Un Homero inoportuno
Numantia, en los días siguientes
Emiliano se encerró en el pretorio durante días. Solo salió para perderse en los bosques numantinos. No deseaba hablar con nadie. No deseaba ver a nadie. Estaba tan desolado como furioso.
A lo largo de su vida había tenido que superar enormes dificultades y tolerar sonados fracasos. Había hecho frente a todo una y otra vez gracias al bastón de su incansable decisión y con su grueso y virtuoso orgullo, pero esto era muy distinto, terriblemente distinto. La muerte de Tiberio era un abismo insondable, un puñal clavado en la espalda.
Pese a ello, como siempre, debía imponerse.
Debía superar el precipicio al que lo habían arrastrado y elevarse sobre la rabia que aplastaba su raciocinio. Tenía que ser lo que siempre había sido en la vida, práctico y metódicamente inteligente. Su obligación era reflexionar y encontrar la mejor solución a aquel desastre.
Su posición se lo pedía a gritos.
Debía pensar, no solo sentir.
Y lo hizo sin descanso, pensar.
No obstante, al cuarto día se le acercó su hermano Fabio.
—Tarde o temprano se sabrá en el campamento —le advirtió.
—Dejadme solo —fue su repetida respuesta.
Al quinto día asaltó su mente un nuevo dilema.
Ocurría que él mismo había promovido durante el consulado de su amigo Lelio una ley agraria para repartir tierras públicas entre los veteranos de guerra que regresaban a sus casas y encontraban sus campos abandonados u ocupados, lo que los conducía a la ruina. Era por lo tanto una propuesta necesaria, posiblemente como la de Tiberio, pero entre una y otra anidaba una diferencia radical. Él había dado un paso atrás ante la fuerte oposición del Senado a la espera de un tiempo en el que los padres conscriptos estuvieran preparados para admitir la nueva realidad de una Roma cambiante. Tiberio, en cambio, no lo había hecho. Pero ¿por qué no había dado su brazo a torcer? ¿Por qué?
—No podemos esperar más —le dijeron Fabio y Lelio en comandita al sexto día.
—Dejadme solo —reiteró, sumido en aquella duda.
¿Por qué Tiberio había violentado de tal modo al Senado?
¿Por qué había querido imponerse a su autoridad hasta llegar a la catástrofe sin buscar soluciones de consenso?
Tiberio era un hombre moderado.
O tal vez no.
—Publio… —lo llamó Fabio al séptimo día.
Esta vez, sin embargo, no los despachó.
Tenía ya una respuesta.
Todo gran hombre encontraba el camino más pronto que tarde.
Elevó la mirada, mostrando sus ojillos de voraz halcón, irradiando nuevos destellos de fortaleza.
—Sentaos —les dijo.
Los tres se encontraban en su despacho del pretorio, él presidiendo su escritorio y Fabio y Lelio justo al otro lado del tablero.
Fabio y Lelio cruzaron sus miradas. El Emiliano más prototípico parecía emerger de nuevo, el orgulloso; el amigo de sus amigos y el feroz con quienes no lo eran; el ave rapaz de mirada profunda; el hambriento en la gloria y en la exigencia constante de ser digno de la familia Escipión; el riguroso y disciplinado; el defensor de la tradición y de la piedad a los dioses; y, sobre todo, el hombre de la virtud aderezada con la protección de sus propios intereses.
Emiliano a fin de cuentas.
Comenzó con firmeza.
—Cuando a Tiberio le pareció adecuado destituir a su colega Octavio porque vetaba su propuesta de ley, lo hizo sin que le importaran cientos de años de costumbre y el carácter sacrosanto de los tribunos de la plebe. Eso hizo —matizó, tajante—. Después se apropió de la herencia del reino de Pérgamo para financiar sus repartos de tierras, y lo hizo nuevamente pese a contrariar las funciones del Senado. Eso hizo —repitió incisivo—. Y en esta carrera buscó una reelección al tribunado de la plebe para seguir imponiendo su voluntad sobre el Senado. No sé si quiso o no ser rey, ni me importa, pero sus actos fueron concluyentes. Eso hizo. Y por ello mismo debo estar junto a…
—Publio, se trata de Tiberio… —balbució Fabio, interrumpiéndolo, consciente del angosto y espinoso camino que su hermano parecía estar a punto de tomar.
Emiliano, en cambio, adoptó una pose de orgullosa grandeza.
