Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Una noticia devastadora
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Una noticia devastadora

Numantia (Hispania), mediados de agosto

Emiliano salió de caza aquella calurosa mañana de sextilis. Así lo había hecho en los bosques reales macedonios tras la guerra con Perseo, cuando contaba apenas dieciocho años, mostrando ya una gran audacia.

Después, destruida Cartago, había emprendido la búsqueda de los famosos leones africanos, exhibiendo aún mayor coraje.

Y ahora, superados los cincuenta años, debía hacerlo en los frondosos bosques numantinos, honrando su vieja costumbre, y Numantia, por pequeña que fuera, bien valía la cacería de la victoria.

Después de meses de asedio y de haber esquilmado con sus sesenta mil hombres los recursos circundantes, parecía poco probable que dieran con algún solitario animalillo, pero, para su sorpresa, las serranías escondían docenas de ciervos y jabalíes que abandonaron sus escondites por el acoso de los perros que acompañaban a la enorme partida de caza.

Las piezas abatidas por las lanzas fueron numerosas, suficientes para abastecer las cocinas del banquete con el que esa misma noche iba a agasajar a todo su estado mayor. El triunfo, aderezado con no pocos sufrimientos en aquella tierra áspera, merecía un poco de diversión.

El convite, celebrado en el patio del pretorio del campamento de Escipión en un mar de triclinios y esclavos que iban de aquí para allá bajo la cálida luz de fuegos y lucernas, comenzó con ánimo, luciendo los tribunos militares sus habituales bravuconadas, casi todas ellas dirigidas contra un hombre que era el deleite de todos, un hombre que lucía permanentemente en su boca una ramita que movía con parsimonia de lado a lado. Todos apreciaban al veterano y endurecido legado Quinto Occio, rudo, de pocas palabras, irónico y lento, pero mortal en combate.

—Yo vi con mis propios ojos cómo dabas un brinco y huías como un conejo de un numantino que apenas te llegaba a la cintura —le espetó un joven tribuno militar con cara traviesa, esperando una réplica que no se hizo esperar. Occio rotó el cuello para encararlo, con lentitud, con gesto impasible y con su eterna ramita bucal en movimiento.

—¿Tienes ojos en tu ano de gato estreñido? —repuso inmutable.

—¡Tiene el orificio lleno de pelos! —bromeó otro tribuno.

—¡Son más frondosos que la selva Arsia! —se mofó un tercero.

—¡No estamos hablando de mi ano! —se defendió entre risas el tribuno militar que había tenido la osadía de provocar a Occio.

—Eso lo dudo, pero ya que no tienes huevos colgando de tu entrepierna, solo podemos hablar de tu ano seboso —porfió el propio Occio, provocando la algarabía colectiva.

Emiliano, en la presidencia del océano de triclinios, rio también con la réplica de Occio y con los coloquios que se sucedían, la mayor parte de ellos de lo más inapropiados pero muy castrenses, ya tratasen sobre los prominentes senos de las mujeres celtíberas —cuya rústica belleza era poco del gusto de los romanos—, o que los numantinos tenían unos genitales tan grandes como su coraje, lo que condujo a inevitables comparativas y exhibiciones entre los más aficionados a la borrachera.

Emiliano dejó hacer, orgulloso por una victoria que le catapultaba a la cúspide de la grandeza más absoluta. Porque nadie reunía sus méritos y hazañas. Nadie, ni el gran Claudio o Metelo Macedónico, le igualaba en jerarquía. Sin duda, y así lo sentía, era ya el primer hombre de Roma, lo que era tanto como encontrarse en la cumbre del Olimpo.

Ser el primer hombre de Roma no era una magistratura.

Era más, mucho más.

Era la capacidad de influir en las decisiones de los hombres más importantes; ser el faro de todas sus acciones y creencias; elevarse hasta convertirse en la figura preeminente a la que todos siguen y frente a la que todos callan. Y todo ello, todo, sin ostentar ninguna magistratura; sin poseer imperium alguno otorgado por los hombres; solo y simplemente por tener una fuerza irresistible e intangible que derrumbaba mentes, voluntades y empalizadas: la auctoritas.

Él era ya el primer hombre de Roma.

Él era la viva imagen de la autoridad en su máxima expresión.

En resumidas cuentas, era feliz.

Y, además, contaba a su lado con dos hombres que, representando la confianza y el consejo, sabían gloriar su posición.

Esos hombres eran su hermano Fabio y su amigo Cayo Lelio.

—¡Escuchadme todos! —llamó la atención en ese momento Fabio. Todos lo miraron—. Dejemos a un lado los pechos de las celtíberas. Hablemos ahora de cuáles han sido los mejores cónsules y estrategos de la historia. ¡Esa sí es una conversación digna! —rio.

