En la domus de Claudio
El pelotón de senadores, encabezados por Escévola y Metelo, se desparramó por el atrio, abriéndose en abanico cuando se les permitió la entrada en la gran casa palatina de Apio Claudio.
No obstante, envueltos en la penumbra, bajo las débiles luces de las lucernas, se comprimieron cuando apareció ante ellos, como regresado del Tártaro, el propio Claudio. Sus cabellos blancos —antaño rubios— estaban revueltos, luciendo todavía, pero desarreglada, la toga con la que había asistido a la sesión senatorial de la mañana. Su aspecto era lóbrego y sombrío, pero sus ojos, sus resplandecientes y glaciales ojos azules, brillaban de modo antinatural, sin duda alimentados por el dios de la guerra. Estar allí con él parecía la mayor de las temeridades.
—Apio Claudio —comenzó Escévola.
Claudio levantó con mortal pausa una mano y le hizo callar. Después, extendió el brazo entero, señaló con el dedo índice a un sitio figurado y tensionó su cuerpo hasta temblar de arriba abajo.
—Acabo de regresar de la casa de mi consuegra Cornelia minor y decirle que el cuerpo de su hijo Tiberio, mi yerno, no ha sido encontrado en el Tíber —masculló letalmente. Continuó—: Acabo de dejar allí también a su hermana Sempronia gritando desconsolada porque no podrá honrar los restos de su hermano —añadió, elevando peligrosamente el tono de voz—: Acabo de dejar allí a mi hija Claudilla desmayada y sin fuerzas para vivir por el asesinato a bastonazos de su esposo —dijo entre dientes como preludio de una esperada explosión, pasando súbitamente al grito—: ¡Y acabo de acostar a dos niños, mis nietos, que aún no saben que su padre ha muerto! ¿Y venís esta noche a mi casa? ¿Venís a insultarme? ¿Habéis perdido el juicio? ¡Sois unos asesinos! ¡Habéis asesinado a mi yerno! ¡Lo habéis condenado a vagar como una larva! ¡Habéis ultrajado a un tribuno y a un nieto de Escipión Africano! ¡Salid de mi casa! ¡Salid antes de que yo mismo os mate a todos! —bramó con fuerza gutural, como si todos los vanidosos Claudio Pulcros de los últimos cuatrocientos años gritaran desde el inframundo.
—Claudio —insistió Escévola, paciente y comprensivo.
—¡Fuera de mi casa!
—Apio Claudio —repuso Escévola, en un ejemplo de prodigiosa contención de uno mismo.
—¡Asesinos! —rugió Claudio—. ¡Vuestra mezquindad, vuestro egoísmo y vuestras mentiras y manipulaciones se os han ido de las manos! ¿No podíais soportar que un tribuno de la plebe ejerciera su cargo y defendiera al pueblo? ¡Solo ansiaba repartir tierras públicas a pobres y desposeídos para fortalecer la riqueza, la ciudadanía y las legiones! ¿Tan terrible era renunciar a un terruño de vuestra fortuna? —interpeló como el coloso que era.
—Era necesario salvaguardar la autoridad del Senado frente a quien aspiraba a ser el octavo rey de Roma —dijo uno de los senadores, agazapado en el grupo.
Claudio, afilando sus dientes, estiró el cuello para encontrar al autor de las palabras, riendo con sarcasmo al encontrarlo. No podía ser otro, el más tonto de todos ellos.
—Vaya, Quinto Pompeyo, el que faltaba —rio con desgana—. Y dime, ¿dónde ha quedado ahora la autoridad del Senado? —inquirió ofensivo, y sin tiempo a respirar dijo—: Y dado que te has quedado mudo, yo te diré dónde ha quedado, en las letrinas más putrefactas de Roma, porque tuvimos la oportunidad de ser generosos y nos hemos convertido en simples matones, pero unos tan pueriles que creemos que Tiberio quiso coronarse rey. Vosotros, con vuestro egoísmo, habéis forzado la tragedia. Salid de mi casa.
—Yo no me voy a ninguna parte —repuso Metelo.
Claudio abrió los ojos como platos e intensificó su fulgor.
—¿Cómo te atreves?
—Yo no he matado a nadie.
—Todos lo habéis matado con vuestros actos.