—Senado o familia. Roma o pueblo. Unos u otros. Yo tengo que elegir —aseveró rotundo—. Y en esta tesitura, a la vista de los hechos y de su gravedad, por muy loable que fuese la ley agraria, yo escojo la forma sobre el fondo. Yo elijo el bien de Roma, que no es otro que mantener la autoridad del Senado y la costumbre de nuestros mayores. Esa es la Roma que yo deseo. Esa es mi Roma. Es así como la República ha ascendido hasta dominar el orbe, de la mano de la gravedad, de la seriedad, de la virtud y de la experiencia y memoria colectiva de los senadores, pero no al albur de agitadores ni de tribunos de la plebe.
—Tribunos de los que te has servido en el pasado para presionar al Senado —intervino Lelio con abierta confianza.
—Y eso que has dicho es cierto —contestó Emiliano con aplastante conclusión—, pero yo solo presioné al Senado. Nunca quise despojarle de sus funciones. Tampoco arruinarlo. Nunca me propuse subvertir la tradición de nuestros mayores.
—Publio, hablamos de Tiberio —insistió de nuevo Fabio.
Emiliano negó de lado a lado.
—Nada de lo que haya ocurrido en nuestra ausencia es mi responsabilidad ni ha sido mi voluntad —dijo categórico—. Roma debe ser la misma y yo regresar para celebrar un triunfo y ocupar mi posición, la labrada durante décadas de valor y esfuerzo —aplastó, y añadió—: Y una cosa más tengo clara. No se importuna la autoridad del Senado ni se socavan los valores romanos. Y quien lo haga se encontrará con Escipión Emiliano, sean o no de mi familia —aseveró antes de elevar una mirada ardiente, y recitar—: Así perezcan todos los que intenten tales crímenes.
Y a fe que el verso de Homero que acababa de cantar era grandioso, pero no para el muchacho que estaba bajo el vano de la puerta y que acababa de escucharlo todo. Porque aquel joven de apenas veinte años, surgido de ninguna parte aunque posiblemente llegado hasta allí para compartir el dolor y conocer de primera mano la noticia de la muerte de Tiberio, estaba paralizado, aferrado a las jambas de rústica madera de la puerta de la sala, dominado por un rostro tan devastado por la tristeza como por el súbito odio. Bien podía desatarse en aquel mismo momento la furia de los dioses en su lucha con los titanes, porque aquel muchacho de presencia más que inoportuna era Cayo Sempronio Graco.
—Cayo —acertó a decir Fabio, sin tiempo a nada más, puesto que el joven, girando violentamente sobre sí mismo, se alejó sin abrir la boca.
—La noticia ya corre por el campamento —dijo Lelio.
Emiliano cerró los ojos y resopló aparatosamente. Todo en la vida era susceptible de empeorar. Y era justamente lo que acababa de suceder.
Abrió los ojos.
—No tengo otra opción.
Fabio, temeroso, no dijo nada. Lelio sí.
—¿Y cuál es tu primera decisión? —interpeló consciente de que Emiliano no solo pensaba, también ejecutaba, como así fue.
—Vuelve a Roma y haz lo que sea oportuno para que el Senado no esté en manos de Claudio ni de los defensores de Tiberio —demandó, imperial—. Moviliza a las grandes familias senatoriales y que los nuevos cónsules no sean claudianos ni gracanos. Auspicia y promueve en mi nombre a los más adecuados. Pero que Roma no esté en manos de Claudio ni de los gracanos cuando yo regrese.
Lelio, reflexivo, dio un par de cabezadas antes de responder.
—Publio, puede que sea necesario algo más si quieres restablecer la autoridad del Senado —sugirió con su habitual inteligencia—. Nos guste o no, ha quedado muy dañada.
Emiliano exhaló una sonrisa.
—Lava su imagen. Justifica sus actos. Encuentra culpables si es necesario. Sabrás como hacerlo.
—¿Y qué ocurrirá con Nasica? —preguntó Fabio.
Emiliano no lo dudó un solo instante.
—Su destino me es indiferente —sentenció, inmisericorde, y miró a lo alto. Le hubiera gustado encontrar el firmamento o la estrellada bóveda celeste, pero allí no había más que vigas viejas de madera y una techumbre precaria que podría derrumbarse en cuanto se marcharan de Numantia. Resopló. Eso es lo que era Roma ahora, un viejo tejado que amenazaba ruina si no tomaba las medidas necesarias por muy duras que fueran o por muy incomprensibles que les resultaran a muchos y especialmente a su familia. Pero no tenía otra opción. Bufó de nuevo. No paró de hacerlo durante días con todas sus noches.