—¡De entre todos los mejores, sin duda se encuentra quien hoy nos honra con esta cena! —se apresuró a lisonjearle Lelio.

Emiliano lanzó una carcajada. Estaba disfrutando.

—¿Y quién será el siguiente? ¿Quién guiará a Roma después de Publio Cornelio Escipión Emiliano Africano Numantino? —pasó a la adulación más descarada Fabio, incitando a que todos los congregados viraran sus cuellos hacia el gran hombre cual perros que esperan su galletita, deseando ser los elegidos por el gran Escipión.

Emiliano, ahora con gesto pícaro, miró a uno de sus tribunos militares, tumbado en un cercano triclinio.

—Este tal vez —dijo.

El griterío que sucedió a sus palabras fue atronador.

—¿Cayo Mario? —rugieron varios senadores en forma coral.

—Cayo Mario —confirmó Emiliano con una gran sonrisa, provocando una nueva explosión colectiva donde unos asentían y otros negaban notoriamente.

Mario era un tipo muy avispado y mejor soldado, lleno de distinciones militares pese a su juventud, muy apreciado por Emiliano por su audacia y por haber matado a un enemigo delante de él, pero de ahí a ser uno de los grandes hombres de Roma distaba un enorme trecho. Para casi todos, Mario, oriundo de una pequeña ciudad del sur del Lacio, humilde en comparación con la gran aristocracia, a lo sumo llegaría a ser cuestor y tribuno de la plebe. Tal vez edil, pero poco más.

Emiliano, en cambio, no era de la misma opinión. Poniéndose en pie para abandonar el banquete, pasó junto a Mario.

—No te conocen bien —le dijo por lo bajo.

Mario sonrió como un tonto, siguiendo con la vista cómo su cónsul desaparecía en el interior del pretorio.

Emiliano, aún con la sonrisa en la cara, entró en el edificio, que se abría a un patio interior circundado en su primer piso por las estancias que hacían las veces de despachos y dormitorios, todas ellas precedidas de un corredor con barandilla. Allí acometió las escaleras con pausada alegría y elegancia, en busca de su cubículo. Sin embargo, ya en el piso superior, se topó en el corredor perimetral con Fabio y Lelio, que por alguna razón habían abandonado la velada poco antes, llamados por un tribuno militar que les había cuchicheado algo al oído.

Emiliano, al verlos, aminoró su brillo. Fabio y Lelio mostraban en sus rostros signos de preocupación.

—¿Alguna noticia? —preguntó con una ceja levantada.

—Tienes que escuchar a este hombre —espetó Fabio sin preámbulos, cogiéndolo del brazo y metiéndolo en uno de los despachos donde había una enorme mesa de roble con mapas, estanterías repletas de pergaminos y, en medio, un joven visiblemente agotado y con cara nerviosa.

—Ha recorrido la distancia que separa Tarraco de Numantia en apenas cinco días al galope —informó Lelio.

—Eso es cabalgar sin descanso… —farfulló Emiliano.

—Habla —exhortó Fabio al muchacho.

Este jugueteó con sus manos e intentó hablar, pero se le quebró la voz, razones para que Emiliano se pusiera definitivamente en alerta.

—Por Hércules, habla —reiteró Fabio con impaciencia.

El mensajero cogió aire y lo soltó a bocajarro.

—Ha muerto, Tiberio Sempronio Graco ha muerto a palos.

Emiliano dio un paso atrás, deteniendo su respiración.

—Ha muerto en el Capitolio, parece que a manos de Nasica y de varias decenas de senadores en una asamblea plebeya en la que Tiberio pretendía ser elegido tribuno de la plebe por segunda vez —añadió Lelio, completando lo que el muchacho no había sido capaz de decir.

Emiliano, con el aliento todavía interrumpido, dio otro paso atrás.

—Mensajero, cuéntalo todo —exigió Fabio.

El joven obedeció sin rechistar, lanzándolo todo de seguido.

—Después de que Tiberio depusiera a su colega Octavio como tribuno de la plebe e hiciera aprobar sus leyes, el ambiente en Roma estaba muy tenso y mucho más cuando quiso ser elegido por segunda vez tribuno plebeyo en una asamblea en la que pidió una diadema real al ver que no lo podría conseguir…

—¿Una diadema real? —le cortó bruscamente Emiliano.

El mensajero asintió repetidas veces antes de tomar todo el oxígeno que pudo para continuar igual de aturullado.

