo suspiró antes de mostrar su pensamiento más profundo.

—Madre, mi obligación es defender la ley de reparto de tierras públicas —afirmó con determinación consular—. La ley es el símbolo de la dignidad de los ciudadanos empobrecidos y de los campesinos legionarios. La ley es justicia. Es humanidad. Es una Roma que hace frente a los abusos de la nobleza senatorial, que todo lo cree suyo, tierras, botín, negocios y honores. Y cuando no pueden conseguirlo asesinan, sobornan, provocan guerras, traicionan y se reparten el poder de modo aberrante. ¿Me equivoco? —interpeló circunspecto. Ante el silencio de su madre, concluyó entre dientes—: Los senadores se enfangan en su riqueza y en su poder corrompido. Y ahora están manchados de sangre. Han de pagarlo. Y Nasica, por mucho que sea tu sobrino o mi primo, debe ser el primero. La reforma no debe languidecer, madre. Será con la ley, pero será.

Cornelia lo miró fijamente. Cayo solo tenía veinte años. No era alto y espigado, al estilo de los Sempronios Graco —como lo había sido Tiberio—, ni tenía el sosiego de ellos. Bien al contrario, dominado por unos impetuosos ojos marrones que remarcaban una mirada difícil de sostener, era más Escipión, del tipo tenaz, impulsivo y orgulloso, aunque de mayor inteligencia y rebeldía si cabía. Si alguien podía llegar a descabalgar a un Senado egoísta que no se había comportado con la dignidad que se le esperaba era precisamente su hijo pequeño, aún demasiado joven, pero de impulso irrefrenable.

—Ten cuidado, Cayo —pidió con la prudencia de toda madre.

—Sé bien qué tengo que hacer. Vuelvo a Roma —dispuso Cayo antes de observar atónito cómo un perro viejo que apenas podía caminar se le acercaba para lamer sus manos. Jerjes, su amigo fiel, seguía milagrosamente vivo.