—En ese caso, tú también lo has matado al instigar a Tiberio. La idea de la ley agraria fue tuya —contestó Metelo tan valiente como provocativo, tanto que Claudio, maestro de la teatralidad, torció su armonioso rostro patricio en una mueca caricaturesca, estiró los brazos con los dedos de las manos violentamente extendidos y cargó contra Metelo, no metafóricamente, sino literalmente.
—¡Muere! —Y lo agarró del cuello.
—¡Te mato! —se defendió Metelo, aferrándolo del gaznate.
Una vez más era necesaria la prudencia y la serenidad, y Escévola contaba sobradamente con ambas virtudes.
—¡Basta de reproches! —se apresuró a intervenir, tratando de separarlos, lo que solo consiguió con la ayuda de otros tres senadores, dos de ellos bloqueando a Metelo, que respiraba como una bestia, y el otro sujetando a Claudio, que rugía como un león, todo ello en un escenario imposible de imaginar apenas unas horas antes—. ¡Basta, esto es una aberración! ¡Esto es ridículo! —chilló de nuevo Escévola—. ¡Si seguimos así vamos a matarnos! ¡Basta! ¡Tenemos que detener esta locura! —pidió una vez más, consiguiendo que todos se calmaran en el mayor desvarío de buen juicio que Roma había conocido en siglos.
—Decidme a qué habéis venido —exigió entonces Claudio, quitándose de encima las manos de sus captores.
Escévola asintió con la mayor seriedad, imponiendo su imperio como cónsul en ejercicio.
—Lo que voy a proponer ahora va a ser jurado por todos. Porque es la única forma de que el Senado no acabe consigo mismo. Porque es la única manera de que la curia Hostilia no sea quemada y arrasada por el pueblo hasta sus cimientos esta misma noche.
—Habla —le instó Metelo.
—Habla —secundó Claudio a regañadientes.
—Hazlo —accedió Pompeyo.
—Nadie tocará a Nasica —soltó Escévola a bocajarro.
—¡Por encima de mi cadáver! —rugió Claudio.
—Es lo justo —dijo Pompeyo.
—¡Dejad que termine! —tronó Metelo.
—A cambio nadie propondrá la derogación de las leyes aprobadas por Tiberio en su tribunado —continuó Escévola—, particularmente la ley agraria. Nadie impedirá que continúen las reparcelaciones y entregas de ager publicus a los desposeídos. ¡Nadie hará nada por mucho que seamos nosotros los que tengamos que devolver tierras para su reparto! —elevó la voz por el repentino batiburrillo—. Juradlo todos, porque mañana subiremos a los rostra para anunciar que vamos a enviar una embajada al templo de Ceres de Enna para consultar cómo debemos expiar la muerte de un tribuno y para afirmar que el Senado nunca ha estado en contra ni de Tiberio ni de sus repartos de tierras, solo de los disturbios de algunos alborotadores. Eso diremos y eso haremos. Juradlo todos o Roma entera se ahogará bañada en su propia sangre. Ceded, por todos los dioses, ¡ceded y juradlo! —reiteró con ansiedad ante el silencio y las caras de pasa arrugada de los congregados.
—Es el pacto del miedo —porfió Metelo.
—Es el pacto de la conciliación —replicó Escévola.
Metelo asintió muy serio.
—Lo juro.
—Lo juro —secundó Pompeyo.
—Lo juro —dijeron los demás, hasta que solo quedó Claudio.
—Te lo ruego, Apio, recupera la razón —le pidió Escévola.
Claudio ensombreció su rostro hasta lo inimaginable. Solo sus ojos glaciales brillaban en aquella oscuridad.
—Este juramento no pondrá fin a los males de Roma. Nasica ha abierto la caja de Pandora y hasta la esperanza ha salido despedida. Correrá más sangre romana. Nada volverá a ser lo mismo. Y ahora, salid de mi casa —exigió antes de girar en redondo y perderse en las profundidades de su hogar, dejando al rebaño de senadores solos y compuestos.
—¿Lo ha jurado? —dudó Pompeyo.
—Es posible —dijo Escévola.
—Sois todos unos memos —bufó Metelo—. Contentaos con que Claudio respete esta tregua unos pocos meses. No se expía este sacrilegio con juramentos que durarán menos tiempo de lo que huelen los pedos de una casta vestal. Como ha dicho, nunca nada volverá a ser lo mismo. Preparaos para lo que ha de venir. Es una catástrofe —auguró, y luego abandonó la domus a empellones—. ¡Es una catástrofe! —chilló desde la lejanía, tirándose de los pelos.