—Se discutía si podía ser elegido tribuno dos veces seguidas y hubo una gran pelea en el Capitolio con muchos muertos…

—¿Una gran pelea? ¿Muchos muertos? —lo interrumpió Emiliano al borde del colapso—. ¿Y qué pasó después? ¡Habla!

El correo lo contó todo, especialmente el pacto alcanzado por Escévola, Metelo, Pompeyo y demás consulares y censorios.

—Cuando partí todo estaba en calma —finalizó el mensajero.

Emiliano cerró los ojos, apretó los labios y echó la cabeza muy atrás al tiempo que tomaba aire ruidosamente, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.

—Sentémonos —urgió Fabio.

—Sí, hagámoslo —confirmó Lelio.

—Vete —le ordenó Fabio al emisario, lo que este hizo con alivio, escabulléndose como una lagartija.

Los tres hombres se sentaron en taburetes colocados alrededor de la mesa. Emiliano se tapó la cara con las manos y apoyó los codos en el tablero, con claras muestras de desesperación, tratando de asimilar la noticia mientras escuchaba, cual lejana letanía, la conversación de su hermano y Lelio.

—Tiberio no ha podido hacer semejante estupidez —decía Lelio.

—Era idealista —porfió Fabio.

—Pero no un sedicioso —repuso Lelio.

—Tal vez Nasica lo arrastrara al desvarío.

—O Claudio —corrigió Lelio.

—Quizás fue Tiberio quien cayó en la locura.

—Su ley agraria era demasiado conflictiva…

—Callad los dos —exigió de pronto Emiliano, que se masajeaba la frente como si tuviera una insoportable migraña. Fabio y Lelio cerraron la boca—. Era mi cuñado y el hijo de mi prima Cornelia…, de Cornelia Africana…, de ella precisamente —apuntilló—. Y ahí fuera, en el banquete, ríe con el resto de los tribunos su hermano Cayo, ¡su hermano! ¿Cómo ha podido ocurrir esto? ¿Cómo? —pasó repentinamente al grito más impotente—. ¡Dos años sin mí en Roma han bastado para esta calamidad! ¡Solo dos años! ¡Lo sabía, lo vi en la mirada de Tiberio antes de irnos! ¡Lo vi cuando nos despedimos bajo las columnas del templo de Júpiter! ¡Sentí que se proponía ascender el monte Olimpo en mitad de una tormenta! ¿Y qué hice? ¿Sabéis qué hice? —se atormentó en su vocerío y clavó sus ojos hundidos en Fabio y Lelio.

Ambos le miraban con cara de circunstancias.

—No podías hacer nada —balbució Fabio.

Emiliano, lejos de sentirse consolado, montó en cólera.

—¡Nada! —explosionó, desparramando su desesperanza—. ¡No hice nada! ¡Nada, nada y nada! ¡Qué necio he sido! ¡El mayor de todos los necios! ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué se supone que todos esperan de mí? ¿Regresar y celebrar un triunfo empañado por esta ruina o disciplinar a Roma entera? ¡No he venido hasta aquí para que el mundo se hunda y yo con él! ¡Por todos los dioses, todos merecen ser lanzados desde la roca Tarpeya! ¡Todos! —rugió fuera de sí.

Lelio y Fabio cruzaron sus miradas. No era fácil que Emiliano perdiera la compostura, pero la noticia no podía ser más devastadora.

—Solo Tiberio es responsable de sus actos —murmuró Fabio.

Emiliano negó ostensiblemente.

—No, hermano, no. Todos conocíamos a Tiberio. Nada le detenía cuando consideraba que una causa era justa. Ya me lo advirtió Catón, y aun así no he sido capaz de hacer nada… ¡Nada!

—Nadie podía prever lo que ha hecho —dijo Lelio.

Emiliano volvió a negar entre resoplido y resoplido.

—Lo vi venir. Incluso intenté que lo comprendiera su madre, pero, oh, claro, Cornelia, siempre tan orgullosa, tan hieráticamente elegante, tan… ¡tan imposible! Es una tragedia, ¡una completa tragedia!

—La tragedia perfecta —musitó Lelio.

Emiliano cabeceó como un buey.

—Una en la que mi error ha sido no dejar en Roma a nadie que tuviera el juicio suficiente. No debí traeros a todos. Dejé Roma en manos de incendiarios como Claudio y Nasica. ¡Y este es el precio! ¡Este!—gritó en un nuevo arrebato.

—Publio… —trató de consolarlo Fabio.

—¿Lo sabe alguien más? —le interrumpió Emiliano.

—Todavía no —confirmó su hermano.

—Pues que no lo sepa nadie. No todavía. Y dejadme solo.

—Publio… —lo intentó esta vez Lelio.

—Dejadme solo.